BRICS+ Thinking: declaración de principios

Necesidad de forjar una nueva estrategia occidental en la era de la multipolaridad  Gemma Chenger Deng y Jim O’Neill Junio 2026 El mundo está cambiando La era geopolítica y económica que sucedió a la Segunda Guerra Mundial —caracterizada por la supremacía incontestada del Occidente político y la convicción de que la historia favorecía su modelo liberal— ha llegado a un punto de quiebre definitivo. Definimos el “Occidente político” como la comunidad de democracias liberales avanzadas centradas en Europa, Norteamérica y sus principales socios en el Indo-Pacífico, unidas por instituciones compartidas, arreglos de seguridad y una visión estratégica ampliamente convergente. Durante décadas, Occidente asumió que el resto del mundo terminaría adoptando el modelo liberal occidental; sin embargo, cada vez hay más evidencia de que ese ya no es el caso. Para 2026, es innegable que el mundo atraviesa una transición desde la unipolaridad hacia una multipolaridad turbulenta, confusa y disputada. Más importante aún, el llamado “orden internacional basado en reglas” está siendo cuestionado no solo por potencias con visiones distintas, sino también por los propios países que contribuyeron a diseñarlo. La reciente operación estadounidense que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y el anuncio de que Washington asumiría temporalmente la administración de Venezuela —un Estado soberano—, así como las ambiciones expresadas por Estados Unidos respecto de Groenlandia, sorprendieron a la comunidad internacional y pusieron en entredicho las nociones convencionales de soberanía y alianzas. A ello se suma el anuncio del gobierno de Donald Trump de retirarse de 66 organizaciones internacionales. En conjunto, estos acontecimientos parecen marcar una ruptura irreversible con el marco político e institucional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La era de las certezas y del optimismo asociado a la cooperación globalizada ha quedado atrás. El nuevo contexto internacional está definido por la competencia entre grandes potencias —en particular entre China y Estados Unidos— y por un transnacionalismo oportunista, en el que la tecnología, las finanzas y el comercio son utilizados cada vez más como instrumentos de rivalidad estratégica. El Occidente político enfrenta una prueba de realidad: debe adaptar su posición estratégica y su mentalidad colectiva a un entorno en el que la influencia mundial ya no está concentrada en un solo actor, sino distribuida entre varios centros de poder. Sin una visión estratégica más coherente y sostenida, Occidente corre el riesgo de quedar relegado a la gestión de crisis, en vez de desempeñar un papel activo en la configuración del orden internacional emergente. La necesidad estratégica de relacionarse con los BRICS+ La aparición de la coalición ampliada de los BRICS+ (Brasil, Rusia, la India, China, Sudáfrica y otros) constituye una realidad demográfica, económica y geopolítica con profundas implicaciones para todos los ámbitos de la gobernanza global y el comercio internacional. Considerar a los BRICS+ solo como un símbolo o una plataforma de oposición al Occidente político ya no corresponde a las realidades del orden internacional emergente. Como sostuvimos en un artículo publicado en Project Syndicate, la era multipolar exige un cambio de mentalidad. Para Occidente, la cuestión no es si deberá compartir el poder, sino si será capaz de influir en la forma en que ese poder se redistribuya. La alternativa es adoptar una posición reactiva que eleve los costos internos y erosione gradualmente su influencia en el exterior. Los recientes ejercicios navales de los BRICS+ en aguas sudafricanas ponen de manifiesto que el bloque está unido por algo más que intereses económicos; hay una creciente cohesión política y estratégica entre sus integrantes. Los países miembros ocupan posiciones centrales en las cadenas de suministro críticas, la gestión de recursos estratégicos y las fronteras tecnológicas del siglo XXI. China, por sí sola, domina el procesamiento de tierras raras —esenciales para la transición energética mundial—, ejerce una influencia decisiva sobre corredores logísticos y marítimos clave y, cada vez más, lidera el desarrollo y el despliegue de tecnologías de energía renovable, así como determinadas aplicaciones de inteligencia artificial (IA). Con el creciente peso económico de la India y de la agrupación ampliada, las relaciones con los demás miembros de los BRICS+ adquirirán una importancia cada vez mayor. Indonesia, por ejemplo, tiene el potencial de convertirse en un actor económico de influencia sistémica a escala mundial. Ante este panorama, resulta indispensable reflexionar seriamente sobre la orientación de las políticas que se adoptarán en las próximas décadas. La disyuntiva consiste en avanzar hacia un mundo dividido en dos bloques, donde las decisiones se tomen principalmente desde una lógica de seguridad, rivalidad sistémica y autosuficiencia económica, o impulsar una visión que permita diseñar conjuntamente un nuevo marco de cooperación con las potencias emergentes —y no en su contra—, muchas de las cuales continúan subrepresentadas en el orden internacional basado en reglas. La magnitud de la transición internacional exige un nuevo tipo de institución. Los países de los BRICS+ concentran alrededor del 45% de la población mundial; por ello, resulta difícil imaginar un orden internacional sostenible sin una relación más estrecha entre el Occidente político y este bloque. Como economías que siguen siendo las más sofisticadas del mundo, aunque hoy parezcan atravesar una etapa de incertidumbre estratégica, el Reino Unido y sus aliados necesitan desarrollar una comprensión profunda y matizada de los BRICS+, muy superior a las evaluaciones fragmentarias e incoherentes que predominan actualmente. La provisión de bienes públicos mundiales —como la estabilidad climática, la preparación ante pandemias, el control de enfermedades infecciosas, la regulación financiera, el fortalecimiento de la productividad y la definición de principios éticos para la gobernanza de la IA— hace de la cooperación una necesidad, incluso en contextos marcados por profundas rivalidades ideológicas y políticas. El desafío no radica en decidir si cooperar o no, sino en determinar cómo hacerlo de manera estratégica, sin comprometer principios fundamentales. Actualmente hay centros de investigación y espacios de reflexión sobre los BRICS tanto dentro de los propios países del bloque como en el ámbito académico occidental, aunque la mayoría de estos análisis siguen abordando el fenómeno principalmente desde una perspectiva económica. Dado que 2026 marca el vigésimo quinto aniversario de

​Necesidad de forjar una nueva estrategia occidental en la era de la multipolaridad  Gemma Chenger Deng y Jim O’Neill Junio 2026 El mundo está cambiando La era geopolítica y económica que sucedió a la Segunda Guerra Mundial —caracterizada por la supremacía incontestada del Occidente político y la convicción de que la historia favorecía su modelo liberal— ha llegado a un punto de quiebre definitivo. Definimos el “Occidente político” como la comunidad de democracias liberales avanzadas centradas en Europa, Norteamérica y sus principales socios en el Indo-Pacífico, unidas por instituciones compartidas, arreglos de seguridad y una visión estratégica ampliamente convergente. Durante décadas, Occidente asumió que el resto del mundo terminaría adoptando el modelo liberal occidental; sin embargo, cada vez hay más evidencia de que ese ya no es el caso. Para 2026, es innegable que el mundo atraviesa una transición desde la unipolaridad hacia una multipolaridad turbulenta, confusa y disputada. Más importante aún, el llamado “orden internacional basado en reglas” está siendo cuestionado no solo por potencias con visiones distintas, sino también por los propios países que contribuyeron a diseñarlo. La reciente operación estadounidense que culminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y el anuncio de que Washington asumiría temporalmente la administración de Venezuela —un Estado soberano—, así como las ambiciones expresadas por Estados Unidos respecto de Groenlandia, sorprendieron a la comunidad internacional y pusieron en entredicho las nociones convencionales de soberanía y alianzas. A ello se suma el anuncio del gobierno de Donald Trump de retirarse de 66 organizaciones internacionales. En conjunto, estos acontecimientos parecen marcar una ruptura irreversible con el marco político e institucional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La era de las certezas y del optimismo asociado a la cooperación globalizada ha quedado atrás. El nuevo contexto internacional está definido por la competencia entre grandes potencias —en particular entre China y Estados Unidos— y por un transnacionalismo oportunista, en el que la tecnología, las finanzas y el comercio son utilizados cada vez más como instrumentos de rivalidad estratégica. El Occidente político enfrenta una prueba de realidad: debe adaptar su posición estratégica y su mentalidad colectiva a un entorno en el que la influencia mundial ya no está concentrada en un solo actor, sino distribuida entre varios centros de poder. Sin una visión estratégica más coherente y sostenida, Occidente corre el riesgo de quedar relegado a la gestión de crisis, en vez de desempeñar un papel activo en la configuración del orden internacional emergente. La necesidad estratégica de relacionarse con los BRICS+ La aparición de la coalición ampliada de los BRICS+ (Brasil, Rusia, la India, China, Sudáfrica y otros) constituye una realidad demográfica, económica y geopolítica con profundas implicaciones para todos los ámbitos de la gobernanza global y el comercio internacional. Considerar a los BRICS+ solo como un símbolo o una plataforma de oposición al Occidente político ya no corresponde a las realidades del orden internacional emergente. Como sostuvimos en un artículo publicado en Project Syndicate, la era multipolar exige un cambio de mentalidad. Para Occidente, la cuestión no es si deberá compartir el poder, sino si será capaz de influir en la forma en que ese poder se redistribuya. La alternativa es adoptar una posición reactiva que eleve los costos internos y erosione gradualmente su influencia en el exterior. Los recientes ejercicios navales de los BRICS+ en aguas sudafricanas ponen de manifiesto que el bloque está unido por algo más que intereses económicos; hay una creciente cohesión política y estratégica entre sus integrantes. Los países miembros ocupan posiciones centrales en las cadenas de suministro críticas, la gestión de recursos estratégicos y las fronteras tecnológicas del siglo XXI. China, por sí sola, domina el procesamiento de tierras raras —esenciales para la transición energética mundial—, ejerce una influencia decisiva sobre corredores logísticos y marítimos clave y, cada vez más, lidera el desarrollo y el despliegue de tecnologías de energía renovable, así como determinadas aplicaciones de inteligencia artificial (IA). Con el creciente peso económico de la India y de la agrupación ampliada, las relaciones con los demás miembros de los BRICS+ adquirirán una importancia cada vez mayor. Indonesia, por ejemplo, tiene el potencial de convertirse en un actor económico de influencia sistémica a escala mundial. Ante este panorama, resulta indispensable reflexionar seriamente sobre la orientación de las políticas que se adoptarán en las próximas décadas. La disyuntiva consiste en avanzar hacia un mundo dividido en dos bloques, donde las decisiones se tomen principalmente desde una lógica de seguridad, rivalidad sistémica y autosuficiencia económica, o impulsar una visión que permita diseñar conjuntamente un nuevo marco de cooperación con las potencias emergentes —y no en su contra—, muchas de las cuales continúan subrepresentadas en el orden internacional basado en reglas. La magnitud de la transición internacional exige un nuevo tipo de institución. Los países de los BRICS+ concentran alrededor del 45% de la población mundial; por ello, resulta difícil imaginar un orden internacional sostenible sin una relación más estrecha entre el Occidente político y este bloque. Como economías que siguen siendo las más sofisticadas del mundo, aunque hoy parezcan atravesar una etapa de incertidumbre estratégica, el Reino Unido y sus aliados necesitan desarrollar una comprensión profunda y matizada de los BRICS+, muy superior a las evaluaciones fragmentarias e incoherentes que predominan actualmente. La provisión de bienes públicos mundiales —como la estabilidad climática, la preparación ante pandemias, el control de enfermedades infecciosas, la regulación financiera, el fortalecimiento de la productividad y la definición de principios éticos para la gobernanza de la IA— hace de la cooperación una necesidad, incluso en contextos marcados por profundas rivalidades ideológicas y políticas. El desafío no radica en decidir si cooperar o no, sino en determinar cómo hacerlo de manera estratégica, sin comprometer principios fundamentales. Actualmente hay centros de investigación y espacios de reflexión sobre los BRICS tanto dentro de los propios países del bloque como en el ámbito académico occidental, aunque la mayoría de estos análisis siguen abordando el fenómeno principalmente desde una perspectiva económica. Dado que 2026 marca el vigésimo quinto aniversario de Read More

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