Lebensraum 2.0: la hegemonía alemana mediante la interdependencia asimétrica

El ascenso de AfD y la transformación del poder alemán en Europa  Bryan Acuña Octubre 2026 El avance de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones de Sajonia-Anhalt del 6 de septiembre de 2026 difícilmente puede explicarse ya como una anomalía electoral. Un resultado cercano a 44% colocó al partido en otra dimensión política, particularmente en el este del país. Pero lo verdaderamente significativo no es solo cuánto ha crecido AfD, sino el momento en que ocurre. Alemania está aumentando sus capacidades militares, fortaleciendo su industria de defensa y asumiendo responsabilidades que, hace pocos años, habrían resultado difíciles de imaginar en el ámbito de la seguridad europea. Ambos procesos no están necesariamente relacionados, pero su coincidencia plantea una pregunta pertinente: ¿qué ocurriría si las capacidades económicas, industriales y militares que Alemania construye actualmente fueran administradas en el futuro por un gobierno que entendiera el interés nacional desde una perspectiva mucho más nacionalista? Esto no quiere decir que AfD represente una redición del nacionalsocialismo ni permite atribuirle un proyecto expansionista que actualmente no existe. El problema es otro: ¿cómo podría cambiar Europa si Alemania comenzara a utilizar su peso continental desde una lógica diferente a la que predominó durante buena parte de la posguerra? Por ejemplo, hablar de Lebensraum —espacio vital—, exige establecer desde el principio una distancia histórica. El concepto nacionalsocialista estaba asociado con la conquista de Europa del Este, la colonización, el desplazamiento de poblaciones y una concepción racial del territorio. Nada permite sostener que AfD tenga actualmente un proyecto semejante, y utilizar 1933 como explicación automática del crecimiento de la derecha radical alemana terminaría banalizando tanto el pasado como los problemas actuales. Sin embargo, las formas de ejercer el poder han cambiado. Un Estado del siglo XXI no necesita ocupar físicamente otro territorio para condicionar las decisiones de otros actores. La industria, la tecnología, la infraestructura, la financiación, la regulación, las cadenas de suministro y la defensa pueden generar relaciones de dependencia capaces de traducirse en influencia política. Desde esta perspectiva, la expresión “Lebensraum 2.0” se utiliza aquí exclusivamente como una provocación analítica para examinar una posible ampliación del espacio de influencia alemán mediante instrumentos económicos, institucionales y estratégicos, no territoriales. El paralelismo termina precisamente ahí, no supone conquista, colonización, desplazamiento de poblaciones ni continuidad ideológica con el nacionalsocialismo. Lo que se propone analizar es cómo una potencia puede ampliar su margen de decisión y condicionar el de otros Estados aprovechando relaciones de interdependencia asimétrica. La interdependencia como fuente de poder La diferencia estaría precisamente en los instrumentos. Ya no se trataría de ampliar fronteras, sino el espacio donde las decisiones alemanas resultan determinantes. No mediante la ocupación, sino convirtiéndose en un actor progresivamente más difícil de sustituir. Robert Keohane y Joseph S. Nye, Jr. explicaron, mediante el concepto de interdependencia compleja, que las relaciones internacionales no se reducen al poder militar. Los Estados están vinculados por el comercio, la inversión, las instituciones, las empresas, la infraestructura y las relaciones sociales. La Unión Europea probablemente representa uno de los ejemplos más desarrollados de esta realidad. Estar conectados no significa depender del otro en la misma proporción. Keohane y Nye diferenciaron entre sensibilidad y vulnerabilidad porque una ruptura puede afectar a dos países de manera muy distinta. Si uno dispone rápidamente de alternativas y el otro no, continúa existiendo interdependencia, pero aparece una asimetría. Esa diferencia puede convertirse en poder. Alemania resulta particularmente interesante desde esta perspectiva. No necesita controlar políticamente a sus vecinos para aumentar su influencia; puede conseguirlo si otras economías necesitan su industria, sus inversiones, su tecnología o sus capacidades estratégicas en mayor medida de lo que Berlín depende individualmente de ellas. La pregunta, entonces, es cuánto costaría prescindir de los alemanes. El regreso de la potencia alemana La integración europea resolvió parcialmente un viejo problema continental: cómo convivir con una Alemania demasiado grande para ser simplemente un Estado europeo más, pero cuya hegemonía generaba comprensibles temores históricos. Después de 1945, y especialmente tras la reunificación, el país encontró una fórmula mucho más estable para ejercer poder. Su influencia creció mediante el comercio, la industria y las instituciones compartidas, mientras su capacidad militar permanecía limitada y su seguridad estrechamente vinculada con Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La Unión Europea resultó funcional para Alemania porque multiplicó su alcance sin transformar su poder en dominación directa. El mercado europeo favoreció su industria, las cadenas productivas conectaron profundamente a Europa Central con la economía alemana y las instituciones comunitarias permitieron canalizar las decisiones dentro de un proyecto colectivo. Ahora aparece un elemento adicional: Europa necesita desarrollar mayores capacidades militares y Alemania tiene recursos para desempeñar un papel central. Si aumenta su importancia en la producción militar, la logística, la infraestructura y la tecnología de defensa, la relación con sus socios podría incorporar nuevas dependencias que anteriormente tenían un peso mucho menor. Durante décadas, Alemania fue una potencia económica con capacidades militares relativamente limitadas. Estados Unidos proporcionaba buena parte del paraguas estratégico occidental, mientras Francia y el Reino Unido conservaban las principales capacidades nucleares europeas. La guerra en Ucrania, la amenaza rusa y las dudas sobre cuánto tiempo Washington estará dispuesto a asumir una parte tan importante de la seguridad continental han cambiado las prioridades. Alemania fortalece la Bundeswehr —las fuerzas armadas alemanas— y amplía su capacidad industrial de defensa. Esto no responde actualmente a un proyecto expansionista, sino a una reacción europea ante un entorno internacional mucho más peligroso. Pero las capacidades militares permanecen, aunque cambien los gobiernos. Quienes fortalecen hoy el aparato de defensa alemán pueden hacerlo desde posiciones europeístas y atlantistas, pero no pueden decidir quién administrará esas capacidades dentro de 15 años. Por eso, resulta necesario observar simultáneamente el rearme alemán y la transformación de su sistema político. AfD y el dilema del poder europeo AfD cuestiona la supranacionalidad europea, reclama recuperar competencias nacionales y mantiene posiciones diferentes de las tradicionales respecto de Rusia, Ucrania y Bruselas. Sin embargo, un eventual gobierno nacionalista encontraría una contradicción: debilitar excesivamente la

​El ascenso de AfD y la transformación del poder alemán en Europa  Bryan Acuña Octubre 2026 El avance de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones de Sajonia-Anhalt del 6 de septiembre de 2026 difícilmente puede explicarse ya como una anomalía electoral. Un resultado cercano a 44% colocó al partido en otra dimensión política, particularmente en el este del país. Pero lo verdaderamente significativo no es solo cuánto ha crecido AfD, sino el momento en que ocurre. Alemania está aumentando sus capacidades militares, fortaleciendo su industria de defensa y asumiendo responsabilidades que, hace pocos años, habrían resultado difíciles de imaginar en el ámbito de la seguridad europea. Ambos procesos no están necesariamente relacionados, pero su coincidencia plantea una pregunta pertinente: ¿qué ocurriría si las capacidades económicas, industriales y militares que Alemania construye actualmente fueran administradas en el futuro por un gobierno que entendiera el interés nacional desde una perspectiva mucho más nacionalista? Esto no quiere decir que AfD represente una redición del nacionalsocialismo ni permite atribuirle un proyecto expansionista que actualmente no existe. El problema es otro: ¿cómo podría cambiar Europa si Alemania comenzara a utilizar su peso continental desde una lógica diferente a la que predominó durante buena parte de la posguerra? Por ejemplo, hablar de Lebensraum —espacio vital—, exige establecer desde el principio una distancia histórica. El concepto nacionalsocialista estaba asociado con la conquista de Europa del Este, la colonización, el desplazamiento de poblaciones y una concepción racial del territorio. Nada permite sostener que AfD tenga actualmente un proyecto semejante, y utilizar 1933 como explicación automática del crecimiento de la derecha radical alemana terminaría banalizando tanto el pasado como los problemas actuales. Sin embargo, las formas de ejercer el poder han cambiado. Un Estado del siglo XXI no necesita ocupar físicamente otro territorio para condicionar las decisiones de otros actores. La industria, la tecnología, la infraestructura, la financiación, la regulación, las cadenas de suministro y la defensa pueden generar relaciones de dependencia capaces de traducirse en influencia política. Desde esta perspectiva, la expresión “Lebensraum 2.0” se utiliza aquí exclusivamente como una provocación analítica para examinar una posible ampliación del espacio de influencia alemán mediante instrumentos económicos, institucionales y estratégicos, no territoriales. El paralelismo termina precisamente ahí, no supone conquista, colonización, desplazamiento de poblaciones ni continuidad ideológica con el nacionalsocialismo. Lo que se propone analizar es cómo una potencia puede ampliar su margen de decisión y condicionar el de otros Estados aprovechando relaciones de interdependencia asimétrica. La interdependencia como fuente de poder La diferencia estaría precisamente en los instrumentos. Ya no se trataría de ampliar fronteras, sino el espacio donde las decisiones alemanas resultan determinantes. No mediante la ocupación, sino convirtiéndose en un actor progresivamente más difícil de sustituir. Robert Keohane y Joseph S. Nye, Jr. explicaron, mediante el concepto de interdependencia compleja, que las relaciones internacionales no se reducen al poder militar. Los Estados están vinculados por el comercio, la inversión, las instituciones, las empresas, la infraestructura y las relaciones sociales. La Unión Europea probablemente representa uno de los ejemplos más desarrollados de esta realidad. Estar conectados no significa depender del otro en la misma proporción. Keohane y Nye diferenciaron entre sensibilidad y vulnerabilidad porque una ruptura puede afectar a dos países de manera muy distinta. Si uno dispone rápidamente de alternativas y el otro no, continúa existiendo interdependencia, pero aparece una asimetría. Esa diferencia puede convertirse en poder. Alemania resulta particularmente interesante desde esta perspectiva. No necesita controlar políticamente a sus vecinos para aumentar su influencia; puede conseguirlo si otras economías necesitan su industria, sus inversiones, su tecnología o sus capacidades estratégicas en mayor medida de lo que Berlín depende individualmente de ellas. La pregunta, entonces, es cuánto costaría prescindir de los alemanes. El regreso de la potencia alemana La integración europea resolvió parcialmente un viejo problema continental: cómo convivir con una Alemania demasiado grande para ser simplemente un Estado europeo más, pero cuya hegemonía generaba comprensibles temores históricos. Después de 1945, y especialmente tras la reunificación, el país encontró una fórmula mucho más estable para ejercer poder. Su influencia creció mediante el comercio, la industria y las instituciones compartidas, mientras su capacidad militar permanecía limitada y su seguridad estrechamente vinculada con Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La Unión Europea resultó funcional para Alemania porque multiplicó su alcance sin transformar su poder en dominación directa. El mercado europeo favoreció su industria, las cadenas productivas conectaron profundamente a Europa Central con la economía alemana y las instituciones comunitarias permitieron canalizar las decisiones dentro de un proyecto colectivo. Ahora aparece un elemento adicional: Europa necesita desarrollar mayores capacidades militares y Alemania tiene recursos para desempeñar un papel central. Si aumenta su importancia en la producción militar, la logística, la infraestructura y la tecnología de defensa, la relación con sus socios podría incorporar nuevas dependencias que anteriormente tenían un peso mucho menor. Durante décadas, Alemania fue una potencia económica con capacidades militares relativamente limitadas. Estados Unidos proporcionaba buena parte del paraguas estratégico occidental, mientras Francia y el Reino Unido conservaban las principales capacidades nucleares europeas. La guerra en Ucrania, la amenaza rusa y las dudas sobre cuánto tiempo Washington estará dispuesto a asumir una parte tan importante de la seguridad continental han cambiado las prioridades. Alemania fortalece la Bundeswehr —las fuerzas armadas alemanas— y amplía su capacidad industrial de defensa. Esto no responde actualmente a un proyecto expansionista, sino a una reacción europea ante un entorno internacional mucho más peligroso. Pero las capacidades militares permanecen, aunque cambien los gobiernos. Quienes fortalecen hoy el aparato de defensa alemán pueden hacerlo desde posiciones europeístas y atlantistas, pero no pueden decidir quién administrará esas capacidades dentro de 15 años. Por eso, resulta necesario observar simultáneamente el rearme alemán y la transformación de su sistema político. AfD y el dilema del poder europeo AfD cuestiona la supranacionalidad europea, reclama recuperar competencias nacionales y mantiene posiciones diferentes de las tradicionales respecto de Rusia, Ucrania y Bruselas. Sin embargo, un eventual gobierno nacionalista encontraría una contradicción: debilitar excesivamente la Read More