¿Qué es eso urgente e ineludible hacia lo que nos dirigimos? Erick Aguirre Aragón Octubre 2026 Henry Kissinger predijo el fin de la Ilustración, es cierto, pero no lo imaginó como un desenlace violento, como algunos podrían haber esperado. Lo que vislumbró, más bien, fue una erosión silenciosa. Al advertir sobre la posibilidad de que las máquinas tomaran decisiones sin estar sujetas a un marco de principios y valores, planteó que el mundo, impulsado por los avances en inteligencia artificial (IA), podría acercarse a un punto límite en materia de conflictos difíciles de resolver mediante la razón. Hoy, ese fin de la Ilustración ya no parece un asunto pendiente que aguarda a que las máquinas nos superen. Está ocurriendo, y los seres humanos, como algunos ya han advertido, se han adelantado a consumarlo. La destrucción del orden internacional surgido de aquel proyecto ilustrado provino, quizá de manera inesperada, del propio corazón de Occidente, el mismo que contribuyó a construirlo. Lo que estamos presenciando es un fenómeno profundo y estructural: el desgaste simultáneo de tres pilares sobre los que se edificó la modernidad ilustrada: la razón como fundamento del orden social; la democracia liberal como forma de gobierno, y el capitalismo globalizado como motor del progreso material. No se trata, por tanto, de un nuevo reacomodo temporal de las relaciones de poder ni de otra crisis dentro del ciclo habitual de expansión y contracción del sistema capitalista. La evidencia acumulada por historiadores, geopolíticos y sociólogos apunta a un diagnóstico tan sombrío como inequívoco: nos encontramos ante una transformación de alcance civilizatorio, sin un retorno claro al orden anterior, cuya urgencia consiste en aprender a navegar un mundo cada vez más incierto. El orden liberal internacional erigido tras la Guerra Fría, como lo conocemos, comenzó a desmoronarse desde 2019. Según el politólogo John Mearsheimer, esto no ha sido un accidente histórico: dicho orden estaba condenado al fracaso desde el principio porque contenía las semillas de su propia destrucción. Su lógica exigía que los Estados delegaran parte de su soberanía en instituciones supranacionales y abrieran sus fronteras, mientras que el nacionalismo y la persistencia de las identidades nacionales convertían esas exigencias en una fuente constante de tensiones. La hiperglobalización, que prometió integrar armoniosamente a los países, generó presiones económicas sobre las clases medias y bajas de las democracias liberales y alimentó un rechazo interno que hoy se expresa en el ascenso de movimientos populistas en todo Occidente. Paradójicamente, el propio orden liberal contribuyó a acelerar el ascenso de China, transformando un sistema unipolar en uno multipolar, un escenario en el que, por definición, el orden liberal enfrenta serias dificultades para sostenerse. Hubo un momento, no tan lejano, en que la victoria de la democracia liberal parecía definitiva. Francis Fukuyama proclamó entonces “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”. La historia, según esta célebre tesis, había llegado a su fin. Lo que ocurrió después constituyó uno de los desmentidos más contundentes de aquella predicción. No solo los países en proceso de democratización no avanzaron de manera sostenida hacia la consolidación de instituciones liberales; algunos comenzaron a cuestionarlas abiertamente y a reivindicar formas distintas y supuestamente “superiores” de organización social. Más aún, dentro de las propias democracias occidentales han surgido líderes y movimientos que se definen explícitamente como “demócratas antiliberales”. El agotamiento del orden liberal Immanuel Wallerstein, uno de los historiadores más lúcidos del capitalismo mundial, sostiene que el sistema capitalista mundial ha entrado en una crisis estructural terminal. No se trata de una crisis cíclica como las muchas que ha atravesado el capitalismo, sino de un momento en el que las reglas, que durante siglos han sostenido su relativa estabilidad, dejan de funcionar eficazmente. Según su tesis, una crisis estructural se caracteriza por fuertes fluctuaciones y una creciente incertidumbre en los mercados, las alianzas geopolíticas, la estabilidad de las fronteras estatales, el empleo, las deudas y los sistemas tributarios. Todo se vuelve impredecible. Nos encontramos, según Wallerstein, en un largo y caótico periodo de transición sistémica, al final del cual emergerá un nuevo orden. Este podría ser un sistema no capitalista que conserve algunos de los peores rasgos del capitalismo —jerarquía, explotación y polarización— o, por el contrario, uno basado en mayores niveles de democratización e igualdad, algo que hasta ahora no ha existido. El antropólogo e historiador francés Emmanuel Todd ha llevado este diagnóstico al terreno político con su tesis sobre “la derrota de Occidente”. Para Todd, la crisis actual de Occidente constituye la culminación de una crisis más amplia del sistema internacional, debido a que la hegemonía estadounidense ha desempeñado durante décadas un papel central en su organización. Lo que observamos hoy, según Todd, es un Occidente sumido en una profunda crisis social, política y religiosa, que avanza hacia el nihilismo y la autodestrucción y, en consecuencia, contribuye a alimentar algunos de los principales conflictos armados que sacuden al mundo. Entre los factores de este declive identifica el debilitamiento industrial de Estados Unidos, la creciente desvinculación entre la economía real y un PIB que considera parcialmente ficticio, así como la erosión de los valores compartidos que sostenían la cohesión social. Estados Unidos habría dejado de ser un Estado-nación en sentido pleno para convertirse, en su interpretación, en una potencia militar cuya sociedad carece de un conjunto común de valores culturales, sociales y morales. La crisis de la razón y la fragmentación del poder La crisis política, sin embargo, no es más que el síntoma superficial de un fenómeno más profundo: el agotamiento de la razón ilustrada como principio organizador de la vida colectiva. La socióloga Eva Illouz ha mostrado cómo el “capitalismo emocional” ha transformado las relaciones humanas en transacciones afectivas cada vez más mercantilizadas, mientras que las emociones —el miedo, el asco, el resentimiento y el patriotismo, entre otras— se han convertido en motores centrales de la política contemporánea. Este proceso erosiona los espacios de deliberación y, con ellos, algunos de los
¿Qué es eso urgente e ineludible hacia lo que nos dirigimos? Erick Aguirre Aragón Octubre 2026 Henry Kissinger predijo el fin de la Ilustración, es cierto, pero no lo imaginó como un desenlace violento, como algunos podrían haber esperado. Lo que vislumbró, más bien, fue una erosión silenciosa. Al advertir sobre la posibilidad de que las máquinas tomaran decisiones sin estar sujetas a un marco de principios y valores, planteó que el mundo, impulsado por los avances en inteligencia artificial (IA), podría acercarse a un punto límite en materia de conflictos difíciles de resolver mediante la razón. Hoy, ese fin de la Ilustración ya no parece un asunto pendiente que aguarda a que las máquinas nos superen. Está ocurriendo, y los seres humanos, como algunos ya han advertido, se han adelantado a consumarlo. La destrucción del orden internacional surgido de aquel proyecto ilustrado provino, quizá de manera inesperada, del propio corazón de Occidente, el mismo que contribuyó a construirlo. Lo que estamos presenciando es un fenómeno profundo y estructural: el desgaste simultáneo de tres pilares sobre los que se edificó la modernidad ilustrada: la razón como fundamento del orden social; la democracia liberal como forma de gobierno, y el capitalismo globalizado como motor del progreso material. No se trata, por tanto, de un nuevo reacomodo temporal de las relaciones de poder ni de otra crisis dentro del ciclo habitual de expansión y contracción del sistema capitalista. La evidencia acumulada por historiadores, geopolíticos y sociólogos apunta a un diagnóstico tan sombrío como inequívoco: nos encontramos ante una transformación de alcance civilizatorio, sin un retorno claro al orden anterior, cuya urgencia consiste en aprender a navegar un mundo cada vez más incierto. El orden liberal internacional erigido tras la Guerra Fría, como lo conocemos, comenzó a desmoronarse desde 2019. Según el politólogo John Mearsheimer, esto no ha sido un accidente histórico: dicho orden estaba condenado al fracaso desde el principio porque contenía las semillas de su propia destrucción. Su lógica exigía que los Estados delegaran parte de su soberanía en instituciones supranacionales y abrieran sus fronteras, mientras que el nacionalismo y la persistencia de las identidades nacionales convertían esas exigencias en una fuente constante de tensiones. La hiperglobalización, que prometió integrar armoniosamente a los países, generó presiones económicas sobre las clases medias y bajas de las democracias liberales y alimentó un rechazo interno que hoy se expresa en el ascenso de movimientos populistas en todo Occidente. Paradójicamente, el propio orden liberal contribuyó a acelerar el ascenso de China, transformando un sistema unipolar en uno multipolar, un escenario en el que, por definición, el orden liberal enfrenta serias dificultades para sostenerse. Hubo un momento, no tan lejano, en que la victoria de la democracia liberal parecía definitiva. Francis Fukuyama proclamó entonces “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”. La historia, según esta célebre tesis, había llegado a su fin. Lo que ocurrió después constituyó uno de los desmentidos más contundentes de aquella predicción. No solo los países en proceso de democratización no avanzaron de manera sostenida hacia la consolidación de instituciones liberales; algunos comenzaron a cuestionarlas abiertamente y a reivindicar formas distintas y supuestamente “superiores” de organización social. Más aún, dentro de las propias democracias occidentales han surgido líderes y movimientos que se definen explícitamente como “demócratas antiliberales”. El agotamiento del orden liberal Immanuel Wallerstein, uno de los historiadores más lúcidos del capitalismo mundial, sostiene que el sistema capitalista mundial ha entrado en una crisis estructural terminal. No se trata de una crisis cíclica como las muchas que ha atravesado el capitalismo, sino de un momento en el que las reglas, que durante siglos han sostenido su relativa estabilidad, dejan de funcionar eficazmente. Según su tesis, una crisis estructural se caracteriza por fuertes fluctuaciones y una creciente incertidumbre en los mercados, las alianzas geopolíticas, la estabilidad de las fronteras estatales, el empleo, las deudas y los sistemas tributarios. Todo se vuelve impredecible. Nos encontramos, según Wallerstein, en un largo y caótico periodo de transición sistémica, al final del cual emergerá un nuevo orden. Este podría ser un sistema no capitalista que conserve algunos de los peores rasgos del capitalismo —jerarquía, explotación y polarización— o, por el contrario, uno basado en mayores niveles de democratización e igualdad, algo que hasta ahora no ha existido. El antropólogo e historiador francés Emmanuel Todd ha llevado este diagnóstico al terreno político con su tesis sobre “la derrota de Occidente”. Para Todd, la crisis actual de Occidente constituye la culminación de una crisis más amplia del sistema internacional, debido a que la hegemonía estadounidense ha desempeñado durante décadas un papel central en su organización. Lo que observamos hoy, según Todd, es un Occidente sumido en una profunda crisis social, política y religiosa, que avanza hacia el nihilismo y la autodestrucción y, en consecuencia, contribuye a alimentar algunos de los principales conflictos armados que sacuden al mundo. Entre los factores de este declive identifica el debilitamiento industrial de Estados Unidos, la creciente desvinculación entre la economía real y un PIB que considera parcialmente ficticio, así como la erosión de los valores compartidos que sostenían la cohesión social. Estados Unidos habría dejado de ser un Estado-nación en sentido pleno para convertirse, en su interpretación, en una potencia militar cuya sociedad carece de un conjunto común de valores culturales, sociales y morales. La crisis de la razón y la fragmentación del poder La crisis política, sin embargo, no es más que el síntoma superficial de un fenómeno más profundo: el agotamiento de la razón ilustrada como principio organizador de la vida colectiva. La socióloga Eva Illouz ha mostrado cómo el “capitalismo emocional” ha transformado las relaciones humanas en transacciones afectivas cada vez más mercantilizadas, mientras que las emociones —el miedo, el asco, el resentimiento y el patriotismo, entre otras— se han convertido en motores centrales de la política contemporánea. Este proceso erosiona los espacios de deliberación y, con ellos, algunos de los Read More
