Enrique Soldevilla Enríquez Mayo 2026 Hay una máxima a menudo olvidada en la diplomacia: la política exterior de un Estado empieza en casa. Esto significa que la forma en que un gobierno interactúa con sus ciudadanos dentro de sus fronteras lleva el ADN de su conducta en el escenario internacional. A partir de este principio puede deducirse que, si la política exterior comienza con el comportamiento interno del Estado, aquel que cultive una gobernabilidad empática debería proyectar también un modo de interacción empático en el ámbito internacional, ya que no se puede ofrecer diálogo al mundo cuando se mantiene un monólogo con el propio pueblo. En este sentido, la esencia de la función diplomática radica en el vínculo. Gobernabilidad empática y proyección internacional del Estado Por tanto, la idea de un modo empático de interacción en las relaciones internacionales es congruente con el espíritu y la letra de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Este enfoque concibe el multilateralismo no solo como un mecanismo diplomático, sino también como una ética relacional, y promueve una diplomacia basada en la escucha activa y en el uso de la tecnología para identificar y abordar problemas mundiales como la pobreza, el cambio climático y las crisis migratorias antes de que se transformen en desastres ambientales o en conflictos armados. El concepto de “modo de relación”, definido como el “rostro interlocutor” del poder estatal, surge de la necesidad de diferenciar la estructura de un sistema político de la forma en que sus gobernantes se relacionan con la ciudadanía. Mientras que el sistema político define quién ejerce el poder y el modelo socioeconómico establece cómo se gestiona la riqueza, el modo de relación revela cómo se configura la interacción entre gobernantes y gobernados. Se trata del vínculo cotidiano, del tono de la interlocución y de la sensibilidad ante las demandas legítimas. Mis estudios sobre este tema sugieren, por ejemplo, que la crisis del modelo socialista de la Unión Soviética y la actual desafección hacia el modelo neoliberal comparten una raíz común: un modo de relación defectuoso. En el primer caso, debido a una centralización extrema que anuló la posibilidad de que los ciudadanos propusieran mejoras al sistema social; en el segundo, por una mercantilización que convierte al ciudadano en cliente, emprendedor o carga social. Frente a esto, la noción de “gobernabilidad empática” surge como una propuesta en la que el Estado actúe como un ente “escuchante” y adaptativo, capaz de implementar políticas públicas orientadas a armonizar los intereses individuales y los de los distintos grupos que estructuran la sociedad, con los ideales de convivencia que dan forma al sistema social en el que se desarrolla. El sistema internacional ante el desafío de la empatía estructural ¿Podría el sistema internacional adoptar un enfoque empático que armonice los intereses individuales (los Estados) y los de los distintos actores que lo estructuran (organizaciones regionales y otras de alcance mundial), con los principios de convivencia plasmados en los documentos de la ONU? ¿Podría establecerse un orden internacional basado en reglas empáticas? Se sabe que el sistema internacional contemporáneo atraviesa un proceso de recomposición hacia la multipolaridad del poder y que, en ese contexto, emergen tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, cuyo desarrollo demanda materias primas escasas. Esto genera dinámicas geopolíticas que añaden tensiones a las múltiples crisis convergentes que enfrenta la humanidad: guerras, migraciones masivas, cambio climático, hambre y pobreza, así como la paulatina sustitución del trabajo asalariado por la automatización. A esto se suma el declive del hábito de lectura y la crisis de confianza en la información proveniente de los medios de comunicación y de las redes sociales, cuyas consecuencias podrían afectar la calidad de la cognición a escala masiva y transformar —no necesariamente para bien— las bases del conocimiento. El mejoramiento del orden internacional no depende de la victoria de un bloque sobre otro, sino de una transformación en el modo en que los Estados y sus representantes interactúan. Pero ese panorama sombrío también ofrece la oportunidad de recuperar algo fundamental que ha hecho posible, a lo largo de la historia, el progreso de la sociedad humana: la cooperación, en lugar de la confrontación derivada de la competencia por la hegemonía. El antídoto sería un modo de relación empático que contribuya a situar la solidaridad y la cooperación en el centro de la gestión operativa de la política exterior de los Estados, como la vía más adecuada para que un país fortalezca su desarrollo de manera sostenida. Ideas como la de “pueblo elegido” o “destino manifiesto” enrarecen el orden internacional porque fragmentan y polarizan ideológicamente a los países, generando barreras al entendimiento y a la cooperación entre ellos. Otra noción excluyente es la de un supuesto “Occidente colectivo”, como si se tratara de un bloque monolítico, cuando en realidad muchos de los principios políticos y valores morales asociados a la cultura occidental son el resultado de un legado histórico plural que abarca, entre otros, el humanismo cristiano, la democracia liberal, el derecho romano, así como tradiciones como el marxismo y la socialdemocracia. Un orden internacional empático rechaza la idea del “choque de civilizaciones”, que puede asociarse a la noción de Occidente colectivo. Por el contrario, reconoce que, aunque los sistemas políticos sean diferentes, el modo en que un Estado interactúa con sus pares en la arena internacional debe ser siempre dignificante para el ser humano como sujeto de derechos inalienables. Asimismo, invita a los actores a percibirse mutuamente como cooperantes en la construcción de un mejor orden internacional, y no como rivales a los que se debe derrotar. Por último, conviene puntualizar que el mejoramiento del orden internacional no depende de la victoria de un bloque sobre otro, sino de una transformación en el modo en que los Estados y sus representantes interactúan. Asumir una relación empática ofrece una hoja de ruta hacia una convivencia mundial basada en la legitimidad y la confianza mutua, partiendo de la premisa de que la paz no puede alcanzarse mediante un equilibrio del miedo,
Enrique Soldevilla Enríquez Mayo 2026 Hay una máxima a menudo olvidada en la diplomacia: la política exterior de un Estado empieza en casa. Esto significa que la forma en que un gobierno interactúa con sus ciudadanos dentro de sus fronteras lleva el ADN de su conducta en el escenario internacional. A partir de este principio puede deducirse que, si la política exterior comienza con el comportamiento interno del Estado, aquel que cultive una gobernabilidad empática debería proyectar también un modo de interacción empático en el ámbito internacional, ya que no se puede ofrecer diálogo al mundo cuando se mantiene un monólogo con el propio pueblo. En este sentido, la esencia de la función diplomática radica en el vínculo. Gobernabilidad empática y proyección internacional del Estado Por tanto, la idea de un modo empático de interacción en las relaciones internacionales es congruente con el espíritu y la letra de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Este enfoque concibe el multilateralismo no solo como un mecanismo diplomático, sino también como una ética relacional, y promueve una diplomacia basada en la escucha activa y en el uso de la tecnología para identificar y abordar problemas mundiales como la pobreza, el cambio climático y las crisis migratorias antes de que se transformen en desastres ambientales o en conflictos armados. El concepto de “modo de relación”, definido como el “rostro interlocutor” del poder estatal, surge de la necesidad de diferenciar la estructura de un sistema político de la forma en que sus gobernantes se relacionan con la ciudadanía. Mientras que el sistema político define quién ejerce el poder y el modelo socioeconómico establece cómo se gestiona la riqueza, el modo de relación revela cómo se configura la interacción entre gobernantes y gobernados. Se trata del vínculo cotidiano, del tono de la interlocución y de la sensibilidad ante las demandas legítimas. Mis estudios sobre este tema sugieren, por ejemplo, que la crisis del modelo socialista de la Unión Soviética y la actual desafección hacia el modelo neoliberal comparten una raíz común: un modo de relación defectuoso. En el primer caso, debido a una centralización extrema que anuló la posibilidad de que los ciudadanos propusieran mejoras al sistema social; en el segundo, por una mercantilización que convierte al ciudadano en cliente, emprendedor o carga social. Frente a esto, la noción de “gobernabilidad empática” surge como una propuesta en la que el Estado actúe como un ente “escuchante” y adaptativo, capaz de implementar políticas públicas orientadas a armonizar los intereses individuales y los de los distintos grupos que estructuran la sociedad, con los ideales de convivencia que dan forma al sistema social en el que se desarrolla. El sistema internacional ante el desafío de la empatía estructural ¿Podría el sistema internacional adoptar un enfoque empático que armonice los intereses individuales (los Estados) y los de los distintos actores que lo estructuran (organizaciones regionales y otras de alcance mundial), con los principios de convivencia plasmados en los documentos de la ONU? ¿Podría establecerse un orden internacional basado en reglas empáticas? Se sabe que el sistema internacional contemporáneo atraviesa un proceso de recomposición hacia la multipolaridad del poder y que, en ese contexto, emergen tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica, cuyo desarrollo demanda materias primas escasas. Esto genera dinámicas geopolíticas que añaden tensiones a las múltiples crisis convergentes que enfrenta la humanidad: guerras, migraciones masivas, cambio climático, hambre y pobreza, así como la paulatina sustitución del trabajo asalariado por la automatización. A esto se suma el declive del hábito de lectura y la crisis de confianza en la información proveniente de los medios de comunicación y de las redes sociales, cuyas consecuencias podrían afectar la calidad de la cognición a escala masiva y transformar —no necesariamente para bien— las bases del conocimiento. El mejoramiento del orden internacional no depende de la victoria de un bloque sobre otro, sino de una transformación en el modo en que los Estados y sus representantes interactúan. Pero ese panorama sombrío también ofrece la oportunidad de recuperar algo fundamental que ha hecho posible, a lo largo de la historia, el progreso de la sociedad humana: la cooperación, en lugar de la confrontación derivada de la competencia por la hegemonía. El antídoto sería un modo de relación empático que contribuya a situar la solidaridad y la cooperación en el centro de la gestión operativa de la política exterior de los Estados, como la vía más adecuada para que un país fortalezca su desarrollo de manera sostenida. Ideas como la de “pueblo elegido” o “destino manifiesto” enrarecen el orden internacional porque fragmentan y polarizan ideológicamente a los países, generando barreras al entendimiento y a la cooperación entre ellos. Otra noción excluyente es la de un supuesto “Occidente colectivo”, como si se tratara de un bloque monolítico, cuando en realidad muchos de los principios políticos y valores morales asociados a la cultura occidental son el resultado de un legado histórico plural que abarca, entre otros, el humanismo cristiano, la democracia liberal, el derecho romano, así como tradiciones como el marxismo y la socialdemocracia. Un orden internacional empático rechaza la idea del “choque de civilizaciones”, que puede asociarse a la noción de Occidente colectivo. Por el contrario, reconoce que, aunque los sistemas políticos sean diferentes, el modo en que un Estado interactúa con sus pares en la arena internacional debe ser siempre dignificante para el ser humano como sujeto de derechos inalienables. Asimismo, invita a los actores a percibirse mutuamente como cooperantes en la construcción de un mejor orden internacional, y no como rivales a los que se debe derrotar. Por último, conviene puntualizar que el mejoramiento del orden internacional no depende de la victoria de un bloque sobre otro, sino de una transformación en el modo en que los Estados y sus representantes interactúan. Asumir una relación empática ofrece una hoja de ruta hacia una convivencia mundial basada en la legitimidad y la confianza mutua, partiendo de la premisa de que la paz no puede alcanzarse mediante un equilibrio del miedo, Read More
