Estados Unidos e Irán: ¿hacia la tolerancia mutua?

David Hernández López Abril 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques En el escenario actual del conflicto en el Medio Oriente, el enfrentamiento entre la coalición encabezada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán se encuentra estancado, sin que ninguna de las partes haya logrado consolidar una ventaja militar decisiva. El alto costo humanitario —con aproximadamente 3000 víctimas, concentradas principalmente en Irán y Líbano—, la volatilidad de los precios internacionales del petróleo y de otros recursos estratégicos, así como el creciente desgaste diplomático de Washington con sus aliados tradicionales, que han evitado respaldar la incursión militar, reflejan el agotamiento de la confrontación bélica directa. La viabilidad política de la campaña está, además, condicionada por la promesa del presidente Donald Trump de priorizar el fin de las “guerras interminables”, coherente con la oposición del movimiento MAGA (“Make America Great Again”) a la intervención militar en el exterior. Según AP-NORC, 60% de la población adulta estadounidense considera que la acción militar contra Irán “ha ido demasiado lejos”. Ante la ausencia de éxitos militares decisivos, podría abrirse paso una etapa de tolerancia mutua. En este contexto, ambos países trazarían líneas claras para mantener una coexistencia libre de conflicto armado, sin resolver sus diferencias estructurales. Esta posición no busca normalización diplomática ni una alianza estratégica, sino una coexistencia pragmática en la que cada Estado deje de percibir al otro como una amenaza inmediata. Para que dicho equilibrio sea sostenible, es necesario abordar —o, en el mejor de los casos, resolver— una serie de asuntos que permitan transformar la tensión y el conflicto en una tolerancia tácitamente acordada. A continuación, se presentan algunos de estos temas. De la ideología hacia el pragmatismo En Irán, el éxito de una política de tolerancia hacia Estados Unidos no depende únicamente de la orientación ideológica del ejecutivo —conservador o reformista—, sino del consenso capaz de alinear a las distintas facciones bajo un objetivo central: la supervivencia del Estado. La historia reciente demuestra que la sola presencia de líderes abiertos al diálogo, como el presidente Hassan Rouhani (2013-2021) o el actual mandatario Masoud Pezeshkian, no garantiza estabilidad en la relación. Aunque en 2015 Rouhani logró el histórico Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el retiro unilateral estadounidense en 2018, durante el primer mandato de Trump, reforzó la narrativa de los sectores conservadores que consideran a Estados Unidos un socio poco confiable. Para que la tolerancia mutua sea una opción viable, los diversos actores del poder en Irán deben percibir que el pragmatismo político ofrece mayor estabilidad que la confrontación. Esto implica, necesariamente, logros económicos que impacten de manera directa en el bienestar de la población y reduzcan el descontento social. Así, la legitimidad interna del sistema aumentaría en la medida en que las autoridades proporcionen servicios básicos y oportunidades laborales a una población joven y altamente educada, relegando los discursos confrontativos del sector conservador frente a los beneficios de la apertura. No obstante, alcanzar esta estabilidad económica requiere, como condición previa, el levantamiento de las sanciones estadounidenses y el fin de la política de “máxima presión”. La experiencia de 2015 lo evidencia: tras la implementación del JCPOA, Irán registró un crecimiento de 8.8 % entre 2015 y 2016, según el Banco Mundial. La salida unilateral de Estados Unidos en 2018 y la reimposición inmediata de sanciones truncaron este proceso, impidiendo que el éxito económico se tradujera en bienestar social. En consecuencia, una economía libre de sanciones podría convertirse en un incentivo clave para que el sector más conservador mantenga un compromiso pragmático con la coexistencia, aunque de carácter retórico y defensivo, sin recurrir a la violencia armada. Sobre la garantía de no repetición de ataques En Estados Unidos, la política exterior es principalmente prerrogativa del ejecutivo; por ello, sus decisiones suelen ser reversibles con cada cambio de gobierno. La garantía de no repetición de ataques y la no reimposición de sanciones, exigidas persistentemente por Irán, chocan con la realidad legal estadounidense. Como señaló el presidente Joseph R. Biden, el titular del ejecutivo carece de autoridad para imponer “candados” legales a sus sucesores, limitación evidenciada por la salida estadounidense del Acuerdo de París sobre cambio climático y del JCPOA. Esta dinámica explica la desconfianza de Irán hacia cualquier acuerdo. Ante este panorama, para institucionalizar una garantía de no agresión se requiere un consenso político que trascienda la voluntad del ejecutivo del momento, generando la percepción de que Irán ya no constituye una amenaza existencial. Este escenario parece factible: el presidente Trump ha afirmado recientemente que la infraestructura militar iraní está prácticamente neutralizada, una narrativa que es probable que el Partido Republicano adoptará como un logro de su política militar. Por su parte, un gobierno demócrata buscaría distanciarse de la beligerancia de Trump, reduciendo así el riesgo de nuevas confrontaciones. El agotamiento de la vía armada y las presiones internacionales para detener el conflicto exigen transitar hacia una etapa de mutua tolerancia, en la que las agresiones dejen de ser una opción. La urgencia económica del régimen iraní funciona como un factor de moderación. Un ataque unilateral pondría en riesgo su propia supervivencia y la legitimidad interna del gobierno. Aunque China y Rusia han ofrecido respaldo económico mediante la compra de crudo, estas transacciones no reemplazan los beneficios potenciales de la integración de Irán al sistema financiero internacional, como el acceso a la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT). Así, la percepción de que Irán ya no representa una amenaza para Estados Unidos, sumada al incentivo económico que implicaría el levantamiento de sanciones, constituye una condición necesaria para favorecer una interacción menos violenta entre ambos países. Misiles balísticos y alianzas regionales Para que una tolerancia mutua sea viable, es indispensable abordar la gestión de las capacidades militares de Irán. Desde la perspectiva iraní, tanto su programa de misiles balísticos como su red de aliados regionales —el denominado eje de la resistencia— constituyen pilares de su política de defensa. Sin embargo, este arsenal plantea una paradoja estratégica: aunque operativos, no lograron disuadir una ofensiva

​David Hernández López Abril 2026 Una colaboración del Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques En el escenario actual del conflicto en el Medio Oriente, el enfrentamiento entre la coalición encabezada por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán se encuentra estancado, sin que ninguna de las partes haya logrado consolidar una ventaja militar decisiva. El alto costo humanitario —con aproximadamente 3000 víctimas, concentradas principalmente en Irán y Líbano—, la volatilidad de los precios internacionales del petróleo y de otros recursos estratégicos, así como el creciente desgaste diplomático de Washington con sus aliados tradicionales, que han evitado respaldar la incursión militar, reflejan el agotamiento de la confrontación bélica directa. La viabilidad política de la campaña está, además, condicionada por la promesa del presidente Donald Trump de priorizar el fin de las “guerras interminables”, coherente con la oposición del movimiento MAGA (“Make America Great Again”) a la intervención militar en el exterior. Según AP-NORC, 60% de la población adulta estadounidense considera que la acción militar contra Irán “ha ido demasiado lejos”. Ante la ausencia de éxitos militares decisivos, podría abrirse paso una etapa de tolerancia mutua. En este contexto, ambos países trazarían líneas claras para mantener una coexistencia libre de conflicto armado, sin resolver sus diferencias estructurales. Esta posición no busca normalización diplomática ni una alianza estratégica, sino una coexistencia pragmática en la que cada Estado deje de percibir al otro como una amenaza inmediata. Para que dicho equilibrio sea sostenible, es necesario abordar —o, en el mejor de los casos, resolver— una serie de asuntos que permitan transformar la tensión y el conflicto en una tolerancia tácitamente acordada. A continuación, se presentan algunos de estos temas. De la ideología hacia el pragmatismo En Irán, el éxito de una política de tolerancia hacia Estados Unidos no depende únicamente de la orientación ideológica del ejecutivo —conservador o reformista—, sino del consenso capaz de alinear a las distintas facciones bajo un objetivo central: la supervivencia del Estado. La historia reciente demuestra que la sola presencia de líderes abiertos al diálogo, como el presidente Hassan Rouhani (2013-2021) o el actual mandatario Masoud Pezeshkian, no garantiza estabilidad en la relación. Aunque en 2015 Rouhani logró el histórico Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), el retiro unilateral estadounidense en 2018, durante el primer mandato de Trump, reforzó la narrativa de los sectores conservadores que consideran a Estados Unidos un socio poco confiable. Para que la tolerancia mutua sea una opción viable, los diversos actores del poder en Irán deben percibir que el pragmatismo político ofrece mayor estabilidad que la confrontación. Esto implica, necesariamente, logros económicos que impacten de manera directa en el bienestar de la población y reduzcan el descontento social. Así, la legitimidad interna del sistema aumentaría en la medida en que las autoridades proporcionen servicios básicos y oportunidades laborales a una población joven y altamente educada, relegando los discursos confrontativos del sector conservador frente a los beneficios de la apertura. No obstante, alcanzar esta estabilidad económica requiere, como condición previa, el levantamiento de las sanciones estadounidenses y el fin de la política de “máxima presión”. La experiencia de 2015 lo evidencia: tras la implementación del JCPOA, Irán registró un crecimiento de 8.8 % entre 2015 y 2016, según el Banco Mundial. La salida unilateral de Estados Unidos en 2018 y la reimposición inmediata de sanciones truncaron este proceso, impidiendo que el éxito económico se tradujera en bienestar social. En consecuencia, una economía libre de sanciones podría convertirse en un incentivo clave para que el sector más conservador mantenga un compromiso pragmático con la coexistencia, aunque de carácter retórico y defensivo, sin recurrir a la violencia armada. Sobre la garantía de no repetición de ataques En Estados Unidos, la política exterior es principalmente prerrogativa del ejecutivo; por ello, sus decisiones suelen ser reversibles con cada cambio de gobierno. La garantía de no repetición de ataques y la no reimposición de sanciones, exigidas persistentemente por Irán, chocan con la realidad legal estadounidense. Como señaló el presidente Joseph R. Biden, el titular del ejecutivo carece de autoridad para imponer “candados” legales a sus sucesores, limitación evidenciada por la salida estadounidense del Acuerdo de París sobre cambio climático y del JCPOA. Esta dinámica explica la desconfianza de Irán hacia cualquier acuerdo. Ante este panorama, para institucionalizar una garantía de no agresión se requiere un consenso político que trascienda la voluntad del ejecutivo del momento, generando la percepción de que Irán ya no constituye una amenaza existencial. Este escenario parece factible: el presidente Trump ha afirmado recientemente que la infraestructura militar iraní está prácticamente neutralizada, una narrativa que es probable que el Partido Republicano adoptará como un logro de su política militar. Por su parte, un gobierno demócrata buscaría distanciarse de la beligerancia de Trump, reduciendo así el riesgo de nuevas confrontaciones. El agotamiento de la vía armada y las presiones internacionales para detener el conflicto exigen transitar hacia una etapa de mutua tolerancia, en la que las agresiones dejen de ser una opción. La urgencia económica del régimen iraní funciona como un factor de moderación. Un ataque unilateral pondría en riesgo su propia supervivencia y la legitimidad interna del gobierno. Aunque China y Rusia han ofrecido respaldo económico mediante la compra de crudo, estas transacciones no reemplazan los beneficios potenciales de la integración de Irán al sistema financiero internacional, como el acceso a la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT). Así, la percepción de que Irán ya no representa una amenaza para Estados Unidos, sumada al incentivo económico que implicaría el levantamiento de sanciones, constituye una condición necesaria para favorecer una interacción menos violenta entre ambos países. Misiles balísticos y alianzas regionales Para que una tolerancia mutua sea viable, es indispensable abordar la gestión de las capacidades militares de Irán. Desde la perspectiva iraní, tanto su programa de misiles balísticos como su red de aliados regionales —el denominado eje de la resistencia— constituyen pilares de su política de defensa. Sin embargo, este arsenal plantea una paradoja estratégica: aunque operativos, no lograron disuadir una ofensiva Read More

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