Bryan Acuña Junio 2026 La idea del “Gran Israel” circula con fuerza en la propaganda sobre el Medio Oriente, pero también en otros ambientes, incluso occidentales, especialmente en discursos de movilización ideológica y en determinadas lecturas del conflicto, pero rara vez se definen con precisión sus alcances, lo que constituye el primer problema. Se presenta como si fuera una doctrina estatal coherente, con fronteras claras, consenso político interno y una hoja de ruta operativa, pero no lo es. Lo que hay es una mezcla de tres planos distintos que con frecuencia se confunden de manera interesada; es decir, que es una estrategia deliberada para obtener una ventaja política, ideológica o propagandística: el plano bíblico-religioso, el ideológico-político y el estratégico-militar. Separarlos no es un simple ejercicio académico, sino una condición mínima para comprender qué amenazas pertenecen al terreno de lo imaginario, cuáles operan principalmente en el plano retórico y cuáles sí tienen una traducción material sobre el terreno. Bíblicamente, la referencia más citada para justificar el mapa maximalista es el pasaje del Génesis 15:18, donde aparece la fórmula “desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates”. El problema es que convertir ese versículo en cartografía contemporánea exige una operación profundamente arbitraria. El “río de Egipto” no tiene una identificación inequívoca: en distintas interpretaciones puede aludir al Nilo o a un curso menor situado en la península del Sinaí. Además, otros pasajes bíblicos ofrecen descripciones diferentes y considerablemente más acotadas de la tierra prometida. No hay, por tanto, una única frontera bíblica fija y uniforme que pueda trasladarse mecánicamente al mapa político moderno. Lo que hacen los promotores del esquema Nilo-Éufrates es seleccionar la versión más expansiva, abstraerla de su contexto teológico y convertirla en una pretensión geopolítica lineal, es decir, abandonar la exégesis para instrumentalizar el texto religioso con fines políticos. En el plano doctrinal sí han existido corrientes que sostienen una visión maximalista de Eretz Israel, sobre todo en ciertos sectores del sionismo religioso y del ultranacionalismo judío. Sin embargo, incluso ahí conviene evitar exageraciones. Una cosa es concebir la tierra de Israel como una totalidad histórica o sagrada, y otra muy distinta es sostener una doctrina estatal orientada a conquistar o absorber territorios en Egipto y el Levante. Esa segunda formulación no organiza la política exterior israelí, no estructura la planificación militar convencional y tampoco aparece como programa operativo del aparato estatal. Lo que sí existe, de manera concreta, es la reivindicación de Judea y Samaria —es decir, Cisjordania— como espacio histórico, religioso y estratégico. Ahí se encuentra el verdadero núcleo doctrinal efectivo. Lo demás funciona, en gran medida, como herramienta de agitación ideológica, señalización identitaria o guerra psicológica. Del maximalismo simbólico al cálculo estratégico También es necesario desmontar otra simplificación: asumir que todo maximalismo retórico dentro de Israel equivale automáticamente a doctrina oficial. No es así. Aunque hay ministros, rabinos, colonos y movimientos soberanistas que emplean una retórica expansiva, esto no significa que el Estado israelí opere bajo una estrategia integral del Gran Israel en sentido cartográfico total. De hecho, cuando la discusión abandona el terreno simbólico y se traslada a los costos reales del poder —capacidades militares, demografía, diplomacia, riesgos operativos y reacción regional—, el imaginario ultraortodoxo o ultranacionalista de Eretz Israel se reduce drásticamente. Una pretensión territorial que aspire a extenderse hasta el Éufrates no constituiría una política audaz de poder, sino una forma de suicidio estratégico. Esto implicaría una confrontación abierta y prolongada con múltiples Estados, una sobrextensión logística inmanejable, la imposibilidad de obtener legitimidad internacional y un costo humano, militar y económico imposible de absorber incluso para una potencia regional respaldada por Washington. No se trata de una perspectiva viable de gobierno, sino de una construcción ideológica sin traducción estratégica sostenible. En el plano político, la discusión es mucho más concreta y considerablemente menos mística. Lo verdaderamente relevante no es el Gran Israel como mapa viral o símbolo propagandístico, sino la disputa sobre los territorios ocupados desde 1967, particularmente Cisjordania. Ahí sí existe una arquitectura real de poder: una discusión doctrinal interna, incentivos institucionales, dinámicas de colonización y procesos acumulativos de control territorial. Área C y la transformación territorial de Cisjordania La distancia entre el mito del Gran Israel y la práctica concreta del Estado israelí se comprende mejor observando dónde actúa Israel de manera sostenida: no sobre el Éufrates, sino sobre el área C de la margen occidental. Desde los Acuerdos de Oslo II, el territorio quedó dividido en áreas A, B y C. Diversos documentos de la Organización de las Naciones Unidas sitúan el área A en torno a 18% del territorio, el área B alrededor de 22% y el área C cerca de 60%, permaneciendo esta última bajo control civil y militar israelí. Esa distribución nunca fue un simple arreglo técnico; constituyó la base de una geografía específica del poder. El área C concentra la continuidad territorial, el control de accesos, los corredores estratégicos, la mayor parte de los asentamientos y un margen decisivo para moldear la realidad futura de Cisjordania. Por ello, cuando sectores de la derecha israelí hablan de “soberanía”, rara vez piensan en Bagdad o en el delta del Nilo. Lo que buscan, en términos concretos, es formalizar y consolidar el control sobre esa porción de la margen occidental. Ahí se encuentra la discusión real sobre el llamado Gran Israel. La política efectivamente existente no necesita abrazar el maximalismo bíblico para producir una transformación territorial profunda. De hecho, la estrategia más eficaz ha consistido precisamente en lo contrario: reducir la ambición declarativa mientras se expande, de manera gradual y sostenida, la consolidación material sobre el terreno. Eso sí, una anexión formal de toda Cisjordania —o incluso únicamente del área C— implicaría costos diplomáticos inmediatos y de gran magnitud. Por ello, la dinámica predominante ha sido otra: una anexión de hecho que avanza gradualmente mediante sedimentación territorial, expansión natural de asentamientos, legalización de puestos avanzados, modificaciones administrativas, construcción de redes viales, restricciones sobre el uso del suelo y transferencia progresiva de competencias hacia estructuras israelíes.
Bryan Acuña Junio 2026 La idea del “Gran Israel” circula con fuerza en la propaganda sobre el Medio Oriente, pero también en otros ambientes, incluso occidentales, especialmente en discursos de movilización ideológica y en determinadas lecturas del conflicto, pero rara vez se definen con precisión sus alcances, lo que constituye el primer problema. Se presenta como si fuera una doctrina estatal coherente, con fronteras claras, consenso político interno y una hoja de ruta operativa, pero no lo es. Lo que hay es una mezcla de tres planos distintos que con frecuencia se confunden de manera interesada; es decir, que es una estrategia deliberada para obtener una ventaja política, ideológica o propagandística: el plano bíblico-religioso, el ideológico-político y el estratégico-militar. Separarlos no es un simple ejercicio académico, sino una condición mínima para comprender qué amenazas pertenecen al terreno de lo imaginario, cuáles operan principalmente en el plano retórico y cuáles sí tienen una traducción material sobre el terreno. Bíblicamente, la referencia más citada para justificar el mapa maximalista es el pasaje del Génesis 15:18, donde aparece la fórmula “desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates”. El problema es que convertir ese versículo en cartografía contemporánea exige una operación profundamente arbitraria. El “río de Egipto” no tiene una identificación inequívoca: en distintas interpretaciones puede aludir al Nilo o a un curso menor situado en la península del Sinaí. Además, otros pasajes bíblicos ofrecen descripciones diferentes y considerablemente más acotadas de la tierra prometida. No hay, por tanto, una única frontera bíblica fija y uniforme que pueda trasladarse mecánicamente al mapa político moderno. Lo que hacen los promotores del esquema Nilo-Éufrates es seleccionar la versión más expansiva, abstraerla de su contexto teológico y convertirla en una pretensión geopolítica lineal, es decir, abandonar la exégesis para instrumentalizar el texto religioso con fines políticos. En el plano doctrinal sí han existido corrientes que sostienen una visión maximalista de Eretz Israel, sobre todo en ciertos sectores del sionismo religioso y del ultranacionalismo judío. Sin embargo, incluso ahí conviene evitar exageraciones. Una cosa es concebir la tierra de Israel como una totalidad histórica o sagrada, y otra muy distinta es sostener una doctrina estatal orientada a conquistar o absorber territorios en Egipto y el Levante. Esa segunda formulación no organiza la política exterior israelí, no estructura la planificación militar convencional y tampoco aparece como programa operativo del aparato estatal. Lo que sí existe, de manera concreta, es la reivindicación de Judea y Samaria —es decir, Cisjordania— como espacio histórico, religioso y estratégico. Ahí se encuentra el verdadero núcleo doctrinal efectivo. Lo demás funciona, en gran medida, como herramienta de agitación ideológica, señalización identitaria o guerra psicológica. Del maximalismo simbólico al cálculo estratégico También es necesario desmontar otra simplificación: asumir que todo maximalismo retórico dentro de Israel equivale automáticamente a doctrina oficial. No es así. Aunque hay ministros, rabinos, colonos y movimientos soberanistas que emplean una retórica expansiva, esto no significa que el Estado israelí opere bajo una estrategia integral del Gran Israel en sentido cartográfico total. De hecho, cuando la discusión abandona el terreno simbólico y se traslada a los costos reales del poder —capacidades militares, demografía, diplomacia, riesgos operativos y reacción regional—, el imaginario ultraortodoxo o ultranacionalista de Eretz Israel se reduce drásticamente. Una pretensión territorial que aspire a extenderse hasta el Éufrates no constituiría una política audaz de poder, sino una forma de suicidio estratégico. Esto implicaría una confrontación abierta y prolongada con múltiples Estados, una sobrextensión logística inmanejable, la imposibilidad de obtener legitimidad internacional y un costo humano, militar y económico imposible de absorber incluso para una potencia regional respaldada por Washington. No se trata de una perspectiva viable de gobierno, sino de una construcción ideológica sin traducción estratégica sostenible. En el plano político, la discusión es mucho más concreta y considerablemente menos mística. Lo verdaderamente relevante no es el Gran Israel como mapa viral o símbolo propagandístico, sino la disputa sobre los territorios ocupados desde 1967, particularmente Cisjordania. Ahí sí existe una arquitectura real de poder: una discusión doctrinal interna, incentivos institucionales, dinámicas de colonización y procesos acumulativos de control territorial. Área C y la transformación territorial de Cisjordania La distancia entre el mito del Gran Israel y la práctica concreta del Estado israelí se comprende mejor observando dónde actúa Israel de manera sostenida: no sobre el Éufrates, sino sobre el área C de la margen occidental. Desde los Acuerdos de Oslo II, el territorio quedó dividido en áreas A, B y C. Diversos documentos de la Organización de las Naciones Unidas sitúan el área A en torno a 18% del territorio, el área B alrededor de 22% y el área C cerca de 60%, permaneciendo esta última bajo control civil y militar israelí. Esa distribución nunca fue un simple arreglo técnico; constituyó la base de una geografía específica del poder. El área C concentra la continuidad territorial, el control de accesos, los corredores estratégicos, la mayor parte de los asentamientos y un margen decisivo para moldear la realidad futura de Cisjordania. Por ello, cuando sectores de la derecha israelí hablan de “soberanía”, rara vez piensan en Bagdad o en el delta del Nilo. Lo que buscan, en términos concretos, es formalizar y consolidar el control sobre esa porción de la margen occidental. Ahí se encuentra la discusión real sobre el llamado Gran Israel. La política efectivamente existente no necesita abrazar el maximalismo bíblico para producir una transformación territorial profunda. De hecho, la estrategia más eficaz ha consistido precisamente en lo contrario: reducir la ambición declarativa mientras se expande, de manera gradual y sostenida, la consolidación material sobre el terreno. Eso sí, una anexión formal de toda Cisjordania —o incluso únicamente del área C— implicaría costos diplomáticos inmediatos y de gran magnitud. Por ello, la dinámica predominante ha sido otra: una anexión de hecho que avanza gradualmente mediante sedimentación territorial, expansión natural de asentamientos, legalización de puestos avanzados, modificaciones administrativas, construcción de redes viales, restricciones sobre el uso del suelo y transferencia progresiva de competencias hacia estructuras israelíes. Read More
