La soberanía en disputa

Más allá del legado de Westfalia  Goualo Lazare Flan Junio 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales Durante décadas, la Paz de Westfalia de 1648 ha sido presentada como el punto de partida del mundo moderno: el momento en que nacieron los Estados soberanos, la igualdad jurídica entre ellos y un sistema internacional basado en fronteras claras y autoridad exclusiva. En manuales de Relaciones Internacionales y teoría del Estado, Westfalia suele aparecer como un hito fundacional incuestionable, una especie de “acta de nacimiento” del orden político contemporáneo. Sin embargo, en los últimos años, este relato ha sido objeto de una revisión crítica y cuestionamiento profundo. Lejos de ser un origen claro y universal, Westfalia se revela cada vez más como una construcción analítica retrospectiva, eurocéntrica y parcialmente mítica. De ahí la importancia de ahondar en la lectura divulgativa y crítica del paradigma westfaliano. No se trata de negar la importancia histórica de los tratados firmados en 1648, sino de problematizar el lugar casi sagrado que ocupan en nuestra manera de pensar el Estado, la soberanía y el orden internacional. Al hacerlo, se abre la posibilidad de comprender mejor tanto el pasado como las transformaciones políticas del presente. Westfalia: ¿acontecimiento o mito ordenado del pasado? Los tratados de Westfalia pusieron fin a la guerra de los Treinta Años, uno de los conflictos más devastadores de la Europa moderna temprana. Desde una perspectiva estrictamente histórica, se trata de acuerdos complejos que redefinieron equilibrios territoriales, reconocieron autonomías políticas y limitaron ciertas pretensiones imperiales y religiosas. Sin embargo, atribuirles la creación súbita del Estado soberano moderno resulta, cuando menos, problemático. Muchos de los elementos que se asocian al llamado “orden westfaliano” ya existían antes de 1648: la diplomacia permanente, la territorialización del poder, la consolidación fiscal y militar de las monarquías europeas, así como la progresiva erosión de las autoridades universales del Papa y el Emperador. Westfalia no inauguró estos procesos, sino que los formalizó parcialmente en un contexto específico. La centralidad de Westfalia, entonces, no proviene tanto de su impacto inmediato en el siglo XVII como de su posterior reapropiación teórica. Fue sobre todo en el siglo XX, con el desarrollo de la teoría del Estado y de las Relaciones Internacionales, cuando Westfalia se convirtió en un punto de origen conveniente. Funcionó como un recurso narrativo para ordenar el pasado, establecer un comienzo claro del sistema internacional moderno y dotar de coherencia histórica a conceptos como soberanía, igualdad jurídica y no intervención. Desde esta perspectiva, Westfalia es menos un hecho fundador que un dispositivo analítico. Reconocerlo no implica restarle importancia histórica, sino situarlo críticamente y evitar que opere como un mito naturalizado. La soberanía como proceso histórico, no como punto de partida Uno de los pilares del paradigma westfaliano es la idea de soberanía plena: la existencia de una autoridad suprema, exclusiva e indivisible dentro de un territorio delimitado. Sin embargo, la historia del Estado moderno desmiente esta imagen idealizada. La soberanía no fue una condición inicial, sino un resultado conflictivo y gradual. Durante los siglos de formación estatal en Europa coexistieron múltiples jurisdicciones superpuestas: ciudades libres, imperios, señoríos, corporaciones, autoridades religiosas y órdenes comerciales con capacidad normativa. El poder político estaba fragmentado, negociado y permanentemente disputado. Incluso los Estados que hoy se consideran “clásicos” tardaron siglos en consolidar un control efectivo sobre sus territorios y poblaciones. Más que vivir todavía en el mundo de Westfalia, habitamos un mundo que sigue dialogando —de manera desigual y conflictiva— con ese legado. En este sentido, la soberanía debe entenderse como un proceso histórico relacional, vinculado a dinámicas internas de centralización fiscal, militar y administrativa, así como a relaciones externas de competencia y guerra. Pensadores contemporáneos como Stephen D. Krasner han mostrado que la soberanía nunca fue absoluta, sino atravesada por excepciones, intervenciones y arreglos pragmáticos. De manera similar, autores como John Rouggie y Benno Teschke han cuestionado la idea de que una soberanía fundacional no debilita el análisis del Estado moderno; por el contrario, lo vuelve más preciso y empíricamente sólido. Permite comprender por qué la soberanía ha sido incompleta, desigual y profundamente política. Los límites de un paradigma eurocéntrico Otro problema central del paradigma westfaliano es su pretensión de universalidad. Al presentar la experiencia europea como modelo general del orden internacional, se invisibilizan otras formas históricas de organización política y se proyecta una trayectoria específica como norma mundial. Esta narrativa eurocentrista ha tenido consecuencias duraderas. Durante la expansión colonial, la soberanía fue aplicada de manera selectiva: plenamente reconocida entre potencias europeas, pero negada o restringida en África, Asia y Latinoamérica. Incluso tras los procesos de descolonización, muchos Estados del Sur global ingresaron a un sistema internacional formalmente soberano, pero materialmente desigual. Desde esta perspectiva, la soberanía no aparece como un principio jurídico neutral, sino como una relación de poder. Algunos Estados pueden ejercerla con mayor margen, mientras que otros la experimentan de manera fragmentada o condicionada. El paradigma westfaliano, al ocultar estas asimetrías, limita nuestra comprensión del orden internacional realmente existente. ¿Un mundo poswestfaliano? El debate contemporáneo suele plantearse la pregunta de si el mundo ha dejado de ser westfaliano. La globalización económica, la expansión del Derecho Internacional de los derechos humanos, la justicia penal internacional y el fortalecimiento de organismos supranacionales parecen erosionar los atributos clásicos de la soberanía estatal. La idea de una autoridad absoluta e incontestable resulta cada vez más difícil de sostener. Sin embargo, hablar de un mundo plenamente poswestfaliano puede ser tan problemático como aferrarse al mito original. El Estado sigue siendo el actor central del sistema internacional: controla el territorio, la coerción, la fiscalidad y la seguridad, y es indispensable incluso para el funcionamiento de las instituciones supranacionales. No hay gobernanza global sin Estados. Lo que observamos, más bien, es un orden híbrido. Coexisten lógicas westfalianas y poswestfalianas, formas clásicas de soberanía con mecanismos de autoridad compartida, intervención selectiva y regulación transnacional. Además, estas transformaciones son profundamente desiguales. No todos los Estados ven erosionada su soberanía de la misma manera ni con la misma intensidad.

​Más allá del legado de Westfalia  Goualo Lazare Flan Junio 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales Durante décadas, la Paz de Westfalia de 1648 ha sido presentada como el punto de partida del mundo moderno: el momento en que nacieron los Estados soberanos, la igualdad jurídica entre ellos y un sistema internacional basado en fronteras claras y autoridad exclusiva. En manuales de Relaciones Internacionales y teoría del Estado, Westfalia suele aparecer como un hito fundacional incuestionable, una especie de “acta de nacimiento” del orden político contemporáneo. Sin embargo, en los últimos años, este relato ha sido objeto de una revisión crítica y cuestionamiento profundo. Lejos de ser un origen claro y universal, Westfalia se revela cada vez más como una construcción analítica retrospectiva, eurocéntrica y parcialmente mítica. De ahí la importancia de ahondar en la lectura divulgativa y crítica del paradigma westfaliano. No se trata de negar la importancia histórica de los tratados firmados en 1648, sino de problematizar el lugar casi sagrado que ocupan en nuestra manera de pensar el Estado, la soberanía y el orden internacional. Al hacerlo, se abre la posibilidad de comprender mejor tanto el pasado como las transformaciones políticas del presente. Westfalia: ¿acontecimiento o mito ordenado del pasado? Los tratados de Westfalia pusieron fin a la guerra de los Treinta Años, uno de los conflictos más devastadores de la Europa moderna temprana. Desde una perspectiva estrictamente histórica, se trata de acuerdos complejos que redefinieron equilibrios territoriales, reconocieron autonomías políticas y limitaron ciertas pretensiones imperiales y religiosas. Sin embargo, atribuirles la creación súbita del Estado soberano moderno resulta, cuando menos, problemático. Muchos de los elementos que se asocian al llamado “orden westfaliano” ya existían antes de 1648: la diplomacia permanente, la territorialización del poder, la consolidación fiscal y militar de las monarquías europeas, así como la progresiva erosión de las autoridades universales del Papa y el Emperador. Westfalia no inauguró estos procesos, sino que los formalizó parcialmente en un contexto específico. La centralidad de Westfalia, entonces, no proviene tanto de su impacto inmediato en el siglo XVII como de su posterior reapropiación teórica. Fue sobre todo en el siglo XX, con el desarrollo de la teoría del Estado y de las Relaciones Internacionales, cuando Westfalia se convirtió en un punto de origen conveniente. Funcionó como un recurso narrativo para ordenar el pasado, establecer un comienzo claro del sistema internacional moderno y dotar de coherencia histórica a conceptos como soberanía, igualdad jurídica y no intervención. Desde esta perspectiva, Westfalia es menos un hecho fundador que un dispositivo analítico. Reconocerlo no implica restarle importancia histórica, sino situarlo críticamente y evitar que opere como un mito naturalizado. La soberanía como proceso histórico, no como punto de partida Uno de los pilares del paradigma westfaliano es la idea de soberanía plena: la existencia de una autoridad suprema, exclusiva e indivisible dentro de un territorio delimitado. Sin embargo, la historia del Estado moderno desmiente esta imagen idealizada. La soberanía no fue una condición inicial, sino un resultado conflictivo y gradual. Durante los siglos de formación estatal en Europa coexistieron múltiples jurisdicciones superpuestas: ciudades libres, imperios, señoríos, corporaciones, autoridades religiosas y órdenes comerciales con capacidad normativa. El poder político estaba fragmentado, negociado y permanentemente disputado. Incluso los Estados que hoy se consideran “clásicos” tardaron siglos en consolidar un control efectivo sobre sus territorios y poblaciones. Más que vivir todavía en el mundo de Westfalia, habitamos un mundo que sigue dialogando —de manera desigual y conflictiva— con ese legado. En este sentido, la soberanía debe entenderse como un proceso histórico relacional, vinculado a dinámicas internas de centralización fiscal, militar y administrativa, así como a relaciones externas de competencia y guerra. Pensadores contemporáneos como Stephen D. Krasner han mostrado que la soberanía nunca fue absoluta, sino atravesada por excepciones, intervenciones y arreglos pragmáticos. De manera similar, autores como John Rouggie y Benno Teschke han cuestionado la idea de que una soberanía fundacional no debilita el análisis del Estado moderno; por el contrario, lo vuelve más preciso y empíricamente sólido. Permite comprender por qué la soberanía ha sido incompleta, desigual y profundamente política. Los límites de un paradigma eurocéntrico Otro problema central del paradigma westfaliano es su pretensión de universalidad. Al presentar la experiencia europea como modelo general del orden internacional, se invisibilizan otras formas históricas de organización política y se proyecta una trayectoria específica como norma mundial. Esta narrativa eurocentrista ha tenido consecuencias duraderas. Durante la expansión colonial, la soberanía fue aplicada de manera selectiva: plenamente reconocida entre potencias europeas, pero negada o restringida en África, Asia y Latinoamérica. Incluso tras los procesos de descolonización, muchos Estados del Sur global ingresaron a un sistema internacional formalmente soberano, pero materialmente desigual. Desde esta perspectiva, la soberanía no aparece como un principio jurídico neutral, sino como una relación de poder. Algunos Estados pueden ejercerla con mayor margen, mientras que otros la experimentan de manera fragmentada o condicionada. El paradigma westfaliano, al ocultar estas asimetrías, limita nuestra comprensión del orden internacional realmente existente. ¿Un mundo poswestfaliano? El debate contemporáneo suele plantearse la pregunta de si el mundo ha dejado de ser westfaliano. La globalización económica, la expansión del Derecho Internacional de los derechos humanos, la justicia penal internacional y el fortalecimiento de organismos supranacionales parecen erosionar los atributos clásicos de la soberanía estatal. La idea de una autoridad absoluta e incontestable resulta cada vez más difícil de sostener. Sin embargo, hablar de un mundo plenamente poswestfaliano puede ser tan problemático como aferrarse al mito original. El Estado sigue siendo el actor central del sistema internacional: controla el territorio, la coerción, la fiscalidad y la seguridad, y es indispensable incluso para el funcionamiento de las instituciones supranacionales. No hay gobernanza global sin Estados. Lo que observamos, más bien, es un orden híbrido. Coexisten lógicas westfalianas y poswestfalianas, formas clásicas de soberanía con mecanismos de autoridad compartida, intervención selectiva y regulación transnacional. Además, estas transformaciones son profundamente desiguales. No todos los Estados ven erosionada su soberanía de la misma manera ni con la misma intensidad. Read More

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