Cómo el papa Francisco redefinió el mapa geopolítico desde la periferia Adrián M. Ojeda Al cumplirse 3 años de la histórica visita apostólica del papa Francisco a Mongolia —un Estado situado entre dos grandes potencias del bloque autocrático euroasiático, China y Rusia, y con una comunidad católica de apenas 1450 fieles—, la teoría y la práctica de las Relaciones Internacionales invitan a una relectura. En un orden internacional marcado por la fragmentación multipolar, el resurgimiento del poder duro, el desgaste de las instituciones multilaterales y la erosión de la diplomacia tradicional, la Santa Sede, durante el pontificado de Jorge Mario Bergoglio, desplegó una de las transformaciones más audaces de la influencia internacional contemporánea: sustituir la injerencia doctrinaria por una pedagogía del símbolo, articulada en torno a lo que puede denominarse una “geopolítica del gesto”. Lejos de las dinámicas westfalianas basadas en la coerción, las sanciones o el poder militar, el primer Papa latinoamericano consolidó un modelo de poder blando de matriz ética. Este enfoque demostró su capacidad para incidir en la agenda multilateral, abrir canales confidenciales de facilitación de conflictos y cuestionar la lógica de bloques, sin comprometer la neutralidad institucional ni la autonomía moral de la Santa Sede. La génesis teórica: de la Teología del Pueblo al pragmatismo jesuita Para comprender la arquitectura diplomática del papa Francisco es necesario apartarse de una visión exclusivamente eurocéntrica de la diplomacia vaticana y rastrear las coordenadas sociopolíticas que moldearon la trayectoria de Bergoglio. La diplomacia del gesto no nació en los pasillos de la Curia ni en las academias de la diplomacia pontificia, sino en el contexto social y político de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. Su pensamiento estuvo influido por la Teología del Pueblo, una corriente eclesiológica argentina que, a diferencia de algunas vertientes de la Teología de la Liberación, no adoptó categorías marxistas ni interpretó la realidad principalmente desde la lucha de clases. En cambio, revalorizó la cultura popular, la religiosidad del pueblo y la idea de una comunidad nacional integrada. Esta tradición llevó a Bergoglio a privilegiar la reconciliación y la integración por encima de la polarización ideológica. En el ámbito menos visible de las negociaciones interestatales, la Santa Sede también ha desempeñado el papel de “tercero de confianza” capaz de facilitar el diálogo entre actores enfrentados. A ello se sumó el método de discernimiento de la Compañía de Jesús, que contribuyó a desarrollar en él una notable flexibilidad táctica y una capacidad para interpretar las dinámicas políticas como procesos antes que como disputas por espacios de poder. De esta combinación surgieron cuatro principios formulados en la exhortación Evangelii Gaudium (2013), que posteriormente se proyectaron sobre su estrategia exterior: 1) “El tiempo es superior al espacio”: priorizar la creación de dinámicas de diálogo a largo plazo por encima de la conquista inmediata de espacios de poder o de la firma de tratados rígidos; 2) “La realidad es superior a la idea”: desconfiar de marcos ideológicos abstractos y de recetas geopolíticas que ignoren las consecuencias concretas de las decisiones sobre las personas; 3) “El todo es superior a la parte”: articular las identidades locales dentro de un horizonte mundial, evitando tanto la homogeneización tecnocrática como el repliegue en nacionalismos excluyentes, y 4) “El conflicto no puede ser ignorado ni disimulado; debe ser asumido”: buscar la unidad mediante el reconocimiento y la transformación de las tensiones, en lugar de ocultarlas o negarlas. La inversión del mapa diplomático: la periferia como centro analítico Bajo esta matriz conceptual, el pontificado de Francisco produjo un giro tanto epistemológico como geográfico: la periferia dejó de ser concebida como un espacio marginal o subalterno y pasó a convertirse en un punto privilegiado para comprender el sistema internacional. La diplomacia itinerante de la Santa Sede reorientó sus prioridades, desplazando la atención de las tradicionales capitales del Norte global hacia las fronteras existenciales, las zonas de fractura étnica y religiosa, y los escenarios que suelen quedar fuera de la geopolítica comercial y militar. Esta diplomacia del gesto se manifestó de manera particularmente clara en cuatro escenarios emblemáticos: Lampedusa (2013): La crítica a la gobernanza migratoria En su primer viaje fuera de Roma, Francisco rechazó las invitaciones oficiales de las potencias europeas para trasladarse a un pequeño islote del Mediterráneo. El lanzamiento de una corona de flores al mar en memoria de los migrantes fallecidos no constituyó un mero acto litúrgico, sino un emplazamiento ético de alto impacto a la Unión Europea contra lo que denominó “la globalización de la indiferencia”, forzando la reubicación de la crisis humanitaria en el centro de la agenda continental. Irak (2021): El ecumenismo estratégico En medio de graves amenazas de seguridad y de las secuelas del terrorismo del Estado Islámico, la visita a Nayaf para reunirse a puerta cerrada con el gran ayatolá Alí al Sistani, máxima autoridad del islam chiita, representó un momento relevante para el diálogo interreligioso y la construcción de paz en el Medio Oriente. La imagen de ambos líderes dialogando sin intermediación occidental transmitió un mensaje de acercamiento regional, sin recurrir a la negociación de acuerdos doctrinarios. Sudán del Sur (2019/2023): La pedagogía del despojo de poder El gesto de arrodillarse, pese a sus dificultades físicas, ante el presidente Salva Kiir Mayardit y el líder rebelde Riek Machar para besarles los pies en la residencia de Santa Marta rompió con las convenciones de la diplomacia estatal. Al renunciar a la solemnidad jerárquica, el papa Francisco convirtió su vulnerabilidad física en un recurso simbólico y trasladó a los dirigentes políticos la responsabilidad moral de preservar la paz. El gesto buscó reforzar el compromiso con las treguas y mantener abierta la posibilidad de un acuerdo duradero. Mongolia (2023): Triangulación en el patio trasero euroasiático El viaje a Ulán Bator constituyó una operación de delicado equilibrio geopolítico. Situada estratégicamente entre Beijing y Moscú, Mongolia ofreció al Papa un escenario desde el cual enviar un mensaje a la República Popular de China: la fe cristiana no representa una amenaza para la soberanía ni la seguridad de ningún Estado,
Cómo el papa Francisco redefinió el mapa geopolítico desde la periferia Adrián M. Ojeda Al cumplirse 3 años de la histórica visita apostólica del papa Francisco a Mongolia —un Estado situado entre dos grandes potencias del bloque autocrático euroasiático, China y Rusia, y con una comunidad católica de apenas 1450 fieles—, la teoría y la práctica de las Relaciones Internacionales invitan a una relectura. En un orden internacional marcado por la fragmentación multipolar, el resurgimiento del poder duro, el desgaste de las instituciones multilaterales y la erosión de la diplomacia tradicional, la Santa Sede, durante el pontificado de Jorge Mario Bergoglio, desplegó una de las transformaciones más audaces de la influencia internacional contemporánea: sustituir la injerencia doctrinaria por una pedagogía del símbolo, articulada en torno a lo que puede denominarse una “geopolítica del gesto”. Lejos de las dinámicas westfalianas basadas en la coerción, las sanciones o el poder militar, el primer Papa latinoamericano consolidó un modelo de poder blando de matriz ética. Este enfoque demostró su capacidad para incidir en la agenda multilateral, abrir canales confidenciales de facilitación de conflictos y cuestionar la lógica de bloques, sin comprometer la neutralidad institucional ni la autonomía moral de la Santa Sede. La génesis teórica: de la Teología del Pueblo al pragmatismo jesuita Para comprender la arquitectura diplomática del papa Francisco es necesario apartarse de una visión exclusivamente eurocéntrica de la diplomacia vaticana y rastrear las coordenadas sociopolíticas que moldearon la trayectoria de Bergoglio. La diplomacia del gesto no nació en los pasillos de la Curia ni en las academias de la diplomacia pontificia, sino en el contexto social y político de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX. Su pensamiento estuvo influido por la Teología del Pueblo, una corriente eclesiológica argentina que, a diferencia de algunas vertientes de la Teología de la Liberación, no adoptó categorías marxistas ni interpretó la realidad principalmente desde la lucha de clases. En cambio, revalorizó la cultura popular, la religiosidad del pueblo y la idea de una comunidad nacional integrada. Esta tradición llevó a Bergoglio a privilegiar la reconciliación y la integración por encima de la polarización ideológica. En el ámbito menos visible de las negociaciones interestatales, la Santa Sede también ha desempeñado el papel de “tercero de confianza” capaz de facilitar el diálogo entre actores enfrentados. A ello se sumó el método de discernimiento de la Compañía de Jesús, que contribuyó a desarrollar en él una notable flexibilidad táctica y una capacidad para interpretar las dinámicas políticas como procesos antes que como disputas por espacios de poder. De esta combinación surgieron cuatro principios formulados en la exhortación Evangelii Gaudium (2013), que posteriormente se proyectaron sobre su estrategia exterior: 1) “El tiempo es superior al espacio”: priorizar la creación de dinámicas de diálogo a largo plazo por encima de la conquista inmediata de espacios de poder o de la firma de tratados rígidos; 2) “La realidad es superior a la idea”: desconfiar de marcos ideológicos abstractos y de recetas geopolíticas que ignoren las consecuencias concretas de las decisiones sobre las personas; 3) “El todo es superior a la parte”: articular las identidades locales dentro de un horizonte mundial, evitando tanto la homogeneización tecnocrática como el repliegue en nacionalismos excluyentes, y 4) “El conflicto no puede ser ignorado ni disimulado; debe ser asumido”: buscar la unidad mediante el reconocimiento y la transformación de las tensiones, en lugar de ocultarlas o negarlas. La inversión del mapa diplomático: la periferia como centro analítico Bajo esta matriz conceptual, el pontificado de Francisco produjo un giro tanto epistemológico como geográfico: la periferia dejó de ser concebida como un espacio marginal o subalterno y pasó a convertirse en un punto privilegiado para comprender el sistema internacional. La diplomacia itinerante de la Santa Sede reorientó sus prioridades, desplazando la atención de las tradicionales capitales del Norte global hacia las fronteras existenciales, las zonas de fractura étnica y religiosa, y los escenarios que suelen quedar fuera de la geopolítica comercial y militar. Esta diplomacia del gesto se manifestó de manera particularmente clara en cuatro escenarios emblemáticos: Lampedusa (2013): La crítica a la gobernanza migratoria En su primer viaje fuera de Roma, Francisco rechazó las invitaciones oficiales de las potencias europeas para trasladarse a un pequeño islote del Mediterráneo. El lanzamiento de una corona de flores al mar en memoria de los migrantes fallecidos no constituyó un mero acto litúrgico, sino un emplazamiento ético de alto impacto a la Unión Europea contra lo que denominó “la globalización de la indiferencia”, forzando la reubicación de la crisis humanitaria en el centro de la agenda continental. Irak (2021): El ecumenismo estratégico En medio de graves amenazas de seguridad y de las secuelas del terrorismo del Estado Islámico, la visita a Nayaf para reunirse a puerta cerrada con el gran ayatolá Alí al Sistani, máxima autoridad del islam chiita, representó un momento relevante para el diálogo interreligioso y la construcción de paz en el Medio Oriente. La imagen de ambos líderes dialogando sin intermediación occidental transmitió un mensaje de acercamiento regional, sin recurrir a la negociación de acuerdos doctrinarios. Sudán del Sur (2019/2023): La pedagogía del despojo de poder El gesto de arrodillarse, pese a sus dificultades físicas, ante el presidente Salva Kiir Mayardit y el líder rebelde Riek Machar para besarles los pies en la residencia de Santa Marta rompió con las convenciones de la diplomacia estatal. Al renunciar a la solemnidad jerárquica, el papa Francisco convirtió su vulnerabilidad física en un recurso simbólico y trasladó a los dirigentes políticos la responsabilidad moral de preservar la paz. El gesto buscó reforzar el compromiso con las treguas y mantener abierta la posibilidad de un acuerdo duradero. Mongolia (2023): Triangulación en el patio trasero euroasiático El viaje a Ulán Bator constituyó una operación de delicado equilibrio geopolítico. Situada estratégicamente entre Beijing y Moscú, Mongolia ofreció al Papa un escenario desde el cual enviar un mensaje a la República Popular de China: la fe cristiana no representa una amenaza para la soberanía ni la seguridad de ningún Estado, Read More
