El insulto en la política internacional

Cuando la descalificación trasciende la retórica y afecta las relaciones entre Estados  Luis Ochoa Bilbao Octubre 2026 Una colaboración del Centro de Enseñanza y Análisis sobre la Política Exterior de México (CESPEM) El insulto como estrategia de comunicación en la política internacional está creciendo de manera preocupante. El interés académico por el tema ha dado lugar a investigaciones relevantes que han demostrado cómo el insulto dejó de ser una expresión de incivilidad en las relaciones políticas dentro de las democracias liberales para convertirse en una herramienta de posicionamiento ante la competencia electoral, de definición ideológica y política, y con el claro objetivo de satisfacer a ciertas audiencias en redes sociales mediante la agresión verbal. Este fenómeno es recurrente entre adversarios políticos, pero ha trascendido al mundo de la política internacional. El insulto está comenzando a normalizarse entre algunos mandatarios de diferentes países, quienes no dudan en utilizarlo, resquebrajando las convenciones diplomáticas y la normalidad enmarcada en una moral social basada en el respeto. En efecto, son algunos presidentes y jefes de gobierno quienes, sin ninguna restricción, se atreven a insultar públicamente a otros mandatarios, en discursos, entrevistas y mensajes en sus redes sociales. El insulto por encima de la diplomacia Los protocolos diplomáticos de comunicación entre los mandatarios son, idealmente, el conjunto de normas, prácticas y canales tradicionales o formales que regulan la manera en que los jefes de Estado o de gobierno se comunican entre sí. Su propósito es preservar el respeto institucional, la claridad y la estabilidad de las relaciones bilaterales, enmarcadas en la cordialidad. Tradicionalmente, los asuntos sensibles o complicados se transmiten mediante las cancillerías y embajadas, mediante notas diplomáticas, comunicados oficiales, llamadas telefónicas previamente coordinadas y reuniones o encuentros formales. En todos los casos, se procura utilizar un lenguaje cuidadoso, formal, objetivo y constructivo que evite expresiones ofensivas o ambiguas. Estos protocolos no son ajenos a la crítica ni a la posibilidad de expresar desacuerdos entre gobiernos, pero se pretende que las diferencias no se conviertan, necesariamente, en confrontaciones personales. Sin embargo, lo que se aprecia en los últimos años es que, de manera pública y mediante comunicados en redes sociales o entrevistas, algunos mandatarios han roto drásticamente con esos protocolos de civilidad diplomática. Y lo han hecho de manera recurrente, lo que puede interpretarse como una estrategia deliberada. Los ejemplos de este comportamiento se han multiplicado en los últimos años. En el terreno de la política interna, el chavismo en Venezuela descalificaba a sus oponentes utilizando diversos insultos. Hugo Chávez se dirigió a Henrique Capriles en 2012 llamándolo “mediocre”, “analfabeto sin ideas” o “majunche”, término utilizado para descalificar a alguien. En el terreno de la política internacional, Chávez acaparó los titulares de la prensa cuando, en 2006, en la Organización de las Naciones Unidas, dijo que “el diablo vino ayer”, en referencia a la presencia del presidente estadounidense George W. Bush en la Asamblea General un día antes. Más recientemente, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha recurrido con frecuencia al insulto en sus apariciones públicas. En el ámbito de la política interna, al expresidente Joseph R. Biden le puso el mote de “Joe el dormilón” y lo ha calificado de “incompetente”, “débil”, “corrupto” y “mentalmente incapacitado”. De igual forma, suele insultar públicamente, en ruedas de prensa o entrevistas, a periodistas, particularmente a mujeres. En el ámbito internacional, llamó al líder norcoreano Kim Jong-un “Little Rocket Man” (“pequeño hombre cohete”); calificó al exprimer ministro canadiense Justin Trudeau de “muy deshonesto y débil” y, sobre el mandatario francés Emmanuel Macron dijo que buscaba publicidad y que ni siquiera su esposa lo respetaba. En Latinoamérica, este fenómeno también se ha vuelto habitual. El presidente argentino Javier Milei ha recurrido a esta estrategia en varias ocasiones; entre otros episodios, llamó al exmandatario colombiano Gustavo Petro “comunista asesino” y “terrorista asesino”. Por su parte, Petro respondió comparando a Milei con Adolf Hitler. En julio de 2026, Milei también insultó al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, a quien llamó “corrupto” y “presidiario”, lo que provocó una respuesta de funcionarios brasileños. El insulto como fractura de la cordialidad diplomática El insulto político no es un fenómeno nuevo ni una simple expresión de enojo o descortesía. Desde la Antigüedad ha sido utilizado como una herramienta para desacreditar al adversario, cuestionar su legitimidad y disputar el poder. Pensadores clásicos como Marco Tulio Cicerón (106-43 a. e. c.), Quinto Tulio Cicerón (c. 102-43 a. e. c.) y Quintiliano (c. 35-c. 100 e. c.) reflexionaron sobre el uso del ataque personal con fines políticos y señalaron su capacidad para generar temor, erosionar la reputación del rival y presentarlo como una amenaza para el orden establecido. En los estudios contemporáneos sobre comunicación política, el insulto puede entenderse como una estrategia de deslegitimación. Por ejemplo, José Carlos Acebedo Restrepo (2013) señala que su propósito no consiste necesariamente en propiciar un debate racional, sino en colocar al adversario a la defensiva y arrebatarle la iniciativa política. Al mismo tiempo, contribuye a construir una oposición entre un “nosotros” y un “ellos”, reforzando la identidad de los propios seguidores mediante la polarización. Las redes sociales han otorgado nuevas dimensiones a este fenómeno y han transformado las formas de comunicación política. Mario Riorda y Patricia Nigro (2026) plantean que la economía de la atención favorece los mensajes estridentes, emocionales e incendiarios, pues tienen mayores posibilidades de captar la atención que los argumentos técnicos o moderados. Al apelar a las emociones antes que a la razón, el insulto cumple una doble función, como han señalado Andrés Fernando Orozco Macías y Pedro José Madrid Garcés (2024): permite expresar rechazo hacia un adversario y, al mismo tiempo, fortalecer la cohesión del grupo propio, transformando al contrincante de un competidor político en un “enemigo” al que debe enfrentarse. En el ámbito de la política internacional, estos planteamientos pueden complementarse con los aportes de Erving Goffman, Joseph S. Nye, Jr., Robert Jervis y Murray Edelman. En primer lugar, Goffman (1967) estudió el insulto como parte de una representación política mediante la cual los

​Cuando la descalificación trasciende la retórica y afecta las relaciones entre Estados  Luis Ochoa Bilbao Octubre 2026 Una colaboración del Centro de Enseñanza y Análisis sobre la Política Exterior de México (CESPEM) El insulto como estrategia de comunicación en la política internacional está creciendo de manera preocupante. El interés académico por el tema ha dado lugar a investigaciones relevantes que han demostrado cómo el insulto dejó de ser una expresión de incivilidad en las relaciones políticas dentro de las democracias liberales para convertirse en una herramienta de posicionamiento ante la competencia electoral, de definición ideológica y política, y con el claro objetivo de satisfacer a ciertas audiencias en redes sociales mediante la agresión verbal. Este fenómeno es recurrente entre adversarios políticos, pero ha trascendido al mundo de la política internacional. El insulto está comenzando a normalizarse entre algunos mandatarios de diferentes países, quienes no dudan en utilizarlo, resquebrajando las convenciones diplomáticas y la normalidad enmarcada en una moral social basada en el respeto. En efecto, son algunos presidentes y jefes de gobierno quienes, sin ninguna restricción, se atreven a insultar públicamente a otros mandatarios, en discursos, entrevistas y mensajes en sus redes sociales. El insulto por encima de la diplomacia Los protocolos diplomáticos de comunicación entre los mandatarios son, idealmente, el conjunto de normas, prácticas y canales tradicionales o formales que regulan la manera en que los jefes de Estado o de gobierno se comunican entre sí. Su propósito es preservar el respeto institucional, la claridad y la estabilidad de las relaciones bilaterales, enmarcadas en la cordialidad. Tradicionalmente, los asuntos sensibles o complicados se transmiten mediante las cancillerías y embajadas, mediante notas diplomáticas, comunicados oficiales, llamadas telefónicas previamente coordinadas y reuniones o encuentros formales. En todos los casos, se procura utilizar un lenguaje cuidadoso, formal, objetivo y constructivo que evite expresiones ofensivas o ambiguas. Estos protocolos no son ajenos a la crítica ni a la posibilidad de expresar desacuerdos entre gobiernos, pero se pretende que las diferencias no se conviertan, necesariamente, en confrontaciones personales. Sin embargo, lo que se aprecia en los últimos años es que, de manera pública y mediante comunicados en redes sociales o entrevistas, algunos mandatarios han roto drásticamente con esos protocolos de civilidad diplomática. Y lo han hecho de manera recurrente, lo que puede interpretarse como una estrategia deliberada. Los ejemplos de este comportamiento se han multiplicado en los últimos años. En el terreno de la política interna, el chavismo en Venezuela descalificaba a sus oponentes utilizando diversos insultos. Hugo Chávez se dirigió a Henrique Capriles en 2012 llamándolo “mediocre”, “analfabeto sin ideas” o “majunche”, término utilizado para descalificar a alguien. En el terreno de la política internacional, Chávez acaparó los titulares de la prensa cuando, en 2006, en la Organización de las Naciones Unidas, dijo que “el diablo vino ayer”, en referencia a la presencia del presidente estadounidense George W. Bush en la Asamblea General un día antes. Más recientemente, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha recurrido con frecuencia al insulto en sus apariciones públicas. En el ámbito de la política interna, al expresidente Joseph R. Biden le puso el mote de “Joe el dormilón” y lo ha calificado de “incompetente”, “débil”, “corrupto” y “mentalmente incapacitado”. De igual forma, suele insultar públicamente, en ruedas de prensa o entrevistas, a periodistas, particularmente a mujeres. En el ámbito internacional, llamó al líder norcoreano Kim Jong-un “Little Rocket Man” (“pequeño hombre cohete”); calificó al exprimer ministro canadiense Justin Trudeau de “muy deshonesto y débil” y, sobre el mandatario francés Emmanuel Macron dijo que buscaba publicidad y que ni siquiera su esposa lo respetaba. En Latinoamérica, este fenómeno también se ha vuelto habitual. El presidente argentino Javier Milei ha recurrido a esta estrategia en varias ocasiones; entre otros episodios, llamó al exmandatario colombiano Gustavo Petro “comunista asesino” y “terrorista asesino”. Por su parte, Petro respondió comparando a Milei con Adolf Hitler. En julio de 2026, Milei también insultó al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, a quien llamó “corrupto” y “presidiario”, lo que provocó una respuesta de funcionarios brasileños. El insulto como fractura de la cordialidad diplomática El insulto político no es un fenómeno nuevo ni una simple expresión de enojo o descortesía. Desde la Antigüedad ha sido utilizado como una herramienta para desacreditar al adversario, cuestionar su legitimidad y disputar el poder. Pensadores clásicos como Marco Tulio Cicerón (106-43 a. e. c.), Quinto Tulio Cicerón (c. 102-43 a. e. c.) y Quintiliano (c. 35-c. 100 e. c.) reflexionaron sobre el uso del ataque personal con fines políticos y señalaron su capacidad para generar temor, erosionar la reputación del rival y presentarlo como una amenaza para el orden establecido. En los estudios contemporáneos sobre comunicación política, el insulto puede entenderse como una estrategia de deslegitimación. Por ejemplo, José Carlos Acebedo Restrepo (2013) señala que su propósito no consiste necesariamente en propiciar un debate racional, sino en colocar al adversario a la defensiva y arrebatarle la iniciativa política. Al mismo tiempo, contribuye a construir una oposición entre un “nosotros” y un “ellos”, reforzando la identidad de los propios seguidores mediante la polarización. Las redes sociales han otorgado nuevas dimensiones a este fenómeno y han transformado las formas de comunicación política. Mario Riorda y Patricia Nigro (2026) plantean que la economía de la atención favorece los mensajes estridentes, emocionales e incendiarios, pues tienen mayores posibilidades de captar la atención que los argumentos técnicos o moderados. Al apelar a las emociones antes que a la razón, el insulto cumple una doble función, como han señalado Andrés Fernando Orozco Macías y Pedro José Madrid Garcés (2024): permite expresar rechazo hacia un adversario y, al mismo tiempo, fortalecer la cohesión del grupo propio, transformando al contrincante de un competidor político en un “enemigo” al que debe enfrentarse. En el ámbito de la política internacional, estos planteamientos pueden complementarse con los aportes de Erving Goffman, Joseph S. Nye, Jr., Robert Jervis y Murray Edelman. En primer lugar, Goffman (1967) estudió el insulto como parte de una representación política mediante la cual los Read More