La transición de Cuba y el legado inconcluso de Latinoamérica

Yussef Farid Núñez Marzo 2026 Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi A poco más de un año del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, el sistema internacional atraviesa un acelerado proceso de reconfiguración. En este contexto, el creciente “desorden” internacional parece confirmar la lógica anárquica que, durante décadas, ha sustentado al realismo: un entorno en el que el poder se ejerce sin mediaciones efectivas y las reglas se redefinen en tiempo real. En pocos meses, las acciones de Washington han dotado de renovada vigencia a la célebre frase atribuida a Vladimir Lenin: “Hay décadas en las que no pasa nada, y semanas en las que pasan décadas”. Mientras la atención internacional se concentra en el estrecho de Ormuz, el gobierno de Trump ha dejado entrever —con escasa discreción— su siguiente prioridad estratégica en el hemisferio: Cuba. Más allá de su limitado peso económico, la isla constituye un nodo simbólico y geopolítico de alto valor. Su eventual transformación no solo redefiniría el equilibrio en el Caribe, sino que también pondría a prueba el alcance de la renovada doctrina hemisférica de Estados Unidos. El cambio político y económico en Cuba parece cada vez más cercano. Sin embargo, sus efectos difícilmente se limitarán a la isla. La influencia del castrismo —entendido como modelo político y como red de poder— persistirá en Latinoamérica, incluso en un escenario de transición. Una transición en curso: entre el colapso y la negociación Las señales de transformación en Cuba se han acumulado con rapidez. El gobierno de Miguel Díaz-Canel ha confirmado el inicio de conversaciones con autoridades de Estados Unidos para abordar las “diferencias bilaterales”, en un giro que hasta hace poco habría resultado impensable. Paralelamente, la autorización para que el Buró Federal de Investigaciones (FBI) realice pesquisas sobre un incidente marítimo en territorio cubano —que dejó cuatro ciudadanos estadounidenses muertos— refleja un nivel inédito de cooperación operativa entre ambos países. Esta apertura ocurre en un contexto de presión creciente por parte de Washington, que ha endurecido su estrategia económica mediante una “toma amistosa”, mientras explora canales informales de influencia sobre la isla, presuntamente liderados por el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, en busca de escenarios de transición con actores cercanos al régimen. De acuerdo con reportes recientes, una de las condiciones planteadas por Estados Unidos para avanzar en negociaciones sustantivas es la salida de Díaz-Canel del poder. Sin embargo, la dinámica interna de Cuba sugiere que cualquier transición será más compleja que un simple remplazo de liderazgo. El deterioro económico ha alcanzado niveles críticos: el colapso total del sistema eléctrico nacional, en medio de un bloqueo energético más estricto, detonó protestas masivas en todo el país. A esto se suma una economía incapaz de sostenerse, incluso tras medidas recientes que permiten —por primera vez— la inversión privada de cubanos en el exterior. Aunque esta reforma apunta a atraer capital de la diáspora, difícilmente revertirá el deterioro estructural en el corto plazo. En este contexto, el escenario más probable no es una transición ordenada hacia un modelo democrático liberal, como anticipan sectores del exilio cubano en Estados Unidos, sino una restructuración controlada del régimen. Un modelo híbrido —similar al observado en Venezuela— en el que se introducen ajustes económicos y ciertos cambios en la élite gobernante, sin alterar de fondo las estructuras de poder. Reportes sobre posibles contactos entre actores estadounidenses y figuras vinculadas a la familia Castro refuerzan esta hipótesis: más que un colapso total, lo que se perfila es una recomposición. Para Estados Unidos, este proceso representa tanto una oportunidad como un riesgo. Por un lado, la eventual caída —o, mejor dicho, transformación— del régimen permitiría reconfigurar la influencia estadounidense en el Caribe, consolidando su presencia en un espacio históricamente disputado. Por el otro, una transición desordenada podría derivar en una crisis humanitaria de gran escala, con implicaciones migratorias y de seguridad que exceden la capacidad de respuesta inmediata del gobierno de Trump. En suma, el cambio en Cuba parece inevitable, pero su forma dista de ser clara. Y, sobre todo, su significado trasciende las fronteras de la isla. Más allá de La Habana: el problema del legado Asumir que el reacomodo político implicará el fin de su influencia regional sería un error. Durante décadas, La Habana desarrolló una estrategia de proyección en Latinoamérica basada en una lógica de doble vía: combinar objetivos revolucionarios con inserción diplomática, ajustando tácticas según el contexto. Esta flexibilidad le permitió mantener presencia e influencia incluso bajo presión externa. Con el tiempo, Cuba transitó de un modelo insurgente hacia mecanismos más sofisticados de influencia política. En lugar de apostar únicamente por la subversión armada, privilegió estrategias graduales que operaban dentro de las propias instituciones de los países. Este enfoque buscó incidir en estructuras clave —particularmente seguridad, inteligencia y sistemas políticos— como vía para consolidar aliados y asegurar estabilidad de largo plazo. El resultado fue una red de influencia que trascendió a la isla. Mediante cooperación técnica, formación de cuadros, vínculos políticos y coordinación estratégica, Cuba logró insertarse en distintos niveles del aparato estatal en varios países. Este modelo, adaptable y acumulativo, no dependía de un solo régimen ni de una sola coyuntura, lo que explica su persistencia incluso en contextos adversos. Asumir que el reacomodo político implicará el fin de su influencia regional sería un error. En Venezuela, esta lógica alcanzó su punto más avanzado. Desde la llegada de Hugo Chávez, la relación con Cuba evolucionó hacia una integración funcional, en la que el intercambio energético fue acompañado por una profunda cooperación en inteligencia, seguridad y organización política. Diversos reportes han señalado la participación de actores cubanos en la formación y la operación de estructuras clave del Estado venezolano. Más que una alianza ideológica, se consolidó un esquema de gobernabilidad apoyado en asesoría externa, que permitió sostener al régimen en contextos de alta presión interna y externa. El caso de México es más matizado, pero estratégicamente relevante. La relación histórica con Cuba ha estado marcada por el pragmatismo y la continuidad diplomática, lo que ha

​Yussef Farid Núñez Marzo 2026 Una colaboración del Programa de Jóvenes del Comexi A poco más de un año del regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, el sistema internacional atraviesa un acelerado proceso de reconfiguración. En este contexto, el creciente “desorden” internacional parece confirmar la lógica anárquica que, durante décadas, ha sustentado al realismo: un entorno en el que el poder se ejerce sin mediaciones efectivas y las reglas se redefinen en tiempo real. En pocos meses, las acciones de Washington han dotado de renovada vigencia a la célebre frase atribuida a Vladimir Lenin: “Hay décadas en las que no pasa nada, y semanas en las que pasan décadas”. Mientras la atención internacional se concentra en el estrecho de Ormuz, el gobierno de Trump ha dejado entrever —con escasa discreción— su siguiente prioridad estratégica en el hemisferio: Cuba. Más allá de su limitado peso económico, la isla constituye un nodo simbólico y geopolítico de alto valor. Su eventual transformación no solo redefiniría el equilibrio en el Caribe, sino que también pondría a prueba el alcance de la renovada doctrina hemisférica de Estados Unidos. El cambio político y económico en Cuba parece cada vez más cercano. Sin embargo, sus efectos difícilmente se limitarán a la isla. La influencia del castrismo —entendido como modelo político y como red de poder— persistirá en Latinoamérica, incluso en un escenario de transición. Una transición en curso: entre el colapso y la negociación Las señales de transformación en Cuba se han acumulado con rapidez. El gobierno de Miguel Díaz-Canel ha confirmado el inicio de conversaciones con autoridades de Estados Unidos para abordar las “diferencias bilaterales”, en un giro que hasta hace poco habría resultado impensable. Paralelamente, la autorización para que el Buró Federal de Investigaciones (FBI) realice pesquisas sobre un incidente marítimo en territorio cubano —que dejó cuatro ciudadanos estadounidenses muertos— refleja un nivel inédito de cooperación operativa entre ambos países. Esta apertura ocurre en un contexto de presión creciente por parte de Washington, que ha endurecido su estrategia económica mediante una “toma amistosa”, mientras explora canales informales de influencia sobre la isla, presuntamente liderados por el Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, en busca de escenarios de transición con actores cercanos al régimen. De acuerdo con reportes recientes, una de las condiciones planteadas por Estados Unidos para avanzar en negociaciones sustantivas es la salida de Díaz-Canel del poder. Sin embargo, la dinámica interna de Cuba sugiere que cualquier transición será más compleja que un simple remplazo de liderazgo. El deterioro económico ha alcanzado niveles críticos: el colapso total del sistema eléctrico nacional, en medio de un bloqueo energético más estricto, detonó protestas masivas en todo el país. A esto se suma una economía incapaz de sostenerse, incluso tras medidas recientes que permiten —por primera vez— la inversión privada de cubanos en el exterior. Aunque esta reforma apunta a atraer capital de la diáspora, difícilmente revertirá el deterioro estructural en el corto plazo. En este contexto, el escenario más probable no es una transición ordenada hacia un modelo democrático liberal, como anticipan sectores del exilio cubano en Estados Unidos, sino una restructuración controlada del régimen. Un modelo híbrido —similar al observado en Venezuela— en el que se introducen ajustes económicos y ciertos cambios en la élite gobernante, sin alterar de fondo las estructuras de poder. Reportes sobre posibles contactos entre actores estadounidenses y figuras vinculadas a la familia Castro refuerzan esta hipótesis: más que un colapso total, lo que se perfila es una recomposición. Para Estados Unidos, este proceso representa tanto una oportunidad como un riesgo. Por un lado, la eventual caída —o, mejor dicho, transformación— del régimen permitiría reconfigurar la influencia estadounidense en el Caribe, consolidando su presencia en un espacio históricamente disputado. Por el otro, una transición desordenada podría derivar en una crisis humanitaria de gran escala, con implicaciones migratorias y de seguridad que exceden la capacidad de respuesta inmediata del gobierno de Trump. En suma, el cambio en Cuba parece inevitable, pero su forma dista de ser clara. Y, sobre todo, su significado trasciende las fronteras de la isla. Más allá de La Habana: el problema del legado Asumir que el reacomodo político implicará el fin de su influencia regional sería un error. Durante décadas, La Habana desarrolló una estrategia de proyección en Latinoamérica basada en una lógica de doble vía: combinar objetivos revolucionarios con inserción diplomática, ajustando tácticas según el contexto. Esta flexibilidad le permitió mantener presencia e influencia incluso bajo presión externa. Con el tiempo, Cuba transitó de un modelo insurgente hacia mecanismos más sofisticados de influencia política. En lugar de apostar únicamente por la subversión armada, privilegió estrategias graduales que operaban dentro de las propias instituciones de los países. Este enfoque buscó incidir en estructuras clave —particularmente seguridad, inteligencia y sistemas políticos— como vía para consolidar aliados y asegurar estabilidad de largo plazo. El resultado fue una red de influencia que trascendió a la isla. Mediante cooperación técnica, formación de cuadros, vínculos políticos y coordinación estratégica, Cuba logró insertarse en distintos niveles del aparato estatal en varios países. Este modelo, adaptable y acumulativo, no dependía de un solo régimen ni de una sola coyuntura, lo que explica su persistencia incluso en contextos adversos. Asumir que el reacomodo político implicará el fin de su influencia regional sería un error. En Venezuela, esta lógica alcanzó su punto más avanzado. Desde la llegada de Hugo Chávez, la relación con Cuba evolucionó hacia una integración funcional, en la que el intercambio energético fue acompañado por una profunda cooperación en inteligencia, seguridad y organización política. Diversos reportes han señalado la participación de actores cubanos en la formación y la operación de estructuras clave del Estado venezolano. Más que una alianza ideológica, se consolidó un esquema de gobernabilidad apoyado en asesoría externa, que permitió sostener al régimen en contextos de alta presión interna y externa. El caso de México es más matizado, pero estratégicamente relevante. La relación histórica con Cuba ha estado marcada por el pragmatismo y la continuidad diplomática, lo que ha Read More

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