Segunda parte: los actores del desenlace Rubén Beltrán Octubre 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales Siempre he mantenido la visión de que el mantenimiento de la paz depende de la acumulación de elementos de disuasión contra el agresor, junto con esfuerzo honesto por enmendar agravios. Winston Churchill, octubre de 1938 En la primera parte de este artículo planteé la erosión como un fenómeno transversal que explica el estado actual de la guerra en Ucrania: el desgaste progresivo, no siempre visible, que afecta la economía, la sociedad, el respaldo político y la capacidad de sostener un esfuerzo bélico a lo largo de una línea de tiempo. Identifiqué ahí la erosión latente y la erosión reconocida, así como un umbral a partir del cual el desgaste deja de ser tolerable para quien lo sufre. Rusia y Ucrania se erosionan, aunque de manera distinta, y ninguna de las dos está en condiciones de imponer una victoria militar decisiva. El final de la guerra se dará en una mesa concurrida y su suerte va más allá de la mera decisión, o capacidad, de Kiev y Moscú. Tal vez coexistan un par de mesas con negociaciones convergentes. Esta guerra tiene más actores de los que caben en un mero enfrentamiento bilateral. La sostienen terceros países con dinero, acceso comercial, armamento e inteligencia. La observan potencias que calculan su propio interés en que se prolongue o se resuelva. Y la erosión también corre por dentro de cada bando: en su población, en sus élites, en su clase política y en quienes eventualmente expresarán en voz alta cuándo dejar de apoyar, cuándo dejar de pelear. Algunos no serán escuchados. De eso trata esta segunda parte. El tercer actor: quienes sostienen a Ucrania La sostenibilidad del esfuerzo bélico de Ucrania depende de una red de apoyos externos: financieros, políticos, industriales, diplomáticos, tecnológicos y militares. Esos apoyos también se erosionan. Los Estados que apoyan a Ucrania enfrentan sus propias presiones presupuestarias, prioridades de seguridad, ciclos electorales y debates sobre el costo de sostener un compromiso de duración indeterminada. Una coalición puede conservar su unidad formal y, sin embargo, experimentar erosión en su capacidad práctica de acción. Esa erosión rara vez se manifiesta como una ruptura visible; suele hacerlo como lentitud, condicionalidad impuesta a cada nuevo envío, retrasos y titubeos que se acumulan hasta volverse determinantes. El incremento del gasto militar europeo muestra, sin embargo, adaptación y fortalecimiento. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo registró un aumento real de 14% del gasto militar europeo en 2025, vinculado tanto al apoyo a Ucrania como a la reconstitución de las capacidades nacionales de defensa. Esto es importante: evita interpretar toda presión de gasto como declive. Las coaliciones también pueden responder a la erosión mediante la movilización de recursos. Pero el fortalecimiento militar no elimina los límites políticos. Los gobiernos enfrentan prioridades internas que compiten con el gasto militar, y las sociedades no distribuyen de manera uniforme los costos. Para Ucrania, esta dimensión es decisiva: la erosión de los apoyos externos no tendría que adoptar la forma de un abandono explícito para alterar el equilibrio estratégico. Reitero: bastaría con que la ayuda llegara tarde, fuera insuficiente o dejara de aumentar al ritmo de las necesidades. Los apoyos externos no son un contexto periférico. Son uno de los campos donde se decide la sostenibilidad de ambos proyectos estratégicos. El caso de los misiles La reiteración del apoyo que líderes europeos hicieron en Kiev con motivo del 35 aniversario de la independencia de Ucrania fue un acto político de suma importancia, consistente con el hecho de que Europa se ha convertido en la principal fuente de cooperación para Ucrania, lugar que ocupó Estados Unidos durante el mandato de Joseph R. Biden y que cambió en cuanto Donald Trump llegó al poder. La política de armas de Trump hacia Ucrania es un ejemplo nítido de erosión: promesas que se anuncian con solemnidad y se deshacen semanas después, contrastadas con una indiferencia expresada casualmente. El patrón apareció primero con los Tomahawk, en octubre de 2025, cuando el Pentágono había dado luz verde técnica para transferirlos, pero Trump, citando argumentos de seguridad nacional, se negó reiteradamente a otorgar la autorización final, alegando el temor a intensificar el conflicto con Rusia. Meses después, el mismo guion se repitió con los Patriot: en julio de 2026, en la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Trump aseguró a Volodimir Zelenski que Washington concedería a Kiev las licencias necesarias para fabricar interceptores en suelo propio; un mes más tarde, la misma boca que prometió dio marcha atrás. En ningún caso hubo una negativa rotunda ni una ruptura visible, solo la ambigüedad calculada de quien prefiere no comprometerse del todo. Las guerras breves pueden ser diseñadas políticamente; las guerras largas se deciden también industrialmente. Frente a esa indefinición, la oferta del nuevo Primer Ministro británico, Andy Burnham, de facilitar el ensamblaje local de misiles SCALP/Storm Shadow compensa solo parcialmente lo que Washington no termina de resolver. Los SCALP son misiles ofensivos de ataque terrestre; los Tomahawk y los Patriot cumplen funciones distintas, ofensiva y defensiva, y ninguno sustituye al otro. La capacidad que Ucrania más necesita, frenar los misiles balísticos rusos, sigue sin resolverse. La concesión de las licencias para fabricar Patriot en Ucrania habría constituido solo una victoria política para Zelenski. Los expertos han señalado que la maduración de un proyecto industrial para que Ucrania iniciara la producción local de misiles Patriot habría llevado años. Kiev necesita esos interceptores ahora. Rusia ha aprovechado ese espacio para, de cara al invierno, intensificar sus ataques aéreos contra Kiev con misiles y drones. Será un largo y duro invierno. El invierno y el escudo ucraniano La situación de la defensa aérea ucraniana constituye uno de los ejemplos más claros de la interacción entre erosión militar y erosión externa. Zelenski ha confirmado que Ucrania no ha logrado derribar un número significativo de misiles balísticos, atribuyéndolo a la escasez de interceptores Patriot. La dificultad no es
Segunda parte: los actores del desenlace Rubén Beltrán Octubre 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales Siempre he mantenido la visión de que el mantenimiento de la paz depende de la acumulación de elementos de disuasión contra el agresor, junto con esfuerzo honesto por enmendar agravios. Winston Churchill, octubre de 1938 En la primera parte de este artículo planteé la erosión como un fenómeno transversal que explica el estado actual de la guerra en Ucrania: el desgaste progresivo, no siempre visible, que afecta la economía, la sociedad, el respaldo político y la capacidad de sostener un esfuerzo bélico a lo largo de una línea de tiempo. Identifiqué ahí la erosión latente y la erosión reconocida, así como un umbral a partir del cual el desgaste deja de ser tolerable para quien lo sufre. Rusia y Ucrania se erosionan, aunque de manera distinta, y ninguna de las dos está en condiciones de imponer una victoria militar decisiva. El final de la guerra se dará en una mesa concurrida y su suerte va más allá de la mera decisión, o capacidad, de Kiev y Moscú. Tal vez coexistan un par de mesas con negociaciones convergentes. Esta guerra tiene más actores de los que caben en un mero enfrentamiento bilateral. La sostienen terceros países con dinero, acceso comercial, armamento e inteligencia. La observan potencias que calculan su propio interés en que se prolongue o se resuelva. Y la erosión también corre por dentro de cada bando: en su población, en sus élites, en su clase política y en quienes eventualmente expresarán en voz alta cuándo dejar de apoyar, cuándo dejar de pelear. Algunos no serán escuchados. De eso trata esta segunda parte. El tercer actor: quienes sostienen a Ucrania La sostenibilidad del esfuerzo bélico de Ucrania depende de una red de apoyos externos: financieros, políticos, industriales, diplomáticos, tecnológicos y militares. Esos apoyos también se erosionan. Los Estados que apoyan a Ucrania enfrentan sus propias presiones presupuestarias, prioridades de seguridad, ciclos electorales y debates sobre el costo de sostener un compromiso de duración indeterminada. Una coalición puede conservar su unidad formal y, sin embargo, experimentar erosión en su capacidad práctica de acción. Esa erosión rara vez se manifiesta como una ruptura visible; suele hacerlo como lentitud, condicionalidad impuesta a cada nuevo envío, retrasos y titubeos que se acumulan hasta volverse determinantes. El incremento del gasto militar europeo muestra, sin embargo, adaptación y fortalecimiento. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo registró un aumento real de 14% del gasto militar europeo en 2025, vinculado tanto al apoyo a Ucrania como a la reconstitución de las capacidades nacionales de defensa. Esto es importante: evita interpretar toda presión de gasto como declive. Las coaliciones también pueden responder a la erosión mediante la movilización de recursos. Pero el fortalecimiento militar no elimina los límites políticos. Los gobiernos enfrentan prioridades internas que compiten con el gasto militar, y las sociedades no distribuyen de manera uniforme los costos. Para Ucrania, esta dimensión es decisiva: la erosión de los apoyos externos no tendría que adoptar la forma de un abandono explícito para alterar el equilibrio estratégico. Reitero: bastaría con que la ayuda llegara tarde, fuera insuficiente o dejara de aumentar al ritmo de las necesidades. Los apoyos externos no son un contexto periférico. Son uno de los campos donde se decide la sostenibilidad de ambos proyectos estratégicos. El caso de los misiles La reiteración del apoyo que líderes europeos hicieron en Kiev con motivo del 35 aniversario de la independencia de Ucrania fue un acto político de suma importancia, consistente con el hecho de que Europa se ha convertido en la principal fuente de cooperación para Ucrania, lugar que ocupó Estados Unidos durante el mandato de Joseph R. Biden y que cambió en cuanto Donald Trump llegó al poder. La política de armas de Trump hacia Ucrania es un ejemplo nítido de erosión: promesas que se anuncian con solemnidad y se deshacen semanas después, contrastadas con una indiferencia expresada casualmente. El patrón apareció primero con los Tomahawk, en octubre de 2025, cuando el Pentágono había dado luz verde técnica para transferirlos, pero Trump, citando argumentos de seguridad nacional, se negó reiteradamente a otorgar la autorización final, alegando el temor a intensificar el conflicto con Rusia. Meses después, el mismo guion se repitió con los Patriot: en julio de 2026, en la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Trump aseguró a Volodimir Zelenski que Washington concedería a Kiev las licencias necesarias para fabricar interceptores en suelo propio; un mes más tarde, la misma boca que prometió dio marcha atrás. En ningún caso hubo una negativa rotunda ni una ruptura visible, solo la ambigüedad calculada de quien prefiere no comprometerse del todo. Las guerras breves pueden ser diseñadas políticamente; las guerras largas se deciden también industrialmente. Frente a esa indefinición, la oferta del nuevo Primer Ministro británico, Andy Burnham, de facilitar el ensamblaje local de misiles SCALP/Storm Shadow compensa solo parcialmente lo que Washington no termina de resolver. Los SCALP son misiles ofensivos de ataque terrestre; los Tomahawk y los Patriot cumplen funciones distintas, ofensiva y defensiva, y ninguno sustituye al otro. La capacidad que Ucrania más necesita, frenar los misiles balísticos rusos, sigue sin resolverse. La concesión de las licencias para fabricar Patriot en Ucrania habría constituido solo una victoria política para Zelenski. Los expertos han señalado que la maduración de un proyecto industrial para que Ucrania iniciara la producción local de misiles Patriot habría llevado años. Kiev necesita esos interceptores ahora. Rusia ha aprovechado ese espacio para, de cara al invierno, intensificar sus ataques aéreos contra Kiev con misiles y drones. Será un largo y duro invierno. El invierno y el escudo ucraniano La situación de la defensa aérea ucraniana constituye uno de los ejemplos más claros de la interacción entre erosión militar y erosión externa. Zelenski ha confirmado que Ucrania no ha logrado derribar un número significativo de misiles balísticos, atribuyéndolo a la escasez de interceptores Patriot. La dificultad no es Read More
