Luz Araceli González Uresti Mayo 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales La actual crisis de la hegemonía occidental y la transición hacia un orden cada vez más disputado entre actores tradicionales y emergentes abren una ventana de oportunidad para Latinoamérica. No obstante, también profundizan riesgos persistentes y generan dilemas estratégicos para la región, en particular para México. Transformar el contexto actual en ganancias geopolíticas dependerá de la capacidad de los países latinoamericanos para articular autonomía estratégica y, al mismo tiempo, propiciar la coordinación regional que, junto con proyectos internos de desarrollo efectivo, permita romper con la lógica tradicional de una región periférica en el capitalismo mundial. Reordenamiento internacional y crisis hegemónica occidental Diversos análisis en relaciones internacionales, desde perspectivas críticas, coinciden en que, para comprender la crisis de la hegemonía occidental, es necesario identificar primero los procesos que enmarcan el declive de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos atraviesa una crisis estructural multidimensional que combina erosión democrática, polarización extrema, desigualdad socioeconómica y tensiones identitarias. Estos factores cuestionan la capacidad del sistema para generar consensos y legitimidad, lo que a su vez profundiza la desconfianza en las instituciones y en el propio proyecto nacional, especialmente en los más reciente gobiernos. Asimismo, esta crisis refleja la erosión del orden unipolar posterior a la Guerra Fría y la emergencia de potencias que disputan dicha hegemonía. Esta crisis no implica una sustitución automática de un hegemón por otro. Algunas voces señalan a China como el principal contendiente; sin embargo, el mundo enfrenta un proceso mucho más complejo, con múltiples bifurcaciones. Coexisten, por un lado, tendencias de bipolaridad militar entre Estados Unidos y Rusia, las potencias con mayor capacidad nuclear; por el otro, una bipolaridad de carácter comercial y económico entre Beijing y Washington. Al mismo tiempo, se multiplican dinámicas de multipolaridad con el ascenso de potencias como la India y la propia Rusia, lo que permite identificar la formación de regímenes regionales que disputan espacios de influencia y se articulan en torno a lógicas más cercanas al policentrismo. En este escenario, el hemisferio occidental reaparece como un eje central en las estrategias de seguridad de Estados Unidos y, por ende, como un espacio prioritario en el que busca reafirmar su liderazgo. Esto se expresa en el control de corredores marítimos, la reorganización de cadenas de suministro y una persistente contienda por excluir a potencias extrarregionales, particularmente China. Beijing, por su parte, no solo ha contenido los esfuerzos estadounidenses por excluirla de sus órbitas de influencia, sino que en las últimas 2 décadas ha consolidado un papel central como socio comercial e inversionista en diversos sectores, en particular infraestructura y energía, en distintas regiones del mundo. En algunos casos, incluso ha desplazado a Estados Unidos como principal socio en varios países sudamericanos. Así, Latinoamérica se ubica en el cruce de estrategias hegemónicas que la conciben como un espacio de proyección, contención, influencia, posicionamiento e incluso confrontación entre estos contendientes, más que como un polo con un proyecto propio. Oportunidades y riesgos para Latinoamérica En este escenario, Latinoamérica podría aprovechar una serie de condiciones estructurales favorables, entre las que destaca la posesión de recursos estratégicos. En el contexto de la transición energética y tecnológica, la región puede fortalecer su valor geopolítico al contar con minerales críticos, agua, biodiversidad y diversas fuentes renovables, insumos indispensables para las cadenas globales de valor verde y digital. El control y el posicionamiento estratégico de estos recursos podría ampliar el margen de maniobra diplomático de la región frente a las rivalidades entre China y Estados Unidos, así como ante la progresiva erosión del multilateralismo. En este contexto, los países podrían abrir espacios para diversificar alianzas Sur-Sur y fortalecer agrupaciones regionales, o bien impulsar mecanismos más efectivos que los existentes, a fin de evitar alineamientos automáticos —como ocurre, por citar un ejemplo, en la Organización de los Estados Americanos—. Esto permitiría articular posiciones comunes en foros internacionales, especialmente en temas como cambio climático, financiamiento para el desarrollo y transferencia e innovación tecnológica, sin depender de la tutela estadounidense. Idealmente, el escenario internacional actual ofrece un terreno fértil para revalorizar la integración regional y construir mecanismos de coordinación económica, de seguridad y de gobernanza. Esto implicaría formular arreglos de cooperación en áreas clave como salud, ciencia, infraestructura e inteligencia artificial, entre otras, que impulsen procesos de integración sectorial. Además de los riesgos derivados de las disputas internacionales, los países latinoamericanos enfrentan amenazas vinculadas a sus propias condiciones internas. De este modo, la región podría transformar su condición histórica de exportadora de materias primas o de bajo valor agregado y avanzar hacia una mayor presencia en sectores industriales y tecnológicos, a partir de la creación de corredores de cooperación intrarregional y de una menor dependencia de los mercados extrarregionales. De lograrse esta integración subregional, podrían impulsarse nuevas arquitecturas financieras y de cooperación, mediante la incorporación de bancos de desarrollo regional, mecanismos de compensación y monedas de intercambio que reduzcan la dependencia de los centros financieros occidentales. China ya ha dado señales claras de la viabilidad de este proceso al posicionar al yuan como medio de pago internacional en diversos rubros y mercados. Las posibilidades de desarrollo para Latinoamérica son amplias, y hay ejemplos en el mundo que así lo demuestran. Basta referir el caso de Corea del Sur, que, tras haber sido uno de los países más pobres, logró ubicarse entre las primeras doce economías en alrededor de 5 décadas. No obstante, los riesgos existentes pueden reproducir o incluso agravar la condición periférica histórica de la región. La política de Trump, que redefine al hemisferio occidental como una de sus prioridades estratégicas y centra su atención en seguridad, narcotráfico, migración y deslocalización cercana (nearshoring), podría consolidar un esquema de corte neocolonial, en el que el alineamiento político deja de ser una opción para convertirse en una exigencia a cambio de acceso a inversión y protección. La redición de la Doctrina Monroe, impulsada desde la Casa Blanca, da cuenta de esta lógica, que también se refleja en iniciativas como el llamado Escudo
Luz Araceli González Uresti Mayo 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales La actual crisis de la hegemonía occidental y la transición hacia un orden cada vez más disputado entre actores tradicionales y emergentes abren una ventana de oportunidad para Latinoamérica. No obstante, también profundizan riesgos persistentes y generan dilemas estratégicos para la región, en particular para México. Transformar el contexto actual en ganancias geopolíticas dependerá de la capacidad de los países latinoamericanos para articular autonomía estratégica y, al mismo tiempo, propiciar la coordinación regional que, junto con proyectos internos de desarrollo efectivo, permita romper con la lógica tradicional de una región periférica en el capitalismo mundial. Reordenamiento internacional y crisis hegemónica occidental Diversos análisis en relaciones internacionales, desde perspectivas críticas, coinciden en que, para comprender la crisis de la hegemonía occidental, es necesario identificar primero los procesos que enmarcan el declive de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos atraviesa una crisis estructural multidimensional que combina erosión democrática, polarización extrema, desigualdad socioeconómica y tensiones identitarias. Estos factores cuestionan la capacidad del sistema para generar consensos y legitimidad, lo que a su vez profundiza la desconfianza en las instituciones y en el propio proyecto nacional, especialmente en los más reciente gobiernos. Asimismo, esta crisis refleja la erosión del orden unipolar posterior a la Guerra Fría y la emergencia de potencias que disputan dicha hegemonía. Esta crisis no implica una sustitución automática de un hegemón por otro. Algunas voces señalan a China como el principal contendiente; sin embargo, el mundo enfrenta un proceso mucho más complejo, con múltiples bifurcaciones. Coexisten, por un lado, tendencias de bipolaridad militar entre Estados Unidos y Rusia, las potencias con mayor capacidad nuclear; por el otro, una bipolaridad de carácter comercial y económico entre Beijing y Washington. Al mismo tiempo, se multiplican dinámicas de multipolaridad con el ascenso de potencias como la India y la propia Rusia, lo que permite identificar la formación de regímenes regionales que disputan espacios de influencia y se articulan en torno a lógicas más cercanas al policentrismo. En este escenario, el hemisferio occidental reaparece como un eje central en las estrategias de seguridad de Estados Unidos y, por ende, como un espacio prioritario en el que busca reafirmar su liderazgo. Esto se expresa en el control de corredores marítimos, la reorganización de cadenas de suministro y una persistente contienda por excluir a potencias extrarregionales, particularmente China. Beijing, por su parte, no solo ha contenido los esfuerzos estadounidenses por excluirla de sus órbitas de influencia, sino que en las últimas 2 décadas ha consolidado un papel central como socio comercial e inversionista en diversos sectores, en particular infraestructura y energía, en distintas regiones del mundo. En algunos casos, incluso ha desplazado a Estados Unidos como principal socio en varios países sudamericanos. Así, Latinoamérica se ubica en el cruce de estrategias hegemónicas que la conciben como un espacio de proyección, contención, influencia, posicionamiento e incluso confrontación entre estos contendientes, más que como un polo con un proyecto propio. Oportunidades y riesgos para Latinoamérica En este escenario, Latinoamérica podría aprovechar una serie de condiciones estructurales favorables, entre las que destaca la posesión de recursos estratégicos. En el contexto de la transición energética y tecnológica, la región puede fortalecer su valor geopolítico al contar con minerales críticos, agua, biodiversidad y diversas fuentes renovables, insumos indispensables para las cadenas globales de valor verde y digital. El control y el posicionamiento estratégico de estos recursos podría ampliar el margen de maniobra diplomático de la región frente a las rivalidades entre China y Estados Unidos, así como ante la progresiva erosión del multilateralismo. En este contexto, los países podrían abrir espacios para diversificar alianzas Sur-Sur y fortalecer agrupaciones regionales, o bien impulsar mecanismos más efectivos que los existentes, a fin de evitar alineamientos automáticos —como ocurre, por citar un ejemplo, en la Organización de los Estados Americanos—. Esto permitiría articular posiciones comunes en foros internacionales, especialmente en temas como cambio climático, financiamiento para el desarrollo y transferencia e innovación tecnológica, sin depender de la tutela estadounidense. Idealmente, el escenario internacional actual ofrece un terreno fértil para revalorizar la integración regional y construir mecanismos de coordinación económica, de seguridad y de gobernanza. Esto implicaría formular arreglos de cooperación en áreas clave como salud, ciencia, infraestructura e inteligencia artificial, entre otras, que impulsen procesos de integración sectorial. Además de los riesgos derivados de las disputas internacionales, los países latinoamericanos enfrentan amenazas vinculadas a sus propias condiciones internas. De este modo, la región podría transformar su condición histórica de exportadora de materias primas o de bajo valor agregado y avanzar hacia una mayor presencia en sectores industriales y tecnológicos, a partir de la creación de corredores de cooperación intrarregional y de una menor dependencia de los mercados extrarregionales. De lograrse esta integración subregional, podrían impulsarse nuevas arquitecturas financieras y de cooperación, mediante la incorporación de bancos de desarrollo regional, mecanismos de compensación y monedas de intercambio que reduzcan la dependencia de los centros financieros occidentales. China ya ha dado señales claras de la viabilidad de este proceso al posicionar al yuan como medio de pago internacional en diversos rubros y mercados. Las posibilidades de desarrollo para Latinoamérica son amplias, y hay ejemplos en el mundo que así lo demuestran. Basta referir el caso de Corea del Sur, que, tras haber sido uno de los países más pobres, logró ubicarse entre las primeras doce economías en alrededor de 5 décadas. No obstante, los riesgos existentes pueden reproducir o incluso agravar la condición periférica histórica de la región. La política de Trump, que redefine al hemisferio occidental como una de sus prioridades estratégicas y centra su atención en seguridad, narcotráfico, migración y deslocalización cercana (nearshoring), podría consolidar un esquema de corte neocolonial, en el que el alineamiento político deja de ser una opción para convertirse en una exigencia a cambio de acceso a inversión y protección. La redición de la Doctrina Monroe, impulsada desde la Casa Blanca, da cuenta de esta lógica, que también se refleja en iniciativas como el llamado Escudo Read More
