El nuevo orden geopolítico 

O el declive de los valores occidentales  Erick Aguirre Aragón Septiembre 2026 Al analizar la actual inestabilidad mundial como expresión geopolítica de lo que parece ser una nueva era de incertidumbre, el politólogo Fernando Mires evoca las premoniciones formuladas por George Orwell en su novela 1984 (1949), en la que el mundo, dividido en tres imperios cambiantes, modifica sus alianzas y redefine a sus enemigos por pura conveniencia. Según Mires, cuando Henry Kissinger advirtió que, para debilitar a la Unión Soviética, era necesario abrir una vía de diálogo con China, comenzó a perfilarse —“desde un punto de vista más político que económico”— lo que denomina “la era de los tres imperios”, que, al parecer, hoy domina la esfera mundial y se refleja en un tablero internacional encabezado por el gigante asiático, Estados Unidos y una Rusia que, tras el declive soviético, ha quedado como un aliado fuerte, pero subalterno, de Beijing. Bajo ese supuesto, las dinámicas mundiales se rigen por la lógica orwelliana del “dos contra uno”, en la que el pragmatismo y los pactos tácitos de reparto territorial —como la supuesta aceptación mutua de las esferas de influencia entre el gobierno de Donald Trump y el de Vladimir Putin— orientan las relaciones internacionales. En este nuevo orden geopolítico, la tradicional defensa de los valores liberales occidentales habría quedado profundamente desdibujada. A las potencias ya no les interesan los sistemas políticos internos de sus aliados, sino su alineamiento estratégico y económico. Ello se reflejaría en la agresiva política exterior de Trump hacia Irán y Latinoamérica, en la resistencia de una Europa liberal que intenta contener el avance euroasiático y en la posición de China, más cautelosa y orientada a obtener rédito económico de cualquier conflicto. Sin embargo, Mires advierte que la anunciada repartición del mundo entre tres potencias, empeñadas en asegurar para cada imperio “lo suyo”, o incluso la idea de algunos “geoestrategas kissingerianos” de que ello implicaría un equilibrio geopolítico, es solo una quimera. A su juicio, la ilusión de preservar una paz estable mediante la división del planeta en tres grandes parcelas conduciría, en realidad, a un escenario neomaquiavélico de guerras e inestabilidad permanentes. Asimismo, Mires destaca cómo los líderes políticos contemporáneos —Xi Jinping, Trump y Putin— emulan la ficción orwelliana al manipular la verdad y modificar constantemente sus narrativas, así como la definición de sus enemigos o sus promesas, sin asumir costos políticos significativos. En este contexto, que denomina neorwelliano, las palabras perderían su valor normativo y la mentira oficial se institucionalizaría como un instrumento para moldear la realidad conforme a la conveniencia de las grandes potencias. La guerra en el Medio Oriente como laboratorio del nuevo orden Por su parte, al analizar la actual guerra en el Medio Oriente como una expresión directa del nuevo orden internacional, Thomas L. Friedman sostiene que los líderes de Estados Unidos, Irán, Israel, Hezbolá y Hamás comparten un profundo fracaso en el conflicto regional y buscan evitar el juicio de la historia y de la política una vez que cesen las hostilidades. Friedman explica que Hamás inició el conflicto con la masacre del 7 de octubre de 2023, impulsado por la expectativa de desencadenar un levantamiento regional que condujera a la destrucción de Israel. En lugar de ello, provocó una devastación sin precedentes y sumió a la población de la Franja de Gaza en una situación de muerte y miseria generalizadas, al tiempo que alejó cualquier posibilidad de avanzar hacia un Estado palestino debido a su rechazo a la coexistencia. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu respondió con una guerra de aniquilación contra Hamás que, a su paso, cobró la vida de más de 70 000 palestinos, en su mayoría civiles. Según Friedman, esta feroz represalia “destruyó la reputación internacional de Israel y deslegitimó al sionismo mundialmente”, un costo que atribuye al interés de Netanyahu por complacer a la extrema derecha israelí para mantenerse en el poder y eludir la acción de la justicia. Pese al aparente optimismo de Teherán y Washington, el acuerdo nació con una profunda fragilidad debido a la posición intransigente de Israel, que quedó al margen de las negociaciones. Asimismo, Friedman sostiene que Hezbolá expuso su naturaleza de fuerza armada al servicio de Irán al arrastrar al Líbano a un conflicto destructivo que la mayoría de su población no deseaba, provocando la ocupación de parte de su territorio y el desplazamiento de alrededor de un millón de personas. Friedman también examina el papel de Estados Unidos e Irán. A su juicio, la estrategia de Trump de intentar derribar al régimen iraní mediante bombardeos careció de un plan de contingencia eficaz. Según su análisis, Irán sobrevivió a la ofensiva al asfixiar el suministro mundial de petróleo mediante el bloqueo del estrecho de Ormuz, lo que habría obligado a Washington a ceder activos y levantar sanciones para contener la crisis. Para Friedman, todos los líderes involucrados en este conflicto antepusieron sus intereses personales y sus aspiraciones ideológicas al bienestar de sus pueblos. En ese contexto, considera que la única esperanza reside en que un alto el fuego permita, con el tiempo, el surgimiento de investigaciones y procesos judiciales que los aparten del poder. Una paz precaria en un mundo de incertidumbre Algunos medios de comunicación habían revelado detalles de un preacuerdo diplomático filtrado, bautizado como “Declaración de Islamabad”, mediante el cual Estados Unidos e Irán buscarían poner fin al conflicto bajo la mediación de Pakistán. El pacto contemplaría un fondo de reconstrucción de 300 000 millones de dólares y el descongelamiento de 24 000 millones en activos iraníes, a cambio de un cese inmediato de las hostilidades y de la reapertura del estrecho de Ormuz. Algunos analistas califican este movimiento como un gesto de desesperación política por parte del gobierno de Trump ante las próximas elecciones de medio término en Estados Unidos. Además, advierten que, lejos de resolver la tensión de fondo, el acuerdo otorgaría una victoria estratégica a Irán, al tiempo que enfrentaría la previsible oposición de Israel y tendría un impacto incierto, aunque potencialmente positivo,

​O el declive de los valores occidentales  Erick Aguirre Aragón Septiembre 2026 Al analizar la actual inestabilidad mundial como expresión geopolítica de lo que parece ser una nueva era de incertidumbre, el politólogo Fernando Mires evoca las premoniciones formuladas por George Orwell en su novela 1984 (1949), en la que el mundo, dividido en tres imperios cambiantes, modifica sus alianzas y redefine a sus enemigos por pura conveniencia. Según Mires, cuando Henry Kissinger advirtió que, para debilitar a la Unión Soviética, era necesario abrir una vía de diálogo con China, comenzó a perfilarse —“desde un punto de vista más político que económico”— lo que denomina “la era de los tres imperios”, que, al parecer, hoy domina la esfera mundial y se refleja en un tablero internacional encabezado por el gigante asiático, Estados Unidos y una Rusia que, tras el declive soviético, ha quedado como un aliado fuerte, pero subalterno, de Beijing. Bajo ese supuesto, las dinámicas mundiales se rigen por la lógica orwelliana del “dos contra uno”, en la que el pragmatismo y los pactos tácitos de reparto territorial —como la supuesta aceptación mutua de las esferas de influencia entre el gobierno de Donald Trump y el de Vladimir Putin— orientan las relaciones internacionales. En este nuevo orden geopolítico, la tradicional defensa de los valores liberales occidentales habría quedado profundamente desdibujada. A las potencias ya no les interesan los sistemas políticos internos de sus aliados, sino su alineamiento estratégico y económico. Ello se reflejaría en la agresiva política exterior de Trump hacia Irán y Latinoamérica, en la resistencia de una Europa liberal que intenta contener el avance euroasiático y en la posición de China, más cautelosa y orientada a obtener rédito económico de cualquier conflicto. Sin embargo, Mires advierte que la anunciada repartición del mundo entre tres potencias, empeñadas en asegurar para cada imperio “lo suyo”, o incluso la idea de algunos “geoestrategas kissingerianos” de que ello implicaría un equilibrio geopolítico, es solo una quimera. A su juicio, la ilusión de preservar una paz estable mediante la división del planeta en tres grandes parcelas conduciría, en realidad, a un escenario neomaquiavélico de guerras e inestabilidad permanentes. Asimismo, Mires destaca cómo los líderes políticos contemporáneos —Xi Jinping, Trump y Putin— emulan la ficción orwelliana al manipular la verdad y modificar constantemente sus narrativas, así como la definición de sus enemigos o sus promesas, sin asumir costos políticos significativos. En este contexto, que denomina neorwelliano, las palabras perderían su valor normativo y la mentira oficial se institucionalizaría como un instrumento para moldear la realidad conforme a la conveniencia de las grandes potencias. La guerra en el Medio Oriente como laboratorio del nuevo orden Por su parte, al analizar la actual guerra en el Medio Oriente como una expresión directa del nuevo orden internacional, Thomas L. Friedman sostiene que los líderes de Estados Unidos, Irán, Israel, Hezbolá y Hamás comparten un profundo fracaso en el conflicto regional y buscan evitar el juicio de la historia y de la política una vez que cesen las hostilidades. Friedman explica que Hamás inició el conflicto con la masacre del 7 de octubre de 2023, impulsado por la expectativa de desencadenar un levantamiento regional que condujera a la destrucción de Israel. En lugar de ello, provocó una devastación sin precedentes y sumió a la población de la Franja de Gaza en una situación de muerte y miseria generalizadas, al tiempo que alejó cualquier posibilidad de avanzar hacia un Estado palestino debido a su rechazo a la coexistencia. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu respondió con una guerra de aniquilación contra Hamás que, a su paso, cobró la vida de más de 70 000 palestinos, en su mayoría civiles. Según Friedman, esta feroz represalia “destruyó la reputación internacional de Israel y deslegitimó al sionismo mundialmente”, un costo que atribuye al interés de Netanyahu por complacer a la extrema derecha israelí para mantenerse en el poder y eludir la acción de la justicia. Pese al aparente optimismo de Teherán y Washington, el acuerdo nació con una profunda fragilidad debido a la posición intransigente de Israel, que quedó al margen de las negociaciones. Asimismo, Friedman sostiene que Hezbolá expuso su naturaleza de fuerza armada al servicio de Irán al arrastrar al Líbano a un conflicto destructivo que la mayoría de su población no deseaba, provocando la ocupación de parte de su territorio y el desplazamiento de alrededor de un millón de personas. Friedman también examina el papel de Estados Unidos e Irán. A su juicio, la estrategia de Trump de intentar derribar al régimen iraní mediante bombardeos careció de un plan de contingencia eficaz. Según su análisis, Irán sobrevivió a la ofensiva al asfixiar el suministro mundial de petróleo mediante el bloqueo del estrecho de Ormuz, lo que habría obligado a Washington a ceder activos y levantar sanciones para contener la crisis. Para Friedman, todos los líderes involucrados en este conflicto antepusieron sus intereses personales y sus aspiraciones ideológicas al bienestar de sus pueblos. En ese contexto, considera que la única esperanza reside en que un alto el fuego permita, con el tiempo, el surgimiento de investigaciones y procesos judiciales que los aparten del poder. Una paz precaria en un mundo de incertidumbre Algunos medios de comunicación habían revelado detalles de un preacuerdo diplomático filtrado, bautizado como “Declaración de Islamabad”, mediante el cual Estados Unidos e Irán buscarían poner fin al conflicto bajo la mediación de Pakistán. El pacto contemplaría un fondo de reconstrucción de 300 000 millones de dólares y el descongelamiento de 24 000 millones en activos iraníes, a cambio de un cese inmediato de las hostilidades y de la reapertura del estrecho de Ormuz. Algunos analistas califican este movimiento como un gesto de desesperación política por parte del gobierno de Trump ante las próximas elecciones de medio término en Estados Unidos. Además, advierten que, lejos de resolver la tensión de fondo, el acuerdo otorgaría una victoria estratégica a Irán, al tiempo que enfrentaría la previsible oposición de Israel y tendría un impacto incierto, aunque potencialmente positivo, Read More