Carolina Guadalupe Robles Dávila Marzo 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques El café es uno de los bienes más comercializados y una de las bebidas más populares en el mundo, con más de 2000 millones de tazas que se consumen diariamente. En 2023, el valor de la producción mundial alcanzó aproximadamente 23 000 millones de dólares, lo que lo convierte en una materia prima de gran peso en el comercio internacional. Alrededor de 100 millones de personas participan en la cadena de valor, y la cosecha cafetalera es el medio de vida de 25 millones de agricultores —en su mayoría pequeños productores del Sur global— y sus familias. La industria ha crecido por el aumento del consumo en economías emergentes, el auge del café de especialidad y otras innovaciones en países de ingresos altos. Sin embargo, a finales de 2024 y principios de 2025, el café alcanzó su precio máximo por una combinación de variables económicas, geopolíticas y climáticas, evidenciando que no es solo un producto agrícola. En los últimos años, se ha convertido en un bien estratégico atravesado por presiones arancelarias, regulatorias y climáticas, las cuales reconfiguran los vínculos entre los países productores y los mercados consumidores. En este contexto, la producción cafetera de Latinoamérica enfrenta un escenario cada vez más politizado. El café se cultiva en más de sesenta países y, en varios de ellos, constituye una fuente relevante de ingresos. Aproximadamente cerca de 80% de la producción proviene de pequeños agricultores con menos de cinco hectáreas. Con base en cifras promedio reportadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, se estima que una hectárea puede producir entre 1.5 y 1.9 toneladas anuales de café verde en Brasil y 1.2 toneladas en Colombia, dependiendo del ciclo productivo. Esta estructura productiva ayuda a explicar la vulnerabilidad del sector: los precios presentan alta volatilidad, dependen de factores climáticos y financieros, y la distribución de los ingresos en la cadena de valor suele ser asimétrica. Aunque los productores asumen la mayor parte de los riesgos climáticos y de mercado, la rentabilidad suele concentrarse en las etapas posteriores de la cadena, especialmente en la distribución y la venta minorista. Además, a esto se suma la brecha de género, pues las mujeres que realizan al menos 70% del trabajo en la caficultura suelen tener menor control sobre sus ingresos, así como un acceso limitado a activos de producción y falta de participación en la toma de decisiones, factores que profundizan su vulnerabilidad y refuerzan la desigualdad estructural. Ante la falta de una perspectiva de desarrollo, se suma una mayor migración de jóvenes hacia las ciudades para estudiar y trabajar, lo que dificulta el relevo generacional, reduce la disponibilidad de mano de obra y limita la capacidad de innovación en el sector. En conjunto, estas tendencias debilitan la sostenibilidad económica, social y productiva de la caficultura, que, a medio plazo, podrían tener un impacto significativo en la cadena de valor. Aranceles y regulaciones que han impactado el comercio del café Brasil exporta alrededor de 40% del café que se consume a nivel mundial, favorecido por condiciones naturales —altitud, precipitaciones y suelos fértiles— propicias para el cultivo de café arábico. Junto con Vietnam y Colombia, lideran la producción mundial, mientras que Estados Unidos y la Unión Europea concentran la mayor parte del consumo y de las importaciones. En julio de 2025, el gobierno estadounidense anunció aranceles de hasta 50% a las importaciones brasileñas y de 20% al café vietnamita. Aunque parte de estas medidas se suspendieron con el objetivo de reducir los costos de varios alimentos y aliviar las presiones sobre el costo de vida, la disputa comercial evidenció la fragilidad del sector ante decisiones unilaterales. Brasil, por ejemplo, destina una quinta parte de sus exportaciones al mercado estadounidense, lo que incrementa el impacto de cualquier medida arancelaria. Por su parte, China eliminó gravámenes a productos agrícolas procedentes de 53 países africanos, varios de ellos cafeteros. Esta decisión fortalece los vínculos del país con África, pero también modifica las dinámicas comerciales, creando espacios de competencia indirecta con Latinoamérica. La capacidad de adaptación de los países exportadores será fundamental para mitigar riesgos y generar oportunidades para la base productiva —y más vulnerable— que sostiene al sector. Por otro lado, la Unión Europea endureció sus requisitos de importación mediante el Reglamento sobre Productos Libres de Deforestación, que exige que productos como el café, el cacao, la soya y la madera, no provengan de tierras deforestadas. Aunque la normativa responde a objetivos ambientales, su aplicación ha representado un desafío para productores latinoamericanos. En ese contexto, las negociaciones con países exportadores, la falta de trazabilidad total y las limitaciones tecnológicas de pequeños productores han obligado a ajustar y a retrasar la implementación de la ley, alineándose con la realidad agrícola y empresarial que atraviesa el proceso productivo del café. En conjunto, estas medidas posicionan al café como punto de convergencia entre comercio internacional, regulación ambiental y competencia estratégica. Además, hay una dependencia de los mercados consumidores que influyen en la estabilidad de los países productores, lo que representa un riesgo para la sostenibilidad de un sector que es el medio de vida de millones de familias agricultoras en países de ingresos medios y bajos, retrasando la posibilidad de avanzar hacia esquemas de comercio más justo. Presiones ambientales y políticas La dimensión climática es un elemento crítico para la producción cafetalera. En las últimas 2 décadas, Brasil ha perdido aproximadamente 11 millones de hectáreas de bosque, específicamente en regiones con alta densidad de cultivos de café. Si bien esta práctica no es la única responsable de la deforestación, el cultivo cafetalero forma parte de los factores que inciden en la degradación ambiental. Además, la siembra de café es particularmente sensible a las alteraciones meteorológicas: tanto el exceso como la falta de precipitaciones, así como las temperaturas superiores a 30 grados Celsius perjudican de manera directa el rendimiento de las plantaciones. La Universidad de Ciencias Aplicadas de Zúrich proyecta que, en
Carolina Guadalupe Robles Dávila Marzo 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques El café es uno de los bienes más comercializados y una de las bebidas más populares en el mundo, con más de 2000 millones de tazas que se consumen diariamente. En 2023, el valor de la producción mundial alcanzó aproximadamente 23 000 millones de dólares, lo que lo convierte en una materia prima de gran peso en el comercio internacional. Alrededor de 100 millones de personas participan en la cadena de valor, y la cosecha cafetalera es el medio de vida de 25 millones de agricultores —en su mayoría pequeños productores del Sur global— y sus familias. La industria ha crecido por el aumento del consumo en economías emergentes, el auge del café de especialidad y otras innovaciones en países de ingresos altos. Sin embargo, a finales de 2024 y principios de 2025, el café alcanzó su precio máximo por una combinación de variables económicas, geopolíticas y climáticas, evidenciando que no es solo un producto agrícola. En los últimos años, se ha convertido en un bien estratégico atravesado por presiones arancelarias, regulatorias y climáticas, las cuales reconfiguran los vínculos entre los países productores y los mercados consumidores. En este contexto, la producción cafetera de Latinoamérica enfrenta un escenario cada vez más politizado. El café se cultiva en más de sesenta países y, en varios de ellos, constituye una fuente relevante de ingresos. Aproximadamente cerca de 80% de la producción proviene de pequeños agricultores con menos de cinco hectáreas. Con base en cifras promedio reportadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, se estima que una hectárea puede producir entre 1.5 y 1.9 toneladas anuales de café verde en Brasil y 1.2 toneladas en Colombia, dependiendo del ciclo productivo. Esta estructura productiva ayuda a explicar la vulnerabilidad del sector: los precios presentan alta volatilidad, dependen de factores climáticos y financieros, y la distribución de los ingresos en la cadena de valor suele ser asimétrica. Aunque los productores asumen la mayor parte de los riesgos climáticos y de mercado, la rentabilidad suele concentrarse en las etapas posteriores de la cadena, especialmente en la distribución y la venta minorista. Además, a esto se suma la brecha de género, pues las mujeres que realizan al menos 70% del trabajo en la caficultura suelen tener menor control sobre sus ingresos, así como un acceso limitado a activos de producción y falta de participación en la toma de decisiones, factores que profundizan su vulnerabilidad y refuerzan la desigualdad estructural. Ante la falta de una perspectiva de desarrollo, se suma una mayor migración de jóvenes hacia las ciudades para estudiar y trabajar, lo que dificulta el relevo generacional, reduce la disponibilidad de mano de obra y limita la capacidad de innovación en el sector. En conjunto, estas tendencias debilitan la sostenibilidad económica, social y productiva de la caficultura, que, a medio plazo, podrían tener un impacto significativo en la cadena de valor. Aranceles y regulaciones que han impactado el comercio del café Brasil exporta alrededor de 40% del café que se consume a nivel mundial, favorecido por condiciones naturales —altitud, precipitaciones y suelos fértiles— propicias para el cultivo de café arábico. Junto con Vietnam y Colombia, lideran la producción mundial, mientras que Estados Unidos y la Unión Europea concentran la mayor parte del consumo y de las importaciones. En julio de 2025, el gobierno estadounidense anunció aranceles de hasta 50% a las importaciones brasileñas y de 20% al café vietnamita. Aunque parte de estas medidas se suspendieron con el objetivo de reducir los costos de varios alimentos y aliviar las presiones sobre el costo de vida, la disputa comercial evidenció la fragilidad del sector ante decisiones unilaterales. Brasil, por ejemplo, destina una quinta parte de sus exportaciones al mercado estadounidense, lo que incrementa el impacto de cualquier medida arancelaria. Por su parte, China eliminó gravámenes a productos agrícolas procedentes de 53 países africanos, varios de ellos cafeteros. Esta decisión fortalece los vínculos del país con África, pero también modifica las dinámicas comerciales, creando espacios de competencia indirecta con Latinoamérica. La capacidad de adaptación de los países exportadores será fundamental para mitigar riesgos y generar oportunidades para la base productiva —y más vulnerable— que sostiene al sector. Por otro lado, la Unión Europea endureció sus requisitos de importación mediante el Reglamento sobre Productos Libres de Deforestación, que exige que productos como el café, el cacao, la soya y la madera, no provengan de tierras deforestadas. Aunque la normativa responde a objetivos ambientales, su aplicación ha representado un desafío para productores latinoamericanos. En ese contexto, las negociaciones con países exportadores, la falta de trazabilidad total y las limitaciones tecnológicas de pequeños productores han obligado a ajustar y a retrasar la implementación de la ley, alineándose con la realidad agrícola y empresarial que atraviesa el proceso productivo del café. En conjunto, estas medidas posicionan al café como punto de convergencia entre comercio internacional, regulación ambiental y competencia estratégica. Además, hay una dependencia de los mercados consumidores que influyen en la estabilidad de los países productores, lo que representa un riesgo para la sostenibilidad de un sector que es el medio de vida de millones de familias agricultoras en países de ingresos medios y bajos, retrasando la posibilidad de avanzar hacia esquemas de comercio más justo. Presiones ambientales y políticas La dimensión climática es un elemento crítico para la producción cafetalera. En las últimas 2 décadas, Brasil ha perdido aproximadamente 11 millones de hectáreas de bosque, específicamente en regiones con alta densidad de cultivos de café. Si bien esta práctica no es la única responsable de la deforestación, el cultivo cafetalero forma parte de los factores que inciden en la degradación ambiental. Además, la siembra de café es particularmente sensible a las alteraciones meteorológicas: tanto el exceso como la falta de precipitaciones, así como las temperaturas superiores a 30 grados Celsius perjudican de manera directa el rendimiento de las plantaciones. La Universidad de Ciencias Aplicadas de Zúrich proyecta que, en Read More
