Manuel Férez Gil La invasión rusa de Ucrania, iniciada en 2014, ha devastado la vida de millones de ucranianos —con un saldo de miles de muertos, heridos, desplazados internos y refugiados—, ha arrasado ciudades y ha destruido la economía del país, pero también ha supuesto una agresión catastrófica para el medio ambiente. La escasez de alimentos, así como la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la militarización del mar Negro, recuerdan que esta agresión moscovita tiene —y tendrá— efectos perjudiciales a escala mundial. Con el propósito de analizar lo que está ocurriendo en Ucrania desde una perspectiva general, Darya Tsymbalyuk, profesora adjunta en el Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas de la Universidad de Chicago, publicó Ecocide in Ukraine. The Environmental Cost of Russia’s War, un análisis del terrible costo medioambiental de la agresión rusa. Mientras Ucrania sigue resistiendo valientemente no solo la embestida colonialista rusa, sino también la traición y el chantaje del gobierno de Donald Trump, así como la cobardía y la confusión de Europa, los bosques y los campos de cultivo ucranianos han sido quemados y envenenados, cientos de especies de animales y plantas están al borde de la extinción, el agua y el suelo han sido contaminados por productos y residuos químicos, y miles de kilómetros han sido minados por la potencia ocupante. Estos temas rara vez logran ser titulares en los medios de comunicación, y mucho menos suscitan reflexiones académicas. Por tal motivo, Ecocide in Ukraine resulta una llamada de atención para los interesados en el análisis de los temas internacionales y el papel que desempeña el país. El libro está compuesto por seis capítulos —agua, zemlia (tierra), aire, plantas, cuerpos y energía, en los que Tsymbalyuk advierte, sin ocultar la tristeza y la preocupación de una ucraniana que observa cómo su patria está siendo arrasada sin piedad por el colonialismo ruso, que la destrucción de la biodiversidad y los ecosistemas en Ucrania ha sido inconmensurable, y que sus consecuencias se extenderán mucho más allá de las fronteras y por mucho tiempo. Además, aborda los debates académicos sobre el imperialismo y el colonialismo, así como el ecocidio, el genocidio y la recuperación posbélica de la sociedad ucraniana. El libro demuestra la interconexión entre la violencia, el espacio y el tiempo, y cómo surgen nuevas vinculaciones con el entorno natural. En este contexto de destrucción, Tsymbalyuk recuerda que la ruptura de la presa de Kajovka en la madrugada del 6 de junio de 2023 —que provocó la inundación de miles de kilómetros de hábitats naturales protegidos, así como la destrucción de cientos de aldeas, pueblos y grandes extensiones de tierra de cultivo— fue un evento que ya presagiaba el ecocidio. Cabe señalar que la presa estaba en manos de las fuerzas invasoras rusas en el momento del suceso y que varias investigaciones independientes, como las realizadas por Global Rights Compliance y Truth Hounds, apuntan a que los ocupantes decidieron volar una sección de la presa para obstaculizar una posible contraofensiva ucraniana en la zona de Jersón. El libro relata varias de las visitas y las observaciones que la autora, una ucraniana de la diáspora, hizo en todo el país. En su visita al distrito de Snijurivka, en la óblast de Mykolaiv —una de las zonas más densamente minadas que fue liberada por las fuerzas ucranianas el 10 de noviembre de 2022—, los supervivientes le mostraron a Tsymbalyuk y al mundo las cámaras de tortura donde se encontraron decenas de cuerpos de civiles ucranianos. También observaron los efectos de la contaminación química de las tierras de cultivo de la zona. Basta un dato para dimensionar el problema de las minas en Ucrania: más de 170 000 kilómetros cuadrados del país están en riesgo por las minas terrestres colocadas por los ocupantes rusos (también se han encontrado en juguetes y guarderías). Este es un ejemplo de cómo Ecocide in Ukraine no es un mero recuento de los asesinatos y los crímenes rusos contra civiles ucranianos, sino también un testimonio de los daños medioambientales causados por la larga y cruel agresión, que ha cambiado la comprensión de los ucranianos sobre sus entornos naturales, al igual que su conexión cultural con ellos y con su tierra ancestral, ese lugar al cual se defiende de la invasión. Tsymbalyuk describe lo que observa, pero también da voz a quienes padecen el ecocidio y cuyas vidas han quedado marcadas para siempre por el neoimperialismo de Moscú. Esta apertura a la voz del otro, a la del testigo y superviviente, resulta muy valiosa, pues muestra cómo la conexión de las personas con su entorno depende del equilibrio entre humanos, animales y plantas, y cómo las agresiones militares tienen un efecto dañino terrible en la búsqueda del equilibrio medioambiental. Los ciudadanos ucranianos que resisten cotidianamente los efectos de la invasión rusa son el corazón del libro y, desde ahí, sus historias personales se entretejen con las temáticas medioambientales más generales. El capítulo dos, titulado Zemlia (palabra ucraniana que podría traducirse como “tierra de labranza” y “tierra de los ancestros”), merece una mención especial, pues muestra la profunda conexión que tiene la nación ucraniana con su territorio y con la producción del pan. La autora explica que las imágenes de graneros bombardeados, así como de montañas de grano quemadas o contaminadas por las fuerzas invasoras rusas, no solo exhiben el ataque a la seguridad alimentaria mundial (en la que Ucrania desempeña un papel fundamental), sino también suponen una agresión al lugar venerado donde se produce el pan, un elemento esencial en la cultura de este país. Dicha interconexión entre la memoria cultural colectiva y el pan está vinculada no solo a historias familiares y costumbres culinarias, sino también a un evento brutal en la historia de Ucrania: el Holodomor. Las mismas abuelas que transmiten a sus nietos la importancia del pan en su cultura les recuerdan que la hambruna provocada por los líderes soviéticos, entre 1932 y 1933, les costó la vida a millones de personas, sobre todo a agricultores que se resistieron a la
Manuel Férez Gil La invasión rusa de Ucrania, iniciada en 2014, ha devastado la vida de millones de ucranianos —con un saldo de miles de muertos, heridos, desplazados internos y refugiados—, ha arrasado ciudades y ha destruido la economía del país, pero también ha supuesto una agresión catastrófica para el medio ambiente. La escasez de alimentos, así como la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la militarización del mar Negro, recuerdan que esta agresión moscovita tiene —y tendrá— efectos perjudiciales a escala mundial. Con el propósito de analizar lo que está ocurriendo en Ucrania desde una perspectiva general, Darya Tsymbalyuk, profesora adjunta en el Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas de la Universidad de Chicago, publicó Ecocide in Ukraine. The Environmental Cost of Russia’s War, un análisis del terrible costo medioambiental de la agresión rusa. Mientras Ucrania sigue resistiendo valientemente no solo la embestida colonialista rusa, sino también la traición y el chantaje del gobierno de Donald Trump, así como la cobardía y la confusión de Europa, los bosques y los campos de cultivo ucranianos han sido quemados y envenenados, cientos de especies de animales y plantas están al borde de la extinción, el agua y el suelo han sido contaminados por productos y residuos químicos, y miles de kilómetros han sido minados por la potencia ocupante. Estos temas rara vez logran ser titulares en los medios de comunicación, y mucho menos suscitan reflexiones académicas. Por tal motivo, Ecocide in Ukraine resulta una llamada de atención para los interesados en el análisis de los temas internacionales y el papel que desempeña el país. El libro está compuesto por seis capítulos —agua, zemlia (tierra), aire, plantas, cuerpos y energía, en los que Tsymbalyuk advierte, sin ocultar la tristeza y la preocupación de una ucraniana que observa cómo su patria está siendo arrasada sin piedad por el colonialismo ruso, que la destrucción de la biodiversidad y los ecosistemas en Ucrania ha sido inconmensurable, y que sus consecuencias se extenderán mucho más allá de las fronteras y por mucho tiempo. Además, aborda los debates académicos sobre el imperialismo y el colonialismo, así como el ecocidio, el genocidio y la recuperación posbélica de la sociedad ucraniana. El libro demuestra la interconexión entre la violencia, el espacio y el tiempo, y cómo surgen nuevas vinculaciones con el entorno natural. En este contexto de destrucción, Tsymbalyuk recuerda que la ruptura de la presa de Kajovka en la madrugada del 6 de junio de 2023 —que provocó la inundación de miles de kilómetros de hábitats naturales protegidos, así como la destrucción de cientos de aldeas, pueblos y grandes extensiones de tierra de cultivo— fue un evento que ya presagiaba el ecocidio. Cabe señalar que la presa estaba en manos de las fuerzas invasoras rusas en el momento del suceso y que varias investigaciones independientes, como las realizadas por Global Rights Compliance y Truth Hounds, apuntan a que los ocupantes decidieron volar una sección de la presa para obstaculizar una posible contraofensiva ucraniana en la zona de Jersón. El libro relata varias de las visitas y las observaciones que la autora, una ucraniana de la diáspora, hizo en todo el país. En su visita al distrito de Snijurivka, en la óblast de Mykolaiv —una de las zonas más densamente minadas que fue liberada por las fuerzas ucranianas el 10 de noviembre de 2022—, los supervivientes le mostraron a Tsymbalyuk y al mundo las cámaras de tortura donde se encontraron decenas de cuerpos de civiles ucranianos. También observaron los efectos de la contaminación química de las tierras de cultivo de la zona. Basta un dato para dimensionar el problema de las minas en Ucrania: más de 170 000 kilómetros cuadrados del país están en riesgo por las minas terrestres colocadas por los ocupantes rusos (también se han encontrado en juguetes y guarderías). Este es un ejemplo de cómo Ecocide in Ukraine no es un mero recuento de los asesinatos y los crímenes rusos contra civiles ucranianos, sino también un testimonio de los daños medioambientales causados por la larga y cruel agresión, que ha cambiado la comprensión de los ucranianos sobre sus entornos naturales, al igual que su conexión cultural con ellos y con su tierra ancestral, ese lugar al cual se defiende de la invasión. Tsymbalyuk describe lo que observa, pero también da voz a quienes padecen el ecocidio y cuyas vidas han quedado marcadas para siempre por el neoimperialismo de Moscú. Esta apertura a la voz del otro, a la del testigo y superviviente, resulta muy valiosa, pues muestra cómo la conexión de las personas con su entorno depende del equilibrio entre humanos, animales y plantas, y cómo las agresiones militares tienen un efecto dañino terrible en la búsqueda del equilibrio medioambiental. Los ciudadanos ucranianos que resisten cotidianamente los efectos de la invasión rusa son el corazón del libro y, desde ahí, sus historias personales se entretejen con las temáticas medioambientales más generales. El capítulo dos, titulado Zemlia (palabra ucraniana que podría traducirse como “tierra de labranza” y “tierra de los ancestros”), merece una mención especial, pues muestra la profunda conexión que tiene la nación ucraniana con su territorio y con la producción del pan. La autora explica que las imágenes de graneros bombardeados, así como de montañas de grano quemadas o contaminadas por las fuerzas invasoras rusas, no solo exhiben el ataque a la seguridad alimentaria mundial (en la que Ucrania desempeña un papel fundamental), sino también suponen una agresión al lugar venerado donde se produce el pan, un elemento esencial en la cultura de este país. Dicha interconexión entre la memoria cultural colectiva y el pan está vinculada no solo a historias familiares y costumbres culinarias, sino también a un evento brutal en la historia de Ucrania: el Holodomor. Las mismas abuelas que transmiten a sus nietos la importancia del pan en su cultura les recuerdan que la hambruna provocada por los líderes soviéticos, entre 1932 y 1933, les costó la vida a millones de personas, sobre todo a agricultores que se resistieron a la Read More
