Una mirada crítica Enrique Soldevilla Enríquez Mayo 2026 Como es sabido, los antecedentes remotos de las ideas sobre el orden político se encuentran en la filosofía griega clásica. Platón (idealista y subjetivista), al sostener que el Estado debía ser un reflejo del alma, y Aristóteles (materialista y realista), para quien “el Estado nace de la necesidad existencial y su fin es la felicidad conforme a la naturaleza humana, no a un molde ideal”, establecieron de manera tácita una de las primeras dicotomías epistemológicas del pensamiento político occidental. Esta oposición conceptual, siglos después, se trasladó al ámbito de la clasificación de las ciencias y se expresó, desde la filosofía alemana, en el debate entre explicación y comprensión. De estos ejemplos podría deducirse que, a lo largo de la historia, los sistemas educativos han recurrido a estrategias cognitivas basadas en oposiciones de significado —como el bien y el mal, lo bello y lo feo, o lo procedente y lo improcedente—, provenientes de la ética, la estética y las normas que regulan la conducta social. En el siglo XX, el uso de antónimos con una intención ideopolítica cobró especial relevancia en el ámbito de las relaciones internacionales, al emplearse para distinguir entre enfoques realistas y pragmáticos, por un lado, e idealistas y utópicos, por otro. Estos matices denotativos, como se verá más adelante, terminan por conferir a cada postura un significado de carácter socioclasista. Se atribuye a Edward Hallett Carr la trasposición de estos términos desde la filosofía y la teoría política al campo específico de las Relaciones Internacionales, particularmente en su obra de 1939 La crisis de los veinte años, 1919-1939: una introducción al estudio de las relaciones internacionales. Hasta entonces, el debate existía de manera difusa, y pensadores que hoy son catalogados como idealistas —como Woodrow Wilson o Alfred Zimmern— no se autodenominaban de ese modo, sino que se concebían como racionalistas o internacionalistas liberales. Fue Carr quien retomó conceptos de la tradición filosófica para clasificar a sus adversarios y abrió el camino a un debate más estructurado en las Relaciones Internacionales. En ese marco, empleó el término “utopismo” (como sinónimo de idealismo) para describir el enfoque pacifista predominante tras la Primera Guerra Mundial. Asimismo, reformuló la noción filosófica de que las ideas pueden transformar la realidad y la trasladó al ámbito de la política internacional, con el propósito de criticar a quienes sostenían que la opinión pública mundial y los acuerdos legales bastarían para eliminar los conflictos de intereses y la conflagración. Por otro lado, debe considerarse que, con el inicio de la Guerra Fría y la consolidación de una hegemonía bipolar entre dos sistemas en confrontación ideológica, el realismo se convirtió en el enfoque dominante. Este se fundamenta en la centralidad del poder y del uso de la fuerza como ejes de la acción estatal en la arena internacional, evocando planteamientos como el de Tucídides, quien señaló que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, o el de Nicolás Maquiavelo, que definió la razón de Estado como una esfera ética distinta de la moral privada. En contraste, el canon idealista sitúa la cooperación como núcleo de la acción política. Sus postulados suelen ser desestimados como utópicos, al sostener que la conducta ética de los Estados —basada en el respeto al Derecho Internacional, la soberanía y la renuncia al uso de la fuerza— puede contribuir a evitar el conflicto. En esta tradición, Immanuel Kant es considerado una figura emblemática. En Sobre la paz perpetua (1795), propuso la creación de una federación de Estados libres como vía para prevenir la guerra. ¿Es realista el realismo? Se planteó al inicio que la oposición conceptual entre realismo e idealismo en el ámbito de las relaciones internacionales adquirió un significado socioclasista del poder, al distinguir entre un enfoque pragmático, de realpolitik, y otro considerado utópico y de difícil realización. Mientras el realismo se presenta como la acción política en el mundo “tal como es”, al idealismo se le suele restar viabilidad, al asociarlo con propuestas orientadas al mejoramiento del orden internacional que quedarían restringidas al plano del “deber ser”. Sin embargo, una mirada desde el pensamiento complejo sugiere que esta separación es más porosa de lo que aparenta. La historia muestra el colapso de sistemas inspirados en una lógica estrictamente realista en el ejercicio del poder —ya sea por despotismo o por presiones fiscales excesivas—, como ocurrió con las monarquías absolutas o con las trece colonias británicas en Norteamérica. En ambos casos, se ignoró que la dimensión ética en la relación con los gobernados constituye, en última instancia, un componente esencial de una visión política verdaderamente realista. Así, lo que a veces se califica como realismo puede contener elementos de idealismo, y viceversa, lo que revela una paradoja fundamental: el realismo estricto, centrado en el uso de la fuerza y la primacía del poder estatal, puede derivar en un idealismo dogmático; mientras que el idealismo, con frecuencia subestimado, puede ofrecer una lectura más pragmática y funcional para la preservación del propio poder estatal. En esta línea, la dicotomía entre realismo e idealismo puede entenderse como un marco epistemológico construido por élites de poder para contener visiones que cuestionan el statu quo y que buscan transformarlo. En ese sentido, en 1939, Carr empleó el término realismo en contraposición al “deseo” utópico. Para él, el realismo en los asuntos internacionales implicaba reconocer que la política no es una función de la ética, sino que, con frecuencia, la ética es una función de la política; es decir, del poder. Más aún, no solo trasladó estos conceptos al campo de las Relaciones Internacionales, sino que también señaló que el realismo suele operar como herramienta de los “poseedores” (have-goments) para preservar el statu quo, mientras que el idealismo tiende a ser el recurso de los “desposeídos” para desafiarlo. El realismo estricto, centrado en el uso de la fuerza y la primacía del poder estatal, puede derivar en un idealismo dogmático. Por otro lado, en la obra de Kant —referente emblemático del idealismo—
Una mirada crítica Enrique Soldevilla Enríquez Mayo 2026 Como es sabido, los antecedentes remotos de las ideas sobre el orden político se encuentran en la filosofía griega clásica. Platón (idealista y subjetivista), al sostener que el Estado debía ser un reflejo del alma, y Aristóteles (materialista y realista), para quien “el Estado nace de la necesidad existencial y su fin es la felicidad conforme a la naturaleza humana, no a un molde ideal”, establecieron de manera tácita una de las primeras dicotomías epistemológicas del pensamiento político occidental. Esta oposición conceptual, siglos después, se trasladó al ámbito de la clasificación de las ciencias y se expresó, desde la filosofía alemana, en el debate entre explicación y comprensión. De estos ejemplos podría deducirse que, a lo largo de la historia, los sistemas educativos han recurrido a estrategias cognitivas basadas en oposiciones de significado —como el bien y el mal, lo bello y lo feo, o lo procedente y lo improcedente—, provenientes de la ética, la estética y las normas que regulan la conducta social. En el siglo XX, el uso de antónimos con una intención ideopolítica cobró especial relevancia en el ámbito de las relaciones internacionales, al emplearse para distinguir entre enfoques realistas y pragmáticos, por un lado, e idealistas y utópicos, por otro. Estos matices denotativos, como se verá más adelante, terminan por conferir a cada postura un significado de carácter socioclasista. Se atribuye a Edward Hallett Carr la trasposición de estos términos desde la filosofía y la teoría política al campo específico de las Relaciones Internacionales, particularmente en su obra de 1939 La crisis de los veinte años, 1919-1939: una introducción al estudio de las relaciones internacionales. Hasta entonces, el debate existía de manera difusa, y pensadores que hoy son catalogados como idealistas —como Woodrow Wilson o Alfred Zimmern— no se autodenominaban de ese modo, sino que se concebían como racionalistas o internacionalistas liberales. Fue Carr quien retomó conceptos de la tradición filosófica para clasificar a sus adversarios y abrió el camino a un debate más estructurado en las Relaciones Internacionales. En ese marco, empleó el término “utopismo” (como sinónimo de idealismo) para describir el enfoque pacifista predominante tras la Primera Guerra Mundial. Asimismo, reformuló la noción filosófica de que las ideas pueden transformar la realidad y la trasladó al ámbito de la política internacional, con el propósito de criticar a quienes sostenían que la opinión pública mundial y los acuerdos legales bastarían para eliminar los conflictos de intereses y la conflagración. Por otro lado, debe considerarse que, con el inicio de la Guerra Fría y la consolidación de una hegemonía bipolar entre dos sistemas en confrontación ideológica, el realismo se convirtió en el enfoque dominante. Este se fundamenta en la centralidad del poder y del uso de la fuerza como ejes de la acción estatal en la arena internacional, evocando planteamientos como el de Tucídides, quien señaló que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”, o el de Nicolás Maquiavelo, que definió la razón de Estado como una esfera ética distinta de la moral privada. En contraste, el canon idealista sitúa la cooperación como núcleo de la acción política. Sus postulados suelen ser desestimados como utópicos, al sostener que la conducta ética de los Estados —basada en el respeto al Derecho Internacional, la soberanía y la renuncia al uso de la fuerza— puede contribuir a evitar el conflicto. En esta tradición, Immanuel Kant es considerado una figura emblemática. En Sobre la paz perpetua (1795), propuso la creación de una federación de Estados libres como vía para prevenir la guerra. ¿Es realista el realismo? Se planteó al inicio que la oposición conceptual entre realismo e idealismo en el ámbito de las relaciones internacionales adquirió un significado socioclasista del poder, al distinguir entre un enfoque pragmático, de realpolitik, y otro considerado utópico y de difícil realización. Mientras el realismo se presenta como la acción política en el mundo “tal como es”, al idealismo se le suele restar viabilidad, al asociarlo con propuestas orientadas al mejoramiento del orden internacional que quedarían restringidas al plano del “deber ser”. Sin embargo, una mirada desde el pensamiento complejo sugiere que esta separación es más porosa de lo que aparenta. La historia muestra el colapso de sistemas inspirados en una lógica estrictamente realista en el ejercicio del poder —ya sea por despotismo o por presiones fiscales excesivas—, como ocurrió con las monarquías absolutas o con las trece colonias británicas en Norteamérica. En ambos casos, se ignoró que la dimensión ética en la relación con los gobernados constituye, en última instancia, un componente esencial de una visión política verdaderamente realista. Así, lo que a veces se califica como realismo puede contener elementos de idealismo, y viceversa, lo que revela una paradoja fundamental: el realismo estricto, centrado en el uso de la fuerza y la primacía del poder estatal, puede derivar en un idealismo dogmático; mientras que el idealismo, con frecuencia subestimado, puede ofrecer una lectura más pragmática y funcional para la preservación del propio poder estatal. En esta línea, la dicotomía entre realismo e idealismo puede entenderse como un marco epistemológico construido por élites de poder para contener visiones que cuestionan el statu quo y que buscan transformarlo. En ese sentido, en 1939, Carr empleó el término realismo en contraposición al “deseo” utópico. Para él, el realismo en los asuntos internacionales implicaba reconocer que la política no es una función de la ética, sino que, con frecuencia, la ética es una función de la política; es decir, del poder. Más aún, no solo trasladó estos conceptos al campo de las Relaciones Internacionales, sino que también señaló que el realismo suele operar como herramienta de los “poseedores” (have-goments) para preservar el statu quo, mientras que el idealismo tiende a ser el recurso de los “desposeídos” para desafiarlo. El realismo estricto, centrado en el uso de la fuerza y la primacía del poder estatal, puede derivar en un idealismo dogmático. Por otro lado, en la obra de Kant —referente emblemático del idealismo— Read More
