Nuevo número de Foreign Affairs Latinoamérica Jordi Bacaria Colom Julio 2026 Con la erosión del orden internacional vigente, las potencias medias han vuelto a cobrar protagonismo, en particular desde el discurso pronunciado en Davos por el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en enero de 2026. En este debate se enfrentan quienes destacan su potencial para influir en la geopolítica contemporánea y quienes cuestionan el alcance real de su capacidad de acción. De ahí que el tema central de este número explore el papel de las potencias medias en la reconfiguración del orden internacional. El artículo de Kim Richard Nossal parte del discurso de Carney y plantea qué significa ser una potencia media en la política internacional contemporánea. Para ello, ofrece un recorrido histórico por la evolución del concepto. Según el autor canadiense, cuando lo “intermedio” no se define en términos geográficos, sino políticos, diplomáticos, económicos y militares, el significado resulta más pertinente para la década de 2020, pues cada vez más Estados se encuentran atrapados “en medio” de las grandes potencias. Definir a una potencia media como un Estado situado “entre” China y Estados Unidos amplía de manera considerable la categoría, pues son relativamente pocos los que no se encuentran, de algún modo, atrapados en la rivalidad sinoestadounidense, pero el concepto de “potencia media” siempre se ha utilizado con flexibilidad y ha adoptado distintos significados según el contexto histórico. Por ello, no sorprende que, tras la buena recepción del llamado de Carney a construir coaliciones entre potencias medias, esta noción haya recuperado protagonismo en el debate internacional contemporáneo. Para Dorota Heidrich, Jakub Zajączkowski y Jorge A. Schiavon, la cuestión de fondo es si las potencias medias podrán operar en un mundo donde las reglas y las instituciones limiten de manera significativa el uso del poder y la fuerza, o si navegarán en un sistema cada vez más dominado por las decisiones discrecionales y unilaterales de los actores más poderosos. Los autores sostienen que las potencias medias son uno de los principales pilares del orden internacional basado en reglas, pues este tipo de sistema restringe el ejercicio arbitrario del poder por parte de los actores más fuertes. Más que una preferencia moral, se trata de una estrategia de supervivencia. La actual reconfiguración del orden internacional también abre espacios de acción que no existían cuando el sistema estaba más asentado. En particular, ofrece oportunidades más significativas para la construcción de coaliciones interregionales capaces de ampliar su margen de maniobra. Para las potencias medias, los principios operativos son la estabilidad y el pragmatismo. Un regreso a un bilateralismo rígido o a una confrontación abierta entre grandes potencias sería tan perjudicial para ellas como para el resto de los países. Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami consideran que el principal dilema para Latinoamérica —y, en general, para los países con economías abiertas y dependientes del comercio exterior— es alinearse de forma automática con una de las grandes potencias, o construir una estrategia que preserve la autonomía de decisión y proteja el interés nacional. En tal contexto, el discurso de Carney subraya la renovada vigencia de la noción del “no alineamiento activo” como una propuesta estratégica para la región y con validez para todo el Sur global. Los autores sostienen que se trata de un enfoque realista y pragmático, más que ideológico, inspirado en las tradiciones diplomáticas latinoamericanas y basado en la premisa de que, en un sistema internacional fragmentado, la autonomía relativa constituye un recurso estratégico. El no alineamiento activo no implica buscar una confrontación con Estados Unidos, sino redefinir la relación regional con Washington sobre bases menos asimétricas. Asimismo, busca evitar tanto la “alineación dura” como la “alineación blanda, privilegiando una política exterior centrada en la protección y la promoción del interés nacional. Desde la experiencia de Finlandia, el presidente Alexander Stubb anticipa una contienda triangular entre Occidente, Oriente y el Sur global. A su juicio, una de las decisiones más relevantes para los países del Sur global será optar entre fortalecer el sistema multilateral o impulsar una mayor multipolaridad, una elección que influirá en la orientación de la próxima etapa de la geopolítica internacional hacia la cooperación, la fragmentación o la dominación. Stubb sostiene que las instituciones y las normas internacionales proporcionan el marco para la cooperación, pero requieren una actualización y una reforma que refleje mejor el creciente poder económico y político de Oriente y del Sur global. En dicho proceso, los Estados pequeños, las potencias medias y las organizaciones regionales —como la Unión Africana, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, la Unión Europea y el Mercado Común del Sur (Mercosur)— desempeñan un papel clave en la defensa y la renovación del multilateralismo. China, por su parte, promueve una visión de la multipolaridad con matices multilaterales. En su escenario más optimista, el autor sugiere una nueva simetría de poder entre Occidente, Oriente y el Sur global, sustentada en un orden internacional requilibrado en el que los países enfrentan los problemas más apremiantes del mundo mediante la cooperación y el diálogo entre iguales. Para alcanzarlo —argumenta—, la reforma de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debe ser un punto de partida ineludible. Matias Spektor se muestra más escéptico respecto a la capacidad de las potencias medias para desempeñar el papel de rescate propuesto por Carney. A su juicio, sigue sin estar claro cómo podrán asumir esa tarea, y si de los escombros del orden liderado por Estados Unidos podrá surgir un nuevo régimen internacional sustentado en valores compartidos. Su preocupación central es que un mundo donde las grandes potencias ya no se sienten obligadas a justificar moralmente sus acciones no sea más honesto, sino más peligroso. Durante décadas, la hipocresía ha generado resentimiento y desconfianza entre las potencias mundiales, pero también ha limitado su poder, al obligar a los Estados a rendir cuentas frente a los principios morales que afirmaban defender. Para Spektor, la característica distintiva del momento actual no es que Estados Unidos viole los principios que antes defendía, sino que prescinde cada vez más de
Nuevo número de Foreign Affairs Latinoamérica Jordi Bacaria Colom Julio 2026 Con la erosión del orden internacional vigente, las potencias medias han vuelto a cobrar protagonismo, en particular desde el discurso pronunciado en Davos por el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en enero de 2026. En este debate se enfrentan quienes destacan su potencial para influir en la geopolítica contemporánea y quienes cuestionan el alcance real de su capacidad de acción. De ahí que el tema central de este número explore el papel de las potencias medias en la reconfiguración del orden internacional. El artículo de Kim Richard Nossal parte del discurso de Carney y plantea qué significa ser una potencia media en la política internacional contemporánea. Para ello, ofrece un recorrido histórico por la evolución del concepto. Según el autor canadiense, cuando lo “intermedio” no se define en términos geográficos, sino políticos, diplomáticos, económicos y militares, el significado resulta más pertinente para la década de 2020, pues cada vez más Estados se encuentran atrapados “en medio” de las grandes potencias. Definir a una potencia media como un Estado situado “entre” China y Estados Unidos amplía de manera considerable la categoría, pues son relativamente pocos los que no se encuentran, de algún modo, atrapados en la rivalidad sinoestadounidense, pero el concepto de “potencia media” siempre se ha utilizado con flexibilidad y ha adoptado distintos significados según el contexto histórico. Por ello, no sorprende que, tras la buena recepción del llamado de Carney a construir coaliciones entre potencias medias, esta noción haya recuperado protagonismo en el debate internacional contemporáneo. Para Dorota Heidrich, Jakub Zajączkowski y Jorge A. Schiavon, la cuestión de fondo es si las potencias medias podrán operar en un mundo donde las reglas y las instituciones limiten de manera significativa el uso del poder y la fuerza, o si navegarán en un sistema cada vez más dominado por las decisiones discrecionales y unilaterales de los actores más poderosos. Los autores sostienen que las potencias medias son uno de los principales pilares del orden internacional basado en reglas, pues este tipo de sistema restringe el ejercicio arbitrario del poder por parte de los actores más fuertes. Más que una preferencia moral, se trata de una estrategia de supervivencia. La actual reconfiguración del orden internacional también abre espacios de acción que no existían cuando el sistema estaba más asentado. En particular, ofrece oportunidades más significativas para la construcción de coaliciones interregionales capaces de ampliar su margen de maniobra. Para las potencias medias, los principios operativos son la estabilidad y el pragmatismo. Un regreso a un bilateralismo rígido o a una confrontación abierta entre grandes potencias sería tan perjudicial para ellas como para el resto de los países. Carlos Fortin, Jorge Heine y Carlos Ominami consideran que el principal dilema para Latinoamérica —y, en general, para los países con economías abiertas y dependientes del comercio exterior— es alinearse de forma automática con una de las grandes potencias, o construir una estrategia que preserve la autonomía de decisión y proteja el interés nacional. En tal contexto, el discurso de Carney subraya la renovada vigencia de la noción del “no alineamiento activo” como una propuesta estratégica para la región y con validez para todo el Sur global. Los autores sostienen que se trata de un enfoque realista y pragmático, más que ideológico, inspirado en las tradiciones diplomáticas latinoamericanas y basado en la premisa de que, en un sistema internacional fragmentado, la autonomía relativa constituye un recurso estratégico. El no alineamiento activo no implica buscar una confrontación con Estados Unidos, sino redefinir la relación regional con Washington sobre bases menos asimétricas. Asimismo, busca evitar tanto la “alineación dura” como la “alineación blanda, privilegiando una política exterior centrada en la protección y la promoción del interés nacional. Desde la experiencia de Finlandia, el presidente Alexander Stubb anticipa una contienda triangular entre Occidente, Oriente y el Sur global. A su juicio, una de las decisiones más relevantes para los países del Sur global será optar entre fortalecer el sistema multilateral o impulsar una mayor multipolaridad, una elección que influirá en la orientación de la próxima etapa de la geopolítica internacional hacia la cooperación, la fragmentación o la dominación. Stubb sostiene que las instituciones y las normas internacionales proporcionan el marco para la cooperación, pero requieren una actualización y una reforma que refleje mejor el creciente poder económico y político de Oriente y del Sur global. En dicho proceso, los Estados pequeños, las potencias medias y las organizaciones regionales —como la Unión Africana, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, la Unión Europea y el Mercado Común del Sur (Mercosur)— desempeñan un papel clave en la defensa y la renovación del multilateralismo. China, por su parte, promueve una visión de la multipolaridad con matices multilaterales. En su escenario más optimista, el autor sugiere una nueva simetría de poder entre Occidente, Oriente y el Sur global, sustentada en un orden internacional requilibrado en el que los países enfrentan los problemas más apremiantes del mundo mediante la cooperación y el diálogo entre iguales. Para alcanzarlo —argumenta—, la reforma de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debe ser un punto de partida ineludible. Matias Spektor se muestra más escéptico respecto a la capacidad de las potencias medias para desempeñar el papel de rescate propuesto por Carney. A su juicio, sigue sin estar claro cómo podrán asumir esa tarea, y si de los escombros del orden liderado por Estados Unidos podrá surgir un nuevo régimen internacional sustentado en valores compartidos. Su preocupación central es que un mundo donde las grandes potencias ya no se sienten obligadas a justificar moralmente sus acciones no sea más honesto, sino más peligroso. Durante décadas, la hipocresía ha generado resentimiento y desconfianza entre las potencias mundiales, pero también ha limitado su poder, al obligar a los Estados a rendir cuentas frente a los principios morales que afirmaban defender. Para Spektor, la característica distintiva del momento actual no es que Estados Unidos viole los principios que antes defendía, sino que prescinde cada vez más de Read More
