Los minerales críticos de Latinoamérica y las guerras de Estados Unidos

Por qué la región debe repensar su seguridad estratégica  Nelly A. Hernández Valdez Agosto 2026 A medida que la guerra de Estados Unidos contra Irán se prolonga más allá de las 4 semanas prometidas por el presidente Donald Trump, comenzó a surgir una preocupación dentro del propio aparato de defensa estadounidense: el país está consumiendo sistemas de armas más rápido de lo que puede reponerlos. En apenas 3 meses de conflicto, Estados Unidos ha utilizado más de 1000 armas de largo alcance, alrededor de 1100 misiles de baja detectabilidad diseñados para penetrar defensas aéreas sofisticadas y más de 1250 interceptores destinados a derribar misiles y drones enemigos, agotando inventarios concebidos originalmente para disuadir una eventual guerra con China en el Indo-Pacífico. Pero detrás de esta crisis de inventarios hay una vulnerabilidad aún más profunda: Estados Unidos no controla plenamente los minerales críticos, las tierras raras ni las cadenas de procesamiento que hacen posibles los sofisticados sistemas de armamento contemporáneos. Cada vez que Washington dispara un misil de precisión o activa un interceptor antimisiles, consume minerales estratégicos cuya extracción, refinación y manufactura avanzada requieren años para reponerse. En esa ecuación, Latinoamérica tiene una ventaja geológica con potencial estratégico. Más allá de su utilización militar, estos materiales escasos se han convertido en el sustrato estratégico de la economía del siglo XXI. Sin ellos, no hay transición energética, inteligencia artificial (IA), semiconductores avanzados ni infraestructura digital capaz de sostener el nuevo orden tecnológico mundial. La región concentra cerca de 40% de la producción mundial de cobre, 90% de la producción de niobio y alrededor de 60% de las reservas internacionales de litio, además de participaciones significativas en níquel, estaño, bauxita y tierras raras. Sin embargo, los minerales por sí solos no generan poder; la estrategia, sí. Latinoamérica debe trabajar conjuntamente para convertir su ventaja geológica en seguridad estratégica. La verdadera pregunta no es únicamente cómo explotarán sus recursos, sino bajo qué visión de largo plazo los administrarán para integrarlos en la gran estrategia de sus países y definir su lugar en el sistema internacional antes de que la competencia entre las grandes potencias vuelva a hacerlo por ellos. La nueva geopolítica de los minerales críticos Estados Unidos parece haber comprendido esta realidad con claridad. Desde los primeros meses de su gobierno, el presidente Trump impulsó una serie de órdenes ejecutivas orientadas a asegurar el acceso a minerales críticos, que abarcan desde la aceleración de la producción interna hasta la minería en aguas profundas en zonas internacionales, una práctica controvertida a la que se oponen 41 países, entre ellos México. Esta visión también se refleja de manera explícita en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que sitúa al hemisferio occidental en el centro de las prioridades estadounidenses y vincula la seguridad nacional con un acceso confiable a minerales críticos. Bajo el denominado Corolario Trump a la Doctrina Monroe —o, como algunos críticos lo han denominado, la “Doctrina Donroe”—, la región adquiere un valor estratégico como componente de la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos, al sostener que Washington debe reafirmar su presencia en el hemisferio cuando y donde sea necesario. Más allá de los documentos, las acciones ya son tangibles. Desde 2025, el gobierno de Trump ha destinado más de 1000 millones de dólares a adquirir participaciones en empresas vinculadas a minerales críticos. Al mismo tiempo, mientras una parte importante de la industria minera latinoamericana abastece a la industria de defensa estadounidense, Washington busca reducir la influencia de China, que concentra alrededor de 35% de las reservas internacionales, 70% de la extracción mundial y 87% de la capacidad de procesamiento. Este escenario ofrece a la región una oportunidad para repensar su seguridad: dejar de ser objeto de disputa geopolítica para convertirse en un sujeto estratégico. De la ventaja geológica a la seguridad estratégica Históricamente, la seguridad de Latinoamérica ha descansado menos en la acumulación de poder militar que en la defensa de principios como la soberanía, la no intervención y el Derecho Internacional. Sin embargo, soberanía y seguridad no son sinónimos. Los países de la región no pueden depender exclusivamente de la voluntad política de las grandes potencias para que se respeten las normas internacionales, ni aspirar a replicar las capacidades militares de China o Estados Unidos. Lo que sí pueden hacer es desarrollar una arquitectura de seguridad acorde con sus ventajas comparativas, su entorno geográfico y los activos estratégicos que tienen. Como sostienen diversos expertos en defensa, una estrategia realista para los países emergentes consiste en identificar qué capacidades deben permanecer bajo control nacional, cuáles pueden compartirse a escala regional, cuáles pueden adquirirse en el exterior con riesgos aceptables y cuáles nunca deberían depender por completo de terceros. Los minerales críticos y, sobre todo, las capacidades de refinación y procesamiento asociadas a ellos pertenecen a esta última categoría. La región debe superar las divisiones ideológicas de corto plazo y construir una visión compartida de seguridad estratégica. Ello implica no solo dejar de reaccionar a las coyunturas políticas y de improvisar ante las presiones de las grandes potencias, sino también comenzar a anticipar los desafíos de un orden internacional marcado por el debilitamiento del multilateralismo y la erosión de las normas que, durante décadas, ofrecieron cierto grado de estabilidad. Una mina de litio, por sí sola, nunca constituirá una política de seguridad. Lo que sí puede hacerlo es una estrategia regional capaz de transformar esos recursos en capacidades industriales, tecnológicas y de negociación. En una economía global donde la transición energética, la IA y la industria de defensa dependen de los minerales críticos y de su procesamiento, controlar determinados cuellos de botella estratégicos puede convertirse en una fuente de seguridad: de existencia, al preservar la capacidad soberana de desarrollo y decisión; de disuasión, al aumentar los costos políticos y económicos para actores externos que pretendan imponer condiciones, y de resiliencia, al reducir la vulnerabilidad frente a perturbaciones geopolíticas, comerciales o tecnológicas. Una mina de litio, por sí sola, nunca constituirá una política de seguridad. Lo que sí puede hacerlo es una

​Por qué la región debe repensar su seguridad estratégica  Nelly A. Hernández Valdez Agosto 2026 A medida que la guerra de Estados Unidos contra Irán se prolonga más allá de las 4 semanas prometidas por el presidente Donald Trump, comenzó a surgir una preocupación dentro del propio aparato de defensa estadounidense: el país está consumiendo sistemas de armas más rápido de lo que puede reponerlos. En apenas 3 meses de conflicto, Estados Unidos ha utilizado más de 1000 armas de largo alcance, alrededor de 1100 misiles de baja detectabilidad diseñados para penetrar defensas aéreas sofisticadas y más de 1250 interceptores destinados a derribar misiles y drones enemigos, agotando inventarios concebidos originalmente para disuadir una eventual guerra con China en el Indo-Pacífico. Pero detrás de esta crisis de inventarios hay una vulnerabilidad aún más profunda: Estados Unidos no controla plenamente los minerales críticos, las tierras raras ni las cadenas de procesamiento que hacen posibles los sofisticados sistemas de armamento contemporáneos. Cada vez que Washington dispara un misil de precisión o activa un interceptor antimisiles, consume minerales estratégicos cuya extracción, refinación y manufactura avanzada requieren años para reponerse. En esa ecuación, Latinoamérica tiene una ventaja geológica con potencial estratégico. Más allá de su utilización militar, estos materiales escasos se han convertido en el sustrato estratégico de la economía del siglo XXI. Sin ellos, no hay transición energética, inteligencia artificial (IA), semiconductores avanzados ni infraestructura digital capaz de sostener el nuevo orden tecnológico mundial. La región concentra cerca de 40% de la producción mundial de cobre, 90% de la producción de niobio y alrededor de 60% de las reservas internacionales de litio, además de participaciones significativas en níquel, estaño, bauxita y tierras raras. Sin embargo, los minerales por sí solos no generan poder; la estrategia, sí. Latinoamérica debe trabajar conjuntamente para convertir su ventaja geológica en seguridad estratégica. La verdadera pregunta no es únicamente cómo explotarán sus recursos, sino bajo qué visión de largo plazo los administrarán para integrarlos en la gran estrategia de sus países y definir su lugar en el sistema internacional antes de que la competencia entre las grandes potencias vuelva a hacerlo por ellos. La nueva geopolítica de los minerales críticos Estados Unidos parece haber comprendido esta realidad con claridad. Desde los primeros meses de su gobierno, el presidente Trump impulsó una serie de órdenes ejecutivas orientadas a asegurar el acceso a minerales críticos, que abarcan desde la aceleración de la producción interna hasta la minería en aguas profundas en zonas internacionales, una práctica controvertida a la que se oponen 41 países, entre ellos México. Esta visión también se refleja de manera explícita en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, que sitúa al hemisferio occidental en el centro de las prioridades estadounidenses y vincula la seguridad nacional con un acceso confiable a minerales críticos. Bajo el denominado Corolario Trump a la Doctrina Monroe —o, como algunos críticos lo han denominado, la “Doctrina Donroe”—, la región adquiere un valor estratégico como componente de la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos, al sostener que Washington debe reafirmar su presencia en el hemisferio cuando y donde sea necesario. Más allá de los documentos, las acciones ya son tangibles. Desde 2025, el gobierno de Trump ha destinado más de 1000 millones de dólares a adquirir participaciones en empresas vinculadas a minerales críticos. Al mismo tiempo, mientras una parte importante de la industria minera latinoamericana abastece a la industria de defensa estadounidense, Washington busca reducir la influencia de China, que concentra alrededor de 35% de las reservas internacionales, 70% de la extracción mundial y 87% de la capacidad de procesamiento. Este escenario ofrece a la región una oportunidad para repensar su seguridad: dejar de ser objeto de disputa geopolítica para convertirse en un sujeto estratégico. De la ventaja geológica a la seguridad estratégica Históricamente, la seguridad de Latinoamérica ha descansado menos en la acumulación de poder militar que en la defensa de principios como la soberanía, la no intervención y el Derecho Internacional. Sin embargo, soberanía y seguridad no son sinónimos. Los países de la región no pueden depender exclusivamente de la voluntad política de las grandes potencias para que se respeten las normas internacionales, ni aspirar a replicar las capacidades militares de China o Estados Unidos. Lo que sí pueden hacer es desarrollar una arquitectura de seguridad acorde con sus ventajas comparativas, su entorno geográfico y los activos estratégicos que tienen. Como sostienen diversos expertos en defensa, una estrategia realista para los países emergentes consiste en identificar qué capacidades deben permanecer bajo control nacional, cuáles pueden compartirse a escala regional, cuáles pueden adquirirse en el exterior con riesgos aceptables y cuáles nunca deberían depender por completo de terceros. Los minerales críticos y, sobre todo, las capacidades de refinación y procesamiento asociadas a ellos pertenecen a esta última categoría. La región debe superar las divisiones ideológicas de corto plazo y construir una visión compartida de seguridad estratégica. Ello implica no solo dejar de reaccionar a las coyunturas políticas y de improvisar ante las presiones de las grandes potencias, sino también comenzar a anticipar los desafíos de un orden internacional marcado por el debilitamiento del multilateralismo y la erosión de las normas que, durante décadas, ofrecieron cierto grado de estabilidad. Una mina de litio, por sí sola, nunca constituirá una política de seguridad. Lo que sí puede hacerlo es una estrategia regional capaz de transformar esos recursos en capacidades industriales, tecnológicas y de negociación. En una economía global donde la transición energética, la IA y la industria de defensa dependen de los minerales críticos y de su procesamiento, controlar determinados cuellos de botella estratégicos puede convertirse en una fuente de seguridad: de existencia, al preservar la capacidad soberana de desarrollo y decisión; de disuasión, al aumentar los costos políticos y económicos para actores externos que pretendan imponer condiciones, y de resiliencia, al reducir la vulnerabilidad frente a perturbaciones geopolíticas, comerciales o tecnológicas. Una mina de litio, por sí sola, nunca constituirá una política de seguridad. Lo que sí puede hacerlo es una Read More