Héroes equivocados: crimen y aspiración en Latinoamérica

Alexis Manuel Da Costa Yáñez Febrero 2026 En Latinoamérica, la violencia no solo se sufre: también se narra, se consume y, en ocasiones, se admira. Esa tensión —entre el daño real y la fascinación simbólica— atraviesa décadas de historia regional. Desde Pablo Escobar en Colombia hasta Joaquín el Chapo Guzmán en México, pasando por fenómenos culturales en Brasil o Centroamérica, la figura del gran criminal ha ocupado un lugar ambiguo en el imaginario colectivo. No es una anécdota cultural menor; es un fenómeno con implicaciones políticas, sociales y, sobre todo, generacionales. Como advertía Benedict Anderson en Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (1983), las sociedades se articulan a partir de relatos compartidos que dan sentido de pertenencia. Cuando esos relatos se erosionan por desigualdad, corrupción o ausencia estatal, otros ocupan su lugar. Eric Hobsbawm, en Bandidos (1969), describió la figura del “bandido social”: el fuera de la ley que, en contextos de injusticia percibida, puede transformarse en símbolo popular. El problema contemporáneo es que esa resignificación ocurre en sociedades atravesadas por economías criminales de escala trasnacional, donde la violencia no es episódica, sino estructural. Colombia vivió esta paradoja con Escobar. Responsable de miles de muertes, atentados y una era de terror, también fue reinterpretado en ciertos sectores como benefactor local. Décadas después de su muerte, su figura sigue generando turismo, mercancía cultural y productos audiovisuales en todo el mundo. La industria del entretenimiento convirtió su historia en narrativa exportable, mientras las víctimas continúan reclamando memoria y justicia. México no ha sido ajeno a esta dinámica. El Chapo Guzmán pasó de ser líder de una organización criminal a personaje omnipresente en corridos, series y debates internacionales. Su juicio en Nueva York fue un proceso judicial, pero también un espectáculo mediático mundial. La narcocultura —documentada en estudios sobre música regional y medios digitales— construye una estética donde el criminal aparece como estratega, proveedor y figura de poder. La complejidad de la violencia queda reducida a una narrativa de éxito y desafío. En Brasil, líderes del narcotráfico en favelas han sido incorporados en expresiones musicales como símbolos ambiguos de autonomía frente al abandono estatal. En Centroamérica, investigaciones sobre pandillas muestran que la pertenencia a estos grupos ofrece identidad y reconocimiento en entornos donde las oportunidades formales son escasas. Incluso fuera de la región, en Estados Unidos, asesinos seriales como Jeffrey Dahmer o Ted Bundy han sido objeto de series, documentales y una inquietante fascinación cultural. La lógica es similar: el crimen se transforma en espectáculo. Efecto aspiracional Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo (1967) que la imagen termina sustituyendo a la realidad. En el ecosistema digital contemporáneo, esa advertencia cobra nueva vigencia. El lujo exhibido —vehículos, armas, relojes, fiestas— circula descontextualizado del costo humano que lo sostiene. Rara vez se muestran la clandestinidad permanente, la traición interna, la paranoia o la muerte temprana. La carrera criminal se presenta intensa y rentable; casi nunca breve y terminal. Aquí emerge un elemento crucial: el efecto aspiracional. Latinoamérica continúa siendo, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, una de las regiones más desiguales del mundo. En comunidades donde la movilidad social es limitada y el empleo formal precario, la narrativa del ascenso rápido puede adquirir fuerza simbólica. Como sugería Pierre Bourdieu, las aspiraciones están condicionadas por el horizonte de posibilidades percibidas. Si el referente visible de prosperidad es quien lidera economías ilícitas, el mensaje implícito puede ser devastador. Si el espacio simbólico continúa ocupado por héroes equivocados, el ciclo aspiracional persistirá. No se trata de afirmar que una serie o un corrido convierten automáticamente a un niño en criminal. La relación no es mecánica ni simplista, pero sí hay un proceso acumulativo en el que los modelos culturales influyen en la imaginación juvenil. Cuando el éxito legal parece distante y el ilegal inmediato y visible, la comparación no se realiza en abstracto, sino en términos concretos de supervivencia y reconocimiento. En barrios marginados de distintos países latinoamericanos, investigadores sociales han documentado cómo algunos adolescentes mencionan a figuras del narcotráfico como ejemplo de poder y respeto. No porque desconozcan la violencia asociada, sino porque la recompensa simbólica parece más tangible que la promesa institucional. La glorificación no obliga; normaliza. Y al normalizar, reconfigura el mapa de aspiraciones. Este fenómeno tiene una dimensión histórica. La región ha convivido durante décadas con economías ilícitas que penetran territorios donde el Estado es débil. Pero la diferencia contemporánea radica en la amplificación digital. Las plataformas mundiales convierten historias locales en productos trasnacionales. El criminal deja de ser figura marginal y se transforma en protagonista cultural. De la influencia criminal a la mitificación El 22 de febrero de 2026, el abatimiento de Rubén Oseguera Cervantes, conocido también como Nemesio Oseguera Cervantes o el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, volvió a colocar este debate en primer plano. Más allá de la dimensión de seguridad, el evento plantea una pregunta simbólica: ¿cómo será recordado? La historia regional sugiere que la muerte de un líder criminal no clausura su influencia; puede inaugurar su mitificación. La reacción inmediata incluyó episodios de violencia y afectaciones a la vida civil. Pero, paralelamente, comenzó otro proceso: la circulación de imágenes, relatos y reinterpretaciones en redes sociales y espacios culturales. Es en ese terreno donde se define el mensaje que recibirán las generaciones más jóvenes. Si la memoria colectiva enfatiza únicamente el poder acumulado y el desafío al Estado, la figura puede transformarse en mito aspiracional. Si, en cambio, el relato público subraya las consecuencias humanas, el daño comunitario y la brevedad de estas trayectorias, la narrativa cambia de signo. Las carreras criminales de alto perfil suelen terminar en prisión de por vida o muerte violenta. Ese desenlace rara vez ocupa el centro de la estética cultural. La glorificación del criminal no es un acto inocente. Moldea el inconsciente colectivo, altera los referentes de éxito y desplaza la atención de las víctimas hacia el victimario. En sociedades con altos niveles de desigualdad y desconfianza institucional —como muestran

​Alexis Manuel Da Costa Yáñez Febrero 2026 En Latinoamérica, la violencia no solo se sufre: también se narra, se consume y, en ocasiones, se admira. Esa tensión —entre el daño real y la fascinación simbólica— atraviesa décadas de historia regional. Desde Pablo Escobar en Colombia hasta Joaquín el Chapo Guzmán en México, pasando por fenómenos culturales en Brasil o Centroamérica, la figura del gran criminal ha ocupado un lugar ambiguo en el imaginario colectivo. No es una anécdota cultural menor; es un fenómeno con implicaciones políticas, sociales y, sobre todo, generacionales. Como advertía Benedict Anderson en Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo (1983), las sociedades se articulan a partir de relatos compartidos que dan sentido de pertenencia. Cuando esos relatos se erosionan por desigualdad, corrupción o ausencia estatal, otros ocupan su lugar. Eric Hobsbawm, en Bandidos (1969), describió la figura del “bandido social”: el fuera de la ley que, en contextos de injusticia percibida, puede transformarse en símbolo popular. El problema contemporáneo es que esa resignificación ocurre en sociedades atravesadas por economías criminales de escala trasnacional, donde la violencia no es episódica, sino estructural. Colombia vivió esta paradoja con Escobar. Responsable de miles de muertes, atentados y una era de terror, también fue reinterpretado en ciertos sectores como benefactor local. Décadas después de su muerte, su figura sigue generando turismo, mercancía cultural y productos audiovisuales en todo el mundo. La industria del entretenimiento convirtió su historia en narrativa exportable, mientras las víctimas continúan reclamando memoria y justicia. México no ha sido ajeno a esta dinámica. El Chapo Guzmán pasó de ser líder de una organización criminal a personaje omnipresente en corridos, series y debates internacionales. Su juicio en Nueva York fue un proceso judicial, pero también un espectáculo mediático mundial. La narcocultura —documentada en estudios sobre música regional y medios digitales— construye una estética donde el criminal aparece como estratega, proveedor y figura de poder. La complejidad de la violencia queda reducida a una narrativa de éxito y desafío. En Brasil, líderes del narcotráfico en favelas han sido incorporados en expresiones musicales como símbolos ambiguos de autonomía frente al abandono estatal. En Centroamérica, investigaciones sobre pandillas muestran que la pertenencia a estos grupos ofrece identidad y reconocimiento en entornos donde las oportunidades formales son escasas. Incluso fuera de la región, en Estados Unidos, asesinos seriales como Jeffrey Dahmer o Ted Bundy han sido objeto de series, documentales y una inquietante fascinación cultural. La lógica es similar: el crimen se transforma en espectáculo. Efecto aspiracional Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo (1967) que la imagen termina sustituyendo a la realidad. En el ecosistema digital contemporáneo, esa advertencia cobra nueva vigencia. El lujo exhibido —vehículos, armas, relojes, fiestas— circula descontextualizado del costo humano que lo sostiene. Rara vez se muestran la clandestinidad permanente, la traición interna, la paranoia o la muerte temprana. La carrera criminal se presenta intensa y rentable; casi nunca breve y terminal. Aquí emerge un elemento crucial: el efecto aspiracional. Latinoamérica continúa siendo, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, una de las regiones más desiguales del mundo. En comunidades donde la movilidad social es limitada y el empleo formal precario, la narrativa del ascenso rápido puede adquirir fuerza simbólica. Como sugería Pierre Bourdieu, las aspiraciones están condicionadas por el horizonte de posibilidades percibidas. Si el referente visible de prosperidad es quien lidera economías ilícitas, el mensaje implícito puede ser devastador. Si el espacio simbólico continúa ocupado por héroes equivocados, el ciclo aspiracional persistirá. No se trata de afirmar que una serie o un corrido convierten automáticamente a un niño en criminal. La relación no es mecánica ni simplista, pero sí hay un proceso acumulativo en el que los modelos culturales influyen en la imaginación juvenil. Cuando el éxito legal parece distante y el ilegal inmediato y visible, la comparación no se realiza en abstracto, sino en términos concretos de supervivencia y reconocimiento. En barrios marginados de distintos países latinoamericanos, investigadores sociales han documentado cómo algunos adolescentes mencionan a figuras del narcotráfico como ejemplo de poder y respeto. No porque desconozcan la violencia asociada, sino porque la recompensa simbólica parece más tangible que la promesa institucional. La glorificación no obliga; normaliza. Y al normalizar, reconfigura el mapa de aspiraciones. Este fenómeno tiene una dimensión histórica. La región ha convivido durante décadas con economías ilícitas que penetran territorios donde el Estado es débil. Pero la diferencia contemporánea radica en la amplificación digital. Las plataformas mundiales convierten historias locales en productos trasnacionales. El criminal deja de ser figura marginal y se transforma en protagonista cultural. De la influencia criminal a la mitificación El 22 de febrero de 2026, el abatimiento de Rubén Oseguera Cervantes, conocido también como Nemesio Oseguera Cervantes o el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, volvió a colocar este debate en primer plano. Más allá de la dimensión de seguridad, el evento plantea una pregunta simbólica: ¿cómo será recordado? La historia regional sugiere que la muerte de un líder criminal no clausura su influencia; puede inaugurar su mitificación. La reacción inmediata incluyó episodios de violencia y afectaciones a la vida civil. Pero, paralelamente, comenzó otro proceso: la circulación de imágenes, relatos y reinterpretaciones en redes sociales y espacios culturales. Es en ese terreno donde se define el mensaje que recibirán las generaciones más jóvenes. Si la memoria colectiva enfatiza únicamente el poder acumulado y el desafío al Estado, la figura puede transformarse en mito aspiracional. Si, en cambio, el relato público subraya las consecuencias humanas, el daño comunitario y la brevedad de estas trayectorias, la narrativa cambia de signo. Las carreras criminales de alto perfil suelen terminar en prisión de por vida o muerte violenta. Ese desenlace rara vez ocupa el centro de la estética cultural. La glorificación del criminal no es un acto inocente. Moldea el inconsciente colectivo, altera los referentes de éxito y desplaza la atención de las víctimas hacia el victimario. En sociedades con altos niveles de desigualdad y desconfianza institucional —como muestran Read More

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