Héctor Ernesto Herrera Capetillo, Gabriela Ximena Goicoechea Ortiz y Balbina Izquierdo Rodelo Septiembre 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México Latinoamérica es una de las regiones con mayor disponibilidad de agua dulce a nivel mundial. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que alberga 33% de los recursos hídricos del planeta. Solo en Sudamérica sobresalen tres grandes cuencas fluviales transfronterizas: las del Amazonas, del Plata y del Orinoco, que, de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), concentran en conjunto 68% del volumen hídrico continental. En materia de aguas subterráneas destaca el Sistema Acuífero Guaraní (SAG), considerado una de las mayores reservas de agua dulce del mundo. Se trata de un acuífero transfronterizo compartido por cuatro países: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. A pesar de estas características favorables, la región enfrenta importantes desafíos en materia de acceso al agua. La falta de políticas públicas integrales y las desigualdades económicas que repercuten en la distribución de este recurso han contribuido a que actualmente solo 65% de la población tenga acceso al agua potable, de acuerdo con especialistas del Programa de Agua de la Organización de los Estados Americanos (OEA). A ello se suma el aumento, a escala mundial, de la dependencia de los recursos hídricos subterráneos, lo que ha generado interrogantes sobre la propiedad, el uso, el acceso, la protección y el aprovechamiento de estos acuíferos, especialmente cuando se trata de recursos compartidos por varios Estados. En este contexto, la meta 6.5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas ha destacado la importancia de la cooperación transfronteriza en la gestión de los sistemas acuíferos que atraviesan las fronteras de dos o más Estados. El SAG representa un caso particular: de los treinta sistemas de aguas subterráneas transfronterizos de Sudamérica, es el único que cuenta con un acuerdo específico. A pesar de ello, enfrenta desafíos persistentes en materia de gobernanza hídrica. En este sentido, el presente texto analiza las características de la cooperación desarrollada entre los cuatro países que comparten el acuífero y examina sus principales limitaciones frente a los riesgos asociados con el cambio climático. El acuífero Guaraní La Resolución A/RES/63/124 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 2008, entiende por acuífero “una formación geológica permeable portadora de agua, situada sobre una capa menos permeable, y el agua contenida en la zona saturada de la formación”. De manera más específica, considera “acuífero transfronterizo” o “sistema acuífero transfronterizo” aquel cuyas partes se encuentran situadas en distintos Estados. La complejidad estriba en que cada país que comparte este tipo de acuífero ejerce soberanía sobre la parte del sistema situada en su territorio, pero, al mismo tiempo, debe utilizarlo de manera compatible con una distribución equitativa y razonable de los beneficios obtenidos. Después del Sistema Acuífero Transfronterizo Amazonas, con una extensión de 3 950 000 kilómetros cuadrados y compartido por seis Estados —Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela—, destaca por su tamaño el SAG, cuya superficie de 1 200 000 kilómetros cuadrados se extiende por cuatro países: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Especialistas como Francesco Sindico, Ricardo Hirata y Alessandro Manganelli estiman que Brasil explota más de 93% del acuífero, mientras que Uruguay aprovecha 2.8%, Paraguay 2.3% y Argentina 1.3%. El suministro público de agua representa 80% de sus usos, seguido de los procesos industriales, con 15%, y los balnearios geotermales, con 5%. Efectos del cambio climático en el acuífero Guaraní La vulnerabilidad del SAG ante la variabilidad climática es cada vez más evidente. En términos prospectivos, investigaciones de la Universidad Federal de Río Grande del Sur presentan modelaciones climáticas para el periodo 2081-2100 que proyectan un escenario complejo para el acuífero. Mientras se espera un aumento de 10% en las precipitaciones en el este y sur del sistema, se prevé una disminución de 5% en el norte y noroeste, donde el índice de aridez aumentaría 0.5 puntos debido al incremento de la evapotranspiración. En el mismo sentido, expertos como David Melo y Edson Wendland consideran que, como consecuencia de la disminución de las precipitaciones y el aumento de la evapotranspiración, la recarga del acuífero podría reducirse hasta en 80%, con descensos en el nivel freático, especialmente durante las estaciones secas. El aumento de las temperaturas medias eleva las tasas de evapotranspiración y acentúa el estrés hídrico superficial, lo que incrementa indirectamente la presión sobre las reservas subterráneas como fuente alternativa de abastecimiento. A este escenario se suma, como apunta Facundo Rodríguez en el South Florida Journal of Development (2021), la creciente demanda antropogénica impulsada por el crecimiento demográfico y la agricultura intensiva, que puede provocar que la extracción mediante bombeo supere las tasas de recarga natural. A diferencia de los sistemas de agua superficial, las reservas subterráneas son menos sensibles a la variabilidad climática inmediata. A pesar de contar con una capacidad de renovación estimada entre 160 y 250 kilómetros cúbicos al año —una ventaja relevante frente a otros acuíferos en proceso de agotamiento—, esta reserva estratégica enfrenta una vulnerabilidad creciente debido a la desincronización del ciclo hidrológico. Las observaciones científicas, como las publicadas por Hirata et al. en Environmental Monitoring and Assessment (2025), advierten que la recarga natural puede resultar insuficiente y registran, en puntos críticos del acuífero, descensos en el nivel freático. A ello se suma el riesgo de contaminación, particularmente en las zonas de recarga, que suelen coincidir con áreas de alta densidad poblacional expuestas a la explotación agrícola y a las descargas industriales. Como consecuencia, se proyecta que una parte importante de los acuíferos brasileños perderá capacidad de renovación hacia finales del siglo, lo que acentuaría los riesgos de escasez hídrica en las regiones sudeste y sur de Brasil. Ante este escenario de incertidumbre hídrica, es necesario considerar el agua subterránea como un recurso estratégico, con potencial para funcionar como un amortiguador natural frente a los impactos del cambio climático. A diferencia de los sistemas de agua superficial,
Héctor Ernesto Herrera Capetillo, Gabriela Ximena Goicoechea Ortiz y Balbina Izquierdo Rodelo Septiembre 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México Latinoamérica es una de las regiones con mayor disponibilidad de agua dulce a nivel mundial. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que alberga 33% de los recursos hídricos del planeta. Solo en Sudamérica sobresalen tres grandes cuencas fluviales transfronterizas: las del Amazonas, del Plata y del Orinoco, que, de acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), concentran en conjunto 68% del volumen hídrico continental. En materia de aguas subterráneas destaca el Sistema Acuífero Guaraní (SAG), considerado una de las mayores reservas de agua dulce del mundo. Se trata de un acuífero transfronterizo compartido por cuatro países: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. A pesar de estas características favorables, la región enfrenta importantes desafíos en materia de acceso al agua. La falta de políticas públicas integrales y las desigualdades económicas que repercuten en la distribución de este recurso han contribuido a que actualmente solo 65% de la población tenga acceso al agua potable, de acuerdo con especialistas del Programa de Agua de la Organización de los Estados Americanos (OEA). A ello se suma el aumento, a escala mundial, de la dependencia de los recursos hídricos subterráneos, lo que ha generado interrogantes sobre la propiedad, el uso, el acceso, la protección y el aprovechamiento de estos acuíferos, especialmente cuando se trata de recursos compartidos por varios Estados. En este contexto, la meta 6.5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas ha destacado la importancia de la cooperación transfronteriza en la gestión de los sistemas acuíferos que atraviesan las fronteras de dos o más Estados. El SAG representa un caso particular: de los treinta sistemas de aguas subterráneas transfronterizos de Sudamérica, es el único que cuenta con un acuerdo específico. A pesar de ello, enfrenta desafíos persistentes en materia de gobernanza hídrica. En este sentido, el presente texto analiza las características de la cooperación desarrollada entre los cuatro países que comparten el acuífero y examina sus principales limitaciones frente a los riesgos asociados con el cambio climático. El acuífero Guaraní La Resolución A/RES/63/124 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 2008, entiende por acuífero “una formación geológica permeable portadora de agua, situada sobre una capa menos permeable, y el agua contenida en la zona saturada de la formación”. De manera más específica, considera “acuífero transfronterizo” o “sistema acuífero transfronterizo” aquel cuyas partes se encuentran situadas en distintos Estados. La complejidad estriba en que cada país que comparte este tipo de acuífero ejerce soberanía sobre la parte del sistema situada en su territorio, pero, al mismo tiempo, debe utilizarlo de manera compatible con una distribución equitativa y razonable de los beneficios obtenidos. Después del Sistema Acuífero Transfronterizo Amazonas, con una extensión de 3 950 000 kilómetros cuadrados y compartido por seis Estados —Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela—, destaca por su tamaño el SAG, cuya superficie de 1 200 000 kilómetros cuadrados se extiende por cuatro países: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Especialistas como Francesco Sindico, Ricardo Hirata y Alessandro Manganelli estiman que Brasil explota más de 93% del acuífero, mientras que Uruguay aprovecha 2.8%, Paraguay 2.3% y Argentina 1.3%. El suministro público de agua representa 80% de sus usos, seguido de los procesos industriales, con 15%, y los balnearios geotermales, con 5%. Efectos del cambio climático en el acuífero Guaraní La vulnerabilidad del SAG ante la variabilidad climática es cada vez más evidente. En términos prospectivos, investigaciones de la Universidad Federal de Río Grande del Sur presentan modelaciones climáticas para el periodo 2081-2100 que proyectan un escenario complejo para el acuífero. Mientras se espera un aumento de 10% en las precipitaciones en el este y sur del sistema, se prevé una disminución de 5% en el norte y noroeste, donde el índice de aridez aumentaría 0.5 puntos debido al incremento de la evapotranspiración. En el mismo sentido, expertos como David Melo y Edson Wendland consideran que, como consecuencia de la disminución de las precipitaciones y el aumento de la evapotranspiración, la recarga del acuífero podría reducirse hasta en 80%, con descensos en el nivel freático, especialmente durante las estaciones secas. El aumento de las temperaturas medias eleva las tasas de evapotranspiración y acentúa el estrés hídrico superficial, lo que incrementa indirectamente la presión sobre las reservas subterráneas como fuente alternativa de abastecimiento. A este escenario se suma, como apunta Facundo Rodríguez en el South Florida Journal of Development (2021), la creciente demanda antropogénica impulsada por el crecimiento demográfico y la agricultura intensiva, que puede provocar que la extracción mediante bombeo supere las tasas de recarga natural. A diferencia de los sistemas de agua superficial, las reservas subterráneas son menos sensibles a la variabilidad climática inmediata. A pesar de contar con una capacidad de renovación estimada entre 160 y 250 kilómetros cúbicos al año —una ventaja relevante frente a otros acuíferos en proceso de agotamiento—, esta reserva estratégica enfrenta una vulnerabilidad creciente debido a la desincronización del ciclo hidrológico. Las observaciones científicas, como las publicadas por Hirata et al. en Environmental Monitoring and Assessment (2025), advierten que la recarga natural puede resultar insuficiente y registran, en puntos críticos del acuífero, descensos en el nivel freático. A ello se suma el riesgo de contaminación, particularmente en las zonas de recarga, que suelen coincidir con áreas de alta densidad poblacional expuestas a la explotación agrícola y a las descargas industriales. Como consecuencia, se proyecta que una parte importante de los acuíferos brasileños perderá capacidad de renovación hacia finales del siglo, lo que acentuaría los riesgos de escasez hídrica en las regiones sudeste y sur de Brasil. Ante este escenario de incertidumbre hídrica, es necesario considerar el agua subterránea como un recurso estratégico, con potencial para funcionar como un amortiguador natural frente a los impactos del cambio climático. A diferencia de los sistemas de agua superficial, Read More
