Judith Fuentes Aguilar Merino Enero 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques Una importante parte de la población mexicana vive en el extranjero, con una presencia significativa en el país del norte, donde reside 97.7% del total. De acuerdo con el estudio “México(s) en Estados Unidos”, elaborado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en colaboración con la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Fondo de Cultura Económica, más de 37.8 millones de personas con ascendencia mexicana viven en ese país. Se trata de una comunidad integrada tanto por personas nacidas en México como por segundas, terceras e incluso cuartas generaciones que han construido su vida en el exterior. Lejos de constituir una comunidad en tránsito, esta diáspora mantiene lazos simbólicos, culturales y afectivos mediante prácticas sociales continuas, configurando un espacio cultural identitario dinámico con efectos visibles en la construcción de la identidad nacional y en el ámbito de la política exterior. Diáspora, identidad y cultura Las teorías contemporáneas sobre la diáspora consideran este fenómeno no solo como un desplazamiento físico. Siguiendo la tipología clásica de Robin Cohen —que distingue entre “diásporas de víctimas, laborales, comerciales, imperiales y desterritorializadas”—, la experiencia mexicana ha sido tradicionalmente calificada como una diáspora laboral, asociada a procesos de migración económica. Sin embargo, la continuidad generacional y la consolidación de comunidades en el país receptor permiten comprender la experiencia mexicana también como una diáspora desterritorializada. Es decir, la identidad se construye sin la expectativa del retorno ni la dependencia al territorio de origen. Desde una perspectiva cultural, como ya argumentó Stuart Hall, las identidades diaspóricas no son estáticas ni uniformes, sino fluidas e híbridas. Se generan y reproducen por medio de la diferencia, la historia, el diálogo permanente con el entorno y como colectividad diferenciada de la sociedad receptora. En este sentido, la diáspora mexicana en Estados Unidos no mantiene una esencia cultural única, sino que reinterpreta la mexicanidad en nuevos contextos sociales, lingüísticos y políticos. Lo anterior no representa a un solo México, sino a otros “Méxicos”, construidos desde la apropiación, resignificación y adaptación de prácticas culturales dentro de otra sociedad. Heterogeneidad y prácticas culturales La población mexicana en Estados Unidos es profundamente heterogénea y está dispersa por todo el país. El estudio citado de la UNAM confirma que está presente en las cincuenta entidades del país del norte, con altas concentraciones en California y Texas, pero también en Florida, Illinois y Nueva York. Mientras que sus raíces regionales en México se ubican en Guanajuato, Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Puebla, entre otras, dando lugar a redes comunitarias diversas que replican y reinterpretan sus costumbres en el extranjero. A esta diversidad territorial se suma una diferenciación generacional significativa. Si bien la migración mexicana hacia Estados Unidos tiene antecedentes históricos profundos, fue entre las décadas de 1980 y 1990 cuando se consolidó una migración de carácter laboral, concentrada principalmente en sectores como la agricultura, la construcción, la manufactura y los servicios de baja cualificación. Las siguientes generaciones, en cambio, han ampliado su presencia hacia el sector de servicios, actividades profesionales, educativas y de cuidado, con mayores niveles de escolaridad e inserción más diversificada en la economía estadounidense. Actualmente, con base en los datos de Latino Donor Collaborative, uno de cada cinco mexicanos participa en actividades empresariales y, en 2024, las personas de origen mexicano nacidas en Estados Unidos contribuyeron con cerca de 781 000 millones de dólares al PIB del país. Lejos de representar una expresión homogénea o estática, esta diáspora produce múltiples formas de mexicanidad que dialogan con el contexto estadounidense sin perder la cercanía con México. Esta movilidad social tiene un impacto significativo en la forma en que se reinterpretan y consumen las expresiones culturales. Para las segundas, terceras y cuartas generaciones de descendientes de mexicanos, su identidad se torna multifacética, influenciada por experiencias de racialización, lingüísticas y sociales particulares. Ser mexicano, chicano o mexicoestadounidense no implica una ruptura, sino diferentes maneras de identificarse —directa e indirectamente— con la cultura e historia de México. Cada una de estas identidades tiene sus propias contribuciones que enriquecen la diversidad de la diáspora mexicana en Estados Unidos. Las prácticas culturales —la lengua, las celebraciones, la gastronomía, las redes comunitarias y los símbolos nacionales— son elementos de cohesión en un entorno extranjero. En este sentido, celebraciones como el Día de Muertos, realizadas en recintos como el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York o el Museo de Arte de Seattle, resignifican estos espacios públicos con altares, música y actividades bilingües. Por otro lado, el Cinco de Mayo, celebrado oficialmente desde 1930 por el consulado mexicano en Los Ángeles y revitalizado por el movimiento chicano durante las décadas de 1960 y 1970 como símbolo de orgullo étnico y resistencia social, se ha convertido en una manifestación de visibilidad afirmativa con rasgos mexicoamericanos. El idioma, a pesar del dominio estructural del inglés, continúa siendo un vehículo de transmisión de identidad en el entorno familiar, incluso entre generaciones totalmente integradas a la sociedad estadounidense. A lo anterior se suman diversas expresiones culturales que enaltecen la identidad mixta. En la gastronomía y en la música aparecen fusiones y expresiones híbridas que manifiestan una voluntad compartida de apreciar las raíces mediante una reinterpretación cultural activa, capaz de generar pertenencia. El peso de la diáspora La diáspora mexicana por sí misma, por su tamaño y alcance, ha tenido impactos políticos evidentes. Al ser la principal población extranjera y el subgrupo hispano más grande en Estados Unidos, tiene un peso demográfico, socioeconómico y cultural que se traduce en capacidad de incidencia. Su presencia influye en debates sobre migración, derechos civiles, representación política y diversidad cultural. Ante esta situación, el Estado mexicano ha creado mecanismos formales de reconocimiento de la diáspora. La reforma constitucional en materia de doble nacionalidad, a finales de la década de 1990, reforzó los vínculos jurídicos con las personas mexicanas en el exterior, y el voto desde el extranjero en 2006 les integró formalmente en el ejercicio de los derechos político-electorales. A ello se sumó el desarrollo de instituciones
Judith Fuentes Aguilar Merino Enero 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques Una importante parte de la población mexicana vive en el extranjero, con una presencia significativa en el país del norte, donde reside 97.7% del total. De acuerdo con el estudio “México(s) en Estados Unidos”, elaborado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en colaboración con la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Fondo de Cultura Económica, más de 37.8 millones de personas con ascendencia mexicana viven en ese país. Se trata de una comunidad integrada tanto por personas nacidas en México como por segundas, terceras e incluso cuartas generaciones que han construido su vida en el exterior. Lejos de constituir una comunidad en tránsito, esta diáspora mantiene lazos simbólicos, culturales y afectivos mediante prácticas sociales continuas, configurando un espacio cultural identitario dinámico con efectos visibles en la construcción de la identidad nacional y en el ámbito de la política exterior. Diáspora, identidad y cultura Las teorías contemporáneas sobre la diáspora consideran este fenómeno no solo como un desplazamiento físico. Siguiendo la tipología clásica de Robin Cohen —que distingue entre “diásporas de víctimas, laborales, comerciales, imperiales y desterritorializadas”—, la experiencia mexicana ha sido tradicionalmente calificada como una diáspora laboral, asociada a procesos de migración económica. Sin embargo, la continuidad generacional y la consolidación de comunidades en el país receptor permiten comprender la experiencia mexicana también como una diáspora desterritorializada. Es decir, la identidad se construye sin la expectativa del retorno ni la dependencia al territorio de origen. Desde una perspectiva cultural, como ya argumentó Stuart Hall, las identidades diaspóricas no son estáticas ni uniformes, sino fluidas e híbridas. Se generan y reproducen por medio de la diferencia, la historia, el diálogo permanente con el entorno y como colectividad diferenciada de la sociedad receptora. En este sentido, la diáspora mexicana en Estados Unidos no mantiene una esencia cultural única, sino que reinterpreta la mexicanidad en nuevos contextos sociales, lingüísticos y políticos. Lo anterior no representa a un solo México, sino a otros “Méxicos”, construidos desde la apropiación, resignificación y adaptación de prácticas culturales dentro de otra sociedad. Heterogeneidad y prácticas culturales La población mexicana en Estados Unidos es profundamente heterogénea y está dispersa por todo el país. El estudio citado de la UNAM confirma que está presente en las cincuenta entidades del país del norte, con altas concentraciones en California y Texas, pero también en Florida, Illinois y Nueva York. Mientras que sus raíces regionales en México se ubican en Guanajuato, Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Puebla, entre otras, dando lugar a redes comunitarias diversas que replican y reinterpretan sus costumbres en el extranjero. A esta diversidad territorial se suma una diferenciación generacional significativa. Si bien la migración mexicana hacia Estados Unidos tiene antecedentes históricos profundos, fue entre las décadas de 1980 y 1990 cuando se consolidó una migración de carácter laboral, concentrada principalmente en sectores como la agricultura, la construcción, la manufactura y los servicios de baja cualificación. Las siguientes generaciones, en cambio, han ampliado su presencia hacia el sector de servicios, actividades profesionales, educativas y de cuidado, con mayores niveles de escolaridad e inserción más diversificada en la economía estadounidense. Actualmente, con base en los datos de Latino Donor Collaborative, uno de cada cinco mexicanos participa en actividades empresariales y, en 2024, las personas de origen mexicano nacidas en Estados Unidos contribuyeron con cerca de 781 000 millones de dólares al PIB del país. Lejos de representar una expresión homogénea o estática, esta diáspora produce múltiples formas de mexicanidad que dialogan con el contexto estadounidense sin perder la cercanía con México. Esta movilidad social tiene un impacto significativo en la forma en que se reinterpretan y consumen las expresiones culturales. Para las segundas, terceras y cuartas generaciones de descendientes de mexicanos, su identidad se torna multifacética, influenciada por experiencias de racialización, lingüísticas y sociales particulares. Ser mexicano, chicano o mexicoestadounidense no implica una ruptura, sino diferentes maneras de identificarse —directa e indirectamente— con la cultura e historia de México. Cada una de estas identidades tiene sus propias contribuciones que enriquecen la diversidad de la diáspora mexicana en Estados Unidos. Las prácticas culturales —la lengua, las celebraciones, la gastronomía, las redes comunitarias y los símbolos nacionales— son elementos de cohesión en un entorno extranjero. En este sentido, celebraciones como el Día de Muertos, realizadas en recintos como el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York o el Museo de Arte de Seattle, resignifican estos espacios públicos con altares, música y actividades bilingües. Por otro lado, el Cinco de Mayo, celebrado oficialmente desde 1930 por el consulado mexicano en Los Ángeles y revitalizado por el movimiento chicano durante las décadas de 1960 y 1970 como símbolo de orgullo étnico y resistencia social, se ha convertido en una manifestación de visibilidad afirmativa con rasgos mexicoamericanos. El idioma, a pesar del dominio estructural del inglés, continúa siendo un vehículo de transmisión de identidad en el entorno familiar, incluso entre generaciones totalmente integradas a la sociedad estadounidense. A lo anterior se suman diversas expresiones culturales que enaltecen la identidad mixta. En la gastronomía y en la música aparecen fusiones y expresiones híbridas que manifiestan una voluntad compartida de apreciar las raíces mediante una reinterpretación cultural activa, capaz de generar pertenencia. El peso de la diáspora La diáspora mexicana por sí misma, por su tamaño y alcance, ha tenido impactos políticos evidentes. Al ser la principal población extranjera y el subgrupo hispano más grande en Estados Unidos, tiene un peso demográfico, socioeconómico y cultural que se traduce en capacidad de incidencia. Su presencia influye en debates sobre migración, derechos civiles, representación política y diversidad cultural. Ante esta situación, el Estado mexicano ha creado mecanismos formales de reconocimiento de la diáspora. La reforma constitucional en materia de doble nacionalidad, a finales de la década de 1990, reforzó los vínculos jurídicos con las personas mexicanas en el exterior, y el voto desde el extranjero en 2006 les integró formalmente en el ejercicio de los derechos político-electorales. A ello se sumó el desarrollo de instituciones Read More
