Los BRICS y la gobernanza global en transformación

Urgencia de un nuevo marco de cooperación y el papel de BRICS+ Thinking  Jim O’Neill Junio 2026 En 2020-2021, formé parte de la Comisión Europea sobre Perspectivas de la Economía Mundial (WEO), presidida por Mario Monti, creada para proponer medidas que evitaran que futuras pandemias reprodujeran el caos mundial generado por el covid-19. La Comisión coincidió con el año en que Italia presidía el G-20, y una de nuestras iniciativas centrales fue proponer la creación de una Junta Global de Salud y Finanzas en el marco del G-20, inspirada en el modelo del Consejo de Estabilidad Financiera, establecido en 2008 tras la crisis financiera mundial. La idea consistía en que los ministros de Finanzas y de Salud del G-20 se reunieran de forma regular, apoyados por un pequeño grupo de expertos técnicos, con el objetivo de garantizar la detección temprana de señales de alerta y la adopción de políticas preventivas antes de que fuera demasiado tarde. En crisis sanitarias previas, los responsables políticos suelen reaccionar tarde, lo que implica, posteriormente, costos mucho mayores para contener sus efectos. Nuestro propósito era precisamente evitar ese patrón. La propuesta fue ampliamente aceptada por los países del G-7 y adoptada por la presidencia italiana como una de las prioridades del G-20. Sin embargo, para nuestra sorpresa, conforme la propuesta avanzó dentro del G-20, en una de las últimas reuniones de los negociadores surgió que los países BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) se oponían colectivamente a la iniciativa, lo que terminó debilitando su impulso. Tras varias rondas de discusión, la propuesta fue degradada a un simple “grupo de trabajo” para mantener cierto grado de continuidad. Dado mi papel en la creación del acrónimo en 2001 y mi reputación como alguien cercano a estas potencias emergentes, algunos miembros de la Comisión me preguntaron por qué había surgido esa oposición, y me sentí desconcertado. Al consultar a algunos funcionarios de nivel intermedio de los países BRICS, la explicación más verosímil fue: “Otra iniciativa concebida en Occidente que se presenta a las economías emergentes para que simplemente la acepten, en lugar de haberlas incluido desde el inicio en su diseño para crear una propuesta colectiva que nos beneficiara a todos”. Esta respuesta —a pesar de que la implementación de una Junta Global de Salud y Finanzas probablemente beneficiaría más a estos países que a los del G-7— me recordó comentarios recurrentes escuchados durante años, y en última instancia, la razón misma por la que concebí el acrónimo BRIC en 2001. Del optimismo institucional a la competencia sistémica En mi texto de ese año, argumentaba que, bajo distintos escenarios, era probable que el tamaño absoluto y relativo de las economías BRIC creciera significativamente en la década siguiente. En un contexto en el que varios países europeos habían creado el euro, renunciando a su autonomía monetaria y, en cierta medida, fiscal, parecía razonable que, para mejorar la gobernanza global, estos países debían tener una mayor participación en la toma de decisiones junto a sus contrapartes desarrolladas. Tras la crisis financiera mundial de 2007-2008, el presidente George W. Bush impulsó la creación del G-20 para responder a una crisis verdaderamente internacional, incorporando a los países BRIC, así como a Sudáfrica y otras economías emergentes. Aunque este formato era más amplio de lo que yo había propuesto originalmente, reflejaba el espíritu de mi idea, y lo consideré un avance necesario y positivo. La percepción de subrepresentación resulta hoy aún más marcada. Durante algunos años, el G-20 pareció consolidarse como un legado institucional duradero de la crisis y una herramienta para mejorar la gobernanza global. Sin embargo, hacia mediados de la década siguiente, alrededor de 2015-2016, comenzó a perder relevancia. Parte de ello se debió a dinámicas políticas en sus principales miembros, particularmente China y Estados Unidos, reflejo también de tensiones internas más amplias. De forma crucial, los países BRIC ya habían creado en 2009 su propio foro político, al que añadieron a Sudáfrica para formar los BRICS, comenzando a reunirse anualmente. Uno de sus objetivos centrales —recurrente a lo largo del tiempo— ha sido evidenciar que su voz individual y colectiva en las instituciones internacionales está subrepresentada, una afirmación difícil de refutar. Un mundo que ya no converge Con el paso del tiempo, y tras 25 años desde que propuse la idea, la participación de los BRICS en la economía mundial ha aumentado de manera significativa, impulsada especialmente por China y la India. En consecuencia, la percepción de subrepresentación resulta hoy aún más marcada. Como bloque político, los BRICS han evolucionado hacia los BRICS+, incorporando cinco nuevos miembros y con otros potencialmente en camino. En mi opinión, Occidente debe reconocer, con mayor claridad, que estos países tienen un argumento legítimo, y que ya no es creíble pensar que eventualmente adoptarán sin más el modelo occidental y aceptarán la situación actual. Asimismo, hay que reconocer que aspectos fundamentales del modelo económico liberal internacional no han funcionado en el siglo XXI como sugieren los manuales. A pesar de la fortaleza sostenida de los mercados bursátiles y del sector inmobiliario, gran parte de la riqueza generada no se ha traducido en mejoras para las clases medias y bajas, en parte por la debilidad de la inversión pública y privada y, sobre todo, por la persistente debilidad de la productividad. Hasta años recientes, los salarios reales han permanecido prácticamente estancados. Todo ello está en la base de la creciente fragmentación política en numerosos países, alimentada por —y alimentando a su vez— la incertidumbre mundial. Aunque resulte incómodo, los países occidentales deben adoptar una visión más abierta tanto del modelo económico convencional como de su forma de relacionarse con potencias emergentes que no buscan replicar necesariamente el modelo occidental. La propuesta de BRICS+ Thinking El propósito central de BRICS+ Thinking es contribuir a un entorno en el que el G-7 y los BRICS+ dejen de hablar de ellos y comiencen a dialogar entre ellos. Se trata de una plataforma ágil orientada a promover un mejor diálogo y recomendaciones de política pública aplicables en

​Urgencia de un nuevo marco de cooperación y el papel de BRICS+ Thinking  Jim O’Neill Junio 2026 En 2020-2021, formé parte de la Comisión Europea sobre Perspectivas de la Economía Mundial (WEO), presidida por Mario Monti, creada para proponer medidas que evitaran que futuras pandemias reprodujeran el caos mundial generado por el covid-19. La Comisión coincidió con el año en que Italia presidía el G-20, y una de nuestras iniciativas centrales fue proponer la creación de una Junta Global de Salud y Finanzas en el marco del G-20, inspirada en el modelo del Consejo de Estabilidad Financiera, establecido en 2008 tras la crisis financiera mundial. La idea consistía en que los ministros de Finanzas y de Salud del G-20 se reunieran de forma regular, apoyados por un pequeño grupo de expertos técnicos, con el objetivo de garantizar la detección temprana de señales de alerta y la adopción de políticas preventivas antes de que fuera demasiado tarde. En crisis sanitarias previas, los responsables políticos suelen reaccionar tarde, lo que implica, posteriormente, costos mucho mayores para contener sus efectos. Nuestro propósito era precisamente evitar ese patrón. La propuesta fue ampliamente aceptada por los países del G-7 y adoptada por la presidencia italiana como una de las prioridades del G-20. Sin embargo, para nuestra sorpresa, conforme la propuesta avanzó dentro del G-20, en una de las últimas reuniones de los negociadores surgió que los países BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) se oponían colectivamente a la iniciativa, lo que terminó debilitando su impulso. Tras varias rondas de discusión, la propuesta fue degradada a un simple “grupo de trabajo” para mantener cierto grado de continuidad. Dado mi papel en la creación del acrónimo en 2001 y mi reputación como alguien cercano a estas potencias emergentes, algunos miembros de la Comisión me preguntaron por qué había surgido esa oposición, y me sentí desconcertado. Al consultar a algunos funcionarios de nivel intermedio de los países BRICS, la explicación más verosímil fue: “Otra iniciativa concebida en Occidente que se presenta a las economías emergentes para que simplemente la acepten, en lugar de haberlas incluido desde el inicio en su diseño para crear una propuesta colectiva que nos beneficiara a todos”. Esta respuesta —a pesar de que la implementación de una Junta Global de Salud y Finanzas probablemente beneficiaría más a estos países que a los del G-7— me recordó comentarios recurrentes escuchados durante años, y en última instancia, la razón misma por la que concebí el acrónimo BRIC en 2001. Del optimismo institucional a la competencia sistémica En mi texto de ese año, argumentaba que, bajo distintos escenarios, era probable que el tamaño absoluto y relativo de las economías BRIC creciera significativamente en la década siguiente. En un contexto en el que varios países europeos habían creado el euro, renunciando a su autonomía monetaria y, en cierta medida, fiscal, parecía razonable que, para mejorar la gobernanza global, estos países debían tener una mayor participación en la toma de decisiones junto a sus contrapartes desarrolladas. Tras la crisis financiera mundial de 2007-2008, el presidente George W. Bush impulsó la creación del G-20 para responder a una crisis verdaderamente internacional, incorporando a los países BRIC, así como a Sudáfrica y otras economías emergentes. Aunque este formato era más amplio de lo que yo había propuesto originalmente, reflejaba el espíritu de mi idea, y lo consideré un avance necesario y positivo. La percepción de subrepresentación resulta hoy aún más marcada. Durante algunos años, el G-20 pareció consolidarse como un legado institucional duradero de la crisis y una herramienta para mejorar la gobernanza global. Sin embargo, hacia mediados de la década siguiente, alrededor de 2015-2016, comenzó a perder relevancia. Parte de ello se debió a dinámicas políticas en sus principales miembros, particularmente China y Estados Unidos, reflejo también de tensiones internas más amplias. De forma crucial, los países BRIC ya habían creado en 2009 su propio foro político, al que añadieron a Sudáfrica para formar los BRICS, comenzando a reunirse anualmente. Uno de sus objetivos centrales —recurrente a lo largo del tiempo— ha sido evidenciar que su voz individual y colectiva en las instituciones internacionales está subrepresentada, una afirmación difícil de refutar. Un mundo que ya no converge Con el paso del tiempo, y tras 25 años desde que propuse la idea, la participación de los BRICS en la economía mundial ha aumentado de manera significativa, impulsada especialmente por China y la India. En consecuencia, la percepción de subrepresentación resulta hoy aún más marcada. Como bloque político, los BRICS han evolucionado hacia los BRICS+, incorporando cinco nuevos miembros y con otros potencialmente en camino. En mi opinión, Occidente debe reconocer, con mayor claridad, que estos países tienen un argumento legítimo, y que ya no es creíble pensar que eventualmente adoptarán sin más el modelo occidental y aceptarán la situación actual. Asimismo, hay que reconocer que aspectos fundamentales del modelo económico liberal internacional no han funcionado en el siglo XXI como sugieren los manuales. A pesar de la fortaleza sostenida de los mercados bursátiles y del sector inmobiliario, gran parte de la riqueza generada no se ha traducido en mejoras para las clases medias y bajas, en parte por la debilidad de la inversión pública y privada y, sobre todo, por la persistente debilidad de la productividad. Hasta años recientes, los salarios reales han permanecido prácticamente estancados. Todo ello está en la base de la creciente fragmentación política en numerosos países, alimentada por —y alimentando a su vez— la incertidumbre mundial. Aunque resulte incómodo, los países occidentales deben adoptar una visión más abierta tanto del modelo económico convencional como de su forma de relacionarse con potencias emergentes que no buscan replicar necesariamente el modelo occidental. La propuesta de BRICS+ Thinking El propósito central de BRICS+ Thinking es contribuir a un entorno en el que el G-7 y los BRICS+ dejen de hablar de ellos y comiencen a dialogar entre ellos. Se trata de una plataforma ágil orientada a promover un mejor diálogo y recomendaciones de política pública aplicables en Read More

Full text for top nursing and allied health literature.

X