Fernanda Vargas Barrera y Nicole Cázares González Mayo 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México En la política contemporánea resulta cada vez más difícil distinguir entre realidad y ficción. La mentira se ha convertido en una herramienta eficaz de dominación y, en muchos casos, de permanencia en el poder. Esto no significa necesariamente que hoy se mienta más que en el pasado —aunque a veces pueda parecerlo—, sino que las nuevas tecnologías y las redes sociales han facilitado una difusión mucho más rápida y constante de la desinformación. La repetición permanente de ciertas falsedades termina por volverlas familiares y, con el tiempo, incluso aceptables para amplios sectores de la sociedad. Como advertía Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Pero, ¿cómo llegamos, como sociedad, a aceptar y legitimar estas prácticas? Joseph Overton desarrolló un modelo conocido como la Ventana de Overton, que busca explicar cómo ideas o políticas que en un principio resultaban impensables para la mayoría pueden terminar siendo aceptadas e incluso bien vistas. Este proceso no ocurre de manera espontánea, sino mediante discursos, narrativas y estrategias de propaganda que desplazan gradualmente los límites de lo que una sociedad considera tolerable o legítimo. Figura 1: Ventana de Overton Las sociedades comienzan a aceptar acciones e ideas que antes resultaban impensables —porque contradecían sus valores, convicciones o libertades— en nombre de un supuesto “bien mayor”. De esta manera, prácticas abiertamente antidemocráticas adquieren legitimidad y facilitan una concentración cada vez mayor de poder, acompañada de una reducción progresiva de las libertades ciudadanas. Para sostener ese proceso, los regímenes recurren a una maquinaria propagandística basada en la repetición de falsedades, cuyo objetivo es mantener a la población dentro de lo considerado “aceptable” y evitar cualquier retorno a lo que antes parecía “inconcebible”. La pregunta central, entonces, es inevitable: ¿hay marcha atrás? ¿Puede una sociedad recuperar las libertades que en algún momento cedió voluntariamente a un régimen autoritario? La historia demuestra que sí. Hay numerosos casos de sociedades que han logrado —o continúan luchando por— recuperar espacios democráticos perdidos. Estas resistencias suelen estar encabezadas por figuras incómodas para el poder, personas que se niegan a aceptar una realidad construida sobre la manipulación y los intereses de unos cuantos. Su desafío no solo incomoda al régimen de su propio país, sino también a otros gobiernos autoritarios que dependen de narrativas similares para sostenerse. El caso de Venezuela y el liderazgo de María Corina Machado resulta particularmente ilustrativo en este sentido. De lo impensable a lo establecido en Venezuela Como respuesta desesperada a la profunda crisis de desigualdad y corrupción que atravesaba Venezuela, una parte importante de la población decidió apoyar en 1999 a Hugo Chávez, un militar que prometía un nuevo comienzo y una etapa de bienestar social. Sin embargo, desde sus inicios Chávez había mostrado señales contrarias a la vía democrática, particularmente con su participación en los intentos de golpe de Estado de 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. A pesar de ello, muchos venezolanos vieron en él una alternativa frente a un sistema político percibido como injusto y capturado por élites privilegiadas. Chávez construyó buena parte de su poder mediante un discurso basado en promesas, confrontación política y una narrativa de redención nacional que encontró eco en una sociedad profundamente desencantada. En términos de la llamada Ventana de Overton, lo que antes parecía inconcebible comenzó a percibirse como aceptable e incluso necesario, bajo la idea de que representaba la única salida posible a la crisis. Con el tiempo, esa legitimidad permitió al régimen avanzar en la concentración de poder y en la restricción progresiva de libertades políticas e institucionales. El proceso se profundizó durante el gobierno de Nicolás Maduro, caracterizado por una creciente represión estatal, persecución política y el uso sistemático del miedo como mecanismo de control social. Porque pocas herramientas resultan tan eficaces para someter a una sociedad como el temor constante a las consecuencias de disentir. María Corina Machado, una dama de hierro Han sido varios los momentos en la historia reciente de Venezuela en los que la sociedad ha intentado rebelarse contra el régimen. Muchos de esos esfuerzos fracasaron debido a la represión estatal y a la ausencia de un liderazgo capaz de enfrentar el aparato político y de seguridad construido por el chavismo. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a cobrar fuerza la figura de una dirigente que logró interpretar el descontento de amplios sectores de la población: María Corina Machado. El respaldo que recibió no fue inmediato ni automático. Su perfil dista del molde tradicional del liderazgo populista latinoamericano que busca presentarse como “una persona del pueblo”. Proveniente de una familia empresarial vinculada a la industria del hierro y el acero, estudió Ingeniería Industrial, fue profesora universitaria y participó en programas de liderazgo internacional en la Universidad de Yale. En 2002 cofundó la organización Súmate, dedicada a la observación electoral y a la promoción de la participación ciudadana. Dos años después, la organización tuvo un papel relevante en el referendo revocatorio impulsado contra Chávez. En 2010 fue electa diputada de la Asamblea Nacional con una de las votaciones más altas del país. Desde entonces, Machado ha construido su discurso alrededor de la denuncia del carácter autoritario del régimen venezolano. Ha señalado la destrucción de las instituciones, la corrupción, el uso político de la pobreza y la concentración de poder como elementos centrales del proyecto chavista. Uno de los episodios más recordados ocurrió durante un discurso de Chávez ante la Asamblea Nacional, cuando lo confrontó por las expropiaciones impulsadas por el gobierno y pronunció una frase que marcaría su trayectoria política: “Expropiar es robar”. La fuerza de afirmaciones de este tipo radica en que nombran de manera directa prácticas que, aunque normalizadas, siguen siendo percibidas por amplios sectores como injustas o arbitrarias. Como escribió G. K. Chesterton: “Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde”. Machado ha mantenido su posición y se ha
Fernanda Vargas Barrera y Nicole Cázares González Mayo 2026 Una colaboración de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México En la política contemporánea resulta cada vez más difícil distinguir entre realidad y ficción. La mentira se ha convertido en una herramienta eficaz de dominación y, en muchos casos, de permanencia en el poder. Esto no significa necesariamente que hoy se mienta más que en el pasado —aunque a veces pueda parecerlo—, sino que las nuevas tecnologías y las redes sociales han facilitado una difusión mucho más rápida y constante de la desinformación. La repetición permanente de ciertas falsedades termina por volverlas familiares y, con el tiempo, incluso aceptables para amplios sectores de la sociedad. Como advertía Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Pero, ¿cómo llegamos, como sociedad, a aceptar y legitimar estas prácticas? Joseph Overton desarrolló un modelo conocido como la Ventana de Overton, que busca explicar cómo ideas o políticas que en un principio resultaban impensables para la mayoría pueden terminar siendo aceptadas e incluso bien vistas. Este proceso no ocurre de manera espontánea, sino mediante discursos, narrativas y estrategias de propaganda que desplazan gradualmente los límites de lo que una sociedad considera tolerable o legítimo. Figura 1: Ventana de Overton Las sociedades comienzan a aceptar acciones e ideas que antes resultaban impensables —porque contradecían sus valores, convicciones o libertades— en nombre de un supuesto “bien mayor”. De esta manera, prácticas abiertamente antidemocráticas adquieren legitimidad y facilitan una concentración cada vez mayor de poder, acompañada de una reducción progresiva de las libertades ciudadanas. Para sostener ese proceso, los regímenes recurren a una maquinaria propagandística basada en la repetición de falsedades, cuyo objetivo es mantener a la población dentro de lo considerado “aceptable” y evitar cualquier retorno a lo que antes parecía “inconcebible”. La pregunta central, entonces, es inevitable: ¿hay marcha atrás? ¿Puede una sociedad recuperar las libertades que en algún momento cedió voluntariamente a un régimen autoritario? La historia demuestra que sí. Hay numerosos casos de sociedades que han logrado —o continúan luchando por— recuperar espacios democráticos perdidos. Estas resistencias suelen estar encabezadas por figuras incómodas para el poder, personas que se niegan a aceptar una realidad construida sobre la manipulación y los intereses de unos cuantos. Su desafío no solo incomoda al régimen de su propio país, sino también a otros gobiernos autoritarios que dependen de narrativas similares para sostenerse. El caso de Venezuela y el liderazgo de María Corina Machado resulta particularmente ilustrativo en este sentido. De lo impensable a lo establecido en Venezuela Como respuesta desesperada a la profunda crisis de desigualdad y corrupción que atravesaba Venezuela, una parte importante de la población decidió apoyar en 1999 a Hugo Chávez, un militar que prometía un nuevo comienzo y una etapa de bienestar social. Sin embargo, desde sus inicios Chávez había mostrado señales contrarias a la vía democrática, particularmente con su participación en los intentos de golpe de Estado de 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. A pesar de ello, muchos venezolanos vieron en él una alternativa frente a un sistema político percibido como injusto y capturado por élites privilegiadas. Chávez construyó buena parte de su poder mediante un discurso basado en promesas, confrontación política y una narrativa de redención nacional que encontró eco en una sociedad profundamente desencantada. En términos de la llamada Ventana de Overton, lo que antes parecía inconcebible comenzó a percibirse como aceptable e incluso necesario, bajo la idea de que representaba la única salida posible a la crisis. Con el tiempo, esa legitimidad permitió al régimen avanzar en la concentración de poder y en la restricción progresiva de libertades políticas e institucionales. El proceso se profundizó durante el gobierno de Nicolás Maduro, caracterizado por una creciente represión estatal, persecución política y el uso sistemático del miedo como mecanismo de control social. Porque pocas herramientas resultan tan eficaces para someter a una sociedad como el temor constante a las consecuencias de disentir. María Corina Machado, una dama de hierro Han sido varios los momentos en la historia reciente de Venezuela en los que la sociedad ha intentado rebelarse contra el régimen. Muchos de esos esfuerzos fracasaron debido a la represión estatal y a la ausencia de un liderazgo capaz de enfrentar el aparato político y de seguridad construido por el chavismo. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a cobrar fuerza la figura de una dirigente que logró interpretar el descontento de amplios sectores de la población: María Corina Machado. El respaldo que recibió no fue inmediato ni automático. Su perfil dista del molde tradicional del liderazgo populista latinoamericano que busca presentarse como “una persona del pueblo”. Proveniente de una familia empresarial vinculada a la industria del hierro y el acero, estudió Ingeniería Industrial, fue profesora universitaria y participó en programas de liderazgo internacional en la Universidad de Yale. En 2002 cofundó la organización Súmate, dedicada a la observación electoral y a la promoción de la participación ciudadana. Dos años después, la organización tuvo un papel relevante en el referendo revocatorio impulsado contra Chávez. En 2010 fue electa diputada de la Asamblea Nacional con una de las votaciones más altas del país. Desde entonces, Machado ha construido su discurso alrededor de la denuncia del carácter autoritario del régimen venezolano. Ha señalado la destrucción de las instituciones, la corrupción, el uso político de la pobreza y la concentración de poder como elementos centrales del proyecto chavista. Uno de los episodios más recordados ocurrió durante un discurso de Chávez ante la Asamblea Nacional, cuando lo confrontó por las expropiaciones impulsadas por el gobierno y pronunció una frase que marcaría su trayectoria política: “Expropiar es robar”. La fuerza de afirmaciones de este tipo radica en que nombran de manera directa prácticas que, aunque normalizadas, siguen siendo percibidas por amplios sectores como injustas o arbitrarias. Como escribió G. K. Chesterton: “Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde”. Machado ha mantenido su posición y se ha Read More
