Elecciones, fragmentación y gobernabilidad en Brasil Adrián M. Ojeda Octubre 2026 En las últimas décadas, la democracia en Latinoamérica ha transitado de la preocupación por la consolidación de las reglas electorales hacia un dilema más complejo: la capacidad efectiva de sus instituciones para gobernar en contextos de alta volatilidad y desencanto ciudadano. Si bien las elecciones continúan celebrándose con regularidad, la gobernabilidad democrática enfrenta crecientes tensiones derivadas del acelerado desgaste de los partidos tradicionales, la fragmentación legislativa y el avance de una polarización afectiva que divide a las sociedades en bloques antagónicos. El caso de Brasil representa una expresión particularmente clara de esta encrucijada regional. Con un sistema político estructurado en torno al denominado “presidencialismo de coalición”, el país permite observar cómo las dinámicas electorales contemporáneas están reconfigurando la mecánica del poder en el Cono Sur. El laberinto del Congreso brasileño El modelo político brasileño ha dependido históricamente de la capacidad del ejecutivo para construir mayorías parlamentarias heterogéneas mediante la distribución de carteras ministeriales y recursos presupuestarios. Sin embargo, la intensificación del antagonismo entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el movimiento en torno a Jair Bolsonaro ha redefinido el espacio público. La contienda ya no se articula únicamente en torno a programas socioeconómicos o disputas redistributivas, sino también alrededor de clivajes morales e identitarios, así como de la defensa de las instituciones. El dilema de fondo para la contienda de 2026 no radica únicamente en quién ocupará el ejecutivo, sino en las condiciones institucionales en las que asumirá el próximo gobierno. La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva por un estrecho margen en 2022 obligó a conformar un gobierno de “frente amplio”. No obstante, la efectividad de estas alianzas tropieza con un Congreso fuertemente conservador y dominado por el Centrão, un bloque heterogéneo de legisladores pragmáticos, con amplio margen de autonomía respecto de las directrices partidarias. A diferencia de las coaliciones de décadas pasadas, la disciplina legislativa se ha debilitado debido a la creciente descentralización del presupuesto, evidenciada en el uso de las enmiendas parlamentarias individuales. Esto reduce la dependencia de los diputados respecto de las cúpulas partidarias y obliga al ejecutivo a mantener una negociación permanente, transacción por transacción y ley por ley. El espejo del Cono Sur: el colapso del centro político Lo que sucede en Brasil no es un fenómeno aislado. En Chile, el colapso del esquema bicoalicional que garantizó la estabilidad durante la transición —la Concertación de Partidos por la Democracia y Chile Vamos— dio paso a un mapa parlamentario altamente atomizado. El gobierno de Gabriel Boric tuvo que enfrentar los límites de gobernar sin mayorías legislativas automáticas, con el consecuente bloqueo o dilución de algunas de sus reformas estructurales. Un patrón similar de reconfiguración transaccional y dispersión de tercios se observa en Argentina, donde la irrupción de opciones de ruptura ha fragmentado las coaliciones tradicionales. En toda la región, la volatilidad electoral ya no responde únicamente a fluctuaciones coyunturales del ciclo económico, sino también a una mutación estructural de las identidades políticas. Cuando los partidos pierden su función como referentes estables para la ciudadanía, el electorado tiende a desplazarse hacia comportamientos reactivos, guiados más por el rechazo al gobernante de turno que por la adhesión a un proyecto de largo plazo. Este entorno da lugar a lo que puede definirse como una gobernabilidad contingente: un escenario en el que los gobiernos, aun después de obtener triunfos categóricos en segunda vuelta, carecen de respaldos legislativos duraderos. 2026: la prueba de fuego para el modelo brasileño De cara a las elecciones presidenciales de octubre de 2026, Brasil se convertirá nuevamente en un laboratorio político para Latinoamérica. Este proceso comicial no solo pondrá a prueba la continuidad del proyecto impulsado por Lula da Silva y el PT, sino también la resiliencia del presidencialismo de coalición frente a una derecha que busca articular un liderazgo competitivo tras la inhabilitación de Bolsonaro. El dilema de fondo para la contienda de 2026 no radica únicamente en quién ocupará el ejecutivo, sino en las condiciones institucionales en las que asumirá el próximo gobierno. La renovación simultánea de la Cámara de Diputados y de dos tercios del Senado anticipa que el futuro presidente volverá a enfrentar un mapa parlamentario profundamente atomizado y articulado en torno a poderes territoriales y corporativos. En este contexto, los incentivos para la gobernabilidad seguirán dependiendo de la negociación fragmentada de recursos presupuestarios con el Centrão, lo que podría perpetuar la lógica de mayorías transaccionales. La experiencia reciente muestra que la alternancia electoral constituye una manifestación de vitalidad democrática; no obstante, cuando se desarrolla en un escenario de polarización afectiva persistente y de dificultades estructurales para concertar reformas de fondo, puede traducirse en una parálisis sistemática. Para Brasil y la región en su conjunto, la contienda de 2026 pondrá nuevamente de relieve que la estabilidad de largo plazo no depende únicamente de los triunfos en las urnas, sino también de la capacidad de transformar la gobernabilidad contingente en acuerdos institucionales duraderos. ADRIÁN M. OJEDA es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Católica de Salta (UCASAL), maestro en Gobierno Local por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y doctorando en Política y Gobierno en la Universidad Católica de Córdoba (UCC), de Argentina. Es profesor en la Cátedra de Economía Política de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Sígalo en LinkedIn en adrianmojeda.
Elecciones, fragmentación y gobernabilidad en Brasil Adrián M. Ojeda Octubre 2026 En las últimas décadas, la democracia en Latinoamérica ha transitado de la preocupación por la consolidación de las reglas electorales hacia un dilema más complejo: la capacidad efectiva de sus instituciones para gobernar en contextos de alta volatilidad y desencanto ciudadano. Si bien las elecciones continúan celebrándose con regularidad, la gobernabilidad democrática enfrenta crecientes tensiones derivadas del acelerado desgaste de los partidos tradicionales, la fragmentación legislativa y el avance de una polarización afectiva que divide a las sociedades en bloques antagónicos. El caso de Brasil representa una expresión particularmente clara de esta encrucijada regional. Con un sistema político estructurado en torno al denominado “presidencialismo de coalición”, el país permite observar cómo las dinámicas electorales contemporáneas están reconfigurando la mecánica del poder en el Cono Sur. El laberinto del Congreso brasileño El modelo político brasileño ha dependido históricamente de la capacidad del ejecutivo para construir mayorías parlamentarias heterogéneas mediante la distribución de carteras ministeriales y recursos presupuestarios. Sin embargo, la intensificación del antagonismo entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el movimiento en torno a Jair Bolsonaro ha redefinido el espacio público. La contienda ya no se articula únicamente en torno a programas socioeconómicos o disputas redistributivas, sino también alrededor de clivajes morales e identitarios, así como de la defensa de las instituciones. El dilema de fondo para la contienda de 2026 no radica únicamente en quién ocupará el ejecutivo, sino en las condiciones institucionales en las que asumirá el próximo gobierno. La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva por un estrecho margen en 2022 obligó a conformar un gobierno de “frente amplio”. No obstante, la efectividad de estas alianzas tropieza con un Congreso fuertemente conservador y dominado por el Centrão, un bloque heterogéneo de legisladores pragmáticos, con amplio margen de autonomía respecto de las directrices partidarias. A diferencia de las coaliciones de décadas pasadas, la disciplina legislativa se ha debilitado debido a la creciente descentralización del presupuesto, evidenciada en el uso de las enmiendas parlamentarias individuales. Esto reduce la dependencia de los diputados respecto de las cúpulas partidarias y obliga al ejecutivo a mantener una negociación permanente, transacción por transacción y ley por ley. El espejo del Cono Sur: el colapso del centro político Lo que sucede en Brasil no es un fenómeno aislado. En Chile, el colapso del esquema bicoalicional que garantizó la estabilidad durante la transición —la Concertación de Partidos por la Democracia y Chile Vamos— dio paso a un mapa parlamentario altamente atomizado. El gobierno de Gabriel Boric tuvo que enfrentar los límites de gobernar sin mayorías legislativas automáticas, con el consecuente bloqueo o dilución de algunas de sus reformas estructurales. Un patrón similar de reconfiguración transaccional y dispersión de tercios se observa en Argentina, donde la irrupción de opciones de ruptura ha fragmentado las coaliciones tradicionales. En toda la región, la volatilidad electoral ya no responde únicamente a fluctuaciones coyunturales del ciclo económico, sino también a una mutación estructural de las identidades políticas. Cuando los partidos pierden su función como referentes estables para la ciudadanía, el electorado tiende a desplazarse hacia comportamientos reactivos, guiados más por el rechazo al gobernante de turno que por la adhesión a un proyecto de largo plazo. Este entorno da lugar a lo que puede definirse como una gobernabilidad contingente: un escenario en el que los gobiernos, aun después de obtener triunfos categóricos en segunda vuelta, carecen de respaldos legislativos duraderos. 2026: la prueba de fuego para el modelo brasileño De cara a las elecciones presidenciales de octubre de 2026, Brasil se convertirá nuevamente en un laboratorio político para Latinoamérica. Este proceso comicial no solo pondrá a prueba la continuidad del proyecto impulsado por Lula da Silva y el PT, sino también la resiliencia del presidencialismo de coalición frente a una derecha que busca articular un liderazgo competitivo tras la inhabilitación de Bolsonaro. El dilema de fondo para la contienda de 2026 no radica únicamente en quién ocupará el ejecutivo, sino en las condiciones institucionales en las que asumirá el próximo gobierno. La renovación simultánea de la Cámara de Diputados y de dos tercios del Senado anticipa que el futuro presidente volverá a enfrentar un mapa parlamentario profundamente atomizado y articulado en torno a poderes territoriales y corporativos. En este contexto, los incentivos para la gobernabilidad seguirán dependiendo de la negociación fragmentada de recursos presupuestarios con el Centrão, lo que podría perpetuar la lógica de mayorías transaccionales. La experiencia reciente muestra que la alternancia electoral constituye una manifestación de vitalidad democrática; no obstante, cuando se desarrolla en un escenario de polarización afectiva persistente y de dificultades estructurales para concertar reformas de fondo, puede traducirse en una parálisis sistemática. Para Brasil y la región en su conjunto, la contienda de 2026 pondrá nuevamente de relieve que la estabilidad de largo plazo no depende únicamente de los triunfos en las urnas, sino también de la capacidad de transformar la gobernabilidad contingente en acuerdos institucionales duraderos. ADRIÁN M. OJEDA es licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Católica de Salta (UCASAL), maestro en Gobierno Local por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y doctorando en Política y Gobierno en la Universidad Católica de Córdoba (UCC), de Argentina. Es profesor en la Cátedra de Economía Política de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE). Sígalo en LinkedIn en adrianmojeda. Read More
