La gran sacudida de 2025 y sus efectos inmediatos Fernando Octavio Hernández Sánchez y Mauricio Bagnis Cabrera Enero 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México Primero Estados Unidos, el mundo poco importa Sin duda, 2025 estuvo marcado, entre otras cosas, por el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Desde el primer día de su gestión, el magnate sacudió la escena internacional con sus decisiones: desde los aranceles que ha impuesto por igual a socios, aliados y rivales, su participación en distintos temas, como la guerra entre Rusia y Ucrania, así como el conflicto entre Israel y Hamás, o su determinación de recuperar el control sobre el continente americano, todo bajo el argumento de engrandecer nuevamente a su país. Sin embargo, más allá de los incontables desplantes de Trump, 2025 marcó el desgaste del orden internacional construido por Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: En 1945, Washington impulsó la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para dar al mundo un medio capaz de arbitrar las diferencias entre países y promover la paz. Hoy la ONU se muestra impotente ante las distintas violaciones del Derecho Internacional e incluso Trump ridiculizó abiertamente al organismo durante su intervención en la Asamblea General de septiembre de 2025. En ese entonces, Estados Unidos deseaba abrir el mundo al libre comercio mientras su condición como mayor economía industrial abría grandes oportunidades de negocios para las empresas estadounidenses en un sistema de intercambio basado sobre la hegemonía del dólar. Hoy Trump impone aranceles a mansalva con tal de presionar a sus competidores en su afán de aliviar el déficit comercial de Estados Unidos, afectando la credibilidad de dicho país como socio confiable, mientras promueve una guerra comercial que genera incertidumbre para toda la economía mundial, ya afectada de por sí por los cambios ocurridos durante la pandemia o por las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania. Un nuevo orden internacional al servicio de Washington Con las acciones de Trump, durante 2025 Washington dejó de actuar como garante del multilateralismo y optó por una estrategia de ejercicio directo del poder orientada a reafirmar la supremacía de Estados Unidos en un sistema internacional cada vez más incierto. Este giro se produjo en un contexto donde potencias como China y Rusia han impulsado la reconfiguración del sistema internacional, principalmente al promover la expansión de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) y buscar alternativas al uso del dólar en las transacciones internacionales. Sin embargo, es Estados Unidos el que más contribuye a debilitar el orden existente, al subordinarlo a cálculos de poder inmediato. Desde su discurso inaugural, Trump dejó claro que su segundo mandato no estaría orientado a recomponer alianzas ni a ayudar a quien requiera el apoyo estadounidense, sino a maximizar la libertad de acción de Washington sin tapujos. Por años, la política exterior estadounidense se caracterizó por una combinación de hiperpresidencialismo, coerción económica, uso puntual de la fuerza militar y el aprovechamiento de la condición de Estados Unidos como socio principal para imponer sus intereses a sus aliados, como lo demostró al forzar un mayor gasto de defensa a los integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ahora, Trump ha gobernado mediante órdenes ejecutivas y mensajes en sus redes sociales, presentados como demostraciones de que su país “nuevamente es respetado” en todo el mundo. “Aranceles”, su palabra favorita Inquieto por el déficit comercial de Estados Unidos, la enorme deuda externa de su país y la posibilidad de un mundo donde el dólar ya no sea la principal moneda de referencia, Trump ha sacudido la economía internacional al desatar una escalada comercial a punta de aranceles contra muchas economías, además de amagar con impuestos adicionales a todo país que no se someta a sus designios. Así, el comercio dejó de ser un ámbito técnico en el que se intercambian bienes y servicios para convertirse en un instrumento de presión estratégica, introduciendo incertidumbre en los mercados y tensiones incluso entre aliados históricos. Con ello, Estados Unidos está siendo percibido como un actor volátil y cada vez menos confiable cuyas acciones no solo están aislándolo económicamente, sino que están orillando a algunos países a preferir otras asociaciones, como ha ocurrido con las amenazas contra la India que han fortalecido la determinación de Nueva Delhi de vincularse con Rusia y los BRICS. Desde su condición como negociante “insuperable”, Trump se ha valido de amenazas y actos de presión para conseguir sus objetivos, actuando más como un capo mafioso que como el líder de una potencia mundial interesada en abonar a la estabilidad de los mercados mundiales. Con Trump, Estados Unidos incluso se ha mostrado como un país egoísta, como lo demostró al suspender la ayuda al exterior que culminó con el cierre de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID). El mensaje es claro: al ocupante de la Casa Blanca solo le interesa recomponer la economía estadounidense y evitar la debacle del dólar, mientras el mundo debe acostumbrarse a vivir sin el apoyo estadounidense, pues es tiempo de que la Casa Blanca impida que el mundo siga “aprovechándose de la generosidad” mostrada por todos los presidentes “débiles” que lo antecedieron. La detención de barcos petroleros extranjeros y la captura de Maduro muestran, además, que el magnate ha perdido todo recato en su intento por reimponer el control de Estados Unidos sobre Latinoamérica. En Norteamérica, esta lógica mostró que incluso las relaciones de intercambio más institucionalizadas podían ser reconfiguradas bajo presión. Sus socios formales en el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), han enfrentado amenazas arancelarias por temas que van desde el comercio hasta el combate al narcotráfico. El mensaje fue claro: los acuerdos no garantizan estabilidad; el alineamiento político sí. En Canadá, esta dinámica transformó la conducción del país, propiciando un cambio de orientación desde la asociación con Washington hasta la adopción de un discurso abiertamente crítico de su vecino; en México, hasta ahora,
La gran sacudida de 2025 y sus efectos inmediatos Fernando Octavio Hernández Sánchez y Mauricio Bagnis Cabrera Enero 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México Primero Estados Unidos, el mundo poco importa Sin duda, 2025 estuvo marcado, entre otras cosas, por el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Desde el primer día de su gestión, el magnate sacudió la escena internacional con sus decisiones: desde los aranceles que ha impuesto por igual a socios, aliados y rivales, su participación en distintos temas, como la guerra entre Rusia y Ucrania, así como el conflicto entre Israel y Hamás, o su determinación de recuperar el control sobre el continente americano, todo bajo el argumento de engrandecer nuevamente a su país. Sin embargo, más allá de los incontables desplantes de Trump, 2025 marcó el desgaste del orden internacional construido por Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: En 1945, Washington impulsó la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para dar al mundo un medio capaz de arbitrar las diferencias entre países y promover la paz. Hoy la ONU se muestra impotente ante las distintas violaciones del Derecho Internacional e incluso Trump ridiculizó abiertamente al organismo durante su intervención en la Asamblea General de septiembre de 2025. En ese entonces, Estados Unidos deseaba abrir el mundo al libre comercio mientras su condición como mayor economía industrial abría grandes oportunidades de negocios para las empresas estadounidenses en un sistema de intercambio basado sobre la hegemonía del dólar. Hoy Trump impone aranceles a mansalva con tal de presionar a sus competidores en su afán de aliviar el déficit comercial de Estados Unidos, afectando la credibilidad de dicho país como socio confiable, mientras promueve una guerra comercial que genera incertidumbre para toda la economía mundial, ya afectada de por sí por los cambios ocurridos durante la pandemia o por las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania. Un nuevo orden internacional al servicio de Washington Con las acciones de Trump, durante 2025 Washington dejó de actuar como garante del multilateralismo y optó por una estrategia de ejercicio directo del poder orientada a reafirmar la supremacía de Estados Unidos en un sistema internacional cada vez más incierto. Este giro se produjo en un contexto donde potencias como China y Rusia han impulsado la reconfiguración del sistema internacional, principalmente al promover la expansión de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica) y buscar alternativas al uso del dólar en las transacciones internacionales. Sin embargo, es Estados Unidos el que más contribuye a debilitar el orden existente, al subordinarlo a cálculos de poder inmediato. Desde su discurso inaugural, Trump dejó claro que su segundo mandato no estaría orientado a recomponer alianzas ni a ayudar a quien requiera el apoyo estadounidense, sino a maximizar la libertad de acción de Washington sin tapujos. Por años, la política exterior estadounidense se caracterizó por una combinación de hiperpresidencialismo, coerción económica, uso puntual de la fuerza militar y el aprovechamiento de la condición de Estados Unidos como socio principal para imponer sus intereses a sus aliados, como lo demostró al forzar un mayor gasto de defensa a los integrantes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Ahora, Trump ha gobernado mediante órdenes ejecutivas y mensajes en sus redes sociales, presentados como demostraciones de que su país “nuevamente es respetado” en todo el mundo. “Aranceles”, su palabra favorita Inquieto por el déficit comercial de Estados Unidos, la enorme deuda externa de su país y la posibilidad de un mundo donde el dólar ya no sea la principal moneda de referencia, Trump ha sacudido la economía internacional al desatar una escalada comercial a punta de aranceles contra muchas economías, además de amagar con impuestos adicionales a todo país que no se someta a sus designios. Así, el comercio dejó de ser un ámbito técnico en el que se intercambian bienes y servicios para convertirse en un instrumento de presión estratégica, introduciendo incertidumbre en los mercados y tensiones incluso entre aliados históricos. Con ello, Estados Unidos está siendo percibido como un actor volátil y cada vez menos confiable cuyas acciones no solo están aislándolo económicamente, sino que están orillando a algunos países a preferir otras asociaciones, como ha ocurrido con las amenazas contra la India que han fortalecido la determinación de Nueva Delhi de vincularse con Rusia y los BRICS. Desde su condición como negociante “insuperable”, Trump se ha valido de amenazas y actos de presión para conseguir sus objetivos, actuando más como un capo mafioso que como el líder de una potencia mundial interesada en abonar a la estabilidad de los mercados mundiales. Con Trump, Estados Unidos incluso se ha mostrado como un país egoísta, como lo demostró al suspender la ayuda al exterior que culminó con el cierre de la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID). El mensaje es claro: al ocupante de la Casa Blanca solo le interesa recomponer la economía estadounidense y evitar la debacle del dólar, mientras el mundo debe acostumbrarse a vivir sin el apoyo estadounidense, pues es tiempo de que la Casa Blanca impida que el mundo siga “aprovechándose de la generosidad” mostrada por todos los presidentes “débiles” que lo antecedieron. La detención de barcos petroleros extranjeros y la captura de Maduro muestran, además, que el magnate ha perdido todo recato en su intento por reimponer el control de Estados Unidos sobre Latinoamérica. En Norteamérica, esta lógica mostró que incluso las relaciones de intercambio más institucionalizadas podían ser reconfiguradas bajo presión. Sus socios formales en el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), han enfrentado amenazas arancelarias por temas que van desde el comercio hasta el combate al narcotráfico. El mensaje fue claro: los acuerdos no garantizan estabilidad; el alineamiento político sí. En Canadá, esta dinámica transformó la conducción del país, propiciando un cambio de orientación desde la asociación con Washington hasta la adopción de un discurso abiertamente crítico de su vecino; en México, hasta ahora, Read More
