Primera parte: la teoría de la erosión Rubén Beltrán Septiembre 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales It’s not dark yet, but it’s getting there. Bob Dylan La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá. Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este; para Ucrania, representa la continuación del proceso violento que llevó a la anexión de Crimea en 2014, y Europa la observa con la certidumbre de que Rusia no se detendrá en Ucrania. Para la mayoría del Sur global, este conflicto se percibe como una guerra lejana cuyas repercusiones se ven lejanas. Sin embargo, el mundo se equivoca. Esta es una guerra que comenzó con una invasión que atentó contra la soberanía y la integridad territorial de un país; México y muchos países en todo el mundo conocen este tipo de agresiones. Nuestra historia nos obliga a condenar la agresión, pero, además, esta guerra está desarrollando una peligrosa tendencia a aglutinar y contaminar conflictos. La guerra en Ucrania tiene el potencial de desencadenar una hecatombe mundial. La guerra a nuestro alcance Todo cambió. Por empatía y solidaridad, por temor o por curiosidad histórica, observamos esta guerra con una profundidad inédita que hoy está a nuestro alcance. De observadores comunes pasamos a ser “expertos” en análisis táctico: veíamos todo, o eso pensábamos. Comencé a escribir sobre esta guerra antes de que las negociaciones y las amenazas quedaran reducidas a gestos retóricos e intercambios estériles que, tras su fracaso, dieron paso a la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022. Hacia finales de 2021, mis apuntes ya daban cuenta de la acumulación masiva de tropas y tanques rusos en la frontera con Ucrania desde el último cuatrimestre de ese año. No era yo: éramos miles los observadores. Toda guerra trae consigo una andanada de información y contrargumentos de las partes involucradas. Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto. Fotografías satelitales que antes eran material de estudio de analistas de inteligencia aparecieron reproducidas en diarios y noticieros; mapas e imágenes que otrora habrían sido considerados sensibles salieron del dominio de instituciones como el Instituto para el Estudio de la Guerra o el Instituto Real de Servicios Unidos y llegaron al consumidor ordinario. Éramos una multitud. A los pocos meses de iniciada la guerra, comencé la construcción de un repositorio de documentos, artículos, reportes y ensayos provenientes de las más diversas fuentes. Lo titulé “Guerra y fatiga”; hoy contiene cerca de quinientos documentos agrupados en quince volúmenes cronológicos. Ya en 2023 me percaté de que gran parte de lo que consideraba signos de fatiga iba más allá del desgaste bélico o del agotamiento de recursos estratégicos. Era algo más orgánico, que englobaba a la economía, la sociedad, las instituciones, el gobierno y los partidos políticos. Ese fenómeno también afectaba las posibilidades, los deseos o las capacidades de los países aliados para suministrar durante años apoyo financiero, material y equipo de guerra a su protegido. ¿Cómo no van a tener un impacto en gobernantes y gobernados la acogida de millones de refugiados ucranianos y la erogación de más de 220 000 millones de euros en ayuda durante 5 años? La fatiga, el desgaste y la disponibilidad para renovar recursos económicos y humanos, medidos en función de una línea de tiempo inevitable, se convierten en indicadores de erosión. Consideremos por un momento la erosión La erosión es un fenómeno transversal que puede apreciarse a lo largo de una línea de tiempo y que proporciona indicadores del deterioro progresivo al que están sometidos los elementos que dan vitalidad a un grupo de países, una alianza militar o un país en lo individual. Estos elementos inciden en su economía y su sociedad, así como en sus limitantes demográficas, su respaldo político, su capacidad de innovación y su resiliencia, y terminan por restringir su capacidad operativa en los conflictos en los que se involucran. Los líderes políticos llevan un control del gasto militar y de los avances y retrocesos en el frente, pero no siempre son conscientes del proceso de erosión, que no se revierte con meras decisiones políticas. Algún líder ha terminado irremediablemente en un búnker o asesinado por una multitud porque ignoró el impacto de un proceso erosivo que no se gestó en semanas y cuyos signos quizá ignoró durante años. La guerra que ya no puede ganarse La afirmación de que la guerra no será ganada por la vía militar no significa que Rusia esté derrotada. Tampoco significa que Ucrania haya alcanzado una victoria. Captó mi atención la expresión utilizada por un analista de Euronews: “Rusia no puede ganar esta guerra, pero tampoco la va a perder”. Hoy, la relación entre las capacidades disponibles y los objetivos que ambos actores se trazaron ha comenzado a distanciarse de tal manera que una victoria militar decisiva parece cada vez menos compatible con el curso real de la guerra. La diferencia entre los objetivos de guerra y el estado de la guerra es fundamental. Durante los primeros meses de la invasión, la asimetría aparente hacía posible imaginar que una de las partes podría obtener una victoria militar capaz de modificar sustancialmente la situación. Rusia apostó precisamente por ello, y su valoración de la asimetría de fuerzas llevó a la conclusión de que esta debía conducir a una victoria contundente en un plazo breve. Ello no ocurrió. La invasión encontró una resistencia que Rusia había calculado mal, y el error no fue solamente militar: fue, antes que nada, un error de inteligencia, porque no bastaba
Primera parte: la teoría de la erosión Rubén Beltrán Septiembre 2026 De la sección Opiniones Oportunas del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales It’s not dark yet, but it’s getting there. Bob Dylan La guerra en Ucrania está herida de muerte y su agonía está siendo muy larga. Kiev y Moscú saben que esta guerra tan prolongada no será ganada por la vía militar. Sin embargo, el conflicto se resiste a morir: en septiembre de 2026 se cumplieron 4 años y medio de una guerra que continuará, al menos, durante buena parte de 2027, y tal vez más allá. Desde la perspectiva rusa, esta guerra puede verse como un conflicto con Occidente originado por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el este; para Ucrania, representa la continuación del proceso violento que llevó a la anexión de Crimea en 2014, y Europa la observa con la certidumbre de que Rusia no se detendrá en Ucrania. Para la mayoría del Sur global, este conflicto se percibe como una guerra lejana cuyas repercusiones se ven lejanas. Sin embargo, el mundo se equivoca. Esta es una guerra que comenzó con una invasión que atentó contra la soberanía y la integridad territorial de un país; México y muchos países en todo el mundo conocen este tipo de agresiones. Nuestra historia nos obliga a condenar la agresión, pero, además, esta guerra está desarrollando una peligrosa tendencia a aglutinar y contaminar conflictos. La guerra en Ucrania tiene el potencial de desencadenar una hecatombe mundial. La guerra a nuestro alcance Todo cambió. Por empatía y solidaridad, por temor o por curiosidad histórica, observamos esta guerra con una profundidad inédita que hoy está a nuestro alcance. De observadores comunes pasamos a ser “expertos” en análisis táctico: veíamos todo, o eso pensábamos. Comencé a escribir sobre esta guerra antes de que las negociaciones y las amenazas quedaran reducidas a gestos retóricos e intercambios estériles que, tras su fracaso, dieron paso a la invasión a gran escala de Rusia en febrero de 2022. Hacia finales de 2021, mis apuntes ya daban cuenta de la acumulación masiva de tropas y tanques rusos en la frontera con Ucrania desde el último cuatrimestre de ese año. No era yo: éramos miles los observadores. Toda guerra trae consigo una andanada de información y contrargumentos de las partes involucradas. Esta guerra trajo consigo el destape y la vulgarización de la inteligencia de código abierto. Fotografías satelitales que antes eran material de estudio de analistas de inteligencia aparecieron reproducidas en diarios y noticieros; mapas e imágenes que otrora habrían sido considerados sensibles salieron del dominio de instituciones como el Instituto para el Estudio de la Guerra o el Instituto Real de Servicios Unidos y llegaron al consumidor ordinario. Éramos una multitud. A los pocos meses de iniciada la guerra, comencé la construcción de un repositorio de documentos, artículos, reportes y ensayos provenientes de las más diversas fuentes. Lo titulé “Guerra y fatiga”; hoy contiene cerca de quinientos documentos agrupados en quince volúmenes cronológicos. Ya en 2023 me percaté de que gran parte de lo que consideraba signos de fatiga iba más allá del desgaste bélico o del agotamiento de recursos estratégicos. Era algo más orgánico, que englobaba a la economía, la sociedad, las instituciones, el gobierno y los partidos políticos. Ese fenómeno también afectaba las posibilidades, los deseos o las capacidades de los países aliados para suministrar durante años apoyo financiero, material y equipo de guerra a su protegido. ¿Cómo no van a tener un impacto en gobernantes y gobernados la acogida de millones de refugiados ucranianos y la erogación de más de 220 000 millones de euros en ayuda durante 5 años? La fatiga, el desgaste y la disponibilidad para renovar recursos económicos y humanos, medidos en función de una línea de tiempo inevitable, se convierten en indicadores de erosión. Consideremos por un momento la erosión La erosión es un fenómeno transversal que puede apreciarse a lo largo de una línea de tiempo y que proporciona indicadores del deterioro progresivo al que están sometidos los elementos que dan vitalidad a un grupo de países, una alianza militar o un país en lo individual. Estos elementos inciden en su economía y su sociedad, así como en sus limitantes demográficas, su respaldo político, su capacidad de innovación y su resiliencia, y terminan por restringir su capacidad operativa en los conflictos en los que se involucran. Los líderes políticos llevan un control del gasto militar y de los avances y retrocesos en el frente, pero no siempre son conscientes del proceso de erosión, que no se revierte con meras decisiones políticas. Algún líder ha terminado irremediablemente en un búnker o asesinado por una multitud porque ignoró el impacto de un proceso erosivo que no se gestó en semanas y cuyos signos quizá ignoró durante años. La guerra que ya no puede ganarse La afirmación de que la guerra no será ganada por la vía militar no significa que Rusia esté derrotada. Tampoco significa que Ucrania haya alcanzado una victoria. Captó mi atención la expresión utilizada por un analista de Euronews: “Rusia no puede ganar esta guerra, pero tampoco la va a perder”. Hoy, la relación entre las capacidades disponibles y los objetivos que ambos actores se trazaron ha comenzado a distanciarse de tal manera que una victoria militar decisiva parece cada vez menos compatible con el curso real de la guerra. La diferencia entre los objetivos de guerra y el estado de la guerra es fundamental. Durante los primeros meses de la invasión, la asimetría aparente hacía posible imaginar que una de las partes podría obtener una victoria militar capaz de modificar sustancialmente la situación. Rusia apostó precisamente por ello, y su valoración de la asimetría de fuerzas llevó a la conclusión de que esta debía conducir a una victoria contundente en un plazo breve. Ello no ocurrió. La invasión encontró una resistencia que Rusia había calculado mal, y el error no fue solamente militar: fue, antes que nada, un error de inteligencia, porque no bastaba Read More
