Francia y México: 200 años de una amistad tormentosa

 Alexis Fritche Octubre 2026 Entre guerras olvidadas, exilios cruzados y ambiciones compartidas, el bicentenario de las relaciones diplomáticas entre Francia y México, celebrado en 2026, invita a hacer un balance sin complacencias de una historia marcada tanto por la admiración mutua como por los desencuentros. Hay parejas diplomáticas que se construyen al amparo de los tratados y otras que cargan, durante siglos, con las cicatrices de sus rupturas. La relación entre Francia y México pertenece a la segunda categoría. En 2026, ambos países celebran el bicentenario del establecimiento de sus relaciones diplomáticas, cuyos antecedentes se remontan a la misión confiada en 1825 al comerciante Victor Martin, quien se instaló en la Ciudad de México al año siguiente con el título de inspector del comercio francés, antes de que París reconociera formalmente la independencia mexicana en 1830. Dos siglos después, la visita oficial de Emmanuel Macron a México, el 7 de noviembre de 2025, durante la cual fue recibido por la presidenta Claudia Sheinbaum, abrió el ciclo de conmemoraciones. A ello se sumaron la adopción, en mayo de 2026, de un “plan de acción bilateral modernizado” y el anuncio de un gran festival cultural franco-mexicano para el otoño. Pero detrás de los discursos oficiales sobre “la amistad” y la “admiración recíproca” se dibuja una historia mucho más ambivalente: la de un vínculo que ha debido reconstruirse una y otra vez después de sus rupturas. Un nacimiento tenso, una ruptura por las armas Los inicios son cautelosos. La joven República mexicana, nacida de la independencia de 1821, buscaba el reconocimiento de las potencias europeas; Francia, por su parte, se tomó su tiempo, cuidadosa de no incomodar a España. El comercio precedió a la diplomacia: desde 1827, una línea regular de paquebotes conectó Burdeos con Veracruz. Pero la relación se atascó pronto. En 1838 estalló la guerra de los Pasteles, una intervención militar francesa emprendida oficialmente para proteger los intereses de comerciantes franceses perjudicados —entre ellos, un pastelero de Tacubaya cuya tienda había sido saqueada—, episodio que quedó en la memoria como símbolo de los pretextos de la política imperial de la época. Lo peor llegó una generación después. En 1861, el presidente Benito Juárez suspendió el pago de la deuda externa mexicana. Napoleón III vio en ello la oportunidad para poner en marcha un proyecto imperial: instalar en el trono de México al archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, con el respaldo de un ejército francés de ocupación. La intervención, marcada por la resistencia republicana mexicana y por la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862 —convertida desde entonces en una fecha emblemática de la historia mexicana—, terminó en sangre: Maximiliano fue capturado y fusilado en 1867 en Querétaro. Las relaciones diplomáticas quedaron rotas durante 13 años. Se tuvo que esperar hasta 1880 para que se reanudaran, y hasta 1886 para la firma de un tratado de amistad, comercio y navegación. Ese pasado no es anecdótico: sigue presente en la memoria mexicana. Desde entonces, las autoridades francesas han buscado saldar simbólicamente aquel episodio, desde la restitución de banderas tomadas durante la campaña de 1862-1864, anunciada por París en 1964, hasta la discusión, todavía vigente, sobre la restitución de códices prehispánicos. El tiempo de los comerciantes y de las utopías Paradójicamente, fue en las décadas posteriores al trauma de la intervención cuando la migración francesa en México alcanzó su apogeo, con la llegada de los llamados barcelonnettes. Procedentes del valle alpino de Ubaye, en los Bajos Alpes, estos comerciantes textiles se instalaron en la Ciudad de México, Guadalajara, Morelia y Puebla. En 1846 había 46 tiendas francesas; 40 años después, la cifra se había más que duplicado. Bajo la presidencia de Porfirio Díaz, que favoreció ampliamente la inversión extranjera, algunos construyeron verdaderos imperios comerciales e industriales, y llegaron a edificar en la capital grandes almacenes inspirados en el Bon Marché parisino, como el Palacio de Hierro, inaugurado en 1891. Ese éxito económico, espectacular, también dejó huellas más sombrías: las fábricas textiles fundadas por estos empresarios, en particular en Río Blanco, fueron escenario de revueltas obreras contra condiciones laborales extremas, en un contexto de tensiones sociales que contribuirían a la caída del régimen de Díaz en 1911. El bicentenario de 2026 ofrece a las diplomacias de ambos países la ocasión de trazar un balance decididamente positivo. En el siglo XX, el centro de gravedad de la relación se desplazó hacia las artes y las ideas. México se convirtió, en el imaginario francés, en tierra de utopía y refugio. André Breton pasó por el país en 1938, se reunió con León Trotski, entonces exiliado, y escribió con él un manifiesto por un arte revolucionario independiente; Antonin Artaud viajó con los tarahumaras en busca de una experiencia ritual radical. Diego Rivera, por su parte, vivió y pintó en París antes de regresar a México, donde contribuiría a forjar, junto con José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, el gran movimiento muralista mexicano. Esta circulación intelectual consolidó la imagen de México como tierra de asilo: tras la guerra civil española, decenas de miles de republicanos encontraron refugio en el país, muchas veces por medio de redes en las que Francia desempeñó un papel de tránsito. Guerra, exilios y reencuentros gaullistas La Segunda Guerra Mundial cerró provisionalmente el paréntesis diplomático —México, alineado con los Aliados; Francia, ocupada—, antes de que las relaciones se restablecieran en 1945 y prosiguieran, esta vez, sin interrupción. El general Charles de Gaulle visitó México en 1964, en un viaje célebre por sus fórmulas líricas sobre la amistad entre ambos pueblos, pero también, según varios historiadores, estuvo marcado por malentendidos recíprocos sobre lo que cada parte esperaba de la otra. Las décadas siguientes se multiplicaron los encuentros de alto nivel —José López Portillo y François Mitterrand en la Conferencia Norte-Sur de Cancún, en 1981; Felipe Calderón y François Hollande en 2012—, sin que surgiera un eje estratégico comparable al que Francia mantenía con Argentina o Brasil. México sigue siendo, para París, un socio admirado, pero periférico; Francia, para México, es una referencia

​ Alexis Fritche Octubre 2026 Entre guerras olvidadas, exilios cruzados y ambiciones compartidas, el bicentenario de las relaciones diplomáticas entre Francia y México, celebrado en 2026, invita a hacer un balance sin complacencias de una historia marcada tanto por la admiración mutua como por los desencuentros. Hay parejas diplomáticas que se construyen al amparo de los tratados y otras que cargan, durante siglos, con las cicatrices de sus rupturas. La relación entre Francia y México pertenece a la segunda categoría. En 2026, ambos países celebran el bicentenario del establecimiento de sus relaciones diplomáticas, cuyos antecedentes se remontan a la misión confiada en 1825 al comerciante Victor Martin, quien se instaló en la Ciudad de México al año siguiente con el título de inspector del comercio francés, antes de que París reconociera formalmente la independencia mexicana en 1830. Dos siglos después, la visita oficial de Emmanuel Macron a México, el 7 de noviembre de 2025, durante la cual fue recibido por la presidenta Claudia Sheinbaum, abrió el ciclo de conmemoraciones. A ello se sumaron la adopción, en mayo de 2026, de un “plan de acción bilateral modernizado” y el anuncio de un gran festival cultural franco-mexicano para el otoño. Pero detrás de los discursos oficiales sobre “la amistad” y la “admiración recíproca” se dibuja una historia mucho más ambivalente: la de un vínculo que ha debido reconstruirse una y otra vez después de sus rupturas. Un nacimiento tenso, una ruptura por las armas Los inicios son cautelosos. La joven República mexicana, nacida de la independencia de 1821, buscaba el reconocimiento de las potencias europeas; Francia, por su parte, se tomó su tiempo, cuidadosa de no incomodar a España. El comercio precedió a la diplomacia: desde 1827, una línea regular de paquebotes conectó Burdeos con Veracruz. Pero la relación se atascó pronto. En 1838 estalló la guerra de los Pasteles, una intervención militar francesa emprendida oficialmente para proteger los intereses de comerciantes franceses perjudicados —entre ellos, un pastelero de Tacubaya cuya tienda había sido saqueada—, episodio que quedó en la memoria como símbolo de los pretextos de la política imperial de la época. Lo peor llegó una generación después. En 1861, el presidente Benito Juárez suspendió el pago de la deuda externa mexicana. Napoleón III vio en ello la oportunidad para poner en marcha un proyecto imperial: instalar en el trono de México al archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo, con el respaldo de un ejército francés de ocupación. La intervención, marcada por la resistencia republicana mexicana y por la batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862 —convertida desde entonces en una fecha emblemática de la historia mexicana—, terminó en sangre: Maximiliano fue capturado y fusilado en 1867 en Querétaro. Las relaciones diplomáticas quedaron rotas durante 13 años. Se tuvo que esperar hasta 1880 para que se reanudaran, y hasta 1886 para la firma de un tratado de amistad, comercio y navegación. Ese pasado no es anecdótico: sigue presente en la memoria mexicana. Desde entonces, las autoridades francesas han buscado saldar simbólicamente aquel episodio, desde la restitución de banderas tomadas durante la campaña de 1862-1864, anunciada por París en 1964, hasta la discusión, todavía vigente, sobre la restitución de códices prehispánicos. El tiempo de los comerciantes y de las utopías Paradójicamente, fue en las décadas posteriores al trauma de la intervención cuando la migración francesa en México alcanzó su apogeo, con la llegada de los llamados barcelonnettes. Procedentes del valle alpino de Ubaye, en los Bajos Alpes, estos comerciantes textiles se instalaron en la Ciudad de México, Guadalajara, Morelia y Puebla. En 1846 había 46 tiendas francesas; 40 años después, la cifra se había más que duplicado. Bajo la presidencia de Porfirio Díaz, que favoreció ampliamente la inversión extranjera, algunos construyeron verdaderos imperios comerciales e industriales, y llegaron a edificar en la capital grandes almacenes inspirados en el Bon Marché parisino, como el Palacio de Hierro, inaugurado en 1891. Ese éxito económico, espectacular, también dejó huellas más sombrías: las fábricas textiles fundadas por estos empresarios, en particular en Río Blanco, fueron escenario de revueltas obreras contra condiciones laborales extremas, en un contexto de tensiones sociales que contribuirían a la caída del régimen de Díaz en 1911. El bicentenario de 2026 ofrece a las diplomacias de ambos países la ocasión de trazar un balance decididamente positivo. En el siglo XX, el centro de gravedad de la relación se desplazó hacia las artes y las ideas. México se convirtió, en el imaginario francés, en tierra de utopía y refugio. André Breton pasó por el país en 1938, se reunió con León Trotski, entonces exiliado, y escribió con él un manifiesto por un arte revolucionario independiente; Antonin Artaud viajó con los tarahumaras en busca de una experiencia ritual radical. Diego Rivera, por su parte, vivió y pintó en París antes de regresar a México, donde contribuiría a forjar, junto con José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, el gran movimiento muralista mexicano. Esta circulación intelectual consolidó la imagen de México como tierra de asilo: tras la guerra civil española, decenas de miles de republicanos encontraron refugio en el país, muchas veces por medio de redes en las que Francia desempeñó un papel de tránsito. Guerra, exilios y reencuentros gaullistas La Segunda Guerra Mundial cerró provisionalmente el paréntesis diplomático —México, alineado con los Aliados; Francia, ocupada—, antes de que las relaciones se restablecieran en 1945 y prosiguieran, esta vez, sin interrupción. El general Charles de Gaulle visitó México en 1964, en un viaje célebre por sus fórmulas líricas sobre la amistad entre ambos pueblos, pero también, según varios historiadores, estuvo marcado por malentendidos recíprocos sobre lo que cada parte esperaba de la otra. Las décadas siguientes se multiplicaron los encuentros de alto nivel —José López Portillo y François Mitterrand en la Conferencia Norte-Sur de Cancún, en 1981; Felipe Calderón y François Hollande en 2012—, sin que surgiera un eje estratégico comparable al que Francia mantenía con Argentina o Brasil. México sigue siendo, para París, un socio admirado, pero periférico; Francia, para México, es una referencia Read More