¿La era de los fines?

Más que diagnosticar la crisis, el reto consiste en imaginar nuevos horizontes de cooperación  Ana Valeria Becerril Pino Agosto 2026 Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi El lenguaje con el que una época describe el futuro no constituye únicamente un diagnóstico o una forma de narrar la realidad; también delimita aquello que sus sociedades consideran posible. Quizá por eso resulta tan revelador el predominio de una palabra en la conversación política contemporánea: el fin. Se habla del fin de la globalización, el fin del Derecho Internacional, el fin del multilateralismo, y del fin de una era. Estas afirmaciones no surgen de análisis infundados; por el contrario, reflejan transformaciones profundas del sistema internacional. La creciente dificultad para alcanzar acuerdos, el cuestionamiento de los mecanismos multilaterales ante una parálisis cada vez más evidente y las críticas a una arquitectura internacional que muchos consideran desactualizada son manifestaciones de un escenario en rápida transformación. Resulta imposible ignorar la magnitud de estas fracturas. El Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, lo expresó con claridad en su discurso ante el Foro Económico Mundial en Davos: “Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como herramienta de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben explotarse”. En otras palabras, mientras los desafíos internacionales adquieren una escala cada vez mayor, los instrumentos diseñados para afrontarlos parecen responder crecientemente a lógicas de competencia y de interés nacional. El lenguaje de la decadencia termina alimentando una política de la resignación. Del mismo modo, la persistencia de disputas geopolíticas, la lentitud de los mecanismos para resolver por la vía pacífica conflictos prolongados y la dificultad para alcanzar soluciones sostenibles han reforzado la percepción de un sistema internacional con capacidades cada vez más limitadas para responder con la rapidez y eficacia que exigen las crisis contemporáneas. A ello se suma la actitud desafiante de algunos actores frente al propio orden internacional, expresada tanto en el cuestionamiento abierto de normas e instituciones existentes como en la promoción de nuevas formas de organización sustentadas en relaciones más competitivas y hostiles. Sin embargo, hay una dimensión menos explorada de este debate: ¿qué hace una generación cuando hereda un mundo repleto de diagnósticos, pero con cada vez menos proyectos y horizontes compartidos capaces de orientar el futuro? La paradoja es difícil de ignorar. Nunca antes había existido una sociedad con tanto acceso a información y con tantas herramientas para comprender el funcionamiento del sistema internacional. Sin embargo, esa misma capacidad para identificar sus límites plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando entender las restricciones de una época comienza a resultar más natural que imaginar las posibilidades de transformarla? Más aún, ¿qué sucede cuando esas restricciones dejan de percibirse como excepcionales y terminan por asumirse como la nueva normalidad? Del diagnóstico del declive a la pérdida de horizonte Quienes se interesan por la política mundial saben que las crisis no constituyen una anomalía del sistema internacional. Por el contrario, han sido una constante a lo largo de su evolución. Tampoco es nuevo que, a 80 años de su creación, continúe el debate sobre la necesidad de reformar el orden internacional. De hecho, las instituciones multilaterales han sido objeto de cuestionamientos prácticamente desde su nacimiento, en buena medida porque fueron concebidas en un contexto histórico específico y han debido enfrentar transformaciones profundas y permanentes en la distribución del poder. Algunas han demostrado una notable capacidad de adaptación, pero, desafortunadamente, constituyen la excepción más que la regla. Por ello, las palabras con las que describimos el futuro no son neutrales. El lenguaje amplía o restringe el horizonte de lo que consideramos política e históricamente posible. Afirmar que algo ha llegado a su fin no solo implica constatar un hecho; también puede clausurar, casi de manera imperceptible, la posibilidad de imaginar qué podría surgir después. La propia historia demuestra que los órdenes políticos que hoy parecen inevitables —como el sistema de la Organización de las Naciones Unidas, la globalización o el comercio mundial— fueron, en su momento, ideas inciertas: proyectos sin garantías de éxito impulsados por actores que se negaron a aceptar que el presente era el único futuro posible. Imaginar el futuro también es una responsabilidad política Por ello, quizá una de las responsabilidades más importantes de quienes nos dedicamos, de una u otra forma, al estudio de las Relaciones Internacionales no consista únicamente en comprender por qué el mundo funciona como lo hace, sino también en preguntarnos bajo qué condiciones podría funcionar de otra manera. Ello implica preservar aquello que hace posible la cooperación, fortalecer la confianza en las respuestas colectivas y mantener abierta la capacidad de imaginar instituciones capaces de enfrentar desafíos compartidos. Después de todo, muchos de los problemas mundiales parecen ajenos hasta que terminan alcanzándonos. En ese sentido, el mayor riesgo de una época obsesionada con los finales no es el pesimismo, sino la pérdida de horizonte. Cuando una generación comienza a asumir que el orden internacional solo puede administrarse, y no transformarse, deja de preguntarse qué instituciones, acuerdos o proyectos de cooperación podrían surgir en el futuro. Esa renuncia silenciosa puede resultar más profunda que la crisis de cualquier organización internacional, porque limita la capacidad de imaginar alternativas antes incluso de intentar construirlas. El lenguaje de la decadencia termina alimentando una política de la resignación. Después de todo, las instituciones pueden reformarse y los órdenes internacionales evolucionan. Lo verdaderamente difícil es recuperar una generación que ha dejado de creer que todavía puede influir en la construcción del mundo que heredará la siguiente. Porque, antes de que existan nuevos órdenes internacionales, nuevas instituciones o nuevas formas de cooperación, siempre hay una decisión previa: negarse a aceptar que el presente constituye la única versión posible del futuro. ANA VALERIA BECERRIL PINO es licenciada en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (PJ Comexi). Fue Delegada Juvenil de México ante la 80

​Más que diagnosticar la crisis, el reto consiste en imaginar nuevos horizontes de cooperación  Ana Valeria Becerril Pino Agosto 2026 Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi El lenguaje con el que una época describe el futuro no constituye únicamente un diagnóstico o una forma de narrar la realidad; también delimita aquello que sus sociedades consideran posible. Quizá por eso resulta tan revelador el predominio de una palabra en la conversación política contemporánea: el fin. Se habla del fin de la globalización, el fin del Derecho Internacional, el fin del multilateralismo, y del fin de una era. Estas afirmaciones no surgen de análisis infundados; por el contrario, reflejan transformaciones profundas del sistema internacional. La creciente dificultad para alcanzar acuerdos, el cuestionamiento de los mecanismos multilaterales ante una parálisis cada vez más evidente y las críticas a una arquitectura internacional que muchos consideran desactualizada son manifestaciones de un escenario en rápida transformación. Resulta imposible ignorar la magnitud de estas fracturas. El Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, lo expresó con claridad en su discurso ante el Foro Económico Mundial en Davos: “Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como herramienta de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben explotarse”. En otras palabras, mientras los desafíos internacionales adquieren una escala cada vez mayor, los instrumentos diseñados para afrontarlos parecen responder crecientemente a lógicas de competencia y de interés nacional. El lenguaje de la decadencia termina alimentando una política de la resignación. Del mismo modo, la persistencia de disputas geopolíticas, la lentitud de los mecanismos para resolver por la vía pacífica conflictos prolongados y la dificultad para alcanzar soluciones sostenibles han reforzado la percepción de un sistema internacional con capacidades cada vez más limitadas para responder con la rapidez y eficacia que exigen las crisis contemporáneas. A ello se suma la actitud desafiante de algunos actores frente al propio orden internacional, expresada tanto en el cuestionamiento abierto de normas e instituciones existentes como en la promoción de nuevas formas de organización sustentadas en relaciones más competitivas y hostiles. Sin embargo, hay una dimensión menos explorada de este debate: ¿qué hace una generación cuando hereda un mundo repleto de diagnósticos, pero con cada vez menos proyectos y horizontes compartidos capaces de orientar el futuro? La paradoja es difícil de ignorar. Nunca antes había existido una sociedad con tanto acceso a información y con tantas herramientas para comprender el funcionamiento del sistema internacional. Sin embargo, esa misma capacidad para identificar sus límites plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando entender las restricciones de una época comienza a resultar más natural que imaginar las posibilidades de transformarla? Más aún, ¿qué sucede cuando esas restricciones dejan de percibirse como excepcionales y terminan por asumirse como la nueva normalidad? Del diagnóstico del declive a la pérdida de horizonte Quienes se interesan por la política mundial saben que las crisis no constituyen una anomalía del sistema internacional. Por el contrario, han sido una constante a lo largo de su evolución. Tampoco es nuevo que, a 80 años de su creación, continúe el debate sobre la necesidad de reformar el orden internacional. De hecho, las instituciones multilaterales han sido objeto de cuestionamientos prácticamente desde su nacimiento, en buena medida porque fueron concebidas en un contexto histórico específico y han debido enfrentar transformaciones profundas y permanentes en la distribución del poder. Algunas han demostrado una notable capacidad de adaptación, pero, desafortunadamente, constituyen la excepción más que la regla. Por ello, las palabras con las que describimos el futuro no son neutrales. El lenguaje amplía o restringe el horizonte de lo que consideramos política e históricamente posible. Afirmar que algo ha llegado a su fin no solo implica constatar un hecho; también puede clausurar, casi de manera imperceptible, la posibilidad de imaginar qué podría surgir después. La propia historia demuestra que los órdenes políticos que hoy parecen inevitables —como el sistema de la Organización de las Naciones Unidas, la globalización o el comercio mundial— fueron, en su momento, ideas inciertas: proyectos sin garantías de éxito impulsados por actores que se negaron a aceptar que el presente era el único futuro posible. Imaginar el futuro también es una responsabilidad política Por ello, quizá una de las responsabilidades más importantes de quienes nos dedicamos, de una u otra forma, al estudio de las Relaciones Internacionales no consista únicamente en comprender por qué el mundo funciona como lo hace, sino también en preguntarnos bajo qué condiciones podría funcionar de otra manera. Ello implica preservar aquello que hace posible la cooperación, fortalecer la confianza en las respuestas colectivas y mantener abierta la capacidad de imaginar instituciones capaces de enfrentar desafíos compartidos. Después de todo, muchos de los problemas mundiales parecen ajenos hasta que terminan alcanzándonos. En ese sentido, el mayor riesgo de una época obsesionada con los finales no es el pesimismo, sino la pérdida de horizonte. Cuando una generación comienza a asumir que el orden internacional solo puede administrarse, y no transformarse, deja de preguntarse qué instituciones, acuerdos o proyectos de cooperación podrían surgir en el futuro. Esa renuncia silenciosa puede resultar más profunda que la crisis de cualquier organización internacional, porque limita la capacidad de imaginar alternativas antes incluso de intentar construirlas. El lenguaje de la decadencia termina alimentando una política de la resignación. Después de todo, las instituciones pueden reformarse y los órdenes internacionales evolucionan. Lo verdaderamente difícil es recuperar una generación que ha dejado de creer que todavía puede influir en la construcción del mundo que heredará la siguiente. Porque, antes de que existan nuevos órdenes internacionales, nuevas instituciones o nuevas formas de cooperación, siempre hay una decisión previa: negarse a aceptar que el presente constituye la única versión posible del futuro. ANA VALERIA BECERRIL PINO es licenciada en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y asociada del Programa de Jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (PJ Comexi). Fue Delegada Juvenil de México ante la 80 Read More