Por qué el comercio mantiene abierta la negociación en un mundo fragmentado Daniela Sosa Aquino Septiembre 2026 Dos países pueden dejar de confiar el uno en el otro y, aun así, seguir necesitando comerciar. Esa contradicción define hoy la relación entre China y Estados Unidos: compiten por el liderazgo tecnológico, aumentan las barreras comerciales y buscan reducir sus dependencias, pero continúan conectados por mercados y cadenas productivas que no pueden desmontarse de un día para otro. Los datos muestran que el comercio se está reorganizando. En 2025, las importaciones estadounidenses procedentes de China cayeron 29%, mientras aumentaron las compras a varias economías asiáticas. Algunas de esas economías también incrementaron sus importaciones de productos chinos. Para la Organización Mundial del Comercio, estas tendencias reflejan ajustes en las cadenas mundiales, aunque el intercambio por medio de terceros países solo compensa parcialmente la caída del comercio directo. Los vínculos bilaterales se debilitan, pero las economías siguen conectadas. El mundo ya no confía, pero todavía comercia. La globalización no ha terminado; se ha vuelto más estratégica, selectiva y política. Al sobrevivir a la rivalidad, el comercio conserva una razón para que países con intereses distintos sigan negociando. Eso no basta para sostener el orden internacional. El comercio no remplaza la diplomacia, el derecho, la cooperación ni el financiamiento para el desarrollo. Tampoco elimina el conflicto ni garantiza una distribución justa de sus beneficios. Su función es más limitada: mantener relaciones y reglas comunes aun cuando la confianza política desaparece. La tarea no es pedirle al comercio que sustituya al multilateralismo, sino aprovechar la cooperación que todavía exige para comenzar a reconstruirlo. Cooperar por necesidad El comercio no requiere que sus participantes sean aliados. Una empresa vende porque obtiene ingresos; otra compra porque necesita un insumo, una tecnología o acceso a un mercado. Ambas pueden beneficiarse sin compartir los mismos intereses políticos. Lo mismo ocurre entre los Estados. Sustituir proveedores exige capital, infraestructura, conocimiento y tiempo. Un gobierno puede imponer un arancel de inmediato, pero no puede crear con la misma rapidez una fábrica, una red logística o personal especializado. Incluso los países rivales deben administrar las dependencias que aún comparten. Esa tarea exige cooperación práctica. Para que un producto cruce una frontera se necesitan reglas aduaneras, medios de pago, transporte, estándares técnicos y mecanismos para resolver diferencias. Cooperar no significa confiar ni estar de acuerdo; significa mantener una relación porque romperla por completo tendría costos elevados. Las empresas pueden cambiar de proveedores y rutas, pero el intercambio continúa. Esa continuidad mantiene abiertos canales de negociación cuando el diálogo político se debilita. Cooperar no basta Esta cooperación tiene límites. El comercio puede beneficiar a sus participantes y, aun así, repartir las ganancias de manera desigual. Una empresa puede vender más mientras paga poco a sus proveedores. Un país puede aumentar sus exportaciones sin crear empleos de calidad ni incorporar empresas locales. Que ambas partes obtengan beneficios no significa que los reciban en la misma proporción. El poder también influye. Los países que controlan grandes mercados, monedas, tecnologías o rutas comerciales pueden utilizar esas ventajas para presionar a otros. Las sanciones financieras y los controles de exportación muestran que las mismas conexiones que permiten cooperar también pueden convertirse en instrumentos de presión. Para los actores más pequeños, un mercado abierto tampoco es suficiente. Una microempresa sin crédito, conectividad o certificaciones no puede competir en las mismas condiciones que una multinacional. Lo mismo ocurre con productores locales, mujeres emprendedoras y comunidades indígenas que carecen de poder de negociación o de protección para sus conocimientos y patrimonio. El mercado puede estar abierto en el papel y, aun así, permanecer fuera de su alcance en la práctica. El comercio no puede reconstruir por sí solo el orden internacional, pero puede mantener en pie la mesa desde la cual habrá que hacerlo. Por eso importa la cooperación para el desarrollo. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la ayuda oficial neta al desarrollo cayó 23.3% en 2025 y se proyecta otra reducción de 6.9% en 2026. Estos recortes disminuyen los recursos disponibles para invertir en infraestructura, tecnología e instituciones: precisamente las capacidades que permiten aprovechar el acceso a los mercados. El comercio y la cooperación para el desarrollo cumplen funciones diferentes. El primero puede generar ingresos y oportunidades; la segunda ayuda a crear las condiciones necesarias para aprovecharlos. Si la cooperación comercial ha de servir como base para reconstruir el multilateralismo, deberá estar acompañada por políticas y financiamiento que permitan una participación más equilibrada. La prueba latinoamericana Latinoamérica muestra este desafío con claridad. La región mantiene importantes relaciones comerciales con China, Estados Unidos y la Unión Europea, pero sus propios países comercian poco entre sí. En 2024, el comercio intrarregional representó 14% de las exportaciones de bienes de la región, una de las proporciones más bajas del mundo. El problema no es solo cuánto exporta la región, sino qué capacidades construye a partir de esas exportaciones. La llegada de nuevas inversiones puede elevar las ventas externas sin fortalecer a los proveedores locales. La demanda de materias primas puede generar ingresos sin diversificar las economías. Y un acuerdo comercial puede abrir mercados que muchas pequeñas empresas no tienen los recursos para aprovechar. Para Latinoamérica, el dilema no es elegir entre China y Estados Unidos. El reto es comerciar con ambos y con otros socios sin sustituir una dependencia por otra. La región necesita fortalecer el comercio intrarregional, mejorar su infraestructura e incorporar proveedores locales a las cadenas de valor. El objetivo no debe ser solo exportar más, sino generar dentro de la región la producción, el empleo y el conocimiento que sostienen esas exportaciones. Construir esas capacidades requiere algo más que política comercial. Las instituciones multilaterales pueden coordinar asistencia técnica y políticas productivas, además de facilitar el acceso al financiamiento. Su tarea no debe limitarse a abrir mercados, sino también a ayudar a que más países, empresas y comunidades puedan aprovecharlos. Para reconstruir el multilateralismo no hay que empezar desde cero. El comercio ya mantiene a los
Por qué el comercio mantiene abierta la negociación en un mundo fragmentado Daniela Sosa Aquino Septiembre 2026 Dos países pueden dejar de confiar el uno en el otro y, aun así, seguir necesitando comerciar. Esa contradicción define hoy la relación entre China y Estados Unidos: compiten por el liderazgo tecnológico, aumentan las barreras comerciales y buscan reducir sus dependencias, pero continúan conectados por mercados y cadenas productivas que no pueden desmontarse de un día para otro. Los datos muestran que el comercio se está reorganizando. En 2025, las importaciones estadounidenses procedentes de China cayeron 29%, mientras aumentaron las compras a varias economías asiáticas. Algunas de esas economías también incrementaron sus importaciones de productos chinos. Para la Organización Mundial del Comercio, estas tendencias reflejan ajustes en las cadenas mundiales, aunque el intercambio por medio de terceros países solo compensa parcialmente la caída del comercio directo. Los vínculos bilaterales se debilitan, pero las economías siguen conectadas. El mundo ya no confía, pero todavía comercia. La globalización no ha terminado; se ha vuelto más estratégica, selectiva y política. Al sobrevivir a la rivalidad, el comercio conserva una razón para que países con intereses distintos sigan negociando. Eso no basta para sostener el orden internacional. El comercio no remplaza la diplomacia, el derecho, la cooperación ni el financiamiento para el desarrollo. Tampoco elimina el conflicto ni garantiza una distribución justa de sus beneficios. Su función es más limitada: mantener relaciones y reglas comunes aun cuando la confianza política desaparece. La tarea no es pedirle al comercio que sustituya al multilateralismo, sino aprovechar la cooperación que todavía exige para comenzar a reconstruirlo. Cooperar por necesidad El comercio no requiere que sus participantes sean aliados. Una empresa vende porque obtiene ingresos; otra compra porque necesita un insumo, una tecnología o acceso a un mercado. Ambas pueden beneficiarse sin compartir los mismos intereses políticos. Lo mismo ocurre entre los Estados. Sustituir proveedores exige capital, infraestructura, conocimiento y tiempo. Un gobierno puede imponer un arancel de inmediato, pero no puede crear con la misma rapidez una fábrica, una red logística o personal especializado. Incluso los países rivales deben administrar las dependencias que aún comparten. Esa tarea exige cooperación práctica. Para que un producto cruce una frontera se necesitan reglas aduaneras, medios de pago, transporte, estándares técnicos y mecanismos para resolver diferencias. Cooperar no significa confiar ni estar de acuerdo; significa mantener una relación porque romperla por completo tendría costos elevados. Las empresas pueden cambiar de proveedores y rutas, pero el intercambio continúa. Esa continuidad mantiene abiertos canales de negociación cuando el diálogo político se debilita. Cooperar no basta Esta cooperación tiene límites. El comercio puede beneficiar a sus participantes y, aun así, repartir las ganancias de manera desigual. Una empresa puede vender más mientras paga poco a sus proveedores. Un país puede aumentar sus exportaciones sin crear empleos de calidad ni incorporar empresas locales. Que ambas partes obtengan beneficios no significa que los reciban en la misma proporción. El poder también influye. Los países que controlan grandes mercados, monedas, tecnologías o rutas comerciales pueden utilizar esas ventajas para presionar a otros. Las sanciones financieras y los controles de exportación muestran que las mismas conexiones que permiten cooperar también pueden convertirse en instrumentos de presión. Para los actores más pequeños, un mercado abierto tampoco es suficiente. Una microempresa sin crédito, conectividad o certificaciones no puede competir en las mismas condiciones que una multinacional. Lo mismo ocurre con productores locales, mujeres emprendedoras y comunidades indígenas que carecen de poder de negociación o de protección para sus conocimientos y patrimonio. El mercado puede estar abierto en el papel y, aun así, permanecer fuera de su alcance en la práctica. El comercio no puede reconstruir por sí solo el orden internacional, pero puede mantener en pie la mesa desde la cual habrá que hacerlo. Por eso importa la cooperación para el desarrollo. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la ayuda oficial neta al desarrollo cayó 23.3% en 2025 y se proyecta otra reducción de 6.9% en 2026. Estos recortes disminuyen los recursos disponibles para invertir en infraestructura, tecnología e instituciones: precisamente las capacidades que permiten aprovechar el acceso a los mercados. El comercio y la cooperación para el desarrollo cumplen funciones diferentes. El primero puede generar ingresos y oportunidades; la segunda ayuda a crear las condiciones necesarias para aprovecharlos. Si la cooperación comercial ha de servir como base para reconstruir el multilateralismo, deberá estar acompañada por políticas y financiamiento que permitan una participación más equilibrada. La prueba latinoamericana Latinoamérica muestra este desafío con claridad. La región mantiene importantes relaciones comerciales con China, Estados Unidos y la Unión Europea, pero sus propios países comercian poco entre sí. En 2024, el comercio intrarregional representó 14% de las exportaciones de bienes de la región, una de las proporciones más bajas del mundo. El problema no es solo cuánto exporta la región, sino qué capacidades construye a partir de esas exportaciones. La llegada de nuevas inversiones puede elevar las ventas externas sin fortalecer a los proveedores locales. La demanda de materias primas puede generar ingresos sin diversificar las economías. Y un acuerdo comercial puede abrir mercados que muchas pequeñas empresas no tienen los recursos para aprovechar. Para Latinoamérica, el dilema no es elegir entre China y Estados Unidos. El reto es comerciar con ambos y con otros socios sin sustituir una dependencia por otra. La región necesita fortalecer el comercio intrarregional, mejorar su infraestructura e incorporar proveedores locales a las cadenas de valor. El objetivo no debe ser solo exportar más, sino generar dentro de la región la producción, el empleo y el conocimiento que sostienen esas exportaciones. Construir esas capacidades requiere algo más que política comercial. Las instituciones multilaterales pueden coordinar asistencia técnica y políticas productivas, además de facilitar el acceso al financiamiento. Su tarea no debe limitarse a abrir mercados, sino también a ayudar a que más países, empresas y comunidades puedan aprovecharlos. Para reconstruir el multilateralismo no hay que empezar desde cero. El comercio ya mantiene a los Read More
