Omar Baqueiro Junio 2026 “Los mexicanos nacemos donde nos da la gana”. Esa fue una de las frases que inmortalizó a Chavela Vargas, una de las intérpretes más representativas de la música ranchera en México. Así respondió cuando le recordaron que había nacido en Costa Rica. La cantante, cuya carrera artística despegó en la década de 1940, adoptó la nacionalidad y la identidad mexicanas por el profundo amor que sentía hacia esta patria. Así lo hicieron también otras figuras famosas, como Leonora Carrington, Luis Buñuel y Remedios Varo, por mencionar a algunas. Así es, aquella década de 1940 vio llegar a México a migrantes de distintas latitudes del mundo, atraídos por el esplendor artístico y cultural que acontecía en el país (sin omitir los conflictos que aquejaban a Europa, como la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española). Era la época de oro del cine mexicano, con celebridades como María Félix, Pedro Armendáriz, Mario Moreno Cantinflas, entre muchas otras personalidades. También florecía el muralismo mexicano con sus tres principales exponentes acobijados por los gobiernos de la época, además de grandes artistas de otros movimientos en las artes visuales, como Frida Kahlo, Rufino Tamayo y María Izquierdo. A ello se sumaba el auge musical del mariachi, la música ranchera, el bolero y el danzón. Lo mismo ocurría en la literatura con autores como José Revueltas y Rosario Castellanos, y años más tarde con Octavio Paz y Carlos Fuentes. Antecedente de una política cultural de Estado Toda esta magnificencia cultural no fue casual ni surgió de manera espontánea. Fue resultado de un Estado mexicano que impulsó una política cultural orientada, por un lado, a construir una identidad nacional, como consecuencia y casi como compromiso histórico de la Revolución mexicana (1910-1917). A ello se sumaron, por otro lado, distintas acciones que institucionalizaron la cultura en el país. Entre ellas destacaron la creación, en 1942, del Banco Nacional Cinematográfico (el Instituto Mexicano de Cinematografía remplazó su labor, ya no como institución crediticia sino administrando estímulos y fondos públicos); la fundación del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), en 1946; el fortalecimiento de museos, compañías artísticas y escuelas de arte, así como la expansión de la Universidad Nacional Autónoma de México como centro artístico e intelectual. Las artes fungían como una herramienta para representar al “México moderno”, mestizo y revolucionario: la identidad nacional promovida, principalmente, por el “vasconcelismo”. Al mismo tiempo, la urbanización, la industrialización y el crecimiento de medios de comunicación, como la radio y el cine, favorecieron una expansión cultural sin precedentes. Se consolidó así una relación estrecha entre arte, política y construcción del Estado. Todo esto, en el marco del fenómeno económico y social por el que pasó el país, conocido como el “milagro mexicano”, y que se extendería hasta la década de 1970. Si alguna vez existió algo parecido al “sueño mexicano”, seguro que este se comenzó a vivir durante aquella década de 1940. La cultura como tarea pendiente Ahora bien, ¿qué ocurre con el México de la década de 2020? Hoy, el país vive en una era marcada por dos gobiernos federales que, desde el sexenio de 2018 a 2024, se han definido como parte de un movimiento político autonombrado la “cuarta transformación” de la vida pública nacional. El término, influenciado por las reflexiones del historiador Lorenzo Meyer, que hacen referencia a tres grandes procesos históricos que han transformado al Estado mexicano y al cambio de régimen político ocurrido con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, y el viraje en la política económica del país que ocurrió con su arribo. Si los gobiernos del partido Movimiento Regeneración Nacional (encabezado por López Obrador y al que pertenece la actual presidenta Claudia Sheinbaum) representan o no una verdadera cuarta transformación del Estado mexicano; es una cuestión que corresponderá analizar a especialistas en ciencia política e historiadores. No obstante, sí puede reconocerse que el concepto de “cuarta transformación” ha resultado políticamente exitoso, pues incluso sus adversarios utilizan esa denominación para referirse al actual régimen. En ese contexto, consolidar un impacto profundo en las artes y la cultura, al grado de que en el futuro pueda hablarse de una auténtica revolución cultural impulsada por este partido-movimiento, representa uno de los grandes desafíos pendientes del proyecto político actual. México necesita moverse del encono y la polarización hacia un rencuentro basado en sus diferencias y en su diversidad cultural. Para lograrlo, serían necesarios esfuerzos en al menos dos direcciones, como ocurrió en la década de 1940. La primera, evidentemente, es una mayor inversión pública en cultura. Aunque esta no ha alcanzado todavía las expectativas de muchos trabajadores del sector, sí han existido acciones relevantes por parte del gobierno federal. Durante el gobierno de López Obrador destacan proyectos como el Complejo Cultural Los Pinos, los Semilleros Creativos, el Encuentro de Arte Textil Mexicano y los esfuerzos por recuperar el patrimonio arqueológico que se ha extraído de territorio mexicano. En el gobierno actual sobresale el reciente lanzamiento del Plan Integral de Apoyo al Cine Nacional, que contempla, entre otras medidas, un incentivo fiscal de hasta 30% para producciones realizadas en México con mayoría de capital nacional, lo que permitirá atraer inversiones, impulsar el turismo y fortalecer la identidad cultural mexicana dentro y fuera del país. Asimismo, resulta significativa la denominada “inversión educativa histórica”, anunciada en 2026 por el gobierno de Sheinbaum, que constituye un incremento real respecto a 2025 y nominal en comparación con sexenios anteriores para la educación, incluyendo escuelas y centros de formación artística. Aun así, para las personas que trabajan en el sector cultural seguirá siendo indispensable incrementar el financiamiento destinado al arte, la cultura y las instituciones responsables de la política cultural del país. Y con justa razón. Dependencias como el INBAL continúan enfrentando carencias importantes, incluso en aspectos básicos como infraestructura, herramientas y mobiliario. En ese sentido, podría ser pertinente plantear un “anexo cultura” dentro del Plan México del actual gobierno federal, orientado a facilitar esquemas de coinversión entre el Estado y la iniciativa privada
Omar Baqueiro Junio 2026 “Los mexicanos nacemos donde nos da la gana”. Esa fue una de las frases que inmortalizó a Chavela Vargas, una de las intérpretes más representativas de la música ranchera en México. Así respondió cuando le recordaron que había nacido en Costa Rica. La cantante, cuya carrera artística despegó en la década de 1940, adoptó la nacionalidad y la identidad mexicanas por el profundo amor que sentía hacia esta patria. Así lo hicieron también otras figuras famosas, como Leonora Carrington, Luis Buñuel y Remedios Varo, por mencionar a algunas. Así es, aquella década de 1940 vio llegar a México a migrantes de distintas latitudes del mundo, atraídos por el esplendor artístico y cultural que acontecía en el país (sin omitir los conflictos que aquejaban a Europa, como la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española). Era la época de oro del cine mexicano, con celebridades como María Félix, Pedro Armendáriz, Mario Moreno Cantinflas, entre muchas otras personalidades. También florecía el muralismo mexicano con sus tres principales exponentes acobijados por los gobiernos de la época, además de grandes artistas de otros movimientos en las artes visuales, como Frida Kahlo, Rufino Tamayo y María Izquierdo. A ello se sumaba el auge musical del mariachi, la música ranchera, el bolero y el danzón. Lo mismo ocurría en la literatura con autores como José Revueltas y Rosario Castellanos, y años más tarde con Octavio Paz y Carlos Fuentes. Antecedente de una política cultural de Estado Toda esta magnificencia cultural no fue casual ni surgió de manera espontánea. Fue resultado de un Estado mexicano que impulsó una política cultural orientada, por un lado, a construir una identidad nacional, como consecuencia y casi como compromiso histórico de la Revolución mexicana (1910-1917). A ello se sumaron, por otro lado, distintas acciones que institucionalizaron la cultura en el país. Entre ellas destacaron la creación, en 1942, del Banco Nacional Cinematográfico (el Instituto Mexicano de Cinematografía remplazó su labor, ya no como institución crediticia sino administrando estímulos y fondos públicos); la fundación del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), en 1946; el fortalecimiento de museos, compañías artísticas y escuelas de arte, así como la expansión de la Universidad Nacional Autónoma de México como centro artístico e intelectual. Las artes fungían como una herramienta para representar al “México moderno”, mestizo y revolucionario: la identidad nacional promovida, principalmente, por el “vasconcelismo”. Al mismo tiempo, la urbanización, la industrialización y el crecimiento de medios de comunicación, como la radio y el cine, favorecieron una expansión cultural sin precedentes. Se consolidó así una relación estrecha entre arte, política y construcción del Estado. Todo esto, en el marco del fenómeno económico y social por el que pasó el país, conocido como el “milagro mexicano”, y que se extendería hasta la década de 1970. Si alguna vez existió algo parecido al “sueño mexicano”, seguro que este se comenzó a vivir durante aquella década de 1940. La cultura como tarea pendiente Ahora bien, ¿qué ocurre con el México de la década de 2020? Hoy, el país vive en una era marcada por dos gobiernos federales que, desde el sexenio de 2018 a 2024, se han definido como parte de un movimiento político autonombrado la “cuarta transformación” de la vida pública nacional. El término, influenciado por las reflexiones del historiador Lorenzo Meyer, que hacen referencia a tres grandes procesos históricos que han transformado al Estado mexicano y al cambio de régimen político ocurrido con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, y el viraje en la política económica del país que ocurrió con su arribo. Si los gobiernos del partido Movimiento Regeneración Nacional (encabezado por López Obrador y al que pertenece la actual presidenta Claudia Sheinbaum) representan o no una verdadera cuarta transformación del Estado mexicano; es una cuestión que corresponderá analizar a especialistas en ciencia política e historiadores. No obstante, sí puede reconocerse que el concepto de “cuarta transformación” ha resultado políticamente exitoso, pues incluso sus adversarios utilizan esa denominación para referirse al actual régimen. En ese contexto, consolidar un impacto profundo en las artes y la cultura, al grado de que en el futuro pueda hablarse de una auténtica revolución cultural impulsada por este partido-movimiento, representa uno de los grandes desafíos pendientes del proyecto político actual. México necesita moverse del encono y la polarización hacia un rencuentro basado en sus diferencias y en su diversidad cultural. Para lograrlo, serían necesarios esfuerzos en al menos dos direcciones, como ocurrió en la década de 1940. La primera, evidentemente, es una mayor inversión pública en cultura. Aunque esta no ha alcanzado todavía las expectativas de muchos trabajadores del sector, sí han existido acciones relevantes por parte del gobierno federal. Durante el gobierno de López Obrador destacan proyectos como el Complejo Cultural Los Pinos, los Semilleros Creativos, el Encuentro de Arte Textil Mexicano y los esfuerzos por recuperar el patrimonio arqueológico que se ha extraído de territorio mexicano. En el gobierno actual sobresale el reciente lanzamiento del Plan Integral de Apoyo al Cine Nacional, que contempla, entre otras medidas, un incentivo fiscal de hasta 30% para producciones realizadas en México con mayoría de capital nacional, lo que permitirá atraer inversiones, impulsar el turismo y fortalecer la identidad cultural mexicana dentro y fuera del país. Asimismo, resulta significativa la denominada “inversión educativa histórica”, anunciada en 2026 por el gobierno de Sheinbaum, que constituye un incremento real respecto a 2025 y nominal en comparación con sexenios anteriores para la educación, incluyendo escuelas y centros de formación artística. Aun así, para las personas que trabajan en el sector cultural seguirá siendo indispensable incrementar el financiamiento destinado al arte, la cultura y las instituciones responsables de la política cultural del país. Y con justa razón. Dependencias como el INBAL continúan enfrentando carencias importantes, incluso en aspectos básicos como infraestructura, herramientas y mobiliario. En ese sentido, podría ser pertinente plantear un “anexo cultura” dentro del Plan México del actual gobierno federal, orientado a facilitar esquemas de coinversión entre el Estado y la iniciativa privada Read More
