Jesús Isaac Flores Castillo Marzo 2026 El discurso pronunciado en Davos, durante la Reunión Anual del Foro Económico Mundial, por el primer ministro canadiense Mark Carney, en enero de 2026, sugiere un cambio de época que trasciende la coyuntura. El orden internacional ya no se discute como un proyecto susceptible de perfeccionamiento gradual, sino como una estructura cuya continuidad ha dejado de estar garantizada. Que esta advertencia provenga de una potencia media asociada históricamente con la estabilidad institucional y la defensa del multilateralismo constituye, en sí mismo, un síntoma del momento que atraviesa el sistema internacional. Durante décadas, el orden internacional funcionó como una condición de fondo. Para quienes crecieron después de la Guerra Fría, la existencia de reglas compartidas, instituciones operativas y cierta previsibilidad estratégica no era percibida como un logro político frágil, sino como el entorno normal de la vida internacional. Sin embargo, esa normalidad comienza a erosionarse. No mediante una ruptura súbita, sino con un desgaste gradual que debilita la confianza en las normas, reduce la disposición a cooperar y transforma la estabilidad en excepción. El riesgo principal para el orden internacional no parece ser su derrota frontal por potencias revisionistas. Ese escenario, aunque grave, al menos generaría respuestas coordinadas. El peligro más profundo es la creciente apatía de quienes históricamente estuvieron dispuestos a sostenerlo. Los sistemas internacionales rara vez colapsan únicamente por presión externa; con mayor frecuencia se deterioran cuando disminuye la voluntad política interna para defenderlos. El mundo que durante décadas se asumió como punto de partida quizá esté dejando de serlo. Hace casi un siglo, T. S. Eliot escribió que el mundo no suele terminar con una explosión, sino con un susurro. Más que una imagen literaria, la frase describe con precisión el proceso político de la pérdida progresiva de convicción. El orden internacional contemporáneo no muestra señales claras de colapso inmediato, pero sí indicios de fatiga normativa, cálculo estratégico de corto plazo y escepticismo creciente frente al valor de las reglas comunes. En diversas democracias consolidadas, la defensa del multilateralismo ha dejado de ser un activo político evidente. La cooperación internacional puede presentarse como ingenuidad; la moderación estratégica, como debilidad; el respeto a las normas compartidas, como una restricción unilateral. La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea, la retirada y el posterior retorno de Estados Unidos al Acuerdo de París sobre cambio climático, las tensiones recurrentes dentro de la Organización Mundial del Comercio ante el bloqueo del órgano de apelación, o el uso creciente de sanciones económicas fuera de marcos estrictamente multilaterales ilustran una tendencia común que se aleja del compromiso con el orden internacional volviéndolo selectivo, instrumental o condicionado a beneficios inmediatos. Las reglas persisten en el discurso, pero pierden fuerza en la práctica. Cuando la realidad se impone La transformación del contexto internacional obliga también a revisar algunos de los supuestos teóricos que durante décadas parecieron confirmarse en la práctica. La idea de que la interdependencia económica reduce la probabilidad de conflicto —desarrollada en la tradición liberal y refinada por autores como Robert Keohane y Joseph Nye, Jr.— descansaba en condiciones específicas: la primacía relativa de la economía sobre la seguridad, la existencia de instituciones capaces de mediar disputas y la provisión sostenida de bienes públicos internacionales por parte de una potencia con capacidad y voluntad para hacerlo. Durante buena parte del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, esas condiciones coincidieron de manera excepcional. La estabilidad monetaria internacional bajo el sistema de Bretton Woods, la seguridad de las rutas marítimas, la expansión sostenida del comercio y la densidad institucional del sistema multilateral crearon un entorno que hizo plausible la expectativa —de inspiración kantiana— de que la cooperación podía volverse estructural y la guerra, cada vez menos racional. Esa estabilidad no benefició únicamente a las potencias industriales, también permitió que varios países en desarrollo diseñaran estrategias de crecimiento relativamente predecibles. El llamado “milagro mexicano”, con su combinación de industrialización sustitutiva, acceso a mercados externos y financiamiento en un entorno monetario estable, fue posible, en parte, porque el sistema internacional ofrecía márgenes de certidumbre que hoy resultan menos evidentes. Vista en perspectiva histórica más amplia, sin embargo, esa convergencia podría representar menos una norma duradera que una excepción prolongada. Si la estabilidad de la posguerra fue, en efecto, un paréntesis singular dentro de un patrón histórico más conflictivo, la erosión actual del orden internacional adquiere un significado distinto. No se trataría únicamente del deterioro de un sistema imperfecto, sino del debilitamiento de las condiciones que hicieron posible creer que la economía podía desplazar a la seguridad como principio organizador de la política mundial. En ese escenario, la incertidumbre contemporánea no proviene solo de la coyuntura, sino del redescubrimiento de una realidad histórica que durante décadas pareció superada. El papel de Latinoamérica en el reordenamiento Las implicaciones de este desplazamiento son profundas. Si la estabilidad relativa de la posguerra constituyó una convergencia histórica excepcional —sostenida por interdependencia económica, densidad institucional y provisión de bienes públicos internacionales—, su debilitamiento actual no solo transforma el funcionamiento del sistema, también el tipo de capacidades que la diplomacia deberá movilizar. El desafío ya no consiste únicamente en perfeccionar reglas existentes, sino en operar en un entorno donde algunas de las condiciones que las hacían viables comienzan a desaparecer. Para Latinoamérica, esta transición adquiere un significado particular. La región se integró al orden internacional contemporáneo más como espacio de recepción de estabilidad que como proveedor de sus fundamentos estratégicos. Su inserción dependió en gran medida de la apertura comercial, de marcos multilaterales relativamente previsibles y de un entorno de seguridad hemisférica comparativamente contenido. Si esas condiciones se erosionan, la región no solo enfrenta mayores márgenes de incertidumbre externa, pero además la necesidad de redefinir su papel en un sistema menos estructurado por normas compartidas. En este contexto, la diplomacia latinoamericana —y especialmente la de países con alta exposición a dinámicas internacionales— podría verse llamada a desempeñar funciones distintas a las que dominaron las últimas décadas. Más que expandir un orden en consolidación, deberá contribuir
Jesús Isaac Flores Castillo Marzo 2026 El discurso pronunciado en Davos, durante la Reunión Anual del Foro Económico Mundial, por el primer ministro canadiense Mark Carney, en enero de 2026, sugiere un cambio de época que trasciende la coyuntura. El orden internacional ya no se discute como un proyecto susceptible de perfeccionamiento gradual, sino como una estructura cuya continuidad ha dejado de estar garantizada. Que esta advertencia provenga de una potencia media asociada históricamente con la estabilidad institucional y la defensa del multilateralismo constituye, en sí mismo, un síntoma del momento que atraviesa el sistema internacional. Durante décadas, el orden internacional funcionó como una condición de fondo. Para quienes crecieron después de la Guerra Fría, la existencia de reglas compartidas, instituciones operativas y cierta previsibilidad estratégica no era percibida como un logro político frágil, sino como el entorno normal de la vida internacional. Sin embargo, esa normalidad comienza a erosionarse. No mediante una ruptura súbita, sino con un desgaste gradual que debilita la confianza en las normas, reduce la disposición a cooperar y transforma la estabilidad en excepción. El riesgo principal para el orden internacional no parece ser su derrota frontal por potencias revisionistas. Ese escenario, aunque grave, al menos generaría respuestas coordinadas. El peligro más profundo es la creciente apatía de quienes históricamente estuvieron dispuestos a sostenerlo. Los sistemas internacionales rara vez colapsan únicamente por presión externa; con mayor frecuencia se deterioran cuando disminuye la voluntad política interna para defenderlos. El mundo que durante décadas se asumió como punto de partida quizá esté dejando de serlo. Hace casi un siglo, T. S. Eliot escribió que el mundo no suele terminar con una explosión, sino con un susurro. Más que una imagen literaria, la frase describe con precisión el proceso político de la pérdida progresiva de convicción. El orden internacional contemporáneo no muestra señales claras de colapso inmediato, pero sí indicios de fatiga normativa, cálculo estratégico de corto plazo y escepticismo creciente frente al valor de las reglas comunes. En diversas democracias consolidadas, la defensa del multilateralismo ha dejado de ser un activo político evidente. La cooperación internacional puede presentarse como ingenuidad; la moderación estratégica, como debilidad; el respeto a las normas compartidas, como una restricción unilateral. La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea, la retirada y el posterior retorno de Estados Unidos al Acuerdo de París sobre cambio climático, las tensiones recurrentes dentro de la Organización Mundial del Comercio ante el bloqueo del órgano de apelación, o el uso creciente de sanciones económicas fuera de marcos estrictamente multilaterales ilustran una tendencia común que se aleja del compromiso con el orden internacional volviéndolo selectivo, instrumental o condicionado a beneficios inmediatos. Las reglas persisten en el discurso, pero pierden fuerza en la práctica. Cuando la realidad se impone La transformación del contexto internacional obliga también a revisar algunos de los supuestos teóricos que durante décadas parecieron confirmarse en la práctica. La idea de que la interdependencia económica reduce la probabilidad de conflicto —desarrollada en la tradición liberal y refinada por autores como Robert Keohane y Joseph Nye, Jr.— descansaba en condiciones específicas: la primacía relativa de la economía sobre la seguridad, la existencia de instituciones capaces de mediar disputas y la provisión sostenida de bienes públicos internacionales por parte de una potencia con capacidad y voluntad para hacerlo. Durante buena parte del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, esas condiciones coincidieron de manera excepcional. La estabilidad monetaria internacional bajo el sistema de Bretton Woods, la seguridad de las rutas marítimas, la expansión sostenida del comercio y la densidad institucional del sistema multilateral crearon un entorno que hizo plausible la expectativa —de inspiración kantiana— de que la cooperación podía volverse estructural y la guerra, cada vez menos racional. Esa estabilidad no benefició únicamente a las potencias industriales, también permitió que varios países en desarrollo diseñaran estrategias de crecimiento relativamente predecibles. El llamado “milagro mexicano”, con su combinación de industrialización sustitutiva, acceso a mercados externos y financiamiento en un entorno monetario estable, fue posible, en parte, porque el sistema internacional ofrecía márgenes de certidumbre que hoy resultan menos evidentes. Vista en perspectiva histórica más amplia, sin embargo, esa convergencia podría representar menos una norma duradera que una excepción prolongada. Si la estabilidad de la posguerra fue, en efecto, un paréntesis singular dentro de un patrón histórico más conflictivo, la erosión actual del orden internacional adquiere un significado distinto. No se trataría únicamente del deterioro de un sistema imperfecto, sino del debilitamiento de las condiciones que hicieron posible creer que la economía podía desplazar a la seguridad como principio organizador de la política mundial. En ese escenario, la incertidumbre contemporánea no proviene solo de la coyuntura, sino del redescubrimiento de una realidad histórica que durante décadas pareció superada. El papel de Latinoamérica en el reordenamiento Las implicaciones de este desplazamiento son profundas. Si la estabilidad relativa de la posguerra constituyó una convergencia histórica excepcional —sostenida por interdependencia económica, densidad institucional y provisión de bienes públicos internacionales—, su debilitamiento actual no solo transforma el funcionamiento del sistema, también el tipo de capacidades que la diplomacia deberá movilizar. El desafío ya no consiste únicamente en perfeccionar reglas existentes, sino en operar en un entorno donde algunas de las condiciones que las hacían viables comienzan a desaparecer. Para Latinoamérica, esta transición adquiere un significado particular. La región se integró al orden internacional contemporáneo más como espacio de recepción de estabilidad que como proveedor de sus fundamentos estratégicos. Su inserción dependió en gran medida de la apertura comercial, de marcos multilaterales relativamente previsibles y de un entorno de seguridad hemisférica comparativamente contenido. Si esas condiciones se erosionan, la región no solo enfrenta mayores márgenes de incertidumbre externa, pero además la necesidad de redefinir su papel en un sistema menos estructurado por normas compartidas. En este contexto, la diplomacia latinoamericana —y especialmente la de países con alta exposición a dinámicas internacionales— podría verse llamada a desempeñar funciones distintas a las que dominaron las últimas décadas. Más que expandir un orden en consolidación, deberá contribuir Read More
