Jorge Talavera Mayo 2026 La guerra, desde sus primeras manifestaciones en la historia humana, ha sido un fenómeno profundamente ligado a la supervivencia, el poder y la ideología. Sin embargo, más allá de sus causas políticas y territoriales, persiste una dimensión que suele pasar desapercibida en los discursos oficiales: la deshumanización. Este fenómeno comienza antes del primer disparo; se construye, en primer lugar, por medio de una narrativa en la que el enemigo deja de ser una persona para convertirse en un mal, una plaga o una amenaza que debe ser eliminada. Por ello, se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad: aquella que solo puede construirse a partir del testimonio de quienes combaten en la primera línea, quienes, a su vez, son los testigos más directos de un conflicto bélico. En los últimos años, la guerra ha cambiado. Ya no se trata únicamente de ejércitos numerosos que invaden territorios, sino de una lucha tecnológica que genera más caos y destrucción, pero que también desconecta a los pueblos que la sufren, reduciendo así la capacidad crítica frente a la misma. A mediados de abril de 2026, el ejército ucraniano expresó en conferencia de prensa una noticia inquietante que no ha sido tomada en su justa dimensión: su primera victoria utilizando únicamente robots. Y es que el frente de batalla europeo se ha convertido en un terreno de prueba para nuevas tecnologías militares, así como para avances digitales que muestran al mundo el daño que pueden generar estas herramientas en combate. Pero, sobre todo, estos desarrollos deben llevarnos a reflexionar sobre el alcance de estos nuevos soldados tecnológicos. A miles de kilómetros del gélido campo de guerra europeo, en las calurosas tierras iraníes, otra batalla se libra con la misma intensidad. En ella, el protagonismo ha recaído en el uso de drones, así como en misiles de largo alcance que permiten generar una ventaja casi imparable mediante estrategias de carácter kamikaze, capaces de infligir un fuerte impacto al adversario. Y aunque muchos celebran el logro de retirar al soldado humano del campo de batalla, lo preocupante de la automatización de la guerra parte de un principio que, en teoría, debería resultar benéfico para todos: la no utilización de individuos. Sin embargo, es precisamente aquí donde emerge la paradoja de la deshumanización de la guerra, la cual puede acarrear consecuencias catastróficas en el futuro. La naturaleza de la guerra Parte fundamental de la historia humana está ligada a la guerra; desde las primeras civilizaciones organizadas se tienen registros de este tipo de conflictos sociales. Incluso, una porción significativa del avance tecnológico de las sociedades se ha vinculado a dinámicas bélicas. El ejemplo más claro es que hoy disfrutamos de telefonía celular con GPS, una tecnología originalmente desarrollada con fines militares que ahora forma parte esencial de la vida cotidiana. Según Carl von Clausewitz, la guerra es un fenómeno complejo que combina la violencia (el ejército), la política (el gobierno) y el pueblo (la pasión), generando así una fórmula para conflictos de alta intensidad. Por ello, resulta crucial que, en contextos bélicos, se contengan las pasiones colectivas, ya que estas pueden instrumentalizar al actor central —la sociedad— con fines perversos. La naturaleza del conflicto bélico radica en la colisión o la incompatibilidad, real o percibida, de necesidades, intereses, valores o metas entre distintas partes. Es precisamente en este punto donde, tras la Segunda Guerra Mundial, se han realizado esfuerzos sostenidos por humanizar la guerra, por contradictorio que ello pueda parecer. Gracias a estos intentos, así como a las gestiones de los países que integran el bloque occidental, ha sido posible resolver conflictos y establecer límites que, de otro modo, podrían haber escalado a proporciones inauditas. La oposición a la guerra Desde la antigüedad, las guerras han sido objeto de crítica por parte de amplios sectores de la población. Los anaqueles de la historia muestran cómo, desde el Imperio persa —como en las guerras Médicas— y el Imperio romano —con episodios como la Campaña de Craso—, ha existido una constante en los conflictos bélicos: la crítica social. La guerra suele generar escasez, problemas económicos y, sobre todo, la pérdida de vidas humanas. A mediados del siglo XIX, la Revolución de Texas fue duramente cuestionada por amplios sectores de la sociedad mexicana, lo que derivó en un apoyo limitado y, de manera eventual, en la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, que después fue anexado a Estados Unidos. Por otro lado, a inicios del siglo XX, la Primera Guerra Mundial provocó la caída de varias monarquías europeas, que ya enfrentaban crecientes cuestionamientos por parte de sus pueblos; en su expresión más radical, este descontento culminó con la ejecución de la familia imperial rusa bajo la dinastía Románov. La guerra no se limita al campo de batalla; también se manifiesta en sus efectos sobre las sociedades que la padecen. De igual forma, hacia finales del siglo XX, la guerra de Vietnam fue ampliamente rechazada por la sociedad estadounidense, cuya presión contribuyó a su finalización. Casos similares pueden observarse en conflictos contemporáneos, como la guerra en Ucrania o las tensiones en Irán, donde diversos países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte han enfrentado oposición social que condiciona sus decisiones militares. En paralelo, en el Medio Oriente —incluido Israel—, sectores crecientes de la población, especialmente jóvenes, cuestionan las incursiones bélicas de sus gobiernos. Estas reacciones tienen su origen en un elemento intangible pero decisivo, capaz de generar presión social y frenar los excesos de la guerra: la conciencia humana. La deshumanización de la guerra La deshumanización de la guerra comienza con la distancia física entre los “enemigos” y la ausencia de contacto directo entre combatientes. Por ello, se sostiene que no hay mejor relato de la guerra que aquel que surge de la experiencia personal del soldado, la cual también influye en la comprensión de sus horrores y alcances. Quien ejecuta una maniobra militar a distancia no es testigo pleno de las consecuencias de sus actos; así, las
Jorge Talavera Mayo 2026 La guerra, desde sus primeras manifestaciones en la historia humana, ha sido un fenómeno profundamente ligado a la supervivencia, el poder y la ideología. Sin embargo, más allá de sus causas políticas y territoriales, persiste una dimensión que suele pasar desapercibida en los discursos oficiales: la deshumanización. Este fenómeno comienza antes del primer disparo; se construye, en primer lugar, por medio de una narrativa en la que el enemigo deja de ser una persona para convertirse en un mal, una plaga o una amenaza que debe ser eliminada. Por ello, se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad: aquella que solo puede construirse a partir del testimonio de quienes combaten en la primera línea, quienes, a su vez, son los testigos más directos de un conflicto bélico. En los últimos años, la guerra ha cambiado. Ya no se trata únicamente de ejércitos numerosos que invaden territorios, sino de una lucha tecnológica que genera más caos y destrucción, pero que también desconecta a los pueblos que la sufren, reduciendo así la capacidad crítica frente a la misma. A mediados de abril de 2026, el ejército ucraniano expresó en conferencia de prensa una noticia inquietante que no ha sido tomada en su justa dimensión: su primera victoria utilizando únicamente robots. Y es que el frente de batalla europeo se ha convertido en un terreno de prueba para nuevas tecnologías militares, así como para avances digitales que muestran al mundo el daño que pueden generar estas herramientas en combate. Pero, sobre todo, estos desarrollos deben llevarnos a reflexionar sobre el alcance de estos nuevos soldados tecnológicos. A miles de kilómetros del gélido campo de guerra europeo, en las calurosas tierras iraníes, otra batalla se libra con la misma intensidad. En ella, el protagonismo ha recaído en el uso de drones, así como en misiles de largo alcance que permiten generar una ventaja casi imparable mediante estrategias de carácter kamikaze, capaces de infligir un fuerte impacto al adversario. Y aunque muchos celebran el logro de retirar al soldado humano del campo de batalla, lo preocupante de la automatización de la guerra parte de un principio que, en teoría, debería resultar benéfico para todos: la no utilización de individuos. Sin embargo, es precisamente aquí donde emerge la paradoja de la deshumanización de la guerra, la cual puede acarrear consecuencias catastróficas en el futuro. La naturaleza de la guerra Parte fundamental de la historia humana está ligada a la guerra; desde las primeras civilizaciones organizadas se tienen registros de este tipo de conflictos sociales. Incluso, una porción significativa del avance tecnológico de las sociedades se ha vinculado a dinámicas bélicas. El ejemplo más claro es que hoy disfrutamos de telefonía celular con GPS, una tecnología originalmente desarrollada con fines militares que ahora forma parte esencial de la vida cotidiana. Según Carl von Clausewitz, la guerra es un fenómeno complejo que combina la violencia (el ejército), la política (el gobierno) y el pueblo (la pasión), generando así una fórmula para conflictos de alta intensidad. Por ello, resulta crucial que, en contextos bélicos, se contengan las pasiones colectivas, ya que estas pueden instrumentalizar al actor central —la sociedad— con fines perversos. La naturaleza del conflicto bélico radica en la colisión o la incompatibilidad, real o percibida, de necesidades, intereses, valores o metas entre distintas partes. Es precisamente en este punto donde, tras la Segunda Guerra Mundial, se han realizado esfuerzos sostenidos por humanizar la guerra, por contradictorio que ello pueda parecer. Gracias a estos intentos, así como a las gestiones de los países que integran el bloque occidental, ha sido posible resolver conflictos y establecer límites que, de otro modo, podrían haber escalado a proporciones inauditas. La oposición a la guerra Desde la antigüedad, las guerras han sido objeto de crítica por parte de amplios sectores de la población. Los anaqueles de la historia muestran cómo, desde el Imperio persa —como en las guerras Médicas— y el Imperio romano —con episodios como la Campaña de Craso—, ha existido una constante en los conflictos bélicos: la crítica social. La guerra suele generar escasez, problemas económicos y, sobre todo, la pérdida de vidas humanas. A mediados del siglo XIX, la Revolución de Texas fue duramente cuestionada por amplios sectores de la sociedad mexicana, lo que derivó en un apoyo limitado y, de manera eventual, en la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, que después fue anexado a Estados Unidos. Por otro lado, a inicios del siglo XX, la Primera Guerra Mundial provocó la caída de varias monarquías europeas, que ya enfrentaban crecientes cuestionamientos por parte de sus pueblos; en su expresión más radical, este descontento culminó con la ejecución de la familia imperial rusa bajo la dinastía Románov. La guerra no se limita al campo de batalla; también se manifiesta en sus efectos sobre las sociedades que la padecen. De igual forma, hacia finales del siglo XX, la guerra de Vietnam fue ampliamente rechazada por la sociedad estadounidense, cuya presión contribuyó a su finalización. Casos similares pueden observarse en conflictos contemporáneos, como la guerra en Ucrania o las tensiones en Irán, donde diversos países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte han enfrentado oposición social que condiciona sus decisiones militares. En paralelo, en el Medio Oriente —incluido Israel—, sectores crecientes de la población, especialmente jóvenes, cuestionan las incursiones bélicas de sus gobiernos. Estas reacciones tienen su origen en un elemento intangible pero decisivo, capaz de generar presión social y frenar los excesos de la guerra: la conciencia humana. La deshumanización de la guerra La deshumanización de la guerra comienza con la distancia física entre los “enemigos” y la ausencia de contacto directo entre combatientes. Por ello, se sostiene que no hay mejor relato de la guerra que aquel que surge de la experiencia personal del soldado, la cual también influye en la comprensión de sus horrores y alcances. Quien ejecuta una maniobra militar a distancia no es testigo pleno de las consecuencias de sus actos; así, las Read More
