Las contradicciones del nacionalismo soviético y los límites actuales de la autodeterminación Diego Gómez Pickering Mayo 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales El 27 de agosto de 1991, la República de Moldavia declaró su independencia de la Unión Soviética, tras casi medio siglo de formar parte del complejo experimento nacionalista impulsado por Moscú en los territorios del antiguo Imperio ruso y en los países de Europa del Este incorporados a la órbita soviética después de la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nacionalsocialista en 1945. La declaratoria de independencia de Moldavia ocurrió en paralelo con la de otras repúblicas que formaban parte del proyecto iniciado con la Revolución de Octubre y que culminó, de manera estrepitosa, a inicios de la última década del siglo XX. La independencia moldava provocó un cambio profundo en las estructuras sociales y económicas del país —más que en las políticas—, así como en su delicado equilibrio demográfico. Esto derivó en un agudo enfrentamiento de visiones en torno a los conceptos de nación y nacionalismo, como también ocurrió en varios puntos de la geografía de la entonces desintegrada Unión Soviética. En el caso específico de Moldavia, el anuncio de secesión de la autodenominada República Moldava Pridnestroviana, o Pridnestrovia —más conocida como Transnistria—, dado a conocer de forma paralela a la declaratoria independentista, ofrece una oportunidad para analizar en detalle el experimento nacionalista impulsado por la extinta Unión Soviética en los territorios bajo su control, así como las múltiples y vigentes consecuencias de su desaparición en la continua conformación de los Estados-nación que le sucedieron. El derrumbe soviético y el resurgimiento de las identidades nacionales El golpe de Estado de agosto de 1991 en Moscú, que condujo a la desintegración de la Unión Soviética en diciembre de ese mismo año y al establecimiento de la Comunidad de Estados Independientes, fue el desenlace de un proceso iniciado tiempo atrás. La historiografía suele vincularlo con la llegada de Mijaíl Gorbachov al Kremlin y con las reformas de la perestroika. Este proceso implicó una profunda reconfiguración del mapa político de Europa y un reajuste —no exento de controversias y confrontaciones— en la concepción del nacionalismo, especialmente en aquellos territorios que, tras la Segunda Guerra Mundial, permanecieron durante casi medio siglo detrás de la llamada Cortina de Hierro. En El fin del “Homo sovieticus” (2013), la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, describe de manera desgarradora el destino de gran parte de las antiguas repúblicas soviéticas tras estos acontecimientos. A partir del resurgimiento de intensos sentimientos nacionalistas —herederos, en buena medida, de una visión estalinista parcial y contraproducente del nacionalismo—, la caída del sistema dio paso a enfrentamientos entre poblaciones que hasta entonces habían compartido un mismo espacio político, con episodios de violencia que se extendieron del Cáucaso a las estepas de Asia Central. A partir del trabajo de Alexiévich y de los aportes teóricos de Eric Storm y Timothy Snyder —en torno a los nacionalismos y a la frontera oriental de Europa, respectivamente—, el presente análisis se centra en la autoproclamada República Moldava Pridnestroviana. Reconocida únicamente por otras dos entidades de origen soviético, Abjasia y Osetia del Sur, este estudio busca desentrañar su génesis como proyecto nacional y, sobre todo, examinar qué elementos tiene —o le faltan— para ser considerada como tal, más allá de la ausencia de reconocimiento internacional o de la injerencia de Moscú desde sus orígenes. La ingeniería nacional del estalinismo En su ensayo El marxismo y la cuestión nacional (1913), Yosef Stalin —georgiano rusificado y entonces exiliado en Viena, aún capital del Imperio austrohúngaro— sostenía que las naciones tenían derecho a la autodeterminación. En ese texto, quien más tarde se convertiría en el líder indiscutible de la Unión Soviética tras la muerte de Vladimir Lenin y la purga de León Trotski definía a la nación como una comunidad histórica y estable, formada sobre la base de un idioma, un territorio, una vida económica y un perfil sociopsicológico comunes, elementos que se expresan a través de una cultura compartida. En su planteamiento, Stalin subraya que estas características no se presentan de manera aislada, sino de forma conjunta. Desde su perspectiva, la existencia de una nación solo puede afirmarse cuando todos esos factores concurren simultáneamente y pueden identificarse de manera inequívoca. Como explica James Morris Blaut en su texto “The Theory of National Minorities”, publicado en The National Question: Decolonizing the Theory of Nationalism (1987), esta “famosa definición de nación” de Stalin se convirtió, hasta tiempos recientes, en el referente ortodoxo del marxismo en materia de nación y nacionalismo, aceptado casi sin reservas por gran parte de los teóricos marxistas, tanto estalinistas como no estalinistas. En este sentido, y siguiendo la exposición de Blaut, resulta fundamental considerar que, paralelamente al concepto de nación formulado por Stalin, surgió también el de “minoría nacional”. Este término fue utilizado por el marxismo político y, en particular, por el estalinismo tras la Segunda Guerra Mundial, para designar a aquellas comunidades étnicas que no reunían las condiciones necesarias para ser consideradas naciones. Con ello se buscaba preservar la integridad territorial rusa y justificar políticas públicas y territoriales orientadas a garantizarla. Blaut sostiene que esta distinción fue de vital importancia para el desarrollo de los nacionalismos soviéticos en las distintas exrepúblicas. De acuerdo con la lógica emanada desde Moscú, las naciones “auténticas” —aquellas que encajaban en la definición estalinista— tenían el potencial de convertirse en Estados independientes, como ocurrió con la República Socialista Soviética de Moldavia, y, por tanto, eran acreedoras al derecho de autodeterminación. Las minorías nacionales, en cambio, carecían de ese potencial y estaban destinadas a diluirse políticamente mediante procesos de asimilación, como podría debatirse en el caso de Transnistria. Siguiendo esta línea de pensamiento marxista-estalinista, Blaut señala que, en ese contexto, las expresiones nacionales de lucha política eran consideradas legítimas para las naciones, pero no para las minorías nacionales. Estos principios y conceptos sobre nación, nacionalismo y minorías étnicas fueron los que regularon la conformación de las distintas nacionalidades dentro
Las contradicciones del nacionalismo soviético y los límites actuales de la autodeterminación Diego Gómez Pickering Mayo 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales El 27 de agosto de 1991, la República de Moldavia declaró su independencia de la Unión Soviética, tras casi medio siglo de formar parte del complejo experimento nacionalista impulsado por Moscú en los territorios del antiguo Imperio ruso y en los países de Europa del Este incorporados a la órbita soviética después de la victoria del Ejército Rojo sobre la Alemania nacionalsocialista en 1945. La declaratoria de independencia de Moldavia ocurrió en paralelo con la de otras repúblicas que formaban parte del proyecto iniciado con la Revolución de Octubre y que culminó, de manera estrepitosa, a inicios de la última década del siglo XX. La independencia moldava provocó un cambio profundo en las estructuras sociales y económicas del país —más que en las políticas—, así como en su delicado equilibrio demográfico. Esto derivó en un agudo enfrentamiento de visiones en torno a los conceptos de nación y nacionalismo, como también ocurrió en varios puntos de la geografía de la entonces desintegrada Unión Soviética. En el caso específico de Moldavia, el anuncio de secesión de la autodenominada República Moldava Pridnestroviana, o Pridnestrovia —más conocida como Transnistria—, dado a conocer de forma paralela a la declaratoria independentista, ofrece una oportunidad para analizar en detalle el experimento nacionalista impulsado por la extinta Unión Soviética en los territorios bajo su control, así como las múltiples y vigentes consecuencias de su desaparición en la continua conformación de los Estados-nación que le sucedieron. El derrumbe soviético y el resurgimiento de las identidades nacionales El golpe de Estado de agosto de 1991 en Moscú, que condujo a la desintegración de la Unión Soviética en diciembre de ese mismo año y al establecimiento de la Comunidad de Estados Independientes, fue el desenlace de un proceso iniciado tiempo atrás. La historiografía suele vincularlo con la llegada de Mijaíl Gorbachov al Kremlin y con las reformas de la perestroika. Este proceso implicó una profunda reconfiguración del mapa político de Europa y un reajuste —no exento de controversias y confrontaciones— en la concepción del nacionalismo, especialmente en aquellos territorios que, tras la Segunda Guerra Mundial, permanecieron durante casi medio siglo detrás de la llamada Cortina de Hierro. En El fin del “Homo sovieticus” (2013), la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, describe de manera desgarradora el destino de gran parte de las antiguas repúblicas soviéticas tras estos acontecimientos. A partir del resurgimiento de intensos sentimientos nacionalistas —herederos, en buena medida, de una visión estalinista parcial y contraproducente del nacionalismo—, la caída del sistema dio paso a enfrentamientos entre poblaciones que hasta entonces habían compartido un mismo espacio político, con episodios de violencia que se extendieron del Cáucaso a las estepas de Asia Central. A partir del trabajo de Alexiévich y de los aportes teóricos de Eric Storm y Timothy Snyder —en torno a los nacionalismos y a la frontera oriental de Europa, respectivamente—, el presente análisis se centra en la autoproclamada República Moldava Pridnestroviana. Reconocida únicamente por otras dos entidades de origen soviético, Abjasia y Osetia del Sur, este estudio busca desentrañar su génesis como proyecto nacional y, sobre todo, examinar qué elementos tiene —o le faltan— para ser considerada como tal, más allá de la ausencia de reconocimiento internacional o de la injerencia de Moscú desde sus orígenes. La ingeniería nacional del estalinismo En su ensayo El marxismo y la cuestión nacional (1913), Yosef Stalin —georgiano rusificado y entonces exiliado en Viena, aún capital del Imperio austrohúngaro— sostenía que las naciones tenían derecho a la autodeterminación. En ese texto, quien más tarde se convertiría en el líder indiscutible de la Unión Soviética tras la muerte de Vladimir Lenin y la purga de León Trotski definía a la nación como una comunidad histórica y estable, formada sobre la base de un idioma, un territorio, una vida económica y un perfil sociopsicológico comunes, elementos que se expresan a través de una cultura compartida. En su planteamiento, Stalin subraya que estas características no se presentan de manera aislada, sino de forma conjunta. Desde su perspectiva, la existencia de una nación solo puede afirmarse cuando todos esos factores concurren simultáneamente y pueden identificarse de manera inequívoca. Como explica James Morris Blaut en su texto “The Theory of National Minorities”, publicado en The National Question: Decolonizing the Theory of Nationalism (1987), esta “famosa definición de nación” de Stalin se convirtió, hasta tiempos recientes, en el referente ortodoxo del marxismo en materia de nación y nacionalismo, aceptado casi sin reservas por gran parte de los teóricos marxistas, tanto estalinistas como no estalinistas. En este sentido, y siguiendo la exposición de Blaut, resulta fundamental considerar que, paralelamente al concepto de nación formulado por Stalin, surgió también el de “minoría nacional”. Este término fue utilizado por el marxismo político y, en particular, por el estalinismo tras la Segunda Guerra Mundial, para designar a aquellas comunidades étnicas que no reunían las condiciones necesarias para ser consideradas naciones. Con ello se buscaba preservar la integridad territorial rusa y justificar políticas públicas y territoriales orientadas a garantizarla. Blaut sostiene que esta distinción fue de vital importancia para el desarrollo de los nacionalismos soviéticos en las distintas exrepúblicas. De acuerdo con la lógica emanada desde Moscú, las naciones “auténticas” —aquellas que encajaban en la definición estalinista— tenían el potencial de convertirse en Estados independientes, como ocurrió con la República Socialista Soviética de Moldavia, y, por tanto, eran acreedoras al derecho de autodeterminación. Las minorías nacionales, en cambio, carecían de ese potencial y estaban destinadas a diluirse políticamente mediante procesos de asimilación, como podría debatirse en el caso de Transnistria. Siguiendo esta línea de pensamiento marxista-estalinista, Blaut señala que, en ese contexto, las expresiones nacionales de lucha política eran consideradas legítimas para las naciones, pero no para las minorías nacionales. Estos principios y conceptos sobre nación, nacionalismo y minorías étnicas fueron los que regularon la conformación de las distintas nacionalidades dentro Read More
