La evolución de la política estadounidense hacia Irán Eugenia Flores Febrero 2026 Durante las últimas 4 décadas, Estados Unidos e Irán han mantenido una relación de hostilidad permanente sin pasar al umbral de la confrontación militar directa. La rivalidad adoptó la forma de sanciones, aislamiento y enfrentamientos indirectos en escenarios regionales, pero evitó el choque armado entre ambos. Sin embargo, este patrón no fue siempre así. Durante el régimen del último Shah, Irán ocupó una posición privilegiada en el orden regional promovido por Washington. Al momento de la Revolución iraní, esa relación dio lugar a un nuevo modo de confrontación indirecta. Para comprender por qué esta confrontación permaneció en un nivel indirecto y por qué ese patrón empezó a debilitarse en años recientes, resulta útil examinar el marco conceptual de Uzma Siraj y Najimdeen Bakare, quienes describen la política estadounidense hacia Irán como un sistema de códigos que determinan qué acciones se consideran legítimas en distintos periodos históricos. Excepcionalidad estratégica y orden regional en tiempos del Shah Durante el régimen del Shah, Irán no solo fue un aliado de Estados Unidos, sino también un pivote estructural del orden regional que buscaba sostener. Esto se reflejó en un código de “excepcionalidad” que operaba más como un principio tácito de permisividad estratégica que como una política declarada. En este contexto, Irán recibió un nivel inusual de autonomía y apoyo; por ejemplo, acceso preferencial a armamento avanzado, cooperación en materia nuclear civil, entrenamiento de las fuerzas de seguridad y apoyo político sostenido, incluso cuando el régimen consolidaba prácticas autoritarias, reprimía a la oposición y violaba derechos civiles. Lejos de ser un desliz normativo, esta excepcionalidad respondía a una lógica deliberada. Mientras Irán garantizara alineamiento geopolítico, estabilidad interna y contención de la influencia soviética, su orden político interno quedaba fuera del escrutinio que Estados Unidos aplicaba en otros contextos, como Latinoamérica o el Sudeste Asiático. La excepcionalidad, como operaba en ese periodo, no solo resguardaba al régimen del Shah de presiones externas, sino que lo integraba en una arquitectura regional destinada a asegurar el acceso estable de Estados Unidos y sus aliados a los recursos energéticos del golfo Pérsico y a mantener bajo control a actores locales que pudieran desafiar ese orden. De aliado a amenaza: la institucionalización de la contención Tras la Revolución de 1979, la relación entre Estados Unidos e Irán quedó reconfigurada bajo un código de “contención” que no buscaba una resolución definitiva del conflicto, sino su administración prolongada. El objetivo dejó de ser sostener a Irán como pilar del orden regional y pasó a contener su influencia sin recurrir a un enfrentamiento directo. En este nuevo marco, la confrontación se volvió permanente, pero cuidadosamente administrada. La presión se desplegó de forma acumulativa y multiforme mediante sanciones económicas progresivas, aislamiento financiero, presión diplomática, operaciones encubiertas y enfrentamientos indirectos mediante aliados o milicias en terceros países. Esta lógica mantuvo a Irán bajo presión constante y limitó su proyección regional, al tiempo que evitaba los costos impredecibles que una confrontación militar abierta habría supuesto. La coerción financiera como estrategia: sanciones, moneda y vida cotidiana Las sanciones económicas se establecieron como el componente principal de esta estrategia de contención, pero limitarlas a instrumentos de presión macroeconómica resulta insuficiente. En su estudio etnográfico, Emrah Yıldız propuso entender las sanciones impuestas a Irán como una tecnología de gobernanza internacional que reconfiguró no solo la economía, sino también las relaciones sociales y las prácticas cotidianas. A partir de mediados de la década de 2000 y con especial intensidad tras 2010, Estados Unidos evolucionó desde medidas selectivas hasta un entramado total que penetró en el sistema financiero, el comercio, el empleo y la vida interna. Considerando la esfera nacional, la exclusión progresiva de Irán de los circuitos financieros internacionales, la imposición de sanciones secundarias y la centralidad del dólar produjeron una transformación estructural del espacio económico. La moneda perdió su función como reserva de valor y se convirtió en un activo inherentemente inestable asociado al riesgo, la especulación y la pérdida acelerada de poder adquisitivo. Esta dinámica descrita por Yıldız como la “nuclearización” del rial no fue un efecto colateral accidental, sino un componente constitutivo de la coerción. De esta manera, al desestabilizar la moneda, se atacó la capacidad de planificación, ahorro y reproducción social. La inseguridad material dejó de ser episódica y pasó a definir la vida cotidiana. La excepcionalidad que antes justificaba un trato preferencial hacia Irán reapareció, paradójicamente, como un excepcionalismo coercitivo. Durante años, esta forma de presión fue vista en Occidente, especialmente en Estados Unidos, preferible al enfrentamiento militar directo. Sin embargo, este equilibrio comenzó a erosionarse cuando las sanciones alcanzaron un punto de saturación. A pesar de su intensidad creciente, no produjeron ni el colapso del régimen ni una reintegración controlada de Irán en el orden internacional. Por el contrario, contribuyeron a fortalecer sectores duros del aparato estatal, a cerrar espacios políticos internos y a normalizar un estado de excepción prolongado. Este deterioro económico sostenido tuvo efectos políticos claros. En lugar de debilitar al Estado, la presión externa reforzó su papel como administrador de la escasez y garante del orden interno. La economía sancionada se convirtió en un espacio cada vez más securitizado donde el control de los recursos, la movilidad y el comportamiento social fue justificado en nombre de la supervivencia nacional. De este modo, la coerción financiera internacional terminó por traducirse en una expansión del poder coercitivo interno, sentando las bases para una militarización más profunda del Estado y una reducción progresiva de los márgenes de disenso. Del control externo al conflicto interno: género, protestas y desestabilización Este fortalecimiento del poder coercitivo estatal no se expresó de manera homogénea, sino que profundizó jerarquías prexistentes y se concentró en ciertos cuerpos, espacios y prácticas sociales. Es en este punto donde el aporte de Valentine M. Moghadam permite ampliar el análisis. Desde su perspectiva, la rivalidad estructural entre Estados Unidos e Irán, y, en particular, el régimen de sanciones que la sostiene, no es socialmente neutra, sino que forma parte de un continuo de
La evolución de la política estadounidense hacia Irán Eugenia Flores Febrero 2026 Durante las últimas 4 décadas, Estados Unidos e Irán han mantenido una relación de hostilidad permanente sin pasar al umbral de la confrontación militar directa. La rivalidad adoptó la forma de sanciones, aislamiento y enfrentamientos indirectos en escenarios regionales, pero evitó el choque armado entre ambos. Sin embargo, este patrón no fue siempre así. Durante el régimen del último Shah, Irán ocupó una posición privilegiada en el orden regional promovido por Washington. Al momento de la Revolución iraní, esa relación dio lugar a un nuevo modo de confrontación indirecta. Para comprender por qué esta confrontación permaneció en un nivel indirecto y por qué ese patrón empezó a debilitarse en años recientes, resulta útil examinar el marco conceptual de Uzma Siraj y Najimdeen Bakare, quienes describen la política estadounidense hacia Irán como un sistema de códigos que determinan qué acciones se consideran legítimas en distintos periodos históricos. Excepcionalidad estratégica y orden regional en tiempos del Shah Durante el régimen del Shah, Irán no solo fue un aliado de Estados Unidos, sino también un pivote estructural del orden regional que buscaba sostener. Esto se reflejó en un código de “excepcionalidad” que operaba más como un principio tácito de permisividad estratégica que como una política declarada. En este contexto, Irán recibió un nivel inusual de autonomía y apoyo; por ejemplo, acceso preferencial a armamento avanzado, cooperación en materia nuclear civil, entrenamiento de las fuerzas de seguridad y apoyo político sostenido, incluso cuando el régimen consolidaba prácticas autoritarias, reprimía a la oposición y violaba derechos civiles. Lejos de ser un desliz normativo, esta excepcionalidad respondía a una lógica deliberada. Mientras Irán garantizara alineamiento geopolítico, estabilidad interna y contención de la influencia soviética, su orden político interno quedaba fuera del escrutinio que Estados Unidos aplicaba en otros contextos, como Latinoamérica o el Sudeste Asiático. La excepcionalidad, como operaba en ese periodo, no solo resguardaba al régimen del Shah de presiones externas, sino que lo integraba en una arquitectura regional destinada a asegurar el acceso estable de Estados Unidos y sus aliados a los recursos energéticos del golfo Pérsico y a mantener bajo control a actores locales que pudieran desafiar ese orden. De aliado a amenaza: la institucionalización de la contención Tras la Revolución de 1979, la relación entre Estados Unidos e Irán quedó reconfigurada bajo un código de “contención” que no buscaba una resolución definitiva del conflicto, sino su administración prolongada. El objetivo dejó de ser sostener a Irán como pilar del orden regional y pasó a contener su influencia sin recurrir a un enfrentamiento directo. En este nuevo marco, la confrontación se volvió permanente, pero cuidadosamente administrada. La presión se desplegó de forma acumulativa y multiforme mediante sanciones económicas progresivas, aislamiento financiero, presión diplomática, operaciones encubiertas y enfrentamientos indirectos mediante aliados o milicias en terceros países. Esta lógica mantuvo a Irán bajo presión constante y limitó su proyección regional, al tiempo que evitaba los costos impredecibles que una confrontación militar abierta habría supuesto. La coerción financiera como estrategia: sanciones, moneda y vida cotidiana Las sanciones económicas se establecieron como el componente principal de esta estrategia de contención, pero limitarlas a instrumentos de presión macroeconómica resulta insuficiente. En su estudio etnográfico, Emrah Yıldız propuso entender las sanciones impuestas a Irán como una tecnología de gobernanza internacional que reconfiguró no solo la economía, sino también las relaciones sociales y las prácticas cotidianas. A partir de mediados de la década de 2000 y con especial intensidad tras 2010, Estados Unidos evolucionó desde medidas selectivas hasta un entramado total que penetró en el sistema financiero, el comercio, el empleo y la vida interna. Considerando la esfera nacional, la exclusión progresiva de Irán de los circuitos financieros internacionales, la imposición de sanciones secundarias y la centralidad del dólar produjeron una transformación estructural del espacio económico. La moneda perdió su función como reserva de valor y se convirtió en un activo inherentemente inestable asociado al riesgo, la especulación y la pérdida acelerada de poder adquisitivo. Esta dinámica descrita por Yıldız como la “nuclearización” del rial no fue un efecto colateral accidental, sino un componente constitutivo de la coerción. De esta manera, al desestabilizar la moneda, se atacó la capacidad de planificación, ahorro y reproducción social. La inseguridad material dejó de ser episódica y pasó a definir la vida cotidiana. La excepcionalidad que antes justificaba un trato preferencial hacia Irán reapareció, paradójicamente, como un excepcionalismo coercitivo. Durante años, esta forma de presión fue vista en Occidente, especialmente en Estados Unidos, preferible al enfrentamiento militar directo. Sin embargo, este equilibrio comenzó a erosionarse cuando las sanciones alcanzaron un punto de saturación. A pesar de su intensidad creciente, no produjeron ni el colapso del régimen ni una reintegración controlada de Irán en el orden internacional. Por el contrario, contribuyeron a fortalecer sectores duros del aparato estatal, a cerrar espacios políticos internos y a normalizar un estado de excepción prolongado. Este deterioro económico sostenido tuvo efectos políticos claros. En lugar de debilitar al Estado, la presión externa reforzó su papel como administrador de la escasez y garante del orden interno. La economía sancionada se convirtió en un espacio cada vez más securitizado donde el control de los recursos, la movilidad y el comportamiento social fue justificado en nombre de la supervivencia nacional. De este modo, la coerción financiera internacional terminó por traducirse en una expansión del poder coercitivo interno, sentando las bases para una militarización más profunda del Estado y una reducción progresiva de los márgenes de disenso. Del control externo al conflicto interno: género, protestas y desestabilización Este fortalecimiento del poder coercitivo estatal no se expresó de manera homogénea, sino que profundizó jerarquías prexistentes y se concentró en ciertos cuerpos, espacios y prácticas sociales. Es en este punto donde el aporte de Valentine M. Moghadam permite ampliar el análisis. Desde su perspectiva, la rivalidad estructural entre Estados Unidos e Irán, y, en particular, el régimen de sanciones que la sostiene, no es socialmente neutra, sino que forma parte de un continuo de Read More
