Jorge Talavera Marzo 2026 El antagonismo crece en todas partes donde se manifiesta la vida. Es la lucha eterna entre el alma individual y el alma social. Yoritomo Tashi Históricamente, la izquierda ha sido la fuerza política dominante en Latinoamérica desde la caída de la influencia española en la región. Aunque han existido fugaces periodos de derecha en el continente, siempre han sido superados en demasía por sus antagónicos políticos, quienes, en los últimos años, han generado un mapa político y social marcado por la prolongada crisis institucional, económica y humanitaria, producto de una visión irresponsable de sus liderazgos regionales. Después de Cuba y Haití, Venezuela es el caso más grave tanto en lo político como en lo social. Su crisis institucional ha causado un éxodo masivo y, entre otras cosas, una involuntaria pérdida de peso de los ciudadanos, en un capítulo histórico tristísimo que ha sido conocido coloquialmente como la “dieta Maduro” (un término sarcástico en el que gran parte de la población de Venezuela ⸺alrededor de 67% ⸺ perdió involuntariamente hasta once kilos de su peso por la falta de comida). El detrimento a la democracia ha sido otra de las lamentables victimas durante los periodos chavista y madurista. Ha sido una pérdida que, en este momento, pareciera estar condenada a seguir ahí, en el olvido y ante la indiferencia, ya que el alma que le da vida ⸺la oposición⸺, se encuentra lejos de crear un proyecto político sostenible que haga frente al discurso radical que ya forma parte de la vida diaria de millones de venezolanos. La oposición venezolana Tras años de tensiones entre el oficialismo y diversos sectores opositores, la oposición continúa fragmentada en torno a estrategias divergentes (participación electoral, presión internacional y movilización social). En casi todas ellas, la disputa es la misma: el liderazgo y la coordinación. En lo formal, el espacio opositor sigue compuesto por una mezcla de partidos tradicionales, movimientos emergentes y figuras independientes, muchos con base dentro del país y amplias redes en la diáspora. La falta de una dirección unificada ha favorecido a la izquierda que, en algún momento, dirigieron Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y que hoy aún cuentan con el control total del gobierno nacional. La política venezolana se encuentra dominada por el Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, el cual aglutina a una decena de movimientos políticos, entre ellos el Partido Socialista Unido de Venezuela; esta coalición, controla prácticamente 90% del escenario público del país, cuenta con una estructura de mando-liderazgo bien definida, que hoy se encuentra comandada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Su narrativa es la redistribución de la riqueza, el antimperialismo, así como el nacionalismo venezolano e, incluso en algunos casos más radicales, se han manifestado por la unificación de la patria bolivariana en Sudamérica. Su operatividad política y social se encuentra sostenida en el clientelismo electoral por medio de los programas sociales, la persecución de opositores políticos y el control de medios de comunicación por parte del Estado. En el otro extremo, en el lado opositor, se encuentran organizaciones políticas y sociales como Acción Democrática (AD), Primero Justicia (PJ), Voluntad Popular (VP), Un Nuevo Tiempo (UNT), Vente Venezuela y otros movimientos pequeños regionales de derecha y centroderecha. Entre los liderazgos visibles de la oposición se encuentran María Corina Machado (Vente Venezuela, figura de liderazgo opositor con perfil combativo); Juan Guaidó (figura de la oposición internacionalizada; sigue presente en sectores que cuestionan la legitimidad del oficialismo); Henrique Capriles Radonski (líder con base en la centro‑derecha); Leopoldo López (referente histórico de la oposición, con influencia desde el exterior) y, por último, los menos visibles, los dirigentes locales y regionales de AD, PJ, VP, UNT y movilizadores sociales que cobran mayor protagonismo según territorio. En cuanto a su presencia política, la oposición no representa si quiera 10% del escenario político nacional. Además, su operatividad se encuentra fragmentada en pequeños movimientos y regiones. Aunque a nivel nacional hay antecedentes de unidad, esta se encuentra sostenida en débiles pilares que no cuentan con una narrativa propia ni un fin común, lo que genera que la oposición no logre crear un discurso ganador que haga frente al aparato estatal hecho política. Después de Maduro… El reloj marcaba las 2:00 horas del sábado 3 de enero de 2026, cuando la capital venezolana despertaba por el estruendo de bombas y los motores de aeronaves estadounidenses. Minutos más tarde, el mundo se enteraría de la captura del dictador venezolano y del vacío que dejaba en el país sudamericano. En las primeras horas de la mañana, las caras emblemáticas del poder venezolano hicieron su aparición ante los medios de comunicación, y bastaron solo algunas horas para que el “sistema” movilizara a sus leales. De un momento a otro, la alegría de algunos por la captura del dictador se encontró frente a la rabia de los otros, quienes argumentaban el secuestro de su líder. En pocos días, la capital venezolana se convirtió en el epicentro de diversas movilizaciones que mostraban el musculo político del oficialismo y daban señales de unidad ante los opositores. El mundo se encuentra ahora ante una nueva Venezuela: aún socialista, pero más cercana a los estadounidenses y más lejana a los no alineados. En el otro extremo, la oposición prefería mantenerse en la obscuridad, sin hacer movimiento alguno. Sus líderes mantenían un perfil bajo, aun cuando había un vacío que podía desestabilizar a toda la izquierda del país. Desde Europa, el triunfalismo hizo su aparición mediática por medio de María Corina Machado, quien a través de su perfil en la red social X aseguraba que la oposición estaba preparada para “tomar el poder” y llamaba a todos los venezolanos a sumarse “a la gran operación de construcción de la nueva Venezuela”, sin decir de manera clara cuál sería la nueva etapa política del país y, peor aún, sin aparecer en territorio nacional. En una posición de comodidad y desde el viejo continente, Machado pretendía que, desde suelo estadounidense, se le impusiera como la nueva líder de su país sin haber
Jorge Talavera Marzo 2026 El antagonismo crece en todas partes donde se manifiesta la vida. Es la lucha eterna entre el alma individual y el alma social. Yoritomo Tashi Históricamente, la izquierda ha sido la fuerza política dominante en Latinoamérica desde la caída de la influencia española en la región. Aunque han existido fugaces periodos de derecha en el continente, siempre han sido superados en demasía por sus antagónicos políticos, quienes, en los últimos años, han generado un mapa político y social marcado por la prolongada crisis institucional, económica y humanitaria, producto de una visión irresponsable de sus liderazgos regionales. Después de Cuba y Haití, Venezuela es el caso más grave tanto en lo político como en lo social. Su crisis institucional ha causado un éxodo masivo y, entre otras cosas, una involuntaria pérdida de peso de los ciudadanos, en un capítulo histórico tristísimo que ha sido conocido coloquialmente como la “dieta Maduro” (un término sarcástico en el que gran parte de la población de Venezuela ⸺alrededor de 67% ⸺ perdió involuntariamente hasta once kilos de su peso por la falta de comida). El detrimento a la democracia ha sido otra de las lamentables victimas durante los periodos chavista y madurista. Ha sido una pérdida que, en este momento, pareciera estar condenada a seguir ahí, en el olvido y ante la indiferencia, ya que el alma que le da vida ⸺la oposición⸺, se encuentra lejos de crear un proyecto político sostenible que haga frente al discurso radical que ya forma parte de la vida diaria de millones de venezolanos. La oposición venezolana Tras años de tensiones entre el oficialismo y diversos sectores opositores, la oposición continúa fragmentada en torno a estrategias divergentes (participación electoral, presión internacional y movilización social). En casi todas ellas, la disputa es la misma: el liderazgo y la coordinación. En lo formal, el espacio opositor sigue compuesto por una mezcla de partidos tradicionales, movimientos emergentes y figuras independientes, muchos con base dentro del país y amplias redes en la diáspora. La falta de una dirección unificada ha favorecido a la izquierda que, en algún momento, dirigieron Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y que hoy aún cuentan con el control total del gobierno nacional. La política venezolana se encuentra dominada por el Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, el cual aglutina a una decena de movimientos políticos, entre ellos el Partido Socialista Unido de Venezuela; esta coalición, controla prácticamente 90% del escenario público del país, cuenta con una estructura de mando-liderazgo bien definida, que hoy se encuentra comandada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Su narrativa es la redistribución de la riqueza, el antimperialismo, así como el nacionalismo venezolano e, incluso en algunos casos más radicales, se han manifestado por la unificación de la patria bolivariana en Sudamérica. Su operatividad política y social se encuentra sostenida en el clientelismo electoral por medio de los programas sociales, la persecución de opositores políticos y el control de medios de comunicación por parte del Estado. En el otro extremo, en el lado opositor, se encuentran organizaciones políticas y sociales como Acción Democrática (AD), Primero Justicia (PJ), Voluntad Popular (VP), Un Nuevo Tiempo (UNT), Vente Venezuela y otros movimientos pequeños regionales de derecha y centroderecha. Entre los liderazgos visibles de la oposición se encuentran María Corina Machado (Vente Venezuela, figura de liderazgo opositor con perfil combativo); Juan Guaidó (figura de la oposición internacionalizada; sigue presente en sectores que cuestionan la legitimidad del oficialismo); Henrique Capriles Radonski (líder con base en la centro‑derecha); Leopoldo López (referente histórico de la oposición, con influencia desde el exterior) y, por último, los menos visibles, los dirigentes locales y regionales de AD, PJ, VP, UNT y movilizadores sociales que cobran mayor protagonismo según territorio. En cuanto a su presencia política, la oposición no representa si quiera 10% del escenario político nacional. Además, su operatividad se encuentra fragmentada en pequeños movimientos y regiones. Aunque a nivel nacional hay antecedentes de unidad, esta se encuentra sostenida en débiles pilares que no cuentan con una narrativa propia ni un fin común, lo que genera que la oposición no logre crear un discurso ganador que haga frente al aparato estatal hecho política. Después de Maduro… El reloj marcaba las 2:00 horas del sábado 3 de enero de 2026, cuando la capital venezolana despertaba por el estruendo de bombas y los motores de aeronaves estadounidenses. Minutos más tarde, el mundo se enteraría de la captura del dictador venezolano y del vacío que dejaba en el país sudamericano. En las primeras horas de la mañana, las caras emblemáticas del poder venezolano hicieron su aparición ante los medios de comunicación, y bastaron solo algunas horas para que el “sistema” movilizara a sus leales. De un momento a otro, la alegría de algunos por la captura del dictador se encontró frente a la rabia de los otros, quienes argumentaban el secuestro de su líder. En pocos días, la capital venezolana se convirtió en el epicentro de diversas movilizaciones que mostraban el musculo político del oficialismo y daban señales de unidad ante los opositores. El mundo se encuentra ahora ante una nueva Venezuela: aún socialista, pero más cercana a los estadounidenses y más lejana a los no alineados. En el otro extremo, la oposición prefería mantenerse en la obscuridad, sin hacer movimiento alguno. Sus líderes mantenían un perfil bajo, aun cuando había un vacío que podía desestabilizar a toda la izquierda del país. Desde Europa, el triunfalismo hizo su aparición mediática por medio de María Corina Machado, quien a través de su perfil en la red social X aseguraba que la oposición estaba preparada para “tomar el poder” y llamaba a todos los venezolanos a sumarse “a la gran operación de construcción de la nueva Venezuela”, sin decir de manera clara cuál sería la nueva etapa política del país y, peor aún, sin aparecer en territorio nacional. En una posición de comodidad y desde el viejo continente, Machado pretendía que, desde suelo estadounidense, se le impusiera como la nueva líder de su país sin haber Read More
