Ahmed Acevedo Agosto 2026 Pocos países han sido tan analizados y, al mismo tiempo, tan mal comprendidos como Irán. Durante más de 4 décadas, la República Islámica ha ocupado una posición central en numerosos conflictos internacionales. Ha sido objeto de sanciones, negociaciones, campañas mediáticas, informes académicos y estudios estratégicos. Sin embargo, la abundancia de información no siempre se ha traducido en una comprensión más profunda del país. Con frecuencia, los análisis occidentales oscilan entre dos reduccionismos opuestos. Unos interpretan a Irán exclusivamente como un actor geopolítico y explican sus decisiones en términos de intereses nacionales, equilibrio de poder o estrategias regionales. Otros lo convierten en una abstracción ideológica o religiosa, desligándolo de su realidad histórica concreta. Ambas aproximaciones contienen elementos de verdad, pero resultan insuficientes para comprender una realidad que se articula a partir de categorías distintas de las predominantes en el pensamiento político occidental. La cuestión no es si debemos compartir la visión iraní del mundo, sino si resulta posible comprender una civilización utilizando exclusivamente categorías que esa misma civilización no reconoce como propias. A mi juicio, hay tres razones fundamentales por las que Occidente interpreta erróneamente a Irán. Primer error: interpretar a Irán como un actor geopolítico convencional La mayor parte de los análisis occidentales sobre Irán parten de una premisa aparentemente razonable: los Estados actúan movidos por intereses. En consecuencia, se estudian sus capacidades militares, sus alianzas, sus recursos energéticos, su posición estratégica o sus objetivos de seguridad. Todo ello es legítimo y necesario. El problema surge cuando se supone que esas variables bastan para explicar la totalidad de su comportamiento. Desde la Revolución Islámica de 1979, los dirigentes iraníes han insistido en describir el conflicto fundamental de nuestro tiempo en términos muy distintos de los habituales en la geopolítica occidental. Hablan de justicia, dignidad, trascendencia, sentido de la historia y naturaleza humana. No se trata de referencias ocasionales. Constituyen el núcleo de una cosmovisión que ha permanecido notablemente estable durante más de 4 décadas. Pese a sus diferencias políticas y de estilo, los dirigentes iraníes que han intervenido ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) —desde Alí Jamenei hasta Ebrahim Raisi, pasando por Mohamed Jatami y Mahmud Ahmadineyad— han reiterado una misma idea fundamental: la crisis contemporánea no puede comprenderse únicamente en términos de poder o de intereses materiales, sino también como una disputa sobre la interpretación del ser humano, de la historia y del orden social. Como afirmó el entonces presidente Jamenei ante la Asamblea General de la ONU en 1987: “La interpretación del hombre, la interpretación de la historia, … todas estas cosas se fundamentan y derivan de esta cosmovisión divina”. Cuando los dirigentes cambian, pero la antropología permanece, no estamos ante una simple estrategia política, sino ante un fundamento civilizatorio. La República Islámica no ha modificado sustancialmente su diagnóstico porque tampoco ha cambiado su cosmovisión., y no lo ha hecho porque esta no constituye, para quienes la sostienen, una opción política entre otras, sino una verdad ante la cual se consideran responsables. Por ello, cuando numerosos análisis occidentales han intentado traducir estos discursos al lenguaje exclusivo de la geopolítica —intereses, poder y seguridad— han terminado por encontrarse con una realidad difícil de explicar. No porque esos factores sean irrelevantes, sino porque resultan insuficientes. Reducir Irán a ellos equivale a conservar la superficie y perder lo esencial. Irán no actúa como un Estado-nación convencional porque no se comprende a sí mismo únicamente como tal: se percibe como heredero de una tradición histórica, religiosa y civilizatoria que confiere significado a su acción política. Esa diferencia constituye una de las principales razones por las que muchos análisis occidentales fracasan al anticipar o comprender su comportamiento. Segundo error: suponer que religión y política pertenecen siempre a esferas separadas Buena parte de la incomprensión occidental hacia Irán procede de una experiencia histórica específica: la progresiva separación entre religión y política que caracterizó a la modernidad europea. Tras siglos de conflictos religiosos, las sociedades occidentales desarrollaron instituciones destinadas a delimitar ámbitos distintos para la fe, el Estado y la vida pública. Con el tiempo, esa separación dejó de percibirse como una solución histórica particular y pasó a considerarse una característica inherente a toda sociedad moderna. Desde esa perspectiva, la religión aparece como una convicción personal llamada a desempeñar un papel limitado en la vida política. Cuando los observadores occidentales contemplan la República Islámica de Irán, tienden por ello a interpretar el lenguaje religioso como un revestimiento simbólico de intereses esencialmente políticos. Sin embargo, otras tradiciones históricas han conservado una comprensión diferente. En el islam —particularmente en la memoria de Karbalá—, en ciertas corrientes de la tradición ortodoxa oriental o en expresiones del catolicismo como la teología de la liberación, la esperanza anclada en la trascendencia nunca perdió por completo su dimensión de resistencia frente a la injusticia y la tiranía. Tal vez la cuestión no sea únicamente qué sabemos sobre Irán, sino si nuestras categorías analíticas son suficientes para comprenderlo. La dificultad para comprender este fenómeno no se limita al caso iraní. En los últimos años, buena parte de los discursos procedentes de Rusia que apelan a la civilización, la tradición histórica o los fundamentos espirituales han sido interpretados en Occidente como simples racionalizaciones de intereses geopolíticos. Independientemente del juicio que merezcan, el patrón resulta significativo: cuando actores políticos pertenecientes a tradiciones distintas recurren a categorías que desbordan el lenguaje habitual de los intereses materiales, existe una tendencia recurrente a ignorarlas o reinterpretarlas. Esta comparación es importante porque impide presentar a Irán como una anomalía incomprensible. La tradición política surgida de la Revolución Islámica parte de una premisa diferente de la secular moderna: la religión no constituye un ámbito separado de la existencia humana, sino una visión integral del ser humano, de la comunidad y del orden social. Las cuestiones relativas a la justicia, la autoridad, la economía o la responsabilidad colectiva no aparecen desligadas de la dimensión espiritual, sino comprendidas dentro de un mismo horizonte de sentido. Por ello, conceptos centrales de
Ahmed Acevedo Agosto 2026 Pocos países han sido tan analizados y, al mismo tiempo, tan mal comprendidos como Irán. Durante más de 4 décadas, la República Islámica ha ocupado una posición central en numerosos conflictos internacionales. Ha sido objeto de sanciones, negociaciones, campañas mediáticas, informes académicos y estudios estratégicos. Sin embargo, la abundancia de información no siempre se ha traducido en una comprensión más profunda del país. Con frecuencia, los análisis occidentales oscilan entre dos reduccionismos opuestos. Unos interpretan a Irán exclusivamente como un actor geopolítico y explican sus decisiones en términos de intereses nacionales, equilibrio de poder o estrategias regionales. Otros lo convierten en una abstracción ideológica o religiosa, desligándolo de su realidad histórica concreta. Ambas aproximaciones contienen elementos de verdad, pero resultan insuficientes para comprender una realidad que se articula a partir de categorías distintas de las predominantes en el pensamiento político occidental. La cuestión no es si debemos compartir la visión iraní del mundo, sino si resulta posible comprender una civilización utilizando exclusivamente categorías que esa misma civilización no reconoce como propias. A mi juicio, hay tres razones fundamentales por las que Occidente interpreta erróneamente a Irán. Primer error: interpretar a Irán como un actor geopolítico convencional La mayor parte de los análisis occidentales sobre Irán parten de una premisa aparentemente razonable: los Estados actúan movidos por intereses. En consecuencia, se estudian sus capacidades militares, sus alianzas, sus recursos energéticos, su posición estratégica o sus objetivos de seguridad. Todo ello es legítimo y necesario. El problema surge cuando se supone que esas variables bastan para explicar la totalidad de su comportamiento. Desde la Revolución Islámica de 1979, los dirigentes iraníes han insistido en describir el conflicto fundamental de nuestro tiempo en términos muy distintos de los habituales en la geopolítica occidental. Hablan de justicia, dignidad, trascendencia, sentido de la historia y naturaleza humana. No se trata de referencias ocasionales. Constituyen el núcleo de una cosmovisión que ha permanecido notablemente estable durante más de 4 décadas. Pese a sus diferencias políticas y de estilo, los dirigentes iraníes que han intervenido ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) —desde Alí Jamenei hasta Ebrahim Raisi, pasando por Mohamed Jatami y Mahmud Ahmadineyad— han reiterado una misma idea fundamental: la crisis contemporánea no puede comprenderse únicamente en términos de poder o de intereses materiales, sino también como una disputa sobre la interpretación del ser humano, de la historia y del orden social. Como afirmó el entonces presidente Jamenei ante la Asamblea General de la ONU en 1987: “La interpretación del hombre, la interpretación de la historia, … todas estas cosas se fundamentan y derivan de esta cosmovisión divina”. Cuando los dirigentes cambian, pero la antropología permanece, no estamos ante una simple estrategia política, sino ante un fundamento civilizatorio. La República Islámica no ha modificado sustancialmente su diagnóstico porque tampoco ha cambiado su cosmovisión., y no lo ha hecho porque esta no constituye, para quienes la sostienen, una opción política entre otras, sino una verdad ante la cual se consideran responsables. Por ello, cuando numerosos análisis occidentales han intentado traducir estos discursos al lenguaje exclusivo de la geopolítica —intereses, poder y seguridad— han terminado por encontrarse con una realidad difícil de explicar. No porque esos factores sean irrelevantes, sino porque resultan insuficientes. Reducir Irán a ellos equivale a conservar la superficie y perder lo esencial. Irán no actúa como un Estado-nación convencional porque no se comprende a sí mismo únicamente como tal: se percibe como heredero de una tradición histórica, religiosa y civilizatoria que confiere significado a su acción política. Esa diferencia constituye una de las principales razones por las que muchos análisis occidentales fracasan al anticipar o comprender su comportamiento. Segundo error: suponer que religión y política pertenecen siempre a esferas separadas Buena parte de la incomprensión occidental hacia Irán procede de una experiencia histórica específica: la progresiva separación entre religión y política que caracterizó a la modernidad europea. Tras siglos de conflictos religiosos, las sociedades occidentales desarrollaron instituciones destinadas a delimitar ámbitos distintos para la fe, el Estado y la vida pública. Con el tiempo, esa separación dejó de percibirse como una solución histórica particular y pasó a considerarse una característica inherente a toda sociedad moderna. Desde esa perspectiva, la religión aparece como una convicción personal llamada a desempeñar un papel limitado en la vida política. Cuando los observadores occidentales contemplan la República Islámica de Irán, tienden por ello a interpretar el lenguaje religioso como un revestimiento simbólico de intereses esencialmente políticos. Sin embargo, otras tradiciones históricas han conservado una comprensión diferente. En el islam —particularmente en la memoria de Karbalá—, en ciertas corrientes de la tradición ortodoxa oriental o en expresiones del catolicismo como la teología de la liberación, la esperanza anclada en la trascendencia nunca perdió por completo su dimensión de resistencia frente a la injusticia y la tiranía. Tal vez la cuestión no sea únicamente qué sabemos sobre Irán, sino si nuestras categorías analíticas son suficientes para comprenderlo. La dificultad para comprender este fenómeno no se limita al caso iraní. En los últimos años, buena parte de los discursos procedentes de Rusia que apelan a la civilización, la tradición histórica o los fundamentos espirituales han sido interpretados en Occidente como simples racionalizaciones de intereses geopolíticos. Independientemente del juicio que merezcan, el patrón resulta significativo: cuando actores políticos pertenecientes a tradiciones distintas recurren a categorías que desbordan el lenguaje habitual de los intereses materiales, existe una tendencia recurrente a ignorarlas o reinterpretarlas. Esta comparación es importante porque impide presentar a Irán como una anomalía incomprensible. La tradición política surgida de la Revolución Islámica parte de una premisa diferente de la secular moderna: la religión no constituye un ámbito separado de la existencia humana, sino una visión integral del ser humano, de la comunidad y del orden social. Las cuestiones relativas a la justicia, la autoridad, la economía o la responsabilidad colectiva no aparecen desligadas de la dimensión espiritual, sino comprendidas dentro de un mismo horizonte de sentido. Por ello, conceptos centrales de Read More
