Trascender los ciclos políticos para fortalecer la cooperación regional (Ñ) Rigoberto Negrete Urbano Octubre 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales Hablar de integración en Latinoamérica no es algo nuevo. Durante décadas, los gobiernos de la región han insistido en fortalecer la cooperación, construir posiciones comunes y ampliar su capacidad de negociación frente a las grandes potencias. Los nombres, las siglas y los gobiernos han cambiado, pero la aspiración de alcanzar una mayor unidad latinoamericana continúa presente en discursos, cumbres y declaraciones oficiales. Aun así, resulta difícil sostener que estos esfuerzos hayan logrado consolidar una verdadera estrategia regional de largo plazo. El problema no parece radicar en la falta de iniciativas. Latinoamérica ha creado numerosos organismos y mecanismos de concertación política e integración. Algunos han sobrevivido durante décadas; otros han perdido relevancia o prácticamente desaparecieron al cambiar el contexto político que les dio origen. El resultado es una región dotada de una amplia institucionalidad, pero con dificultades para traducirla en una capacidad efectiva de acción colectiva. Sería demasiado sencillo atribuir esta situación únicamente a las diferencias ideológicas. Latinoamérica es heterogénea, con economías de distinto tamaño y prioridades nacionales que no siempre coinciden. México mantiene una relación económica y estratégica con Estados Unidos difícilmente comparable con la de Argentina, Brasil o Chile. Mientras la economía mexicana está profundamente integrada a Norteamérica, buena parte de Sudamérica mantiene una relación comercial cada vez más importante con China. Los intereses nacionales existen y no pueden desaparecer simplemente al invocar la unidad latinoamericana. Existe, además, otro elemento que tampoco puede ignorarse: la dificultad para separar esos intereses de largo plazo de las afinidades ideológicas de los gobiernos en turno. La cooperación regional parece avanzar cuando coinciden gobiernos políticamente cercanos y retroceder cuando cambia el ciclo electoral. Mecanismos que deberían sobrevivir a los gobiernos nacionales terminan dependiendo de quién ocupa temporalmente las presidencias. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) es uno de los ejemplos más claros. Su creación generó importantes expectativas sobre la posibilidad de construir un espacio sudamericano de concertación política. Durante algunos años tuvo presencia en la agenda regional, pero los cambios de gobierno y las diferencias entre sus miembros terminaron debilitándola. Posteriormente, apareció el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur), impulsado por gobiernos con una orientación política diferente. La secuencia resulta reveladora: en lugar de fortalecer o modificar las instituciones existentes para hacerlas funcionales independientemente de quién gobierne, Latinoamérica parece mostrar cierta facilidad para abandonar unas y construir otras. Aquí se encuentra, desde mi perspectiva, una de las principales debilidades de la integración latinoamericana. No se trata de eliminar la ideología de la política exterior. Todo gobierno tiene valores, prioridades y una determinada concepción del mundo. El problema aparece cuando esas diferencias impiden reconocer intereses regionales que deberían mantenerse con independencia de si gobierna la izquierda, la derecha o cualquier otra expresión política. La infraestructura, el comercio, la energía, la migración, el medio ambiente, la seguridad o la capacidad de negociación internacional no desaparecen cuando cambia un presidente. Tampoco debería hacerlo la cooperación construida en torno a estos temas. Una parte importante de la integración latinoamericana ha dependido más de la voluntad política de los mandatarios que de instituciones suficientemente sólidas para sobrevivir a los cambios de gobierno. Es lo que Andrés Malamud ha caracterizado como un “regionalismo de cumbres”: una integración con fuerte protagonismo presidencial, pero con dificultades para desarrollar estructuras institucionales capaces de darle continuidad. La contradicción adquiere mayor relevancia ante el escenario internacional actual. Latinoamérica enfrenta una creciente competencia económica y estratégica entre Beijing y Washington. Para México, esta competencia está estrechamente relacionada con el tratado comercial trilateral y su integración productiva con Estados Unidos; para Brasil y otros países sudamericanos, China ocupa un lugar distinto debido a su importancia comercial. Construir una posición latinoamericana única frente a ambas potencias puede resultar poco realista. Pero una cosa es reconocer la diversidad de intereses nacionales y otra, renunciar a identificar aquellos ámbitos en los que sí existen intereses compartidos. Después de varias décadas de hablar de integración, quizá la discusión que Latinoamérica necesita no sea sobre qué nuevo organismo crear, sino sobre algo más elemental: qué asuntos están dispuestos a considerar como intereses regionales y a mantener por encima de los cambios ideológicos de los gobiernos. Cuando la integración cambia con los gobiernos Uno de los problemas recurrentes de la integración latinoamericana es que muchos de sus proyectos han terminado identificándose con determinados momentos políticos. Organismos creados para representar intereses regionales pueden terminar siendo percibidos como proyectos asociados a un grupo particular de gobiernos. Cuando estos pierden elecciones o cambia el equilibrio político de la región, también comienza a cuestionarse la utilidad del organismo que impulsaron. La experiencia de la Unasur permite observar con claridad este problema. El organismo surgió cuando varios gobiernos sudamericanos compartían posiciones políticas relativamente cercanas y buscaban construir mayores espacios de autonomía. Conforme cambió el mapa político sudamericano, también se modificó la percepción sobre la Unasur y algunos gobiernos comenzaron a considerarla demasiado vinculada con el ciclo político anterior. En lugar de que esas diferencias condujeran a una reforma que permitiera corregir sus problemas y preservar aquello que pudiera resultar útil, varios gobiernos promovieron una alternativa: el Prosur. El nuevo mecanismo apareció en un contexto político distinto y fue respaldado por gobiernos alejados de quienes habían impulsado originalmente a la Unasur. Cuando el mapa político volvió a cambiar, el Prosur perdió impulso y reaparecieron los intentos por recuperar la Unasur. El problema de fondo permaneció prácticamente intacto: la continuidad de la cooperación regional volvió a quedar condicionada por los cambios políticos. Esta dinámica no pertenece exclusivamente a la izquierda o a la derecha. Gobiernos de distintas orientaciones han privilegiado mecanismos en los que encuentran mayor afinidad política y han tomado distancia de aquellos que identifican con sus adversarios. La integración termina así atrapada en la misma polarización que caracteriza a buena parte de la política interna de nuestros países. El reto no consiste en que Latinoamérica piense igual, sino en encontrar
Trascender los ciclos políticos para fortalecer la cooperación regional (Ñ) Rigoberto Negrete Urbano Octubre 2026 Una colaboración de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales Hablar de integración en Latinoamérica no es algo nuevo. Durante décadas, los gobiernos de la región han insistido en fortalecer la cooperación, construir posiciones comunes y ampliar su capacidad de negociación frente a las grandes potencias. Los nombres, las siglas y los gobiernos han cambiado, pero la aspiración de alcanzar una mayor unidad latinoamericana continúa presente en discursos, cumbres y declaraciones oficiales. Aun así, resulta difícil sostener que estos esfuerzos hayan logrado consolidar una verdadera estrategia regional de largo plazo. El problema no parece radicar en la falta de iniciativas. Latinoamérica ha creado numerosos organismos y mecanismos de concertación política e integración. Algunos han sobrevivido durante décadas; otros han perdido relevancia o prácticamente desaparecieron al cambiar el contexto político que les dio origen. El resultado es una región dotada de una amplia institucionalidad, pero con dificultades para traducirla en una capacidad efectiva de acción colectiva. Sería demasiado sencillo atribuir esta situación únicamente a las diferencias ideológicas. Latinoamérica es heterogénea, con economías de distinto tamaño y prioridades nacionales que no siempre coinciden. México mantiene una relación económica y estratégica con Estados Unidos difícilmente comparable con la de Argentina, Brasil o Chile. Mientras la economía mexicana está profundamente integrada a Norteamérica, buena parte de Sudamérica mantiene una relación comercial cada vez más importante con China. Los intereses nacionales existen y no pueden desaparecer simplemente al invocar la unidad latinoamericana. Existe, además, otro elemento que tampoco puede ignorarse: la dificultad para separar esos intereses de largo plazo de las afinidades ideológicas de los gobiernos en turno. La cooperación regional parece avanzar cuando coinciden gobiernos políticamente cercanos y retroceder cuando cambia el ciclo electoral. Mecanismos que deberían sobrevivir a los gobiernos nacionales terminan dependiendo de quién ocupa temporalmente las presidencias. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) es uno de los ejemplos más claros. Su creación generó importantes expectativas sobre la posibilidad de construir un espacio sudamericano de concertación política. Durante algunos años tuvo presencia en la agenda regional, pero los cambios de gobierno y las diferencias entre sus miembros terminaron debilitándola. Posteriormente, apareció el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur), impulsado por gobiernos con una orientación política diferente. La secuencia resulta reveladora: en lugar de fortalecer o modificar las instituciones existentes para hacerlas funcionales independientemente de quién gobierne, Latinoamérica parece mostrar cierta facilidad para abandonar unas y construir otras. Aquí se encuentra, desde mi perspectiva, una de las principales debilidades de la integración latinoamericana. No se trata de eliminar la ideología de la política exterior. Todo gobierno tiene valores, prioridades y una determinada concepción del mundo. El problema aparece cuando esas diferencias impiden reconocer intereses regionales que deberían mantenerse con independencia de si gobierna la izquierda, la derecha o cualquier otra expresión política. La infraestructura, el comercio, la energía, la migración, el medio ambiente, la seguridad o la capacidad de negociación internacional no desaparecen cuando cambia un presidente. Tampoco debería hacerlo la cooperación construida en torno a estos temas. Una parte importante de la integración latinoamericana ha dependido más de la voluntad política de los mandatarios que de instituciones suficientemente sólidas para sobrevivir a los cambios de gobierno. Es lo que Andrés Malamud ha caracterizado como un “regionalismo de cumbres”: una integración con fuerte protagonismo presidencial, pero con dificultades para desarrollar estructuras institucionales capaces de darle continuidad. La contradicción adquiere mayor relevancia ante el escenario internacional actual. Latinoamérica enfrenta una creciente competencia económica y estratégica entre Beijing y Washington. Para México, esta competencia está estrechamente relacionada con el tratado comercial trilateral y su integración productiva con Estados Unidos; para Brasil y otros países sudamericanos, China ocupa un lugar distinto debido a su importancia comercial. Construir una posición latinoamericana única frente a ambas potencias puede resultar poco realista. Pero una cosa es reconocer la diversidad de intereses nacionales y otra, renunciar a identificar aquellos ámbitos en los que sí existen intereses compartidos. Después de varias décadas de hablar de integración, quizá la discusión que Latinoamérica necesita no sea sobre qué nuevo organismo crear, sino sobre algo más elemental: qué asuntos están dispuestos a considerar como intereses regionales y a mantener por encima de los cambios ideológicos de los gobiernos. Cuando la integración cambia con los gobiernos Uno de los problemas recurrentes de la integración latinoamericana es que muchos de sus proyectos han terminado identificándose con determinados momentos políticos. Organismos creados para representar intereses regionales pueden terminar siendo percibidos como proyectos asociados a un grupo particular de gobiernos. Cuando estos pierden elecciones o cambia el equilibrio político de la región, también comienza a cuestionarse la utilidad del organismo que impulsaron. La experiencia de la Unasur permite observar con claridad este problema. El organismo surgió cuando varios gobiernos sudamericanos compartían posiciones políticas relativamente cercanas y buscaban construir mayores espacios de autonomía. Conforme cambió el mapa político sudamericano, también se modificó la percepción sobre la Unasur y algunos gobiernos comenzaron a considerarla demasiado vinculada con el ciclo político anterior. En lugar de que esas diferencias condujeran a una reforma que permitiera corregir sus problemas y preservar aquello que pudiera resultar útil, varios gobiernos promovieron una alternativa: el Prosur. El nuevo mecanismo apareció en un contexto político distinto y fue respaldado por gobiernos alejados de quienes habían impulsado originalmente a la Unasur. Cuando el mapa político volvió a cambiar, el Prosur perdió impulso y reaparecieron los intentos por recuperar la Unasur. El problema de fondo permaneció prácticamente intacto: la continuidad de la cooperación regional volvió a quedar condicionada por los cambios políticos. Esta dinámica no pertenece exclusivamente a la izquierda o a la derecha. Gobiernos de distintas orientaciones han privilegiado mecanismos en los que encuentran mayor afinidad política y han tomado distancia de aquellos que identifican con sus adversarios. La integración termina así atrapada en la misma polarización que caracteriza a buena parte de la política interna de nuestros países. El reto no consiste en que Latinoamérica piense igual, sino en encontrar Read More
