Liderazgo y resonancia en el siglo XXI

La visión del liderazgo normativo colectivo Almendra Ortiz de Zárate Béjar Febrero 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México La paradoja del poder en el sistema internacional actual Desde que comenzó el siglo XXI, cada vez ha sido más difícil definir la estructura del sistema internacional. En tan solo un par de décadas, el mundo transitó de un orden unipolar a uno multipolar. Incluso, en algún momento, se percibió que Estados Unidos y Rusia parecían alinearse nuevamente en un sistema bipolar. No obstante, el ascenso de China y el fortalecimiento militar y económico de algunas potencias en el Medio Oriente han dibujado nuevos polos de poder que se traducen en un sistema cada vez más difícil de interpretar. Esto se debe a que no se trata de una nueva multipolaridad, sino de la aparición de una polinormatividad. A pesar de los cambios tan vertiginosos, es necesario apuntalar que el orden internacional no está colapsando, sino que se está fragmentando en el sentido normativo. A diferencia de otros momentos históricos en los que se ha dado una fragmentación del poder, ahora la fragmentación es normativa. Es decir, cada vez aparecen más actores que cobran mayor relevancia, pero ninguno asume un liderazgo por encima de los demás. Esto se debe, en gran medida a que, en la actualidad, el poder no basta para asumirse como una gran potencia, también se requiere de la legitimidad frente al resto, y eso es algo cada vez más difícil de conseguir. En la dinámica mundial contemporánea, los actores cobran cada vez mayor fuerza y sus capacidades coercitivas son cada vez más evidentes, ya sea que se ejecuten por medio del poder duro o mediante la imposición de sanciones económicas. Como ejemplos, basta mencionar algunas de las acciones implementadas por el gobierno estadounidense en países de Latinoamérica, de manera reciente, así como el abandono de ciertos organismos internacionales. Sin embargo, también se percibe que hay una disminución en la obediencia legítima. Es decir, hoy la fuerza no es sinónimo de legitimidad, y eso es algo que distingue al sistema internacional actual frente a todos los anteriores. ¿Quién define entonces, hoy, aquello que es legítimo para el resto, lo que se considera aceptable o normal en el sistema internacional? La respuesta no yace en las capacidades militares ni en la fortaleza económica, sino en la autoridad normativa y su capacidad de resonar en el resto de la comunidad internacional. Imponer ya no ordena El mantenimiento del orden internacional se ha conseguido, tradicionalmente, por la vía de la imposición. Las grandes guerras del pasado pueden entenderse en términos pragmáticos como intentos deliberados de los más poderosos por sostener su liderazgo frente a los demás. Tras el fin de las dos guerras mundiales se establecieron los pilares de un modelo más consensuado, que dio origen a la mayoría de los organismos internacionales que aún prevalecen. Y fue a partir del fin de la Guerra Fría cuando el mundo quedó claramente delimitado por un orden liberal capitalista liderado por Estados Unidos y seguido por el resto de las potencias occidentales. Desde la visión del liderazgo normativo colectivo, el poder no consiste en asumirse como líder, sino en que otros decidan seguirlo. Pasaron pocos años tras el colapso de la Unión Soviética para que el mundo comenzara a cuestionarse sobre las “mieles” del modelo occidental. Las enormes brechas de la desigualdad socioeconómica, el deterioro ambiental y las terribles crisis económicas por las que atravesaron los países emergentes, fueron los primeros “golpes de realidad” que mostraron las caras iniciales de la crisis del liderazgo liberal. Hoy se observa cada vez más el deterioro de los organismos internacionales frente al uso excesivo de coerción por parte de los más fuertes; mayores presiones económicas por parte de los más ricos, sanciones a la carta y militarización injustificada en organismos que “ganan” cada vez más decisiones formales, pero que, al mismo tiempo, pierden legitimidad frente al resto. El resultado ha sido la disputa sobre las normas internacionales y la obediencia selectiva de quienes se adhieren al mismo sistema. Esto demuestra la existencia de un orden inestable marcado por el agotamiento de los instrumentos que conducen el liderazgo del modelo liberal. Es decir, el sistema internacional actual no es inestable por ausencia de poder, sino por la ausencia de consensos normativos legítimos entre la comunidad internacional. El aporte del liderazgo normativo colectivo Para comprender la dinámica internacional actual, propongo el liderazgo normativo colectivo como un marco de análisis centrado en la acción colectiva y en la resonancia de los valores reconocidos por la comunidad. Se sugiere que el liderazgo contemporáneo en el mundo no se obtiene por medio de la fuerza, ni del poder económico ni tampoco en la capacidad de crear normas, sino en la capacidad de construir legitimidad compartida reconocida por su coherencia ética y abrazada por el resto. El liderazgo normativo colectivo parte de tres mecanismos principales para asumirlo: 1) legitimidad colectiva: se reconoce que las normas resultan más estables cuando emanan de la colectividad, más que de un solo actor. La producción colectiva de normas resulta en coaliciones creíbles de valores; 2) coherencia: la inmediatez de la información ha generado una comunidad hipervigilante que invalida los discursos retóricos cuando no se percibe coherencia en la práctica, y 3) resonancia normativa: la identificación de valores compartidos en las normas provoca la adhesión de aquellos en quienes resuenan con mayor fuerza. La norma funciona cuando conecta con la sociedad, no cuando es estratégica para la consecución de un objetivo político. La realidad actual muestra que la lucha de poder en el siglo XXI ha dejado de ser territorial. Se trata de una batalla silenciosa: ahora, la disputa es normativa. Pero no solo en cuanto a la posibilidad de generar normas, sino en la definición de contextos y criterios para enfrentar lo colectivo. Por ello, los valores que no resuenen en los demás dejarán de ser relevantes. El liderazgo ha dejado de pertenecer a los actores para convertirse en

​La visión del liderazgo normativo colectivo Almendra Ortiz de Zárate Béjar Febrero 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México La paradoja del poder en el sistema internacional actual Desde que comenzó el siglo XXI, cada vez ha sido más difícil definir la estructura del sistema internacional. En tan solo un par de décadas, el mundo transitó de un orden unipolar a uno multipolar. Incluso, en algún momento, se percibió que Estados Unidos y Rusia parecían alinearse nuevamente en un sistema bipolar. No obstante, el ascenso de China y el fortalecimiento militar y económico de algunas potencias en el Medio Oriente han dibujado nuevos polos de poder que se traducen en un sistema cada vez más difícil de interpretar. Esto se debe a que no se trata de una nueva multipolaridad, sino de la aparición de una polinormatividad. A pesar de los cambios tan vertiginosos, es necesario apuntalar que el orden internacional no está colapsando, sino que se está fragmentando en el sentido normativo. A diferencia de otros momentos históricos en los que se ha dado una fragmentación del poder, ahora la fragmentación es normativa. Es decir, cada vez aparecen más actores que cobran mayor relevancia, pero ninguno asume un liderazgo por encima de los demás. Esto se debe, en gran medida a que, en la actualidad, el poder no basta para asumirse como una gran potencia, también se requiere de la legitimidad frente al resto, y eso es algo cada vez más difícil de conseguir. En la dinámica mundial contemporánea, los actores cobran cada vez mayor fuerza y sus capacidades coercitivas son cada vez más evidentes, ya sea que se ejecuten por medio del poder duro o mediante la imposición de sanciones económicas. Como ejemplos, basta mencionar algunas de las acciones implementadas por el gobierno estadounidense en países de Latinoamérica, de manera reciente, así como el abandono de ciertos organismos internacionales. Sin embargo, también se percibe que hay una disminución en la obediencia legítima. Es decir, hoy la fuerza no es sinónimo de legitimidad, y eso es algo que distingue al sistema internacional actual frente a todos los anteriores. ¿Quién define entonces, hoy, aquello que es legítimo para el resto, lo que se considera aceptable o normal en el sistema internacional? La respuesta no yace en las capacidades militares ni en la fortaleza económica, sino en la autoridad normativa y su capacidad de resonar en el resto de la comunidad internacional. Imponer ya no ordena El mantenimiento del orden internacional se ha conseguido, tradicionalmente, por la vía de la imposición. Las grandes guerras del pasado pueden entenderse en términos pragmáticos como intentos deliberados de los más poderosos por sostener su liderazgo frente a los demás. Tras el fin de las dos guerras mundiales se establecieron los pilares de un modelo más consensuado, que dio origen a la mayoría de los organismos internacionales que aún prevalecen. Y fue a partir del fin de la Guerra Fría cuando el mundo quedó claramente delimitado por un orden liberal capitalista liderado por Estados Unidos y seguido por el resto de las potencias occidentales. Desde la visión del liderazgo normativo colectivo, el poder no consiste en asumirse como líder, sino en que otros decidan seguirlo. Pasaron pocos años tras el colapso de la Unión Soviética para que el mundo comenzara a cuestionarse sobre las “mieles” del modelo occidental. Las enormes brechas de la desigualdad socioeconómica, el deterioro ambiental y las terribles crisis económicas por las que atravesaron los países emergentes, fueron los primeros “golpes de realidad” que mostraron las caras iniciales de la crisis del liderazgo liberal. Hoy se observa cada vez más el deterioro de los organismos internacionales frente al uso excesivo de coerción por parte de los más fuertes; mayores presiones económicas por parte de los más ricos, sanciones a la carta y militarización injustificada en organismos que “ganan” cada vez más decisiones formales, pero que, al mismo tiempo, pierden legitimidad frente al resto. El resultado ha sido la disputa sobre las normas internacionales y la obediencia selectiva de quienes se adhieren al mismo sistema. Esto demuestra la existencia de un orden inestable marcado por el agotamiento de los instrumentos que conducen el liderazgo del modelo liberal. Es decir, el sistema internacional actual no es inestable por ausencia de poder, sino por la ausencia de consensos normativos legítimos entre la comunidad internacional. El aporte del liderazgo normativo colectivo Para comprender la dinámica internacional actual, propongo el liderazgo normativo colectivo como un marco de análisis centrado en la acción colectiva y en la resonancia de los valores reconocidos por la comunidad. Se sugiere que el liderazgo contemporáneo en el mundo no se obtiene por medio de la fuerza, ni del poder económico ni tampoco en la capacidad de crear normas, sino en la capacidad de construir legitimidad compartida reconocida por su coherencia ética y abrazada por el resto. El liderazgo normativo colectivo parte de tres mecanismos principales para asumirlo: 1) legitimidad colectiva: se reconoce que las normas resultan más estables cuando emanan de la colectividad, más que de un solo actor. La producción colectiva de normas resulta en coaliciones creíbles de valores; 2) coherencia: la inmediatez de la información ha generado una comunidad hipervigilante que invalida los discursos retóricos cuando no se percibe coherencia en la práctica, y 3) resonancia normativa: la identificación de valores compartidos en las normas provoca la adhesión de aquellos en quienes resuenan con mayor fuerza. La norma funciona cuando conecta con la sociedad, no cuando es estratégica para la consecución de un objetivo político. La realidad actual muestra que la lucha de poder en el siglo XXI ha dejado de ser territorial. Se trata de una batalla silenciosa: ahora, la disputa es normativa. Pero no solo en cuanto a la posibilidad de generar normas, sino en la definición de contextos y criterios para enfrentar lo colectivo. Por ello, los valores que no resuenen en los demás dejarán de ser relevantes. El liderazgo ha dejado de pertenecer a los actores para convertirse en Read More

Full text for top nursing and allied health literature.

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