Cómo una doctrina económica derivó en una nueva lógica de poder en Latinoamérica T. Nelson Thompson Agosto 2026 El neoliberalismo, la ideología económica dominante de nuestra época, suele pasar desapercibido y asumirse, casi por defecto, como el estado natural de la economía. Sin embargo, más que un programa sustentado en la teoría económica, el neoliberalismo es una agenda política. El neoliberalismo como proyecto político Resulta instructivo comenzar por la propia palabra “neoliberalismo”: “neo” (nuevo) y “liberalismo” (libertad). La libertad suele evocar una connotación positiva y, por ello, la idea de “liberalizar la economía” resulta, en principio, atractiva. Sin embargo, conviene entender que la agenda del liberalismo económico amplía la libertad de algunos, pero no necesariamente la de todos. Como señala el viejo aforismo: “La libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte para las ovejas”. Los principios fundamentales del neoliberalismo pueden entenderse como un conjunto de objetivos complementarios e interrelacionados. En esta visión, el control de la inflación constituye la principal prioridad de la política económica, y la austeridad —entendida como una menor intervención del Estado y la reducción del gasto público, especialmente en materia de protección social— se considera el mejor instrumento para alcanzarla. Asimismo, las economías nacionales deben desregularse bajo la premisa de que los mercados asignan recursos con mayor eficiencia que los gobiernos o la burocracia. Desde esta perspectiva, las empresas públicas deben privatizarse y los programas de bienestar reducirse o desaparecer. Del mismo modo, el tamaño y las funciones del Estado deben limitarse de manera significativa, tanto para restringir su capacidad de intervención como para ampliar el margen de acción de las empresas y de los grandes patrimonios. Los impuestos, por su parte, deben mantenerse en el nivel más bajo posible; si el tamaño del Estado no puede reducirse, al menos debe limitarse su capacidad de actuación mediante la restricción de sus recursos. Finalmente, los derechos de propiedad adquieren primacía sobre otros derechos, mientras que problemas como la discriminación racial, religiosa o de género, así como las desigualdades asociadas a ellas, se consideran cuestiones que los mercados están mejor preparados para corregir que los gobiernos. Los fundamentos filosóficos del neoliberalismo suelen remontarse a Adam Smith y a la metáfora de la “mano invisible”, que describe cómo los mercados libres generan incentivos para que las personas, al perseguir su propio interés, contribuyan también al bienestar general. Sin embargo, Smith desconfiaba del poder excesivo del mercado, ya proviniera de grandes empresas, instituciones comerciales, bancos o cualquier forma de monopolio. De hecho, Smith era, ante todo, un filósofo moral que consideraba que el buen funcionamiento de los mercados dependía de la confianza, la justicia y la reciprocidad. La riqueza de las naciones (1776) no puede entenderse al margen de La teoría de los sentimientos morales (1759), obra en la que sostenía que la desigualdad extrema debía contenerse. Como escribió: “Además, no es más que justicia que quienes alimentan, visten y alojan a todo el pueblo tengan una parte del producto de su propio trabajo para poder alimentarse, vestirse y alojarse ellos mismos de forma razonablemente digna”. Resulta significativo que, cuando diversas fundaciones y centros de estudios neoliberales de Estados Unidos y el Reino Unido financiaron nuevas ediciones de La riqueza de las naciones, seleccionaran únicamente determinados pasajes y omitieran otros, ofreciendo así una interpretación parcial que desvirtuaba el sentido general de la obra. Llevando la metáfora de Smith mucho más allá de su intención original, los economistas del siglo XX, Paul Samuelson y Milton Friedman, siguiendo la estela de Friedrich Hayek y de su mentor, Ludwig von Mises, popularizaron la idea de la “mano invisible” como una conclusión mucho más amplia y abstracta: que los mercados plenamente libres constituyen sistemas autorregulados que tienden de manera espontánea a producir resultados económicamente óptimos y que, por tanto, no pueden mejorarse mediante la intervención del Estado. Esta visión continúa enseñándose en universidades de todo el mundo. Su capacidad de persuasión se ha visto reforzada por elegantes modelos matemáticos que prometen ofrecer certezas en un mundo complejo e incierto. Sin embargo, esta concepción abstracta del mercado oculta las relaciones de poder que operan en su interior. El “mercado” termina convirtiéndose en un eufemismo del poder del dinero. Si es el mercado quien decide, en realidad deciden quienes concentran mayores recursos económicos. En ese escenario, el poder político queda subordinado al poder económico y la democracia corre el riesgo de ser desplazada por la plutocracia. La expansión mundial del modelo Así, por el lado de la oferta, las personas quedan reducidas a mano de obra, mientras que el resto de los factores de producción se agrupan bajo la categoría de capital. La combinación de ambos produce el producto. Por el lado de la demanda, lo que se produce resulta irrelevante siempre que satisfaga la demanda y conduzca al supuesto equilibrio óptimo —el llamado óptimo de Pareto— que maximiza los beneficios. Bajo esta lógica, se asume que el consumo no distingue entre necesidades y deseos, y que el crecimiento económico y la acumulación generan beneficios de manera automática. Todo ello configura una visión casi mágica y, en última instancia, ilusoria. De ser cierta, por ejemplo, nunca habríamos enfrentado la crisis climática derivada del uso masivo de combustibles fósiles. El Sur global, y Latinoamérica en particular, desempeñó un papel central en la consolidación de los principios neoliberales. En la práctica, el dogma neoliberal sirvió para legitimar el orden económico heredado de los antiguos imperios y, desde la década de 1960, contribuyó a debilitar un movimiento mundial en favor de la justicia y la igualdad impulsado por los pueblos que habían sido colonizados y marginados. Las cañoneras, las administraciones coloniales y el discurso de la “misión civilizadora” dieron paso a nuevas formas de dominación. En su lugar, los préstamos para el desarrollo, los mercados de deuda soberana y las empresas transnacionales pasaron a encarnar los principales instrumentos de poder en las relaciones internacionales. Que el neoliberalismo ha entrado en crisis resulta hoy indudable. El estancamiento de los salarios, la creciente inseguridad económica, la reducción
Cómo una doctrina económica derivó en una nueva lógica de poder en Latinoamérica T. Nelson Thompson Agosto 2026 El neoliberalismo, la ideología económica dominante de nuestra época, suele pasar desapercibido y asumirse, casi por defecto, como el estado natural de la economía. Sin embargo, más que un programa sustentado en la teoría económica, el neoliberalismo es una agenda política. El neoliberalismo como proyecto político Resulta instructivo comenzar por la propia palabra “neoliberalismo”: “neo” (nuevo) y “liberalismo” (libertad). La libertad suele evocar una connotación positiva y, por ello, la idea de “liberalizar la economía” resulta, en principio, atractiva. Sin embargo, conviene entender que la agenda del liberalismo económico amplía la libertad de algunos, pero no necesariamente la de todos. Como señala el viejo aforismo: “La libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte para las ovejas”. Los principios fundamentales del neoliberalismo pueden entenderse como un conjunto de objetivos complementarios e interrelacionados. En esta visión, el control de la inflación constituye la principal prioridad de la política económica, y la austeridad —entendida como una menor intervención del Estado y la reducción del gasto público, especialmente en materia de protección social— se considera el mejor instrumento para alcanzarla. Asimismo, las economías nacionales deben desregularse bajo la premisa de que los mercados asignan recursos con mayor eficiencia que los gobiernos o la burocracia. Desde esta perspectiva, las empresas públicas deben privatizarse y los programas de bienestar reducirse o desaparecer. Del mismo modo, el tamaño y las funciones del Estado deben limitarse de manera significativa, tanto para restringir su capacidad de intervención como para ampliar el margen de acción de las empresas y de los grandes patrimonios. Los impuestos, por su parte, deben mantenerse en el nivel más bajo posible; si el tamaño del Estado no puede reducirse, al menos debe limitarse su capacidad de actuación mediante la restricción de sus recursos. Finalmente, los derechos de propiedad adquieren primacía sobre otros derechos, mientras que problemas como la discriminación racial, religiosa o de género, así como las desigualdades asociadas a ellas, se consideran cuestiones que los mercados están mejor preparados para corregir que los gobiernos. Los fundamentos filosóficos del neoliberalismo suelen remontarse a Adam Smith y a la metáfora de la “mano invisible”, que describe cómo los mercados libres generan incentivos para que las personas, al perseguir su propio interés, contribuyan también al bienestar general. Sin embargo, Smith desconfiaba del poder excesivo del mercado, ya proviniera de grandes empresas, instituciones comerciales, bancos o cualquier forma de monopolio. De hecho, Smith era, ante todo, un filósofo moral que consideraba que el buen funcionamiento de los mercados dependía de la confianza, la justicia y la reciprocidad. La riqueza de las naciones (1776) no puede entenderse al margen de La teoría de los sentimientos morales (1759), obra en la que sostenía que la desigualdad extrema debía contenerse. Como escribió: “Además, no es más que justicia que quienes alimentan, visten y alojan a todo el pueblo tengan una parte del producto de su propio trabajo para poder alimentarse, vestirse y alojarse ellos mismos de forma razonablemente digna”. Resulta significativo que, cuando diversas fundaciones y centros de estudios neoliberales de Estados Unidos y el Reino Unido financiaron nuevas ediciones de La riqueza de las naciones, seleccionaran únicamente determinados pasajes y omitieran otros, ofreciendo así una interpretación parcial que desvirtuaba el sentido general de la obra. Llevando la metáfora de Smith mucho más allá de su intención original, los economistas del siglo XX, Paul Samuelson y Milton Friedman, siguiendo la estela de Friedrich Hayek y de su mentor, Ludwig von Mises, popularizaron la idea de la “mano invisible” como una conclusión mucho más amplia y abstracta: que los mercados plenamente libres constituyen sistemas autorregulados que tienden de manera espontánea a producir resultados económicamente óptimos y que, por tanto, no pueden mejorarse mediante la intervención del Estado. Esta visión continúa enseñándose en universidades de todo el mundo. Su capacidad de persuasión se ha visto reforzada por elegantes modelos matemáticos que prometen ofrecer certezas en un mundo complejo e incierto. Sin embargo, esta concepción abstracta del mercado oculta las relaciones de poder que operan en su interior. El “mercado” termina convirtiéndose en un eufemismo del poder del dinero. Si es el mercado quien decide, en realidad deciden quienes concentran mayores recursos económicos. En ese escenario, el poder político queda subordinado al poder económico y la democracia corre el riesgo de ser desplazada por la plutocracia. La expansión mundial del modelo Así, por el lado de la oferta, las personas quedan reducidas a mano de obra, mientras que el resto de los factores de producción se agrupan bajo la categoría de capital. La combinación de ambos produce el producto. Por el lado de la demanda, lo que se produce resulta irrelevante siempre que satisfaga la demanda y conduzca al supuesto equilibrio óptimo —el llamado óptimo de Pareto— que maximiza los beneficios. Bajo esta lógica, se asume que el consumo no distingue entre necesidades y deseos, y que el crecimiento económico y la acumulación generan beneficios de manera automática. Todo ello configura una visión casi mágica y, en última instancia, ilusoria. De ser cierta, por ejemplo, nunca habríamos enfrentado la crisis climática derivada del uso masivo de combustibles fósiles. El Sur global, y Latinoamérica en particular, desempeñó un papel central en la consolidación de los principios neoliberales. En la práctica, el dogma neoliberal sirvió para legitimar el orden económico heredado de los antiguos imperios y, desde la década de 1960, contribuyó a debilitar un movimiento mundial en favor de la justicia y la igualdad impulsado por los pueblos que habían sido colonizados y marginados. Las cañoneras, las administraciones coloniales y el discurso de la “misión civilizadora” dieron paso a nuevas formas de dominación. En su lugar, los préstamos para el desarrollo, los mercados de deuda soberana y las empresas transnacionales pasaron a encarnar los principales instrumentos de poder en las relaciones internacionales. Que el neoliberalismo ha entrado en crisis resulta hoy indudable. El estancamiento de los salarios, la creciente inseguridad económica, la reducción Read More
